Olas de Libertad #06 -CONTIGO

(relato ficción)

Xin Ping me dijo que se ocupaba de todo. Era un tipo bastante brillante. En los pocos días que estuvimos juntos había aprendido todo lo que yo le podía enseñar.

Al despertar, el ambiente estaba más tranquilo y luminoso que de costumbre. El hublot u ojo de buey del camarote dejaba entrar la luz porque ya no se encontraba tapado por el dinghy. Rápidamente empecé a entender. Salí afuera de la cabina y no había rastro del reciente amigo que se había infiltrado en mi viaje, en mi vida en forma tan inesperada.

Se había lanzado al mar con el dinghy, cuando llegamos a proximidad de las costas de la isla pequeña, para evitarme todo inconveniente. Yo ya le había salvado su vida, él intentaba salvarme de los conflictos posibles con las autoridades. Preparó sigilosamente el bote, encontró los remos y se alejó evitando hacer el más mínimo ruido.

Me dejó una pequeña carta con la palabra Gracias repetida en toda una hoja y escrita en inglés, español y en chino. No sé dónde nos volveremos a encontrar, pero puedo imaginar que sí lo haremos. Xin Ping tiene alma resiliente, haré un cartel con sus Gracias en chino, para colgar en el Clinamen. También yo he aprendido mucho de este sorprendente compañero de viaje que nunca hubiera imaginado al salir de las Galápagos.

Me sentía descansado, pero debo confesar que algo preocupado por la huida de Xin Ping. No me preocupaba que se hubiere llevado el dinghy. Me había dejado el motor, sólo se había llevado los remos.

Calculé que cuando se echó a remar debíamos estar aún a 20 ó 30 millas náuticas de la costa. Cubrir esa distancia remando podía significarle todo un día. Por más que durante la noche el mar estuviese calmo, en estas zonas oceánicas y sobre todo a proximidad de islas, los vientos terrales y las corrientes que se forman pueden ser muy complicados de sobrellevar con una embarcación tan ligera.

Xin Ping debía tener el instinto de supervivencia a favor, pensé. Sin embargo, no estaba habituado al medio marítimo, a lidiar con el mar. Quizás terminaría derivando hacia cualquier otra dirección, distinta a la de la isla donde tenía la intención de arribar.

Realicé un punteo en el plotter para conocer dónde me encontraba exactamente. Me di cuenta de que estaba a casi la misma distancia entre la isla Hiva Oa, donde había planeado desembarcar en primer lugar y Fatu Hiva, adónde creía que se dirigía mi amigo chino voluntariamente “naufragado”, a la deriva.

Sopesé las consecuencias que un cambio de rumbo pudiera traerme, administrativamente hablando. Corría el riesgo de que no hubiera aduana o gendarmería para realizar la entrada al país y regularizar la documentación de arribo del barco.

Sin embargo, la posibilidad de recuperar a Xin Ping, si estuviese flotando, derivando con el dinghy en plena mar, valía la pena con creces.

Consideré que había sido un acto de arrojo de su parte el arriesgarse para evitarme problemas con las autoridades. Yo debía corresponderle con la misma generosidad e ir en su búsqueda, intentando salvarlo por segunda vez.

Habíamos compartido 2 semanas entrañables, en las que aprendí a encariñarme con el joven estudiante. Su lucha y su amor por su novia Lea, que había dejado atrás con tanto dolor y frustración, que lo llevó a arriesgar su vida en las protestas y después, a huir como polizón en el pesquero maldito de dónde lo recuperé en alta mar.

Durante las largas horas de guardias nocturnas habíamos hablado sobre la exigente vida en la China moderna. Sobre la vida de los estudiantes y sus aspiraciones de modernización democrática.

Los jóvenes chinos, según Xin Ping, aspiran a ser millonarios como los occidentales, esposar los valores de consumo y diversión americanos o europeos. Viajar por Europa y Estados Unidos forma parte de los objetivos básicos de todo universitario, o en su defecto, visitar la más cercana Australia. Obtener la posibilidad de una beca, realizar un máster u otro posgrado en una universidad occidental, les otorga la posibilidad de duplicar su salario al regresar a China. En una gran cantidad de casos, los estudiantes ni siquiera piensan en regresar, sino en establecerse en el extranjero, aunque eso puede llevar ciertas dificultades o represalias para su entorno familiar que reside aún en el país asiático.

