Detrás de los arbustos, a unos 20 metros de la palmera mágica, una figura se escondía agazapada. Llevaba en esa playa idílica un par de semanas, pero no se dejaba ver por los turistas o pasantes que periódicamente recalaban en el hermoso paraje.
Todavía se sentía como un animal en peligro. Había sufrido intensamente el hostigamiento y los abusos, cuando cayó en manos de los marineros del barco pesquero.
Xin Ping se sentía aún como una presa fácil y frágil. No se permitía confiar en la gente que veía pasar desde su escondite.
Por su condición de clandestino, el joven estudiante pensaba que lo podían denunciar, que las autoridades podían apresarlo y que se vería arrojado a un calabozo. Quizá sufriera nuevas vejaciones, y terminaría finalmente devuelto a su país de origen de dónde había desertado. No quería volver al lugar de dónde venía. No podía mirar para atrás. Dirigirse hacia adelante era la única opción que le quedaba, la que sentía como impulso vital.
Con mucha tristeza imaginaba que sus padres y familiares habrían sido hostigados por el gobierno autoritario que dominaba aún las fuerzas de seguridad y control, con mano de hierro, como en los peores tiempos de Mao y la post Revolución.
No podría regresar nunca a su lugar de infancia. No toleraría afrontar la realidad de las vejaciones que sus familiares habrían sufrido por su culpa. Tampoco soportaría conocer cuántos de sus compañeros habrían desaparecido, sin tener su misma suerte de sobrevivir, pese a todo.
Debía permanecer escondido hasta recuperar suficiente confianza y sentirse más seguro. No sabía exactamente dónde se encontraba, pero experimentaba una cierta sensación de seguridad.
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La noche en la que Xin Ping abandonó el velero que lo había salvado, la brisa era
suave. Dejando al barco con el piloto automático, su amigo navegante, que dormía
confiado en el camarote, no correría peligro hasta amanecer. Al despertar entendería que Xin Ping había partido con el dinghy para no comprometerlo, para no perjudicarlo con las autoridades. Xin Ping remó toda la noche en la dirección que su instinto lo guiaba, siguiendo una estrella que había elegido como rumbo. Ese signo en el cielo tenía sobre él un magnetismo salvador, liberador. Se sentía bajo su protección.
A las primeras horas del amanecer pudo divisar claramente la isla y lo que le parecía ser una playa, donde podría desembarcar.
El sol salió temprano y comenzó rápidamente a acariciarlo. Sus esfuerzos eran reconfortados progresivamente con una sensación templada. Cada remada se hacía más consistente, más segura, más prometedora.
Sintió el terciopelo de la libertad, un anhelo que un par de meses atrás, cuando se encontraba en las protestas de su ciudad de origen, no imaginaba conseguir.
La excitación y la euforia de saberse a salvo le dieron ánimos renovados. Se puso a remar en forma más regular y avanzaba en forma decidida. A medida que se acercaba a la costa, el mar se volvía más picado, recibiendo el reflujo del oleaje que golpeaba contra las duras rocas volcánicas de la costa escarpada.
Cuando desembarcó en la isla de Fatu Hiva, tardó todo un día caminando entre las rocas, hasta encontrar un sendero de animales. Lo siguió y penetrando tierra adentro descubrió un refugio, donde podría dormir sin interrupción y descansar por primera vez después de semanas de tan duro viaje. Se quedó en ese cobertizo durante un día y medio hasta que voces que hablaban un idioma que le resultaba totalmente desconocido, lo despertaron. No era inglés, ni francés ni ninguna otra lengua que pudiera reconocer. Tampoco era un idioma asiático. Pensó que debería estudiar mejor el entorno y las costumbres locales antes de decidir acercarse a algún poblado y dejarse ver. Se escabulló sin que lo percibieran.
Con fuerzas y ánimo, recuperados gracias al descanso, se aventuró con sigilo por el costado del sendero hasta encontrar una aldea. Seguramente de aquí habrían venido los dos hombres cuyas voces lo alertaron al llegar adonde se había refugiado los últimos días.
