¡Tierra…!

Nadie está aquí por la estética. Aquellos que piensen que nos aventuramos en el mar aunque sea remotamente, los que crean que la navegación solitaria se resume en cuestiones de estética, no han comprendido nada. El goce estético existe, cierto, cada minuto puede ser un éxtasis de amaneceres, de atardeceres, de mar de infinitos azules. Incluso los sargazos en su insistencia por acompañarme tienen algo de belleza fractal. Esa capacidad de la naturaleza por ramificarse y por perpetuarse bajo fórmulas matemáticas. El número Phi o la proporción áurea. Pero no estamos aquí por la estética, la belleza que nos rodea en el océano es algo que no nos sorprende. El mar es belleza en estado primigenio, brutal y sin paliativos. En tierra apenas quedan lugares que no hayan sido manipulados, dibujados y construidos por la mano del hombre. Algunos bosques en la Patagonia, lugares recónditos de los fiordos, chilenos, noruegos o los de Alaska, pero poco más. En el océano el hombre es nada. Ni un demiurgo de segunda. La acción humana es sólo contaminadora. Pero incluso la contaminación acaba siendo devorada, ingerida y regurgitada por el océano. 

No creo estar aquí por lo contemplativo. Florence Arthaud decía algo que he recordado una y otra vez durante esta travesía: “¡Mira al mar! No tener otro deseo que mirar al mar. Y, a fuerza de hacerlo, si lo miras a los ojos, es seguro que un día irás a por él”.  Es esa acción de mirar al mar con ansia de tomarlo. Una observación que lleva en sí misma la decisión de vivir el mar. Eso es la razón por la que estoy aquí, no por la estética, sino por la vida.  

De alguna manera mi decisión de poner punto final a  esta primera etapa del viaje -que ha de llevarnos al Clinamen y a mi a dar la vuelta al mundo a vela-  en Pointe-à- Pitre, en la isla francesa de Guadalupe, es un homenaje debido a Florence. La novia del Atlántico, la magnífica capitana, muerta en accidente de helicóptero en Argentina hace unos años.  Con tan sólo 21 años participa por primera vez en la Route du Rhum, que une Saint-Malo con la isla de Guadalupe cada cuatro años en una carrera mítica. Queda en onceava posición. La gana en 1990, tras catorce días, diez horas y diez minutos de navegación. Es la primera mujer en hacerlo. Indomable, única, libre. Su autobiografía me acompaña en el Clinamen, como amuleto esencial. “El temor a la muerte es para mí el único verdadero terror. ¿De qué nos podemos asustar sino? ¿De perder un avión, una cita? ¿De la falta de dinero? La vida es un regalo, hay que vivirla plenamente y creer en el destino”. Vivir el mar requiere esa visión de entrega total.  Relativizar, dar importancia a lo que realimente la tiene. De priorizar y de reconocer, es decir de volver a conocer aquello que creíamos saber. La amistad, el dolor, la responsabilidad, el amor, la paternidad, el sacrificio, la resistencia, el trabajo, la filosofía, la pasión, la música. Todos esos conceptos dejan de tener el mismo sentido que tenían previamente, porque los has re-conocido. Ese es el sentido de re-nacer, que te permite la navegación solitaria.  

Uno de los hechos más extraños de esta parte de la travesía es el silencio de los delfines. No han vuelto a aparecer desde que salí de Cabo Verde. Me había acostumbrado a su presencia. Será porque la navegación se ha vuelto algo más tranquila, o sencillamente porque yo ya he aceptado la Serendipia absoluta de este viaje y lo extraordinario es que no pase nada. 

Me visitan peces voladores que insisten en complementar mi dieta. A pesar de ciertas acusaciones infundadas que recibo desde tierra, puedo asegurar que los ejemplares que llegan a mi plato, se suicidan en cubierta. Las criaturas del mar están a salvo conmigo. Soy un navegante aceptable, quizás. Pero soy un pésimo pescador, afortunadamente para el equilibrio biológico de los mares.
*********************
El Clinamen va devorando millas gracias a unos alisios perfectos que nos propalen a gran velocidad. Cada día que pasa la certeza del final me tiene por un lado acongojado y por otro excitado. ¿Será cierto que lo habré conseguido? Cruzar el Atlántico en solitario…ahí es nada. Aunque no sea nada comparado con otras aventuras, ésta es la que yo puedo contar, la que yo puedo compartir escribiéndola y escribiéndomela. La de un barco y un capitán nacidos en Buenos Aires, pero que ya de adultos adoptaron la bandera francesa. Comparten mucho más que esa identidad básica, ahora comparten la odisea más importante de sus existencias.
*********************
Dicen que la tierra antes de verla se hace presente. Vuelven los delfines, los primeros que me visitan desde hace días. Quedan 160 Millas náuticas  (la distancia entre Port Ginesta e Ibiza). Tierra ya no es un destino, es la realidad que se me aproxima. Con todo su peso. La realidad es París, es Barcelona, es la familia, los amigos, las responsabilidades. Nada de esa realidad cabe en el Clinamen, o quizás sí pero cabe sólo para acompañarme discretamente, respetando los silencios que se nos imponen, sabedores somos, mi realidad y yo, de que ahora sólo importa llegar a puerto. 

Porque la soledad no es la navegación solitaria. La soledad no se vive en el océano, en 11 metros de eslora por 3 y pico de ancho, que no paran de moverse de un lado para otro. Yo no estoy solo, ni me siento solo. Ni un segundo de esta travesía he pensado en la soledad en estos términos. Las historias de soledad duras son aquellas en las que alguien no tiene con quién comunicar, con quién hablar, con quién compartir. Afortunadamente no es este mi caso. Estoy solo en  el Atlántico, pero no estoy solo. 
He podido comunicar y compartir mi experiencia con decenas de personas. 

Aunque pueda sorprender, los franceses siempre han sido unos entusiastas de la historia de Robinson Crusoe. Jean-Jacques Rousseau no permitía que su alumno Emile leyera otra obra que no fuese la de Daniel Defoe. Personalmente detesto esa obra.  Creo que lleva implícito un mensaje que justifica la ética capitalista, así como del derecho de los europeos para hacer valer su supuesta superioridad moral y ética sobre el resto de pueblos. Pero el concepto “soledad” tiene un antes y un después del fenómeno Crusoe. Hay quién dirá que las tecnologías impiden al aislamiento absoluto. Es cierto. Ningún recodo del mundo está mudo. La comunicación llega a todas partes. Somos animales sociales, sin comunicación agonizamos. Pero la tecnología no es comunicación. Es lo que decimos sí, pero sobre todo es a quién se lo decimos. Es tener a quién hablar.  La verdad no está en el qué, ni el cómo, sino en el quién. 

*********************

Menos de 60 millas. La emoción no me permite encontrar las palabras. Me saldrían a borbotones miles de imágenes, de sensaciones. El cuerpo me recuerda golpes y arañazos. Estoy magullado, pero no siento físicamente el cansancio. La adrenalina es una droga poderosa, sin duda. La serotonina que mi cerebro debe estar liberando me tiene en estado casi de éxtasis. Escucho la radio de Guadalupe. El criollo, ese lenguaje que es más música que palabra, ya resuena en el Clinamen.

Me siento redimido. Simbólicamente liberado de sufrimientos y debacles. Cuando amarre el Clinamen en el puerto de Point-à-Pitre la redemptio habrá sido absoluta. Eso no significa que no vuelva a sufrir, a errar, a fracasar. Eso significa que ya no seré el mismo que antes sufría, erraba o fracasaba. Ya lo he dicho, vuelvo siendo yo, pero más yo que antes. Empiezo a ser consciente de que esta primera etapa llega a su fin y las lágrimas no cesan de recorrer mis mejillas. No encuentro las palabras. Se me escapan. No quiero dejar de llorar y apenas puedo escribir.  

La Desirade, ahí está mi primera tierra. Un islote de 11 kilómetros de largo por dos de ancho, habitada por 1700 personas. Las Antillas en estado puro.  Mi primera tierra desde Cabo Verde. El objetivo a tocar. Grito como un poseso. Lanzo exclamaciones a los dioses, a los delfines, a las sirenas, a los pobres pescados voladores, a las gaviotas, a los sargazos, a las olas, al viento y al mar. Voy dejando atrás el mar, para entrar en un mar humano, habitado, surcado por navíos, por personas. El océano se acaba donde empieza el hombre. Esa es la frontera por la que mi barco y yo hemos navegado. 

Suenan las canciones de Paolo Nuttini. No he hablado de la música que me ha acompañado durante la travesía. Muchas horas de todo tipo, que conjugaba según el estado de ánimo.  

Son las 05.14 CET del sábado 2 de abril cuando atraco el Clinamen en el puerto de Point-à-Pitre (casi medianoche, hora local).  Durante dos semanas he viajado por el mar sin hombres. Por el mar que es destino. La aventura llega a su fin momentáneo. Es tan importante estar preparado para zarpar como preparado para atracar. Es tan complicado salir como volver. Quizás diría que es mucho más complicado regresar. Seguro que es infinitamente más complejo poner el primer pie en tierra firme, que liberar el barco del muerto e izar la vela mayor por primera vez. Empiezo a ser consciente de lo que he conseguido y al mismo tiempo no acabo de comprenderlo. 

Sufro un cierto desequilibrio por el vaivén de mi oído interno. Mi cuerpo se había acostumbrado al mar, y ahora empieza el difícil aprendizaje de la tierra firme. Camino titubeante, mis pasos me parecen inciertos. Empiezo a darme cuenta que me sucede lo mismo que a Florence Arthaud: yo también sufro cuando no navego.