Maniobré para cambiar el rumbo, estaba seguro de tomar la mejor decisión logística y moral, dadas las circunstancias.

Mi dinghy, aunque no era muy viejo, ya tenía años expuesto al sol del caribe y no me generaba mucha confianza.

En la parte norte de la isla de Fatu Hiva no vi muchas posibilidades de aproximarme a la costa. La costa noroeste es bastante accidentada, hasta donde se encuentra la Bahía de las Vírgenes. Ahí se encuentra un buen refugio y una aldea llamada Hanavave.

Me pareció que podría encontrarlo allí, así que puse proa hacia dicha bahía, extremando la observación con los binoculares, que aunque no son de muy buena precisión o calidad, algo ayudan.

Durante el día se había establecido una brisa de noreste que quizás lo ayudara en su aproximación a la costa.

Sin embargo, después de unas cuantas horas de navegación, ya próximo al punto de destino, no había visto ninguna señal de mi amigo, nada de nada en el horizonte. Quizá si la corriente y el viento le habían sido favorables, ya habría alcanzado una costa en otro punto de la isla, pensé para consolarme y no dar lugar a la peor de las alternativas.

Fondeé ya sobre la tarde y saludé a los vecinos de dos otras embarcaciones ancladas en la imponente bahía. Estaba apurado por descender a tierra, ver si encontraba mi dinghy y preguntar si alguien había visto llegar al joven chino con el pequeño bote inflable.

Una vez finalizadas todas las tareas para dejar el barco a seguro me di cuenta de que no tenía cómo bajar a tierra. ¡Mi bote auxiliar, cuya utilidad es la de facilitar los desembarcos, era justamente con lo que se había marchado Xin Ping!

La costa no estaba muy lejos y podía ir nadando. Me cambié el short por un traje de baño y me eché a nadar hacia el muelle.

A los pocos minutos, se me acercó uno de mis vecinos que me había visto maniobrar, atracar y finalmente lanzarme al agua. El tenía un cómodo bote auxiliar y me invitó a subir y llevarme al embarcadero, si eso era lo que yo deseaba.

Se llamaba Teiva, era tahitiano y estaba viajando de tripulante en el trimarán de un capitán francés que se dirigía a las islas Gambier. Le agradecí mucho el “dinghy stop” y después de presentación, lo primero que hice fue preguntarle si no había visto a Xin Ping. Me dijo que nadie había llegado a la bahía desde hacía 5 días en los que ellos estaban allí fondeados.

Le pregunté si conocía bien la isla donde estábamos y me dijo que no era un especialista de las Marquesas, porque él era de Tahití. Sin embargo, por su trabajo anterior, organizando encuestas de orden público, había visitado bastante todas las islas de la Polinesia Francesa.

Le conté la historia de mi amigo chino y de mi voluntad de encontrarlo con vida. Después de escuchar mi historia, me advirtió que oficialmente no me estaba permitido desembarcar en Fatu Hiva, ni en ninguna otra isla aparte de la principal, Nuku Hiva y su capital, Taiohae.

Llegamos al amarradero, pequeño muelle de piedra y cemento, medianamente protegido por una pequeña escollera que evita las mayores olas. Pude comprobar que mi dinghy no estaba allí. El simpático Teiva se ofreció a acompañarme, y poco después entendí por qué.

En la subida a la pequeña cuesta, por la calle principal de la pintoresca aldea, Teiva me preguntó si yo venía directamente del Pacífico o de otra isla del archipiélago y se interesó por mi destino posterior.

Conocedor de la idiosincrasia local me advirtió que no debía decir que estaba recién llegado desde el extranjero. Mientras caminábamos me puso al corriente de las novedades “en tierra”. Me contó que la pandemia de 2020 no había cesado y que con las fiestas navideñas y los abundantes viajes de visita de los polinesios que viven en Francia en dicha ocasión, el virus se estaba esparciendo en la Polinesia. Se había accionado la alarma sanitaria y había muchas restricciones de movimiento de población e incluso entre los habitantes locales.