Al acercarse al poblado, encontró árboles cercanos al camino de los que colgaban frutas maduras. El primer mango que mordió lo estremeció en todo su cuerpo. Le procuró tal placer al hincar sus dientes en la carne jugosa y tierna, que lo sumió en una sensación casi orgásmica. El fruto era dulce, húmedo y perfumado. Le devolvió una conexión con su cuerpo que había estado ausente durante tanto tiempo.
Por un instante fugaz, sentado en una roca a la vera del camino, cerró los ojos y recordó su ciudad natal y esas tardes calurosas con su novia. Rememoró cuando dejaba caer su rostro entero entre las piernas de su novia. Retirándole suavemente su vestido, luego su ropa interior, su boca se apropiaba de los labios genitales de su compañera. Su sexo era pulposo y húmedo. Un manjar acogedor y perfumado, de donde fluía un néctar dulce que era para él como deleitarse de la fruta más rica del universo.
A veces él se preguntaba si sólo proseguía su carrera para poder continuar estudiando con ella y disfrutando de esas pausas tan sensuales, que hacían que preparar un examen no fuera del todo un hastío o una tortura. Cuando ella lograba llegar a su orgasmo, le apretaba fuerte su cabeza contra su regazo y la cara del joven amante se llenaba, feliz, de lo más preciado de su amada. Él se sentía la persona más dichosa del mundo. Darle placer hasta el estremecimiento, por sorpresa, en un rato inesperado, no premeditado, convertía esos momentos en lo más placentero de su vida de estudiante.
Habían pensado que cuando terminaran la universidad se irían a vivir juntos. Ambos querían independizarse de sus padres y tener un hijo al que llamarían Chang. Meses atrás, los padres de ella la habían retirado de la universidad para evitar que se involucrara en las protestas. La habían transferido a Shanghái. Esa decisión y la distancia los hizo muy infelices, se sintieron desesperados. Xin Ping encontró en la radicalización del movimiento y la participación activa en las protestas una forma de exteriorizar su frustración amorosa, personal. Sentía la injusticia absoluta de esa sociedad tan rígida en la que era más importante comer, dormir y satisfacer las necesidades básicas de la familia que soñar con un mañana mejor, con llegar a ser feliz y darle sentido a la vida en la forma en cada individuo deseara.
Cuando se sintió saciado de tanto dulzor y voluptuosidad en el recuerdo, unas gotas del jugo de la fruta lo despertaron del ensueño. Creyó despertar de un hechizo, pero rápidamente el instinto de supervivencia lo hizo reaccionar, regresar a sí mismo y apartarse del camino abierto por dónde podía llegar algún caminante o algún vehículo.
En el mismo predio recogió unos aguacates y hasta encontró una pequeña piña con un ananás bastante maduro. No dudó en arrancarlo. A falta de bolsa, plegó y ató su camiseta para poder cargar los frutos y comerlos más tarde. Quería seguir disfrutando del placer y regocijo que le brindaban esos frutos, consumidos con mucha pasión y nostalgia.
Siguió por la senda, que bajaba por medio de curvas sucesivas, hasta que pudo divisar un caserío y la hermosa bahía custodiada por formaciones verticales de rocas que tenían una cierta evocación fálica. Xing Ping pensó que su sueño erótico de hacía un rato le estaba haciendo ver todo con una interpretación sexual. No se equivocaba tanto, ya que había llegado a la aldea de Hanavave, sobre la Baie des Vierges, llamada así después de la llegada de los misioneros que al escuchar que el nombre era Baie des Verges (verge es la forma popular para denominar el sexo masculino), se escandalizaron y propusieron cambiar esa obscenidad con un homenaje a las vírgenes. En la fuente del manantial que alimenta de agua dulce al poblado, colocaron una estatua de la Virgen María. La naturaleza estaba protegida de la ofensa humana …
Se acercó al caserío cuando la tarde ya se iba convirtiendo en crepúsculo y muy rápidamente en noche. Estaba aprendiendo que los atardeceres polinesios eran instantes fugaces que debían ser aprovechados como sorbos de vida. De no estar atento, se desvanecían sin dejar oportunidad.