TERCERA ETAPA DEL MUNDO A VELA: OCÉANO, AL FIN…

Con cierta prisa, porque se me había hecho tarde -más tarde de lo deseado- me dirijo al puerto de Mindelo decidido a partir. La ventana meteorológica es muy favorable para el fin de semana y después de las angustias pasadas en toda la primera parte de esta travesía, quiero regalarme una etapa más agradable como navegante.

Zarpo como ya es mi costumbre, de noche cerrada. Esta vez reconozco que la decisión no es muy acertada. He estado trabajando arduamente, y no he podido abastecerme de suficiente fruta fresca. Apenas si pude comprar algo, de noche, antes de zarpar y las piezas eran pocas y de mala calidad. Esa falta de fruta fresca la llevo lamentando desde entonces. Una lástima ya que el mercado de Mindelo era una orgía de colores y olores, frutas de gran variedad y aspecto delicioso.

Salgo del puerto a las 2:00 UTC. La travesía por la bahía de Mindelo -nuevamente en la oscuridad como cuando llegué- se me hace larga hasta que consigo salir de la influencia de la isla. Navego toda la noche cruzando y luego bordeando la isla de Santo Antão. Sabía que esta isla era más alta que la de Sao Vicente y lo sufriría al navegar por su costa sur. Posee la cima de su volcán más alta, el Tope de Coroa, que culmina a casi 2000 metros. A 1979 metros para ser precisos. La consecuencia de esta orografía es determinante para el viento. Una vez se sale del Canal de São Vicente y se enfila la costa de Santo Antão, el viento cae abruptamente de los 25-30 nudos del canal a 5 nudos apenas.
Tengo que poner motor durante esa parte y así puedo aprovechar para dormir esas horas. Consigo unos momentos para escribir: el Mar es la inmensidad, lo inconmensurable. Todo es mar. El arroyo en la montaña está compuesto de gotas de agua que inevitablemente terminarán en el mar. Es el origen de la vida y el fin último.
Nos dicen que provenimos de polvo y que como polvo terminaremos. Pero todo polvo termina en el mar. Si en nuestro planeta Tierra no hubiera agua, la vida sería imposible. Polvo, minerales, es lo que compone cualquier astro en el Universo, sin embargo sólo la existencia del agua determina que en ellos la vida sea posible. Y el agua primera se llama Mar.
La primera y la última.
Saben aquellos con quiénes he hablado del tema, que muera donde muera, quisiera que mis cenizas se esparzan en el mar, o que sencillamente dejen mi cuerpo en el fondo marino. Si directamente tengo la suerte de morir en el mar o en mi isla cercada de él, le ahorraré esfuerzos a mis herederos y a la naturaleza.
Me despierto con un zarandeo violento, algo sumamente extraño cuando se marcha a motor. Me levanto cansado y confuso y veo que el viento estaba de frente y era de 20 nudos. Pensé que el piloto automático se habría saltado y que estaríamos navegando en sentido opuesto. Al ver el rumbo y el piloto en sus posiciones correctas, comprendo que la orografía de la isla y la alta cima, desvían el rumbo del Clinamen. El viento que en principio era un viento Noreste se transforma en un viento Noroeste, incluso en algunos momentos, el viento llega directamente del Oeste.
Pasada la isla, la navegación se normaliza y el viento se estabiliza con una dirección de Noreste y una velocidad importante, de 20-25 Knts. Gran nubosidad y fuerte oleaje acompañan mi salida al océano.

Primer punteo GPS a las 18:20 UTC del sábado 19 de marzo del 2016.
16º 45.760′ N y 26º 43.030′ W – Rumbo 280º, Viento fuerte de 20-25 Knts (nudos) con ráfagas de hasta 28. Fuerte oleaje de 2 metros y de través, lo que hace muy incómoda la navegación. Velocidad media 8 Knts con puntas a 9-10 Knts. Distancia a destino 2014 millas náuticas.
Ya estoy en el océano. La nostalgia del mar, el sueño por cumplir y el deseo de lograr la armonía con la naturaleza y con mi vida, me han traído hasta ese momento. El efecto de este viaje a través del laberinto de mi identidad será  la culminación de mi biografía. ¿Cuántos viajes encierra un solo viaje? El infinito viajar es entregarse a la relatividad de la verdad, a mi verdad, la misma que intento plasmar en estas líneas. Un relato definitivo que para mi determina la frontera entre la utopía y el desencanto. Este viaje es mi frontera. Entre el que he sido y el que seré. Una frontera definitiva espero. Una frontera que es vital y física. Nuestra vida humana siempre se desarrolla en el medio, entre un origen y un fin. Hace días que vengo reflexionando sobre el sentimiento de estar en medio del mar, de puro mar alrededor. Todo mi mundo no-mar es el espacio de 11 metros de largo por apenas 3 metros de ancho, que constituye mi Clinamen.
Desde la mañana había reducido la vela con un rizo y al notar que el viento no iba a disminuir decido que antes de que anochezca es más seguro pasar al segundo rizo. Como además la Vela Mayor había sido recién repasada en sus costuras, era conveniente no forzarla de inmediato hasta no comprobar que todo estuviera bien.
La maniobra para tomar el segundo rizo es perfecta. Como todavía las condiciones son muy razonables, puedo preparar bien y anticipar cada paso de los que voy a dar, ensayar primero en mi cabeza, una y dos veces la maniobra. El resultado lo noto de inmediato. Apenas hemos perdido un poco de velocidad, pero en cambio puedo compensar ganando algunos grados en mi ruta.
Punteo GPS a la 01:40 UTC del domingo 20 de marzo del 2016.
16º 48.220′ N y 27º 40.086′ W – Rumbo 285º. Sigue el viento fuerte de 22 a 25 Knts (nudos) con ráfagas de hasta 30. Fuerte oleaje de 2 metros. Velocidad media 7,5-8 Knts. Distancia a destino 1958 Nm.
El día amanece medio grisáceo, pero se va despejando. Las condiciones permanecen estables, el viento es fuerte, intenso pero al menos puedo comenzar a relajarme, de momento no me acechan grandes cambios o catástrofes. Como se me había anunciado, la ventana meteorológica es muy favorable para avanzar bien.
Tomo un punteo a media tarde: la distancia recorrida en 24 horas es de 180 millas náuticas. Un récord como velocidad media sobre un día completo.

Punteo GPS a la 19:30 UTC del lunes 21 de marzo del 2016. 16º 38.081′ N y 32º 55.996′ W – Rumbo 280º. Viento fuerte no siempre muy regular entre 15 y 25 Knts. Marejadilla. Velocidad media entre 7-9 Knts con mucha variación. Llevo aún tomados los 2 rizos pero desplegado la totalidad del Génoa. Distancia a destino 1655 Nm. Segundo día consecutivo navegando con la buena marca de 180 millas en un día.
La noche es relativamente tranquila. Puedo escribir y ponerme al día con correos retrasados. La relativa tranquilidad  también me permite leer, cosa que no había tenido demasiadas oportunidades de hacer hasta ese momento. Ahora sí que me siento en el Atlántico con sus alisios.
Escribo sobre el Mar, el mar que desde hace ya muchos días, semanas, me rodea, me envuelve, zarandea, pero también transporta, protege, me acoge en su seno, me da aire y libertad y un sentido a mi vida renovado.
Es noche cerrada y me dedico a la escritura nocturna, esa que Claudio Magris, define como la más subjetiva, la más extraña, quizás la más automática. Como si fuera otra persona la que guía mis dedos. Un yo desenvuelto y de una lucidez que me es, a veces, desconocida. Escribir y navegar. No sé dónde empieza el primero y dónde acaba el segundo.
Quiero reflexionar profundo en su profundidad, pero cómo hacerlo sin evocar el más bello poema que de él se haya escrito, al menos en nuestra lengua castellana. Cedo el honor al poeta para que me acompañe en estas reflexiones. Mi osadía será hablar después del genial chileno.
EL MAR
de Pablo Neruda
Necesito del mar porque me enseña:no sé si aprendo música o conciencia:no sé si es ola sola o ser profundoo sólo ronca voz o deslumbrantesuposición de peces y navíos.El hecho es que hasta cuando estoy dormidode algún modo magnético circuloen la universidad del oleaje.No son sólo las conchas trituradascomo si algún planeta temblorosoparticipara paulatina muerte,no, del fragmento reconstruyo el día,de una racha de sal la estalactitay de una cucharada el dios inmenso.
Lo que antes me enseñó lo guardo! Es aire,incesante viento, agua y arena.
Parece poco para el hombre jovenque aquí llegó a vivir con sus incendios,y sin embargo el pulso que subíay bajaba a su abismo,el frío del azul que crepitaba,el desmoronamiento de la estrella,el tierno desplegarse de la oladespilfarrando nieve con la espuma,el poder quieto, allí, determinadocomo un trono de piedra en lo profundo,substituyó el recinto en que crecíantristeza terca, amontonando olvido,y cambió bruscamente mi existencia:
di mi adhesión al puro movimiento.