Dada la historia del pueblo polinesio, los pobladores locales estaban un poco reacios a acoger con los brazos abiertos a los viajeros, extranjeros y posibles factores contaminantes.

La historia de la diseminación de la población polinesia está íntimamente liada a la llegada de enfermedades viniendo del contacto con el mundo de fuera del archipiélago. Ese hito cultural mayor ha dejado una cierta aprensión natural frente al extranjero como vector posible de enfermedades y pandemias. Lo admirable de este pueblo es que ni aún con esa aprensión han modificado sustancialmente su propensión a dar la Bienvenida al foráneo, en tiempos normales.

Llegamos donde se encuentra la oficina postal y la delegación del ayuntamiento de Fatu Hiva, casi al final de la aldea. Toda la isla es gestionada como una única administración, con sede en la pequeña ciudad de Omoa, situada en la segunda bahía de la costa oeste, a unas pocas millas al sur de Hanavave.

Para protegerme y por ser conocido de la gente, Teiva se ofreció a ser él quién preguntase, para no despertar sospechas ni cuestionamientos sobre mí.

Nadie sabía nada de la llegada de un reciente náufrago ni tampoco nadie había visto a ningún chino dando vueltas en la aldea. Lejos de tranquilizarme, esa respuesta me inquietó e intervine para preguntar si existía alguna posibilidad de que mi amigo hubiese recalado en otra bahía o accidente geográfico.

Nos contestaron negativamente, pero lo que me alertó fue la cara de sorpresa de los empleados municipales acerca de la posibilidad de que llegara gente de afuera. Uno de ellos empezó a increparnos diciendo que el ingreso era inadmisible en las circunstancias actuales, y que debía denunciarse a las autoridades porque representaba un riesgo muy importante, agravado por el hecho de que la persona fuera china. Me preguntaron qué sabía yo, si conocía la historia completa y si conocía si esa persona provenía de China o de otro origen.

Teiva, que había comprendido perfectamente la historia de Xin Ping, y conociendo los resquemores locales, intervino para calmar los ánimos diciendo que se trataba de una persona que yo “había visto pasar” en un dinghy, en el cruce de Hiva Oa a Fatu Hiva. Agregó que me había parecido que era chino, pero que no conocía muy bien otros detalles.

Sin poder obtener ninguna información más, Teiva prefirió que nos retiráramos y charláramos en forma apartada. Nos despedimos gentilmente de todos y regresamos por la calle troncal hacia el muelle. Durante los primeros 300 metros, ambos caminamos en silencio, como reflexionando cada uno sobre la suerte que pudo haberle deparado al joven desafortunado. Teiva rompió el silencio con una reflexión que buscaba sosegar mi preocupación.

Me explicó que el hecho que no hubiera sido visto aún en Hanavave podía significar que hubiere tocado tierra en alguna de las pequeñas bahías abiertas de la costa norte. Ellas son de muy difícil acceso en barco por estar descubiertas al viento, pero pero era factible acercarse a la costa en un pequeño bote y desembarcar. La segunda opción que se le ocurría era que mi amigo hubiera derivado hacia Tahuata, pero le parecía menos probable ya que él se lo hubiera cruzado o lo hubiera divisado al cruzar la trayectoria.

Me propuso un plan que quedaría sólo entre nosotros, ya que no podíamos dar parte a las autoridades sin delatar mi llegada y la clandestinidad de Xin Ping.

Teiva intentaría rastrear al día siguiente la costa desde la Bahía de las Vírgenes hacia el norte. Calculaba que sobre la costa este no valía la pena buscar porque a remo y según la deriva de la corriente era imposible que fuera a llegar por ese lado.

Yo zarparía también, para evitar dar el parte de mi llegada en Fatu Hiva, ya que también yo había entrado al territorio ilegalmente. Me dirigiría hacia Nuku Hiva, la isla principal de las Marquesas, pero podría recorrer la costa este y sur de Tahuata quedándome de camino. Me garantizó que en esa isla no habría inconvenientes en desembarcar porque la población está menos centrada que en Fatu Hiva y que podía rastrear en las calas del este donde Xin Ping pudiera haber llegado según la deriva de la corriente. Por ese lado no había más que dos pequeñas poblaciones, pero sin desembarcaderos, por la naturaleza escarpada de la costa. Me explicó que eran más caseríos que aldeas, situadas sobre los valles, sin puerto o acceso hacia el mar.