Xin Ping se quedó observando cómo se organizaba la vida en la aldea. Trataba de entender si la población era más bien aislada o muy comunicativa, si se vivía en armonía o cada cuál en su morada individual.
Con la caída de la noche empezó a escuchar los ladridos de perros aquí y allá. Eso era una amenaza para su presencia clandestina. También escuchaba el grito de gallos casi sin cesar, parecían salir de todas partes, caóticamente, sin dueño ni corral. Por todas partes, había gallos, gallinas y pollitos. Estaba admirado de la excesiva cantidad de comida que ofrecía este lugar, nadie podría morirse de hambre en esta tierra fecunda, con tantas frutas y animales por doquier. Al llegar al pueblo había incluso visto una cantidad de cabras que parecían salvajes y hasta se cruzó con algún jabalí.
Xin Ping se detuvo y pensó en su amada Lea. ¡Cómo le gustaría poder traerla aquí y mostrarle que no tan lejos y a unos cuántos días de mar, existía una tierra tan rica y generosa, y tan poco poblada!
Pero inmediatamente recordó el sufrimiento que le había costado llegar hasta allí y todavía no estaba a salvo. Tenía que encontrar la manera de sentirse a salvaguarda.
Antes de acomodarse en un rincón donde repararse, comió la palta y el ananá que había juntado previamente. Durmió acurrucado, cobijado por la naturaleza, a resguardo de cualquier curioso que lo descubriera.
Al aclarar, deshizo el camino andado y buscó el bote que había escondido en la costa. Quizá yendo por la costa podría explorar un poco más la isla, que empezaba a gustarle. Comenzaba a sentirse a gusto en ella. Sentía que la tensión de su cuerpo se iba relajando, que tenía menos miedo, e iba ganando cierta confianza en el entorno.
Por lo que había visto desde la colina, en el comportamiento de la gente de la aldea, presentía una vida armoniosa, pacífica. Le pareció que había llegado a un buen lugar. Ya no se sentía tan en peligro.
Acercándose al poblado con el bote, por el mar, al ser descubierto, sería más fácil explicar su situación de náufrago de un barco pesquero, e intentar no involucrar al velero del navegante que lo había rescatado y traído hasta aquí.
El lugar en el que había desembarcado se le había grabado tan fuerte en su mente que no le costó encontrarlo. Todavía en su escondite, el dinghy lo esperaba fielmente.
No pensó muy bien lo que estaba haciendo, seguía actuando por intuición, por designio. Le parecía lo más ajustado a su situación desesperada en la que había llegado y después de todo lo pasado, ya casi no sentía miedo. Sólo sentía que debía ser prudente.
Volvió a poner el bote en el agua intentando no alejarse demasiado de la costa.
Cuando dobló el peñasco norte de la isla, la marejada empezó a levantarse junto con un viento de terral que le dificultaba mantenerse cerca de la costa. Siguió remando con vigor y convencimiento, pero se le hacía mucho más duro que lo que pensaba en un principio. Después de dos horas de brazadas sin descanso, no podía continuar más el mismo ritmo. Al parar unos minutos para recuperarse, sintió cómo la corriente se unía al viento y lo alejaban en forma muy rápida. Irremediablemente, lo iban arrastrando mar adentro, fuera de la zona de seguridad.
Volvió a remar con todas sus fuerzas, pero su impresión se confirmaba, estaba yendo hacia alta mar. Después de una hora de esfuerzo casi vano, las olas se habían transformado en mar formada, la costa estaba cada vez más lejos y el cielo se cubrió totalmente de gris. Los chaparrones no tardaron en llegar y un viento cada vez más sostenido de sudeste se instaló haciendo añicos las esperanzas del joven náufrago.
Agotado, dejó de remar y se confió a su suerte. Se acomodó en el fondo de la pequeña barca para sentirse más protegido y estable. Ahora en lo único que pensaba era en que la frágil embarcación no se diera vuelta y que resistiera los embates de las olas hasta llegar a alguna otra costa.
Cayó la noche y empezó a tener frío. En pleno trópico, mojado como estaba, era sobre todo el hambre y el cansancio lo que comenzaba a pasarle factura, lo que le pesaba más que su ropa empapada.