Punteo GPS a la 11:00 UTC del martes 22 de marzo del 2016.
16º 40.742′ N y 34º 48.610′ W – Rumbo 290º. El viento y el oleaje siguen fuertes e irregulares de 20 a 30 Knts. Ya nos hemos acostumbrado a esta fuerza del viento y terminamos por encontrar nuestra estabilidad. Lo que he modificado desde anoche fue que reduje el Génoa para no tener sorpresas. Velocidad media 7-9 Knts. Distancia a destino 1548 Nm.
Parece que este viaje es un delicado encaje de equilibrios. Voy encontrando esas rendijas que me permiten acertar maniobras, pulir el gesto. Navegar es una danza que se desarrolla entre mi Clinamen y yo. Las piruetas que hacemos, los gestos de dolor, los golpes, las caricias y esa completa complicidad, cuando su movimiento y el mio, acompasados, nos permiten llegar al éxtasis. Como los derviches sufíes de Estambul, bailando con el Clinamen, que en griego significa giro, me permito rozar con la punta de los dedos las olas del mar.
Punteo GPS a la 00:00 UTC del miércoles 23 de marzo del 2016.
16º 39.735′ N y 36º 22.132′ W – Rumbo 290º. Viento y oleaje aún fuertes pero sobre todo muy variables de 20 a 25 Knts con rachas. Velocidad media 6-8 Knts. Distancia a destino 1458 Nm.
Me despierto en medio de la noche, como a las 04:15 con cierto presentimiento de cambio atmosférico. En efecto, hay un viento remolón. En pocos minutos siento que el cielo se ennegrece en medio de esa penumbra de grises. Como en un Turner. El viento comienza a soplar en un sentido, luego en otro, estamos bajo una pequeña tormenta. Con velas muy abiertas siempre es peligroso y traicionero por las trasluchadas y las aceleraciones intempestivas. Se pone a llover y el frente nos pasa por encima. Tras una hora se aleja. Pero aún lo puedo ver delante nuestro. Aminoro un poco nuestra marcha para dejarlo alejarse y modifico el rumbo más al Noroeste para pasar más claramente por su costado. En cuanto me acerco ligeramente veo como el anemómetro sube aceleradamente mostrando la aspiración ejercida por el frente climático.

Tomo el camino de la prudencia. Maniobro atentamente todo lo que puedo para evitarlo, dejando un par de golpes en todo ello. No se trataba de ir más rápido sino de llegar mejor. La prudencia en el mar no es una opción.
Se suceden varios frentes del mismo tipo y cada vez se me presenta el mismo escenario: los vientos giran, las olas crecen y hacen que el piloto automático no pueda mantener el control. Tengo que quedarme a la rueda (timón) toda la noche hasta las 08:30, que es cuando el viento comienza a estabilizarse entre 23 y 26 Knts. Estoy exhausto. Pongo un rumbo más nórdico, como para permitirme descansar, desayunar y recuperar algo de fuerzas.
La mañana también es muy complicada. Después de desayunar recibo mails con noticias tristes y complicaciones desde tierra. Estoy bastante cansado tras lo que he tenido que lidiar durante toda la noche en vela y ahora me cae este baldazo.
Se abre un claro de sol y me digo que lo más sano sería tomar algo de sol, relajarme, quizás dormirme un rato en esas circunstancias agradables. Me saco el arnés de seguridad para ponerme bronceador y en ese preciso instante una ola se cruza, desestabilizando el andar normal. El barco se pone muy rápidamente de través, trasluchando la botavara y yo salgo despedido por los aires. Mi instinto de vida me permite aferrarme a los cables periféricos y aunque ya tengo las piernas colgando en el agua, puedo recuperarme a bordo con todas las fuerzas que me quedan. Estoy en total estado de shock.
Un instante, una distracción, la mente ocupada en otros asuntos, perturbada y toda la aventura se podía haber terminado como el pote de crema, en el agua. La noche anterior, en el momento que describiría como de mayor bajón emocional de esta travesía, había salido a cubierta a gritar a las olas. Las increpé a ellas directamente: ¿por qué tenían tal grado de rencor conmigo, por qué ese ensañamiento? Había llegado hasta aquí sin haberle robado nada a nadie y jugándome mi piel, no la de ningún otro individuo!
Tras recuperar el aliento pienso en lo corta que es la vida cuando de un golpe de ola se nos termina, cuando queremos pensar que no nos ha llegado el momento, que no nos lo merecemos. Últimamente varios episodios de ictus ocurridos a personas que me rodean, me han hecho pensar lo mucho que me conmovió la muerte temprana de quién fue mi primer «mejor amigo» de la infancia. Ocurrió súbitamente, como no puede ser de otra manera cuando uno apenas ha despegado de los 40 años. Dejó detrás de él un amor no resuelto, sufrimiento en sus seres queridos y enojos en los que otrora fueron sus amigos y que no habían llegado a hacer las paces con él. Pero le llegó su ola, su muro persiguiéndolo y no tuvo cabalgadura suficiente para proteger su cerebro.
Los nervios a flor de piel y mi cabeza concentrada en temas tristes, habían sido los culpables de no haber sentido el movimiento de balanceo previsor. Siempre siento cuando el barco va a cambiar de dirección, esta vez mi mente me tenía anestesiado, me jugó una mala pasada que podría haber sido mortal. Lanzo otro grito de los que este mar que me rodea se está acostumbrando a escuchar. ¡Coño, pero si vengo respetando todas las consignas de seguridad, en el segundo que me distraigo y que hago una operación no atado casi me tiras al agua! Todo esto no podía terminar en forma tan estúpida.
El mismo pensamiento me vuelve una y otra vez: las olas son como la vida, nos muestran que en un instante todo puede cambiar de forma, de sentido, de vigor. De allanadas pueden convertirse en monstruos, y, en un instante único de violencia e injusticia, llevarnos con ellas sin ninguna explicación.
Punteo GPS a la 19:00 UTC del miércoles 23 de marzo del 2016.
16º 44.510′ N y 38º 21.384′ W – Rumbo 240º. Cambio esta tarde hacia un rumbo más de Sur para probarlo y con él ansío cambiar un poco mi suerte. Hoy es el día más negro desde un punto de vista anímico. Me siento cansado, algo abatido y desconsolado. Algo tiene que cambiar. El viento y el oleaje se mantienen fuertes de 20 a 25 Knts. Velocidad muy oscilante entre 5-8 Knts. Distancia a destino 1346 Nm.
Vuelvo a pensar en el poema de Pablo Neruda. El desencanto es mejor dejárselo a los poetas. Necesito del mar porque me enseña. Me lo repito una y otra vez. Me lo grabo en mi mente y me aferro al verso como me había aferrado al mástil del Clinamen ante el canto de las sirenas de los infortunios; me aferro al verso como me había aferrado antes a los delfines y su proverbial habilidad por darle un sentido a este viaje, Necesito del mar porque me enseña. Para eso estoy aquí.

El Misterio de Colón

Está de moda en los círculos de las izquierdas, supuestamente progresistas, de Latinoamérica y Europa, pretender que el personaje Colón sea detestado y aborrecido culpabilizándole a él del expolio de los pueblos nativos de América y de su sometimiento.

Personalmente considero a Colón como uno de los personajes más atractivos y fascinantes de la historia de la Humanidad. Es más, si hoy estoy navegando, en buena parte es gracias a Colón.
El personaje es una de las principales personalidades de la Aventura Humana, aunque siempre ha sido cuestionado. Lo fue en vida, y continúa siéndolo tras su muerte. Incluso la abracadabrante historia de los restos de Colón, uno de los pocos hombres que viajó (casi) tanto después de muerto como estando vivo, pone en tela de juicio cualquier afirmación categórica sobre su historia personal. No sabemos dónde está enterrado Colón, algunos sostienen que en Cuba, otros en Santo Domingo y oficialmente se supone que sus restos reposan en la Catedral de Sevilla.

¿Quién era Colón? ¿Y cuál era su verdadero nombre, Cristóforo Colombo, como pretenden los genoveses, Christovao Colombo, como se llamó en Portugal, Cristóbal Colomo, como se hizo conocer primeramente al llegar a Castilla, o el posteriormente adoptado de Cristóbal Colón?
¿Había hecho estudios o era un autodidacta? ¿Tenía un plan preciso para justificar lo que estaba seguro de descubrir? ¿Hasta qué punto lo había desarrollado y mostrado en sus presentaciones a los reyes de Portugal y luego de Castilla, reunidos delante de eruditos?
Después de más de cinco siglos, la controversia continua viva y el debate abierto.

Sobre su origen, él mismo entretuvo el misterio y luego veremos las razones que creemos que tenía para ello. Está mayoritariamente aceptado que nació en Génova, en 1451 en el seno de una familia de laneros. El padre parece ser que fue guardián de una de las torres de la ciudad y tabernero. Cristóbal y su hermano Bartolomeo tuvieron que auxiliarlo varias veces económicamente según consta en actas notariales.

Sin embargo, la lengua comúnmente empleada por Colón no es el italiano o el dialecto genovés. Incluso en correspondencia con otros genoveses, o con su propia familia, Colón empleaba el castellano, aunque en Castilla siempre le fue asociado el epíteto de “extranjero”, algo que él mismo reconocía abiertamente. En este sentido vale la pena destacar que, en esa época, en el contexto castellano, los genoveses eran tan extranjeros como los aragoneses o catalanes.
A la lectura de la excelente biografía que hace de él Salvador de Madariaga, concuerdo con este autor que el origen más probable de Colón fuera el de judío converso, nacido en Génova, pero de tradición sefardí. Así, la lengua familiar no habría sido el italiano o genovés sino el castellano hablado por los sefarditas. Un sefardí a su vez contagiado por diversas influencias tras más de cien años de exilio en Génova. Influencias que lo hacían «raro», «extraño” o “extranjero». Al mismo tiempo, cabe señalar que Colón aprendería latín en Portugal y es con modismos castellanizantes que lo escribe en notas o cartas cuando le es necesario.
Esta teoría es la única que enlaza los puntos en conexión entre quiénes lo creen genovés (que lo era probablemente de nacimiento), quiénes lo creen castellano o de alguna otra región española (que lo era por su origen familiar y la perpetuación del idioma ancestral como aún hoy lo hablan las comunidades sefardíes en sus hogares en Medio Oriente o Europa), o los que lo creen un judío errante (que lo era por la cultura familiar que lo llevó a emigrar de adolescente y abrirse camino por sí solo, eligiendo el mar para ganarse la vida y luego cumplir con lo que creía era su designio).
Teniendo, en lo personal, antecedentes probablemente de origen judío converso, como todos los que portamos un apellido muy religioso como lo es Cruz, me interesó particularmente indagar en este aspecto del Misterio Colón.