Me aconsejó que, hasta no ser declarado y registrado por las autoridades sanitarias, me convenía evitar dejarme ver demasiado. Que intentara rastrear la costa este y me fuera dirigiendo hacia el sur de aquélla isla.

Si necesitaba hacer víveres en previsión de ser sometido a una cuarentena, antes de cruzar a Nuku Hiva, me aconsejó subir por la costa oeste y recalar en una playa de arena blanca muy propicia para fondear. Además de ser hermosa, tenía un pequeño valle con una antigua plantación de frutas y verduras que estaban en semi abandono. Según Teiva, allí no vivía nadie en forma permanente y unas pocas provisiones no harían daño a la naturaleza que había quedado en estado casi salvaje. Según lo que recordaba, podría encontrar cocos, pero también recoger zapallos, tomatitos, papayas, mangos, aguacates y a lo mejor berenjenas. Gracias a la enorme fertilidad del suelo y al estar protegidas del viento, las plantas seguían produciendo naturalmente, aunque probablemente en un estado muy descuidado.

Llegamos al muelle, y Teiva me invitó a llevarme de regreso a mi barco, no sin antes pasar por el suyo y pasarme algo de víveres enlatados, agua potable y un par de frutas de su reserva.

Zarpé al otro día como había previsto, no sin antes saludar a mi amabilísimo primer anfitrión de la Polinesia. Partí con rumbo oeste, mientras que Teiva rastrearía la costa de Fatu Hiva sin dar la alerta sobre su búsqueda, hasta no dar con algún rastro certero de Xin Ping. Se trataba de no aumentar los inconvenientes, aunque personalmente quedé muy preocupado por la suerte del amigo náufrago.

Para poder comunicarnos, Teiva me había ayudado a comprar una tarjeta de celular local usando sus datos personales para domiciliarla. De esa manera, el primero que encontrara el mínimo signo de esperanza avisaría al otro.

El cruce fue bastante cómodo y tranquilo. Hacía buen tiempo. Las condiciones ambientales, meteorológicas, eran ideales para tener buena visibilidad.

Zarpé a las 8 de la mañana calculando que las 35 millas de distancia a la punta noreste me llevarían entre 5 y 6 horas. Mantuve un promedio de 7 nudos, por lo que llegué cerca de las 13 h. Había buena luz y no tardé en bajar la costa, para rastrear como habíamos convenido con Teiva.

Por una parte, no había muchos lugares donde pudiera acostar. Por otra, no podía retrasarme demasiado en el recorrido costero porque debía evitar que cuando cayera la luz me encontrara todavía del lado oeste de la isla, debido a que no ofrece ningún abrigo seguro para fondear.

Me sentía en una situación de grandísima tensión, la disyuntiva entre fondear con seguridad o priorizar la búsqueda de Xin Ping.

Elegí el plan de navegar rastreando concienzudamente hasta las 16 h y después salirme de la zona a buscar un refugio hacia el lado este de la isla de Tahuata. Si fuera necesario, regresaría al otro día para recomenzar la búsqueda donde la habría dejado.

La distancia de 7 millas de la costa por rastrear, en navegación corrida hubiera tomado una hora, sin embargo, al ir a la mitad de velocidad y bordeando muy cerca de los accidentes costeros, me llevó 3 horas bajar hasta la punta sur. El cálculo había sido casualmente bien ajustado, pero en ese momento advertí que, del lado este, el abrigo más cercano estaba todavía a unas 6 millas del cabo sur. El viento era casi inexistente en esa punta, protegida por las alturas de la formación volcánica. Tuve que usar el motor y avanzar a tímidos 4,5/5 nudos.

Llegué a la bahía de Hapatoni con un atardecer extraordinario que me subyugó con amarillos y naranjas. Corría poco viento, el mar estaba calmo y el aire templado. Se acababa un día largo y tenso. El horizonte estaba como en una tarjeta postal y el alivio que sentí fue muy grande.