Bien entrada la noche, el viento amainó, pero Xin Ping había perdido toda orientación. No tenía la más mínima idea de hacia dónde podría remar o dirigirse. Se sintió sin más fuerzas y decidió dormir mientras se mantuviera tranquilo. De esa manera recuperaría energías para cuando saliera la luz del día.
Se despertó con la primera luminosidad, antes de que salieran los primeros rayos del sol. No quiso ilusionarse en demasía, pero en el horizonte, le pareció divisar una fina franja de tierra. Con la primera aparición del sol, pudo calcular que yacía hacia el noroeste, mientras que la corriente y el viento de sudeste lo seguían empujando en la dirección favorable.
Se reincorporó con buen ánimo y volvió a remar con entusiasmo, ya descansado.
El esfuerzo matinal le devolvía calor en el cuerpo y la temperatura del día se iba instalando.
Xin Ping volvió a sentirse optimista y afortunado. Por cuántas dificultades había pasado sin sucumbir. No podía más que sentirse eternamente agradecido a su suerte favorable. Sabía que de nada le servía quejarse, sino más bien aceptar que lo que le estaba sucediendo era una cadena de acontecimientos que lo llevarían adónde tenía que aterrizar. En esos instantes críticos, las ganas de maldecir, los pensamientos negativos y el pesimismo le consumirían energía. No se lo podía permitir. Tenía que mantener la confianza, tenerse fe y seguir apostando por la nueva orilla.
Remaba por más de una hora sin cesar y descansaba durante 15 minutos, intentando medir si las condiciones le seguían siendo favorables. Creía que sí, porque al promediar el día, la tierra se le hacía cada vez más grande, la isla a la que se acercaba parecía menos escarpada que Fatu Hiva, de dónde venía.
Todavía le resultaba lejana, pero esperaba lograr llegar antes del atardecer. Se le haría muy duro volver a pasar una noche de frío y humedad en el mar. Con el agravante de que acercarse a la costa rocosa y accidentada de una isla volcánica, en plena oscuridad, podía ser sumamente peligroso.
Después de remar casi 2 horas y media sin descanso, alcanzó a divisar una playa o una zona más baja del paisaje, que parecía corresponderse con un buen lugar para intentar desembarcar. Se le iba desvaneciendo la luz, tenía que asegurar la dirección de su remada.
El sol se puso por el lado de la isla, pero todavía tenía casi una hora de luz para apreciar si el terreno adonde estaba acercándose era apropiado.
Entró en la bahía con brazadas casi desesperadas, como si estuviera corriendo una carrera, y con una mezcla de entusiasmo, de seguridad de sentirse a salvo y de ansiedad por tocar la tierra.
Se tiró del bote casi 20 metros antes de llegar a tocar la orilla. Quería tocar el fondo con los pies, asegurarse que esta nueva aventura, totalmente imprevista e indeseada, había llegado a su fin.
Cuando posó finalmente sus pies en la playa, ya fuera del agua, se desvaneció por completo. Estaba exhausto, pero feliz. No podía más físicamente, y al mismo tiempo su cabeza le decía que corriera, que gritara agradecido, pero no pudo levantarse.
Se quedó cabeza arriba, un buen rato, recuperando energías y observando cómo las nubes, que lo habían estado acompañando durante toda la travesía, se iban esfumando y descubriendo una noche estrellada y luminosa.
Poco a poco vio aparecer, como saliendo del mar que le había sido benigno, una esfera entre rojiza y amarillenta. Una luna llena generosa le venía a acompañar y a guiar en la nueva tierra por descubrir. Cuando ya estaba a 45 grados del horizonte la luminosidad era suficiente y Xin Ping sintió que le estaba indicando el camino por seguir.
Se reincorporó por completo. Buscó dónde poner a salvo el bote y sintiendo un poco de hambre buscó un coco que no estuviera muy alto y que le pareciera suficientemente maduro. Al encontrarlo y descolgarlo se dio cuenta que no tenía cuchillo o machete para abrirlo. Se las tuvo que ingeniar con una piedra medio filosa con la que hizo primero un orificio en el fruto y así accedió, sin derrochar, al jugo o agua del coco.