Una vez más, es Madariaga quién mejor trata el tema del entorno geográfico e histórico de la vida de nuestro navegante.
Nos enseña, en el capítulo XI, titulado, Judíos, Cristianos y Conversos de la biografía, VIDA DEL MUY MAGNÍFICO SEÑOR DON CRISTÓBAL COLÓN, que España era el hogar nacional judío desde tiempo casi inmemorial. Ningún país en el mundo, salvo Palestina, se ha identificado tanto con los judíos como España. La tradición hebrea nos enseña que la primera instalación de judíos en la Península Ibérica tuvo lugar en tiempos del Rey Salomón. La ciudad de Toledo habría sido fundada por hebreos, el vocablo «Tholedoth», significa generaciones. Pero la mayor inmigración está constatada a partir del éxodo causado por la destrucción de Jerusalén, en el año 74, de nuestra era cristiana, bajo el reinado de Vespasiano. Desde aquella fecha hasta su expulsión en 1492, los judíos entran tan hondamente en la vida del país que no es posible escribir la historia de España sin ellos.

Después de atravesar fases de antisemitismo y opresión durante la primera etapa visigoda, los hebreos hallaron en España mayor prosperidad y libertad para organizar su vida política, su cultura y su religión, que en ningún otro reino o región europea. Los judíos constituyeron un factor utilísimo en el desarrollo de la civilización ibérica, a causa de su valioso aporte a la vida económica durante la época medieval y el efecto estimulante que su actividad intelectual ejerció no sólo sobre España sino a través de ella, sobre todo el mundo cristiano de la época.

Los reyes de España, salvo contadas excepciones, fueron respetuosos y se mantuvieron fieles a la tradición que hacía de ellos los protectores naturales del pueblo judío. En derecho, los judíos «pertenecían» a la Corona. La persecución de los judíos siempre obró por olas «democráticas», del pueblo raso, envidioso y celoso de las diferencias que según ellos y los cabecillas (hoy diríamos caudillos populares) denostaban para endilgarles pactos con Satanás, y otras barbaridades que justificaran tomársela contra ellos, esencialmente pacíficos, porque comerciantes, intelectuales, científicos, aunque hay que admitir, también eran banqueros (usureros) y recaudadores de impuestos (con lo que eso conllevaba de desprecio, ayer y hoy).  Ayer como hoy, no siempre la mayoría tiene razón…a veces es fácilmente manipulada por una sarta de interesados que lo único que persiguen es sacar provecho propio de los malos sentimientos que en épocas de crisis y hambrunas pueden generarse en el pueblo no muy instruido en las sutilezas.
Cristóforo Colombo, como su hermano Bartolomeo, abandonan el hogar paterno a edad temprana, se echan fácilmente a la mar y en poco tiempo se conocen historias de un Colombo corsario genovés, pero también más tarde, de uno combatiente al favor de otro Amiral Coullon, de origen francés, sobre el cual se justificaría la frase del propio Colón cuando muchos años después dijo que él no había sido el primer Almirante en su familia. A las órdenes de dicho almirante habría participado en un ataque contra naves genovesas en el sur de Portugal que lo llevarían a naufragar y alcanzar la costa lusa a nado. A partir de allí, andaría a pie hasta Lisboa donde se juntaría con su hermano Bartolomeo, quién ya estaba trabajando en una librería y lo introduciría en el medio cartográfico del mayor centro de descubrimiento de la época.
El Infante Enrique, llamado el Navegante, había creado la más importante institución sobre navegación en Sagres, conformada, vale decir, en su mayoría de sabios judíos o conversos. Colón no tiene dificultad en moverse en ese ámbito e incluso se supone que por esos años conoció a Toscanelli, eminencia florentina que habría dibujado una carta con medidas precisas en cuanto a la dimensión de la tierra y con precisiones que le ayudarían a calcular cómo navegar hacia el poniente para llegar a las Indias.
La Corte Portuguesa también estaba bien compuesta por judíos y conversos. Los había incluso en los medios eclesiásticos. Colón se hace cartógrafo, estudia -la mayoría coincide en que de forma autodidacta- con tanto vigor y empeño que ya se percibe en él su persistente convencimiento de haber sido elegido para una misión divina. Esos sentimientos de la fe lo llevan a ser un devoto honesto y es a través de ese ámbito religioso que termina relacionándose con una familia bien introducida en la Corte. Gracias a ello, habría podido presentar su propuesta al Rey Don Juan II de Portugal. El rey recibió el proyecto con muy poca simpatía. Sus pretensiones eran, cierto, extravagantes y pese a que los sabios que lo escucharon no negaron la posibilidad de que las medidas y proposiciones expuestas por este ambicioso descubridor fueran justas, el Rey las desestimó, por pensar que sus intereses estaban mejor concentrados en buscar por la costa africana.
Antes de marchar hacia Castilla, la otra gran potencia marítima de la época, para ofrecer sus servicios a los Reyes Católicos, Colón aprovechó sus contactos para penetrar en el aposento real donde él sabía que hallaría el inestimable mapa de Toscanelli. Como no podía arriesgarse a robarlo y ya era un cartógrafo de buena ciencia, ingresó en dicha biblioteca con un libro suyo donde disimuló las páginas en blanco que luego le servirían para hacer la copia fiel de los documentos y cálculos de Toscanelli. Por si fuera pillado in flagrante al portar este tipo de secreto durante su viaje a Castilla, fue él mismo quién se hizo una carta apócrifa de Toscanelli al amigo Colón, en la que decía acompañar dicha copia.

Así es como Colón se llega hasta el reino de Castilla, que sería en esos meses, gracias a la reconquista definitiva de la plaza de Granada, el centro más importante del poder de la época.
Contrariamente a lo que es creído por muchos, los Reyes Católicos, pese a haber sido los que instruyeron las bases de la espantosa institución de la Inquisición y que promulgaron el Decreto de Expulsión de lo judíos, -aquellos que no optaron por convertirse al cristianismo- no sólo no eran antisemitas, sino que hay pruebas de que eran más bien reconocidos pro-semitas. Pero los intereses de estado y paradójicamente los consejos mayoritarios de sus asesores, por lo general conversos celosos de los «infieles» que no habían querido desposar la nueva fe, los obligaron a ver como herramienta de cohesión de la nueva nación en expansión, una campaña de cristianización excesiva, atacándose tanto a los moros que deseaban permanecer en sus propiedades, como a los judíos que, si no renegaban su «diferencia cultural», debían abandonar el territorio real.
La Inquisición fue en sus principales cargos llevada a cargo por ex judíos, conversos -como lo era el propio Gran Inquisidor Torquemada- que fueron mucho más implacables y crueles con sus ex hermanos de tradición ancestral.
Esto explica entre otras razones, por qué Colón, prefirió no adoptar la fórmula más habitual en España para su apellido como la de Colom, de distribución bastante corriente en Cataluña y las Baleares (donde incluso existe Porto Colom). Cuando Colón solicitaba audiencia a los Reyes, tres familias de conversos apellidados Colom eran condenados y quemados por judaización (la acusación más habitual para no tener que demostrar demasiadas pruebas de mala conducta).
Así es que Cristóbal Colón, castellanizando libremente su nombre original, se presentaba como marino genovés, habiendo pasado toda su vida anterior a su llegada a Castilla en el Mar. Con previa historia familiar datando de la primera emigración judía del siglo XIV (causada principalmente por la peste que asoló Europa), cuando sus ancestros habrían dejado España para llegar a Génova, Cristóforo, Christovao, prefiere llegar como Cristóbal sin dar mayores explicaciones a nadie sobre su persona más que sobre su misión como descubridor.
Me gusta la frase que mejor describe la actitud de este joven Colón. Se puede ser soñador sin ser tonto y Colón no era tonto, aunque era un gran soñador.

Compartía con el sabio florentino Toscanelli la idea de que la tierra era redonda y por tanto era factible llegar al oriente viajando al occidente. Difería en sus cálculos, siendo Colón más optimista en su error, lo que lo llevó a evaluar en menos días de los que realmente acometió para encontrar las primeras islas. Desde antes de la era cristiana los judíos tenían alguna noción sobre la redondez de la tierra. Por esta razón, el Yom Kipur, el año nuevo judío, lo celebraban durante 2 días en vez de uno. Sabían que mientras a un lado de la tierra era de día, al otro lado era de noche.
Otro hecho que me place destacar. Parece ser que la mayoría de los 120 marineros que integraban la expedición, eran de origen judío. Huían de las persecuciones de la Inquisición y buscaban otras tierras donde pudieran ejercer libremente su religión. En las anotaciones sobre el desembarco en la isla de Guanahaní, que Colón bautizó como San Salvador, se lee que Colón habló a sus habitantes en hebreo, pensando que había encontrado una de las tribus perdidas de Israel. En las cartas que envió a los reyes de España mencionaba al rey David y a la expulsión de los judíos, asuntos que no tenían relación con su descubrimiento. Estas cartas, según estudios del departamento de grafología de la policía de Madrid, fueron escritas de derecha a izquierda tal como se escribe el hebreo. En las cartas que enviaba a su hijo siempre ponía en la parte superior de cada hoja las palabras hebreas “bet hei” que en hebreo significa «con la ayuda de Dios».
El Almirante de la Historia es una incógnita. Fray Bartolomé de las Casas, dijo que los Católicos, una vez finalizada la Reconquista, se sentían bajo “un ardiente deseo de abrir la geografía”. Y eso fue posible gracias al sefardí genovés. Una ilusión por la trascendencia, una ambición por el control del mercado de las especies, una cortina de humo donde enmascarar la expulsión de los judíos del Reino de Castilla. Que un hombre de origen incierto, fuese capaz de convencer a Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, es un hecho  altamente improbable. La aventura propuesta era una locura. Pero la historia se juega con  hechos impredecibles, con los giros inesperados. Los Clinamen. 
Colón descubrió no sólo un continente, sino que permitió cerrar el mundo en un globo seguro, abrir el camino de la modernidad tecnológica. Borró de un plumazo abismos y dragones. Le puso fin a lo mágico como explicación de la realidad. Desde Colón los hechos son los ladrillos con los que construimos el mundo. 
No fue Descartes, fue Colón. 
No fue Newton, fue Colón. 
Ninguna hazaña superará a la suya.  