Estaba satisfecho de haber llegado con luz apenas suficiente para ver dónde echar el ancla, pero con un sentimiento de frustración por no haber logrado la misión de encontrar, aunque más no fuera un pequeño rastro o indicio de Xin Ping.

No bajé inmediatamente a tierra, ya que sin el bote auxiliar llamaría mucho la atención en la aldea. A la hora del crepúsculo es muy común que los habitantes salgan a observar las hermosas puestas de sol. La gente en las Marquesas disfruta mucho su entorno natural y tan poco urbanizado. Se sientan en el borde del mar a charlar o escuchar algo de música. Algunos fuman y unos cuantos se animan a beber en la calle, aunque eso no esté muy bien apreciado por las borracheras en lo que suele terminar.

A la mañana siguiente bajé a tierra y pregunté si en los días pasados no habían visto desembarcar un joven asiático, o si habían advertido la llegada de otros barcos en Hapatoni.

Nadie parecía estar al tanto de ningún visitante y me comentaron que, por la pandemia, los turistas habían casi desaparecido.

No quise entretenerme demasiado con charlas que pudieran delatarme por el hecho de no haber hecho aún mi ingreso legal y mi revisión sanitaria oficial.

Confirmé con un joven habitante la información que me había dado Teiva sobre la playa de arena blanca con abundantes frutas. Estaba a sólo 3 millas y media hacia el norte, pasando Vaitahu, la segunda aldea de la isla.

Si salía antes de las 3 de la tarde, podía llegar en apenas una hora y fondear ahí antes del atardecer. A la mañana siguiente podría explorar la plantación de la que me habían hablado y zarpar después con el rumbo ya definido hacia Nuku Hiva, habiendo hecho provisiones suficientes.

Había perdido la esperanza de hallar a mi amigo Xin Ping. Debía seguir mi periplo, con desazón y hasta un poco arrepentido de no haberlo escuchado partir con mi dinghy en la última noche en que lo dejé haciendo guardia, mientras yo dormía plácidamente en el camarote de proa. Estaba bastante agotado de toda la travesía y aunque el acompañante había roto mi soledad tan deseada, le estaba agradecido por la experiencia que me había transmitido sobre su vida en aquél lejano país, tan poco comprendido por nosotros, occidentales.

Apenas llegué a la bahía, reconocí la paradisíaca cinta blanca recortada bajo un fondo de palmeras. El agua cristalina dejaba descubrir su rica y despreocupada fauna marina.

Apenas eché el ancla, un par de manta rayas pasó por el borde, como rozando, acariciando al Clinamen en forma de saludo de bienvenida.

Para asegurarme de la calidad del fondeo, suelo quedarme un buen rato en observación, realizando lo que se llama enfilación. Esta técnica permite asegurarse que el barco no está derivando y por consecuencia, confirma el buen estado del fondeo. Sólo después de efectuada esa observación se puede considerar bajar a tierra dejando el barco sin presencia a bordo. Mientras estaba en ese análisis casi meditativo, apareció por la popa una pareja de delfines. Parecían venir a preguntarme si necesitaba algo, si se me ofrecía algo o si quería bañarme con ellos. Me puse inmediatamente de pie y fui a verlos más de cerca. Dieron 3 vueltas alrededor del Clinamen, luego dieron un pequeño salto y desaparecieron por donde vinieron.

Estaba muy emocionado por la escena. Cada encuentro, tan natural y espontáneo con la naturaleza nos devuelve a su esencia. Nos recuerda lo poco que somos los humanos en el universo, solo invitados a compartir por un tiempo una porción de este paraíso.

Si nos comportamos con respeto, no dejamos de tener sorpresas agradables y encuentros que maravillan el alma. La humildad y simple admiración e interacción no violenta, son el mejor trato que podemos dar a este regalo de la naturaleza.

Me volví a sentar en el cockpit y cuando ya estaba satisfecho con las medidas de la enfilación, volví a mirar el agua azul circundante. Esta vez no volví a ver delfines, pero apareció una tortuga casi erguida, con su cabecita curiosa. Parecía que buscaba ponerse de pie en el agua, sacando el cuello extendido. También dio una vuelta al Clinamen antes de sumergirse. Quedé extasiado contemplando el atardecer que volvió a ser una fiesta de colores. Era como una auténtica ceremonia de bienvenida a la Polinesia.