Al beber el líquido tan gustoso y sabroso, se sintió revivir, sobretodo después del día agotador que había sufrido sin comer ni beber nada.
Con el fruto ya vaciado de su agua, buscó cómo quebrarlo en partes para llegar a su pulpa blanca, central.
Xin Ping recordó todos los platillos con pulpa de coco o leche de coco que su madre le solía cocinar. También se acordó de su amada Lea, ella sabía cómo hacer un riquísimo arroz con pescado crudo y leche de coco. Cuando debían estudiar durante dos o más días seguidos, era muy sencillo preparar una gran cantidad de arroz blanco, una salsa con la leche de coco y a último momento agregarle el pescado cortado en cubos, sirviéndose porciones, según el hambre que tenían. Era un plato sumamente rico y práctico cuya preparación no los distraía mucho tiempo de sus estudios.
Logró apañarse un refugio con hojas de palmera para pasar la noche, pero pese al cansancio, los recuerdos lo habían desvelado. La luna era su compañera solidaria. Se sentía cerca de Lea al evocarla en sus pensamientos y los pensamientos positivos le devolvieron la esperanza pese a la situación tan frágil y desesperada en la que se encontraba.
Xin Ping se sentía afortunado de haber sobrevivido una y otra vez, no podía sentirse mal, debía honrar a su suerte que le daba una nueva oportunidad trayéndolo sano y salvo a una nueva playa. Contemplando las estrellas y la luna brillante, protectora, Xin Ping fue adormeciéndose en paz, con la seguridad de que en la mañana comenzaría una nueva etapa.
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Al amanecer despertó con muy buen ánimo. Se aseguró de dejar el bote bien escondido antes de alejarse de la playa en la que había desembarcado.
Al aclarar el día, se dio cuenta cuán estrecho era el paso por el que había penetrado a la pequeña bahía. Por la falta de luz y la ansiedad de llegar a la orilla, la noche anterior no había percibido los escollos rocosos que había sorteado para llegar a la playa.
Sintió una vez más que tenía su destino por delante y que recibía una nueva oportunidad.
Recorrió la playa hasta que encontró nuevamente un sendero de animales. La senda se agrandaba hacia el interior de la isla y muy rápidamente llegó a un claro en la naturaleza donde encontró rastros de cabras o cerdos salvajes.
Empezó su exploración en busca de algo para comer y con el propósito de descubrir si había algún poblado cercano.
¡Se encontró con tanta fruta, de todas formas y colores! No podía más que admirar la sobreabundancia que la naturaleza ofrecía en este lugar inesperado.
Después de caminar durante una hora, la senda había casi desaparecido y se tenía que abrir paso por entre una vegetación densa. No se sentía muy seguro, no sabia donde estaba yendo. Sin embargo, continuó con empeño, convencido de que era siempre hacia adelante que debía avanzar.
Por momentos le parecía estar siguiendo una senda, pero sin entender por qué, ésta de repente desaparecía como tal. Sólo una ilusión le permitía seguir, confiaba que el camino se le iría aclarando hacia delante. Su intuición le marcaba la dirección por dónde debía pasar, pero era mayor la ilusión que la realidad.
Así, se abrió paso durante otra hora, pero ahora no tenía otra opción que subir una colina que se veía bastante escarpada.
Ascendió y a una cierta altura le pareció haber llegado a la cresta. Buscó un claro entre la vegetación y alcanzó a ver desde ahí el mar. Se dio cuenta que había trepado mucho. Debía estar en la parte más alta de la isla.
Caminó un tiempo hasta encontrar un paso hacia lo que le parecía configurarse como un valle. Sintió mejores condiciones para caminar, a medida que se topaba con rastros de animales. Incluso llegó a sentir movimientos en la vegetación de algún animal de tamaño medio como cabras, un jabalí o cerdo salvaje, pero sin llegar a distinguirlos. Todavía la vegetación era bastante cerrada.
Al descender hacia el valle halló finalmente un amplio camino con indiscutibles huellas humanas, no era solamente un rastro formado por el paso de animales. Su intuición le continuó guiando el rumbo y pronto vió árboles frutales. Había mangos, árboles de uru – también llamado árbol de pan – y hasta bananos. Sentía claramente que debía estar acercándose a una población.