Gracias a la Vida – Atlántico, 28 de marzo de 2016

Esta mañana me sentía muy bien. El viento buscaba a girar más del Este. La imposibilidad de montar el spinnaker en solitario y la fuerza persistente de 15-20 nudos, me obligaban a encontrar un equilibrio, un compromiso. Como suelo hacer en la propia vida, me digo a mí mismo.

Acomodo el barco con el viento de popa y comienzo a jugar con el ajuste de las velas.
No lo consigo. Siempre hay una ola que perturba el frágil equilibrio, cuando uno ya creía que lo había logrado.

Caen algunas gotas de agua dulce y sin embargo se siente bien el calor del sol. Levanto mi cabeza para explorar el cielo, para comprender. Sólo es una nube gris, negra, no muy grande, pero quiere dejar su huella, mostrar su presencia. Le doy la bienvenida con alegría. Esa es también la naturaleza con la que conjugo mi viaje, milla tras milla.

Controlo la vela de proa, el Génoa,  y ante mí se recorta, en un cielo extraordinario, un perfecto arco iris. Justo en la proa de Clinamen. Magnífico. Otro regalo. Siguen llegando sin cesar, me digo bajito.

Pongo un poco de orden en la cabina, es lunes y debería enviar un artículo para la revista que publica mi viaje. Debería ponerme a escribir. Pongo la música apropiada.
Un buen cojín, una cerveza fría. Decido reposar un momento antes de iniciar la tarea.

Pasa una media hora y aún estoy simplemente disfrutando el momento. No quiero concentrarme aún «en el trabajo». Me siento bien, canturreo las canciones que suenan. Las olas, me doy cuenta, han comenzado a ser más regulares. No son menores, sólo son más armoniosas.

¡He aquí la armonía! Una paz que se instala sin forzarla, de forma natural.

Me quedo así. Una hora, dos horas, pasan cuando mi estómago me avisa que tiene un poco de hambre. Me resisto, pero después de un par de canciones y varias oleadas, decido que debo escuchar a mis tripas.

Mientras preparo un plato típico del Caribe, arroz, frijoles rojos y huevos, añadiendo un poco de picante, leo los mails. Uno de los mensajes me conmueve hasta las lágrimas. Tal es mi emoción que siento que hoy no podré escribir nada más. El texto está bien escrito, con las palabras justas, los sentimientos precisos, pero, sobre todo, siento que su significado está en total armonía con todos mis pensamientos de la mañana. Esas palabras eran las que me rondaban el espíritu.

Voy a transcribir fielmente esas líneas sin siquiera pedir permiso, ya que este texto es ahora mío y lo quiero compartir:
«Muchas gracias por tu propuesta (que acepto con alegría) de navegar juntos para descubrir el mundo … o huir de él … Me pregunto qué sentimientos encontrados experimentarás entre la dicha de reencontrarte con los tuyos, la tristeza por dejar a tu compañero de viaje, a tu barco, y el temor por retomar lo cotidiano. De hecho, no tengo ninguna duda, después de la abnegación que has mostrado por cumplir tu sueño, de tu fuerza para afrontar los malos vientos y negociar las depresiones futuras.  Ahora posees la confianza que te ha de permitir ir donde quieras, y vivir en armonía contigo mismo, sólo con la ayuda de tu propia voluntad y tu irreprimible deseo de libertad. Te imagino desembarcando dentro de pocas horas, el paso vacilante típico en el marino tras un largo viaje, las sombras de la duda … la cabeza vuelta hacia tu barco con el deseo de continuar la aventura y la razón haciéndose cargo de todo y ordenando la vuelta al deber. Te imagino asumiendo tus responsabilidades, no traicionando la confianza de tu equipo, algo que sin duda no es lo más fácil, pero es inmensamente respetable. Es cuestión de honor. De hecho, conseguirás que cohabiten tu niño interior y el papel de un padre. El cuidado amoroso del padre con sus hijos, ese amor infinito, esa entrega total y absoluta. El amor de compañero que comparte, que escucha y construye, el que se fusiona con su amada. El cuidado como un hermano mayor con tus colaboradores, la responsabilidad de llevarlos más alto, más lejos, sin abandonarlos en el camino. Pero, sobre todo, preservarás los logros de este viaje, este renacer liberador que estoy seguro te hacer hecho clamar al viento un grito primario en el medio del océano teniendo a las aves y los peces como testigos … Es esta juventud reencontrada, liberada de su matriz, quien te dará la fuerza para cumplir con tus deberes de hombre, resolver tus asuntos y luego elegir el camino que desees descubrir en esta segunda parte de tu vida.
Eso sí, no te olvides detenerte en una taberna para disfrutar de un buen ron antes de volver a la civilización … «
¿Qué más decir hoy después de estas palabras?
Gracias, Gracias.
Gracias a la Vida, que me ha dado tanto…

SEGUNDA ETAPA: CABO VERDE

Diario de a Bordo de un viaje en solitario, una aventura llena de delfines, con el mar y el viento como banda sonora. Sigue las coordenadas de un sueño.

Punteo GPS a las 08:20 UTC del Viernes 11 de marzo. 25 N 25.117 y 22 W 05.739 – Rumbo 225- Viento débil 10 Knts NE – Velocidad 4,5-5 Knts (con sólo el Génoa).

Océano Atlántico entre Islas Canarias y Archipiélago de Cabo Verde. Duermo toda la noche inquieto porque navegando lento y sólo con una vela, me pregunto qué opciones debo activar a partir del amanecer. El barco con el Génoa como único propulsor no se encuentra equilibrado y zarandea, cabeceando demasiado para permitirme un descanso como necesitaría por la tensión acumulada.
En mi duermevela pienso que no me cuesta acostumbrarme al constante azul, al azul-verdoso, al grisáceo que me rodea desde ya un mes. El mar dicen que adquiere el color en función de la profundidad y del plancton. Como el desierto, el mar nunca es el mismo, aunque siempre sea el mismo mar. El que cambia es quién lo navega. Y como el mar, no todos los días lucimos el mismo color. He salido de la Gomera creyendo no volver a pisar tierra hasta las Antillas. Estaba muy ansioso de verme ya la cara a solas con ese infinito horizonte al que apuntar casi en línea recta hacia el W, el Oeste, enfilar al Poniente y coleccionar atardeceres. Pero el destino tiene su propia gramática y su propia carta de navegación.
Desde de la rotura de la Vela Mayor avanzamos poco y con viento flojo y debilitándose. Debo encontrar una solución adecuada y tomar las decisiones apropiadas. El intento de arreglo de la vela, con el oleaje que nos zarandea constantemente, resulta impracticable. Antes de tomar las decisiones de gran envergadura debo intentar una reparación con el material que tengo, pero debo arriar la vela y llevármela a la cabina. Sólo trabajando en seco y estable, por más incómodo que sea, podré hacer una labor razonable. Me lleva casi todo el día la maniobra: el remiendo, lo más prolijo posible, y el volver a trimar la vela en su lugar definitivo. Son las 18 hs UTC y me siento orgulloso del trabajo efectuado, veremos cómo se lo aguanta, ¡hay que pensar que nos quedan por delante 2.400 millas!

Punteo GPS a las 20:20 UTC del Viernes 11 de marzo 24 N 47.400 y 22 W 37.900 – Rumbo 225- Viento débil 5-10 Knts NE – Velocidad 4,5 Knts (con Vela Mayor + Génoa). Distancia total a Destino 2.388 Nm
Hay poco oleaje que porte favorablemente, el viento es muy variable y débil, por ello la velocidad no llega a estabilizarse. A las 21 horas decido poner el motor para apoyar un poco el andar porque ya hemos perdido mucho tiempo en el último día y medio y sin suficiente velocidad el hidrogenerador no carga suficiente las baterías. Si pongo las luces de navegación, agregadas a la nevera que durante todo el día había mantenido apagada, corremos serio riesgo de que nos quedemos sin energía suficiente. Aprovecharé para hacer una cena con muchas verduras. Hoy el almuerzo, por el intenso trabajo, fue solamente de Jamón de Jabugo, queso y una cerveza Quilmes! Hay que tratar correctamente al personal…
Me decidí por hacer un risotto con verduras y auténtico parmesano que salió muy bueno. Añado una copa de vinito Malbec, necesaria satisfacción para contrarrestar las decepciones de los últimos días. Después de cenar, la vuelta de rutina para constatar que todo siguiera bien y ¡oh, sorpresa! ¡La reparación de la vela no aguantó! Nuevamente se estaban desprendiendo los remedios plásticos por la excesiva tensión que soportan.
Debo arriar la vela en plena noche. Al acabar la maniobra regreso a la cabina y decido no decidir nada hasta la mañana siguiente. La única medida que me siento capaz de tomar es la de poner un rumbo más al sur, por si, finalmente, como presiento, decido dirigirme a Cabo Verde para reparar la Vela Mayor antes de continuar. El sábado por la mañana amanece sumamente tranquilo, con poco viento. Enciendo el motor tras decidir cambio de rumbo. Nuevo destino: Cabo Verde, isla de San Vicente, puerto de Mindelo, donde me comunican desde mi base que hay una Marina con todos los servicios disponibles. Es la más sabia opción.