Como me quedaba algo de comida que me había dejado Teiva, decidí no descender a tierra en búsqueda de víveres. Prefería aprovechar ese momento sublime relajándome, comer temprano y disfrutar de una buena noche reparadora.

Al día siguiente me desperté al alba. Bajé nadando, y llevé dos bolsos herméticos para poder acarrear la cosecha que pudiera recoger en el jardín abandonado.

La playa era impresionante, pura belleza salvaje. Los cocoteros desbordaban la arena hasta cerca del borde del mar, inclinándose como ofrendando sus frutos. Eso me permitió arrancar un par de cocos que parecían ya maduros.

Caminé unos minutos por el borde de la playa observando el paisaje en su totalidad. A esa hora temprana el paisaje era excepcional. La luz de los rayos del sol, penetrando con una dulzura amarillenta, comenzaban a templar el aire, sin ser aún ardientes como en el zénit.

El sentimiento de estar viviendo un momento tan único, después de una noche tan emotiva, me sumió en una suerte de melancolía. La belleza y la soledad a veces pueden jugar una mala pasada a la alegría y el disfrute.

Me senté e intenté interpretar mi sentimiento repentino, mezcla de felicidad, plenitud y de cierta tristeza por no poder compartir tal momento con la compañera que siempre había soñado.

Naturalmente los recuerdos de cada amor fueron renaciendo, encimándose, confundiéndose. Poco a poco, con cada oleaje, un recuerdo, pero el rostro de la mujer no era siempre el mismo. Los amores de adolescencia, de juventud o ya de adulto fueron tomando una misma cara, aunque variando su cabello, tanto rubio como moreno, lacio como rizado. Su tez a veces clara, otras oscura, el cuerpo se antojaba fino y también voluptuoso.

Alcé la vista hacia el follaje y descubrí un corazón dibujado entre las palmeras. Me parecía seguir ensoñozado, sin embargo, la palmera era bien real.

Atraído por descubrir si se trataba de una formación onírica o palpable, me levanté y me interné entre los cocoteros para descubrir la palmera más romántica y original que había visto hasta ahora. Su tronco rectilíneo, hasta hacerse de la altura de sus pares, se dividía en dos cabezas que se juntaban hacia el centro formando un corazón hidalgo. No estaba soñando, ni recordando nada de un pasado idealizado. Estaba al pie de una formación única, en una isla idílica en donde desbordaban la perfección y el romanticismo.

Ese entorno y el recuerdo de los amores de mi vida me llevaron a pensar en el amor, como ideal, como vivencia fugaz y aspiración eterna. Entre todas las mujeres que amé, sólo podía encontrar un trazo en común. Cada vez, en forma renovada y con idéntica pasión, había imaginado que ese amor sería el definitivo, el último, el que no termina, sino que se transforma con uno mismo, con los años y los cambios en la vida.

Un amor por el que morir, un amor que mata y por el que la vida se llena tan plenamente, que se confunde con la muerte, perdiendo dramatismo.

Hay amores que matan, pensé, y empezó a sonar en mi mente la hermosa canción de Sabina, tan bien cantada por Calamaro, la inolvidable “Contigo” que reza en su estribillo:

“… lo que yo quiero, corazón cobarde, es que mueras por mí. Y morirme contigo si te matas. Y matarme contigo si te mueres. Porque el Amor, cuando no muere, mata. Porque Amores que matan, nunca mueren”.

Ya no me sentí solo. Sentí un perfume de mujer que no lograba identificar, pero que me parecía reconocer. Me di vuelta y vi que una cabellera desaparecía entre el follaje como llevándose la música con ella.

Intenté seguirla, pero inmediatamente se confundió con la vegetación densa. Volví hacia la palmera encantadora y se me ocurrió dejar a la misteriosa presencia fugaz un mensaje para que lo leyera cuando regresara. Estaba seguro de que volvería cuando yo me fuera.

Nada mejor que transcribir la letra de la canción que había sonado en mi espíritu antes de su aparición.