Como en la isla de Fatu Hiva, su propósito era acercarse con sigilo sin dejarse ver de inmediato.
No encontró ningún caserío o poblado, pero sí un cobertizo que debía servir para quién viniera a ocuparse de recolectar los frutos de la tierra.
Exploró la zona con cuidado, tomándose el debido tiempo y las precauciones para no ser descubierto por sorpresa.
No encontró a nadie y se atrevió a entrar en la precaria cabaña. Había un catre y un rincón que oficiaba de cocina. Salió rápido, por miedo que regresara el ocupante.
Esperó que llegara la noche para volver a entrar en la cabaña sin recelo. Pasó su primera noche en algo parecido a una cama. Durmió en el catre estando a cubierto, todo un lujo para Xin Ping.
Al despertar por la mañana, el sol ya estaba alto, debía haber dormido casi 12 horas. Necesitaba físicamente ese descanso, su cuerpo se lo pedía, ahora que se sentía a salvo, en tierra firme.
Se quedó en la zona durante 2 días, descubriendo los alrededores, pero regresando a dormir al cobertizo. Los animales se acercaban cada vez con menos miedo y pudo servirse algunos huevos de gallinas, pero no pudo cazar porque no disponía de cuchillo o utensilio para faenar, limpiar y despedazar a la presa. Además, estando solo y previendo tener que volver a esconderse en caso de que llegara un poblador, no quería tener que abandonar la carne y desperdiciarla. Le conformaba de sobra la dieta de frutas y unos pocos huevos frescos.
Con fuerzas renovadas, se atrevió a seguir su exploración más allá del fértil valle. Volvió a subir un monte, pero ahora ya por un camino que debía llevarlo seguramente a un poblado.
Al cabo de 3 ó 4 horas de marcha volvió a percibir una extraordinaria vista del mar azul. Dedujo que estaría frente a la costa oeste de la isla. En una curva del camino, se encontró súbitamente con un campesino que subía a lomo de una mula y llevaba 3 caballos de tiro. Seguramente, le servían para transportar las frutas y los animales que recogería del lugar de dónde venía.
Le sorprendió que lo saludó con cierta indiferencia y sin interesarse en saber de dónde venía. Xin Ping se sintió aliviado porque al menos ese encuentro fugaz, le confirmaba que los lugareños no parecían conducirse con enemistad o agresividad hacia los extraños a la comunidad local.
Xin Ping bajó hasta una aldea al borde del mar, pero prefirió no entrar. Como se sentía descansado y ya no sentía hambre, prefirió seguir buscando otro refugio menos expuesto.
Antes de la bajada al pueblo, el camino se desviaba en dirección al norte, bordeando la costa desde arriba. Le impactó la belleza de la vista. Desde lo alto, el mar, que hasta hace poco había sido la mayor amenaza a su supervivencia, se desplegaba con toda su belleza y daba la ligera impresión de ser calmo e inofensivo.
Esa visión pacífica lo llevó a buscar una bajada hacia una playa que le sirviera de abrigo durante unos días. Fue recorriendo varias ensenadas sin mayor éxito, ya que no tenían la suficiente vegetación que le permitiera refugiarse.
Por la tarde, se salió del camino, bajando por una suerte de quebrada que terminó abriéndose en un pequeño valle y volvió a maravillarse. No era muy grande en extensión, pero inmediatamente entendió, al observar los vegetales y los árboles frutales, que debía haber habitantes que lo explotaran por su fertilidad.
Lo recorrió hasta llegar a la costa y se encontró con una hermosa playa de arena blanca, unas aguas turquesas y un frente paralelo a la playa de unos 100 a 200 metros cubierto de palmeras desbordantes de cocos. Era una playa más grande y abierta que la primera en la que había desembarcado y estaba mejor orientada hacia la puesta del sol y de espaldas al viento dominante. Era un muy buen lugar para vivir, le extrañó que no hubiera nadie que la habitara en forma permanente. Xin Ping sintió que estaba en el mero paraíso.