Punteo GPS a las 17:20 UTC del Sábado 12 de marzo 23 N 30.521 y 23 W 19.782 – Rumbo 200- Viento casi inexistente 3-5 Knts – Velocidad 6 Knts (con Motor). Distancia a Mindelo 406 Nm Distancia total a Destino 2.520 Nm (recalculada por el desvío obligatorio).
Antes del anochecer pruebo de subir la vela de fortuna que no es menos que la mejor vela, la de competición, en tela de Kevlar. Pero tiene un inconveniente: la maniobra en solitario es muy dificultosa y arriesgada. Este motivo me impide pensar en continuar sólo con ella hasta destino. Si hubiera estado a mitad de camino, obviamente hubiera asumido esa dificultad, pero teniendo la opción Cabo Verde, sé que he tomado la mejor decisión posible. Los tres días desde mi posición de avería hasta Mindelo, la segunda ciudad más importante del archipiélago de Cabo Verde, capital de la isla de San Vicente y el puerto al que quiero llegar, son de navegación tranquila. Apenas viento hasta acercarme a las islas. El blanco amenazante, el de las nubes sospechosas y la espuma agitada, desaparece.
Punteo GPS a las 09:40 UTC del Domingo 13 de marzo. 22 N 32.200 y 23 W 39.360 – Rumbo 202- Viento débil 8-9 Knts NE – Velocidad 3,5-4 Knts. Distancia a Mindelo 346 Nm Distancia total a Destino 2.460 Nm.
Domingo sin novedades. Intento pescar, pero no lo consigo.
Punteo GPS a las 21:30 UTC del Domingo 13/03 21 N 41.210 y 23 W 52.498 – Rumbo 202- Viento débil 10 Knts NE – Velocidad 5 Knts. (en orejas de burro) Distancia a Mindelo 293 Nm Distancia total a Destino 2.408 Nm
Por la mañana del lunes, el viento parece regresar en la medida en que nos acercamos a Cabo Verde. Los problemas parecen haberse evaporado. Una mañana perfecta de navegación. Hay una marejadilla poco molesta.
Punteo GPS a las 08:20 UTC del Lunes 14 de marzo. 20 N 49.098 y 23 W 59.235 – Rumbo 195 – Viento suave 11-12 Knts NE – Velocidad 5-6 Knts. Distancia a Mindelo 241 Nm Distancia total a Destino 2.355 Nm.
Día de gran tranquilidad, por primera vez en el viaje desde la salida del prólogo en la Península que no navegaba relajado. Me da tiempo a pensar, algo que he podido hacer escasamente durante los días anteriores, mientras continuo mi diálogo rumiante conmigo mismo y con los que se quedaron en tierra. Las nuevas tecnologías impiden la soledad absoluta. Pero tampoco es lo que deseo.
Las islas remotas tienen un magnetismo fuera de lo común. Son pedazos de tierra aislados que fueron imaginados antes que explorados. Finalmente siento que estoy feliz del acontecimiento que me obliga a desviarme. Me permitirá explorar mi carta de islas. Intento pescar. De nuevo sin éxito.
La navegación continua con una tranquilidad plomiza a pesar de los cargueros que se distinguen a ojo y que provocan un concierto de pitidos de la alarma AIS que insiste en recordarme que no estoy solo. Los cargueros me dan a entender que, al menos, estoy en el buen camino, en la ruta directa hacia el sur o el oeste. A medida que me acerco y pienso adonde llegaré, me doy cuenta que no venía preparado para esta parada y por ello no preví ninguna carta, ni programa.

Punteo GPS a las 14:00 UTC del Lunes 14 de marzo. 17 N 59.211 y 24 W 38.240 – Rumbo 235 – Viento débil 5-10 Knts NE – Velocidad 4 Knts. (en orejas de burro) Distancia a Mindelo 68,5 Nm Distancia total a Destino 2.182 Nm
El lunes pasa sin pena ni gloria, día medio gris, sin calor pero tampoco fresco, hasta que al atardecer apareció una numerosa manada de delfines. Por la proximidad con Mindelo, decido ofrecerme una cena ligera pero elegante, crema de bogavante y cigalas con un par de vasos de vino canario.
A pocas horas de divisar tierra se me hace de noche cerrada y me encuentro navegando a ciegas. Es la navegación más peligrosa que existe, también la más arcaica y que continúan realizando los pescadores, sobre todo los artesanales. No me acompañan las estrellas, aunque sí el sónar, pero de nada me sirven el resto de parafernalia moderna. La oscuridad en el mar no deja lugar a ningún otro color y debo recobrar la pericia de los viejos navegantes. Agudizar la mirada, diferenciar los contrastes entre los distintos negros y grises. Lo más difícil es controlar la ansiedad de topar con algo que no hubiera divisado más que a último momento o ni siquiera hasta el impacto

A las 02:30 UTC llego a la bocana del puerto de Mindelo, pero hay muy poca y mala señalización para poder encontrar la Marina. No atienden por la radio ni por el teléfono. Me voy aventurando hasta llegar a divisar unos mástiles en el fondo y me acerco, amarrando solo en el pontón de la gasolinera. Son las 04:00 y estoy contento de haber llegado de descansar sobre una cama que ya no se mueve en todos los sentidos… Hemos llegado.
Cabo Verde. ¿Qué sé yo de Cabo Verde al despertar? Apenas nada. Cesária Évora. La voz dulce y los pies descalzos, la artista auténtica y torturada. Las baladas criollas, suaves, nostálgicas, esa música que acaricia y te enseña a apreciar la saudade. Poco más. Las letras rítmicas, las palabras que te rasgan el alma. Es dulce morir en el mar, cantaba
mi preferida, por razones que no explicaré.
Es dulce morir en el marLas ondas verdes del mar
La noche en que no vinoFue triste para míLa barcaza volvió solaUna noche triste fue para mí
Es dulce morir en el marLas ondas verdes del mar
La barcaza navegó, noche eraLa madrugada no ha regresadoMarinero hermosoLa sirena del mar se lo llevó
Es dulce morir en el marLas ondas verdes del mar
Es dulce morir en el marLas ondas verdes del mar
La olas del mar verde miel

Lo primero que me sorprende al llegar a Cabo Verde es la luz, intensa, como lo es siempre en el trópico. Una luz que no admite matices. Los colores aquí están todos en su lugar. Lo áspero del terreno. Volcánico, sí, pero duro. Una tierra que no parece amable. A quien camina sus islas, los pies se le desuellan. Llevaba Cesária Évora las plantas de los pies abiertas, «pisadas», como ella decía tras cincuenta y cinco años caminando descalza, del puerto de Mindelo a otros puertos. Cabo Verde: nueve islas, a 300 millas de tierra firme, océano Atlántico, noroeste de Senegal, un millón cuarenta mil almas, setecientos mil caboverdianos en la emigración, nueve dialectos criollos que quedaron del portugués azotado por los vientos, confundido con el canto de los pájaros. Fue colonia portuguesa, independiente en 1975, país agrario y pesquero, castigado por el tiempo y la sequía. La voz de Cesária Évora tenía el olor de Cabo Verde en su piel oscura y su sonrisa fácil y amplia.

Me sorprenden las personas. Al contrario de la tierra que habitan, las gentes de Mindelo, los caboverdianos, me reconstruyen la imagen de la felicidad. Esa de la que tanto he hablado a mi escudero, mi Clinamen, en nuestras horas de charlas nocturnas. Lejos de todo, lejos de todos, sin prisas, sosegados, esperando poco, porque poco hay que esperar, anhelando poco, porque poco hay que anhelar, ambicionando lo justo. Una buena pesca, un buen lugar bajo el sol, el verde del mar. La felicidad se destila por el desapego, la lejanía. Será que es más fácil ser feliz –o aparentarlo- en medio del Atlántico, que hacerlo en París o Barcelona. Me quedan más de 2100 millas para dilucidarlo. Estas islas que han sido siempre refugio para los marinos, también eran la base en el tráfico de esclavos. El caribe africano, como Haití, rezuma también esa tristeza por el desarraigo. ¿Será que la felicidad tiene que ver con aceptar el destino que toca, con no provocar a los oráculos, con cierta mansedumbre de espíritu? O ¿será que se han liberado de la ansiedad de ser felices a toda costa? No quiero asociar la mansedumbre con la felicidad, tampoco con la resignación. Siento en esta gente un sentido de la dignidad. Quizás sea eso la felicidad.
Decido concederme la oportunidad de caminar la isla, de conocer a sus gentes. Acariciar, si me dejan, una minúscula parte de sus secretos. Como ya hice en La Gomera, pateo las calles y los caminos porque es con los pies que se conoce la tierra. Al otro lado de la isla, camino solo por un sendero al lado del mar. Camino descalzo. Arena y rocas. Diez kilómetros bajo el sol mientras, por mi mente, van pasando hilvanados a su antojo miles de pensamientos. Los elijo al azar: “uno no deja de navegar por pisar tierra; uno no deja de viajar por atracar en un puerto. El infinito viajar es una actitud, no un medio de transporte. Es absorber al “otro”. Siempre he pensado que las historias ajenas son más interesantes que la mía, de ahí que me apasione la literatura y en cambio me sorprendo cuando me incitan a contar mis anécdotas, que es verdad colecciono miles. Para entender el mundo las ciencias son imprescindibles, para comprenderlo, la literatura es esencial. Viajamos mientras leemos, viajamos mientras conocemos al “otro”, mientras nos ponemos en su lugar. El viajar infinito es la compasión infinita, porque todo lo que nos rodea dejará de existir «algún día».

Regreso y me detengo en la lonja de pescado, en el mercado, en la exposición de Cesária Évora. Mientras me reparan la Vela, me dejo seducir por las historias que me cuentan, las voces que me hablan. No pretendía conocer Cabo Verde y hoy me pregunto si Cabo Verde no era la etapa necesaria de este viaje. Agradezco al Dios de las costuras que rompiera mi Vela Mayor, al Dios de las Hilaturas que me impidiese recoser el trapo. A los dioses del mar, a sus sirenas y tritones, les agradezco que me dejaran reposar en este pedazo de tierra. Todo viene del mar, y luego el mar parte las vidas y sólo a veces las devuelve. Trae riqueza y deja saudade. Del mar viene también la música de Cise, la reina de la morna.
Llevaré siempre conmigo a Cabo Verde y a sus olas de mar verde miel.

PRIMERA ETAPA: LA GOMERA

Hay muchas maneras de contar esta historia. El detalle de bitácora o Diario de a Bordo, los estados de ánimo que se suceden, mis encuentros con los delfines que me trastocan el alma, los percances, el mar y el viento. La vida hace a menudo ciertos ajustes de cuentas que no es aconsejable pasar por alto. Si encima se los hace a un navegante solitario, lo mejor que puedes hacer es comprender que el destino sucede en una cotidiana secuencia de tiempo, pero es en el Sueño, donde se vive realmente.

LA GOMERA, LA ÚLTIMA TIERRA
¿Qué importancia tiene la última escala para el navegante si no es porque es allí donde comienza verdaderamente su travesía? La congoja, el track, el sentimiento de salto al vacío, todo eso se da ya en tierra, pero no se da en cualquier lugar de tierra firme, sino en aquella que le sirve al navegante de último muelle.
Aprovisionar todo lo necesario, preparar bien la nave, ultimar todos los detalles, para un navegante solitario es una tarea que conlleva su pequeño rito. Llevo leyendo el Diario de a Bordo de Cristóbal Colón desde antes de zarpar. El libro fue el regalo que robé a mi padre días antes de mi salida. La historia de Colón hay que leerla en el mar. La visión del explorador que parte hacia tierras lejanas, la serendipia de encontrar aquello que no se busca. Desde el principio de mi Proyecto Atlántico, me dije que tomaría el rumbo de los vientos, como hizo el Almirante y al igual que él decidió en tres de sus cuatro viajes, que su última escala tuviese lugar en la isla de la Gomera, me decido por poner rumbo a la más occidental de las Islas Canarias. Formar parte de un viaje infinito imagino que supone formar parte de una continuidad en el mar.
Llego al puerto San Sebastián de la Gomera con tiempo para poder gozar un poco de la isla. Las expectativas se cumplen en parte. Siempre lo hacen
las expectativas. La Casa de Colón es más simbólica que real, ya que fue construida varios siglos después en el solar donde hubo otro hospedaje donde el navegante parece ser que habría pernoctado. Sin embargo el trato amable de los gomeros y la alta presencia de venezolanos y cubanos, ofrece al visitante un momento reconciliador.

Esta pequeña isla fue muy maltratada por los saqueos de los corsarios ingleses y holandeses, aunque siendo el último y más terrible el de la invasión berberisca de 1618 que arrasó con todo el poblado habitado por los gomeros. Pero aún hoy se siente la resistencia gomera desde la naturaleza de la isla, hasta en el propio clima duro. La peculiaridad llega incluso al lenguaje. Los gomeros han preservado la curiosa forma de comunicación conocida como el “silbo gomero”. El lenguaje silbado emplea seis sonidos y puede llegar a expresar más de 4.000 conceptos.
Al promediar la tarde me invade un sentimiento de escasez respecto a las expectativas. Tan es así que la señora que me atendió en la oficina de información turística, me comprendió a la primera: no podía irme sin haber visitado el Parque Nacional del Alto de Garajonay, “Si no lo visita es como si usted no hubiera venido a esta isla” me respondió muy acertadamente.
No se puede ser buen marino si no se acepta cambiar el rumbo y adaptarse a las circunstancias. Por ello, aún en tierra, cambié mi agenda de partida y en lugar de zarpar a la mañana siguiente, decidí que me tomaría el día para hacer esa excursión al corazón de la isla ¡qué magnífico es sentir que uno ha tomado la mejor decisión, sin ambigüedades!
La noche antes de la excursión imprevista, me ofrecí mi última cena en tierra, en La Salamandra, un restaurante muy recomendable vivo un gran momento gastronómico con un milhojas de berenjenas de entrante y una ventresca de atún a la brasa, cocinada sencillamente a su mejor punto. El vino, un buen tinto canario, para acompañar, suave y agradable.

En la mañana apuré todos los aprestos para dejar a Clinamen listo antes de tomarme la Guagua de la línea 1 que une San Sebastián con el Valle Gran Rey. Corrí, como siempre, para reunir una actividad con otra. Ahora el marino debía vestirse de caminante.
Cuando la guagua inicia la ruta ascendente, se siente claramente la personalidad volcánica y resistente de la isla. El carácter gomero se ve enraizado en su topografía. Antes de llegar al centro de la isla, donde me bajaría, penetramos en las nubes que cubrían la cima. Este mar de nubes es generado por los vientos alisios que condensan el vapor de agua en las hojas de los árboles generando lo que se conoce como lluvia horizontal. La ascensión hasta el Alto de Garajonay de 1487 metros, está muy bien cuidada y es muy interesante apreciar la vegetación cambiante en un entorno aislado y benigno. Durante el descenso y absorbido por la contemplación vegetal, me perdí prodigiosamente para ir a parar a unas zonas de cultivos y de aldeas. Allí pude observar las formas de producción estoica y sufrida, pero persistentes y rebeldes. Todo el paisaje estaba matizado entre vegetación que parecía haber sido quemada y nuevos brotes o plantaciones. Al regresar al puerto me enteraría que en 2012 había ocurrido el mayor desastre natural, un incendio que acabó con gran parte de la superficie del parque y de sus alrededores.
Regresé del paseo a las 16:45 y me dediqué a hacer el lleno del tanque de agua, asegurar que tuviera todos los otros aprovisionamientos como la bombona de gas suplementaria para cocinar. Salí del amarre a las 18 horas para cargar gasóleo. Debía completar el tanque y además llenar los bidones auxiliares que había utilizado para pasar Gibraltar.
Quería zarpar con los últimos rayos de luz.

Me quedaba ordenar todo el salón y mi camarote para salir conforme y no revuelto porque afuera soplaba lindo, todo lo desordenado valsaría irremediablemente. Revisé las velas y reajusté los risos de forma tradicional para que los cabos no estuvieran tan ajustados.
Al final, sólo me restaba por hacer la ronda de despedidas telefónicas. Momento como siempre muy emotivo, pero éste, que ya sabía que era el ultimísimo, lo sería aún más. Ser viajero no es algo que se precipite en uno. Lo fui con veinte años y melenudo, recorriendo el continente americano, lo ha continuado siendo de empresario, padre y de melena acortada por la responsabilidad, y ahora solo, continuo el camino. Como decía Eugenio Montejo, “solo trajimos el tiempo de estar vivos entre el relámpago y el viento”. Uno no viaja para enriquecerse, sino para desnudarse el alma.

LARGANDO AMARRAS
Como se oscurecía, a las 20 horas salí a motor a bravar el ventarrón de 25-30 nudos que se produce a la altura del puerto de San Sebastián. Mientras seguía despidiéndome de los míos con un hilo de voz tenue, cada vez más lejana.
Tras 5 millas náuticas a motor, a las 21:30 icé las velas de noche que era justo lo que quería evitar, pero las lágrimas derramadas bien valían ese desaire a la previsión…La Vela Mayor con 2 risas y el Génova desplegado sólo a medias.
Primer punteo GPS a las 0:21 del miércoles 9 de marzo del 2016.
27º 52′ 160″ N y 17º 27′ 492″ W – Rumbo 235º, Viento moderado suave de 13 Knts (nudos). Velocidad media 5-6 Knts. Noche espléndida, estrellada pero sin luna, con las solas luces lejanas de los puertitos de la isla de la Gomera.
Durante la noche me fui alejando de Gomera para poner en el horizonte de luces lejanas a la isla de Hierro.
A las 5:20, a la altura de la punta más al Sur tomé el segundo punteo GPS.
27º 34′ 400″ N y 18º 01′ 125″ W – Rumbo 255º. Viento moderado fuerte de 22 Knts. Velocidad media 8 Knts.