Al centro de la línea costera se encontró con una casilla en estado semi abandonada, pero dónde seguramente pararía quién viniera a ocuparse de la producción y la recolección de las frutas y vegetales.
Se acercó con respeto, pero ya sin el miedo de los primeros días. Igualmente se movía con la prudencia debida.
Estaba vacía. Confirmó que no parecía estar habitada permanentemente sino como refugio ocasional, como la primera, en el valle interior dónde pudo descansar un par de días al llegar a la isla.
Decidió aprovechar esta circunstancia e instalarse unos días, mientras no apareciera nadie que le reclamara algo o que lo echara del lugar. Aquí gozaría de un nuevo descanso, tendría de sobra para alimentarse y vería si había gente o actividad alrededor. De todas maneras, debía comportarse siempre con precaución sabiéndose clandestino.
Pasaron 4 días sin ninguna novedad. Fueron días en los que Xin Ping empezó a sentirse a gusto en el lugar, había hecho un reconocimiento del área, y de las distintas zonas de producción. Llegó a la conclusión que ese lugar debió haber sido explotado racionalmente en otra época, pero que ahora aparentaba estar abandonado o ya no bajo un sistema productivo sino de simple recolección, sin mayores cuidados.
En la zona del palmar, de los cocoteros, se encontró con una gran sorpresa, una extraordinaria especie rara de palmera con dos cabezas. La descubrió un día en que soñando con el paraíso en el que había recalado, se imaginaba llamando a su añorada Lea y ella lograba tomarse un avión y luego un barco y llegaba a reencontrarse con él. Estaba en esa ensoñación, caminando por la playa solitaria cuando levantó la vista y vio esa palmera cuyas dos cabezas parecían estar formando un corazón.
Se acercó hacia ella para verla más de cerca y encontró en su tronco una carta como encajada, como si alguien hubiera dejado un mensaje a otra persona.
La abrió e intentó leerla, pero no estaba escrita en inglés por lo que le fue imposible entender lo que rezaba su texto. Lo que le pareció reconocer es que tenía una forma de poesía. Se imaginó que debía ser un poema de amor y que debía tener un destinatario o destinataria que debía pasar a recogerla.
Decidió volver a colocarla dónde la había encontrado y ver si alguien la viniese a buscar.
Al día siguiente vio un barco fondear en la bahía, frente a la playa. Se parecía al velero del navegante que le había salvado la vida, pero desde la playa avistó una pareja a bordo. La embarcación se quedó en el mismo lugar un par de días y en ningún momento se aventuraron más allá de la línea de playa.
Xin Ping los veía nadar alrededor del barco, salir a bucear por la costa, entre los arrecifes de la bahía y cuando llegaban a la playa, era para echarse un rato en la arena caliente, pero no se quedaban mucho en tierra.
Pasó más de una semana sin volver a ver otras personas. Xin Ping estaba a gusto, disfrutaba de los días de paz después de tanto ajetreos y riesgos reales por los que había pasado.
A los doce días de su estancia en lo que ya casi consideraba como su nueva casa, vio llegar un nuevo velero. Fondearon y casi enseguida vio bajar en un bote similar al que él había usado para llegar a la isla, a dos mujeres.
Parecían venir decididas a buscar algo. Xin Ping tuvo cierto temor de que conociendo el lugar fueran las dueñas de la propiedad o algo por el estilo.
Se escondió cerca de la palmera mágica entre los arbustos.
Con su dinghy, las dos mujeres llegaron a la playa. Lo remontaron un poco sobre la arena y lo ataron. Se metieron entre los arbustos y fueron directamente al pie de la particular palma.
Xin Ping alcanzó a ver cómo fueron a buscar la carta, le pareció que habían venido específicamente a ello. Estaban leyendo la carta y Xin Ping se desequilibró e hizo un ruido entre el follaje que llamó la atención de las navegantes.
Ellas sorprendidas gritaron hacia él, “¿Quién anda ahí?”
Xin Ping decidió mostrarse e intentar explicarles quién era y cómo había llegado hasta allí. Siendo navegantes, quizá hablaban algo de inglés y se podrían comunicar mejor.