Las Canarias van quedando lejos mientras pienso en mis sensaciones en tierra. Ya en el mar, con la memoria aún fija en la tierra, murmuro las inolvidables estrofas del poeta Antonio Machado, que canta Joan Manuel Serrat: todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar. Pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar. … Caminante no hay camino, se hace camino al andar, al andar se hace camino y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, ¡sino estelas en la mar!
Esto mismo lo cantaba al atravesar el puente de La Quiaca, en el Norte argentino, frontera con Bolivia, a los veinte años y una sensación de determinación de que nunca más regresaría a vivir en esa tierra que me había parido. Y así fue.
La mañana fue grisácea, me pregunto cómo toda esta humedad no cae y nutre el desierto del Sáhara vecino. Desayuno liviano con frutas primero y luego tostadas con aceite de oliva, del bueno. Ese verde y espeso. Por supuesto, los dos cafés habituales.
A las 18:20, después de un día sin mucha novedad, un típico día gris que me hace esperar ese Sur que voy pacientemente a buscar, hago un cálculo del recorrido de la primera jornada. Hemos hecho 125 Nm (millas náuticas) desde las 21:30 h., lo que me hace un promedio neto de 6 Knts de velocidad constante. No está mal. Para darse una idea, eso arrojaría un tiempo total del cruce de 19 días.
A las 21:20 llevamos recorridos en estas primeras 24 horas, 142 Nm lo que nos mantiene el promedio de los 6 Knts. Buena marca y es el reflejo de un día con altibajos en la calidad del viento, alternando buenas rachas y otros momentos de calma.
Punteo GPS: 26º 34′ 980″ N y 19º 10′ 600″ W – Rumbo 220º – Viento moderado de 15-20 Knts del NW
Velocidad de 6,5-7 Knts. Sobre la Ruta Lineal quedan 2600 Nm al destino de Point-à-Pitre, en la isla francesa de Guadalupe.
La cena de la noche fue frugal, unas quesadillas «combinadas» pero con jamón de jabugo y un aguacate canario bien maduro. No tengo mucha hambre ni ganas de cargar demasiado la digestión.
Punteo GPS a las 9:20 del Jueves 10 de marzo:
26º 06′ 500″ N y 20º 20′ 600″ W – Rumbo 260º – Viento suave 10-15 Knts NW – Velocidad 6-6,5 Knts. Distancia Lineal restante 2533 Nm
Los sonidos del Clinamen se repiten incansables. El martilleo del mar y del viento. Los crujidos de las costuras, las tensiones en los cabos. El aullido del viento racheado, la sonoridad espesa de la calma. Pablo Neruda, en su libro Residencia en Tierra, tiene un poema dedicado a El Fantasma del buque de carga, que en plena noche me recito:
“
y un olor y un rumor de buque viejo,de podridas maderas y hierros averiados,y fatigadas máquinas que aúllan y lloran,empujando la proa, pateando los costados,mascando lamentos, tragando y tragando distancias,haciendo un ruido de agrias aguas sobre las agrias aguas,moviendo el viejo buque sobre las viejas aguas”
Punteo GPS a las 18:20 del Jueves 10 de marzo después de arriada la Vela Mayor:
25º 48′ 040″ N y 20º 56′ 292″ W – Rumbo 250º- Viento suave 10-15 Knts N – Velocidad 4,5-5 Knts (con sólo el Génoa)
Distancia Lineal restante 2477 Nm

La Vela Mayor se rajó en una costura. Algo descrito así de simple, es un incidente de envergadura. Me invade una sensación plomiza. Los infortunios que no cesan. Intento una reparación de fortuna asido a la botavara, pero con el oleaje me es imposible reparar la Vela en condiciones. En 9 horas hemos hecho apenas 36 Nm, tras una noche en la que habíamos funcionado muy bien ya que en 12 horas desde las 21:20 a las 9:20 le habíamos restado 67 Nm al contador real de destino, que no tiene en cuenta los desvíos por bordos, sólo la distancia al punto final.
El incidente con la Vela Mayor nos va a perjudicar en el andar, pero sobre todo nos enseña el frágil límite entre el buen tiempo y el incidente que lo echa todo a perder. Intentando reparar la Vela con mucho movimiento de la botavara por culpa del oleaje, fui expulsado violentamente y caí muy mal contra el borde del barco, siendo sujetado in extremis por el arnés y el cable periférico de seguridad. Sin esas medidas de precaución hubiera ido al agua sin la menor duda. Este accidente me provoca una cierta desazón y agotamiento. Decido dejar las operaciones de reparación de la vela hasta la mañana siguiente cuando pueda abordarlas con nuevas energías y que tenga la oportunidad de terminar lo que emprendí. Si hubiese desmontado la vela en ese momento, nunca hubiera llegado a terminar el arreglo como para izarla antes de la caída de la noche. Decido que es mejor economizar esfuerzos y energías porque el agotamiento también es fuente de accidentes.
Decido ponerme a leer en el camarote para relajar a y dominar la bronca, presa aún de un enorme cansancio físico y la zozobra anímica. Finalmente me quedo dormido con música hasta pasadas las 23 horas. No había cenado y no tenía ganas de atarearme mucho en ello.
Cena simple de Sopa de sobre de Pollo con pasta y 2 tortillas mexicanas con Salmón Ahumado. De postre un alfajorcito triple Chimbote con un café.
Punteo GPS a las 0:20 del Viernes 11 de marzo:
25º 37′ 068″ N y 21º 29′ 108″ W – Rumbo 255º- Viento suave 15-16 Knts NE – Velocidad 4,5-5 Knts (con sólo el Génoa)
Distancia Lineal restante 2467 Nm

EL INFINITO VIAJE DEL CLINAMEN

Gonzalo Cruz (argentino de 52 años) es el Presidente de La Franco Argentine, empresa fabricante de dulce de leche con sede en Francia; pero Gonzalo Cruz es, además, el capitán del Clinamen, su inseparable velero desde 2011, con el que actualmente está dando la vuelta al mundo. La primera gran etapa, por lo mítica, es el Cruce del Atlántico, que realiza completamente en solitario, «como símbolo de la tenacidad y capacidad marítima del Capitán y que es, además, un reto personal», nos comenta. El recorrido empezó en Sant Feliu de Guíxols el 16 de febrero, siguió hasta Santa Cruz de Tenerife el lunes 29 y, actualmente, ya se encuentra en Cabo Verde… Gonzalo empieza su viaje y así nos lo cuenta.

Para muchos, pocas cosas son tan emocionantes como la idea de viajar y hasta soñar con ello ya emociona. La literatura está llena de historias de viajes, de sueños y de su coincidencia. Este Diario de a Bordo será el relato del engarce entre mi anhelo íntimo y aquello que el poderoso océano tenga a bien propiciarme con cariño o con crueldad.
Mi sueño original de viajar alrededor del mundo en un barco de vela tuvo lugar a los 12 años, después de leer Dove, la historia de un joven adolescente californiano que partió por el Pacífico y regresó varios años más tarde. Al cabo de esa lectura se fraguó mi obsesión: dar la vuelta al mundo navegando. Como sueño no era de lo más original ¿Quién no ha soñado con explorar los limites, conocer nuevos mundos, aventurarse en lo desconocido? El viaje como traslación de estados, de dónde estoy a dónde quiero estar. A los veinte, con una Argentina convulsionada, sentí el momento apropiado, para partir pero careciendo totalmente de medios, mi viaje iniciático me llevaría por tierra a recorrer durante casi tres años, primero el país de donde soy originario, luego el continente americano, para terminar recalando en Europa. Pero el mar seguía siendo inalcanzable, el verdadero sueño postergado.

Desde los juveniles años hasta la cincuentena se me fue pasando la vida. Intensa, emocionante, tierna también, pero muchas veces gris, decepcionante, monótona. El momento de emprender la gran aventura fue siendo postergado por mil razones, por mil excusas. Por la vida. Pero quizás ha sido lo mejor que me ha pasado. Esperar. Uno de los peligros de los viajes consiste en plantear las cosas en el momento equivocado, antes de haber tenido la oportunidad de construir la receptividad y la oportunidad necesaria y adecuada. Me he tomado mi tiempo para poder iniciar el viaje en el momento preciso en que debía suceder.
En el Clinamen la literatura abunda. Al embarcarme en este viaje, y más allá de lo necesario para poder cruzar el Atlántico a vela durante las previsibles tres, cuatro semanas, le dediqué un buen espacio de tiempo a decidir la compañía literaria. Dime qué libros lees y te diré quién eres. Si encima te los llevas en un velero de 11 metros navegando en solitario, los libros dejan de ser un mero pasatiempo para convertirse en objetos esenciales, como la bomba de agua, el mástil o el GPS.
A veces nos inundamos con consejos sobre dónde viajar, cómo hacerlo, las mejores opciones, buscamos ofertas. El navegante solitario poco puede competir y esperar en este terreno. Es un viaje épico, de supervivencia, de introspección. Es un viaje más hacia dentro que hacia fuera. No vas en busca de belleza, aunque sabes que cada momento vas a encontrarla. No vas en busca de lo pintoresco. Nada hay más ajeno al hombre que el desierto, el océano o el hielo. Ahí no somos nada. Y es esa nada, esa sensación de pequeñez, la que nos fascina a quienes nos aventuramos a cruzar meridianos y paralelos inhumanos.
Este Diario de a Bordo será un recorrido personal, y, si se me permite la osadía, una mirada filosófica, pero peculiar, al porqué de viajar. Una mezcla de pensamiento, de referencias, de historias propias y ajenas, junto a partes de información meteorológica, náutica y algunas aventuras gastronómicas. Una mezcla de teoría y de práctica. De anécdota y reflexión.
media

VIAJAR SOLO
El hogar no es necesariamente el lugar en el que mejor encontramos a nuestro verdadero ser. La vida cotidiana insiste en que no podemos cambiar, ya que ella no lo hace; lo doméstico nos mantiene atados a la persona que somos en la vida ordinaria, pero puede que esa persona no corresponda exactamente a lo que somos en esencia. El viaje ontológico también es mi viaje.
Si nos sentimos atraídos hacia un aeropuerto o una estación de tren, si hoy oso cruzar el Atlántico en solitario a bordo de un velero de 11 metros, es tal vez porque, a pesar del peligro, el aburrimiento posible, la desesperación o la soledad, de manera implícita sentimos que estos lugares aislados nos ofrecen un entorno material para una alternativa a la comodidad egoísta de un mundo arraigado en lo ordinario.
A los 12 años, ni tampoco a los 20 sabía cómo sería mi vida, cuántos hijos tendría, ni cuántas personas amaría, ni cuántos caminos recorrería. Sí sabía, empero, que algún día escribiría estas líneas. Que lo haría en un puerto, con poca luz, las velas listas, el mástil orgulloso y el casco seguro. A los 12 años sabía que ese niño que me dejé olvidado para crecer, tomaría el timón y zarparía como Dove, como la gaviota exploradora sin mayor límite que el infinito viajar.