Olas de Libertad #10 – SIEMPRE HAY UNA OPORTUNIDAD

Marjo se sentía muy desalentada. Por momentos pensaba estar convencida de que una oportunidad no hace a una vida. Sentía que no debía desilusionarse tanto por no haber podido encontrar a ese tipo que nunca había visto. Tan sólo había escuchado una conversación a sus espaldas y su imaginación o su anhelo de un gran amor, la habían hecho soñar en que ella podía ser esa elegida por el destino. Para darse ánimos se consolaba diciéndose que si ése debía ser su amor, aquel del que habla la canción, hubiese recibido un gesto, una señal, se hubiese dado vuelta para verlo y entablar una conversación que durara para siempre. No se dio así, el tipo se levantó y se fue con sus amigos sin siquiera notar la presencia de Marjo.

Si no se volvieron a cruzar más tarde, en los múltiples lugares posibles donde coinciden la gente de barcos, es que esa relación no era para ella. Era una simple ilusión que había crecido una noche de porros y melancolía. Debía dejar de pensar que era una oportunidad perdida. ¿Por qué embarcarse emocionalmente en una historia que nunca había tenido ni tan siquiera un punto de inicio?

Una oportunidad lleva implícita la noción de elección, de libre albedrío, de tener la opción de tomarla o dejarla. Marjo no tuvo ninguna opción. Es más, ella forzó, por romanticismo atávico quizá, una ilusión de una oportunidad que no debía dejar pasar, pero que no revestía visos de realidad.

Muchas veces confundimos al azar o a las coincidencias, con oportunidades que se nos presentan en la vida. La llamada suerte, el azar, se presenta sin opciones, se deja caer, no nos solicita protagonismo ni acción. En el mejor de los casos puede emparentarse con una oportunidad, cuando requiere nuestra aceptación.

Lo que “nuestra estrella, nuestro destino” ofrece a nuestro libre arbitrio son las opciones oportunas, fugaces, las que nos llevan a decidir por un rumbo u otro. Es el reino de la intuición que guía a la libertad del Clinamen, ese concepto primitivo que los primeros griegos habían descubierto para contrarrestar el determinismo reinante.

Hay quienes no saben o no quieren escuchar su intuición, su voz interior que define al Clinamen. Prefieren actuar por pura racionalidad y conservadurismo. Si toda la información de que disponen no lleva a una conclusión evidente, prefieren siempre dejar pasar las oportunidades de volar. No se preguntan por qué los pájaros vuelan. Ante la duda, eligen no elegir, escogen la inacción, la preservación. Prefieren errar por omisión que por haber cometido un error.

Marjo sentía que el viajar la confrontaba a menudo a estas dos nociones de tomar o dejar pasar. Cuando se encontraba bien y serena en su interior, estaba segura de que la felicidad no consistía en tomar el camino seguro sino en correr el riesgo del error, arrancar el vuelo sin razón aparente. Una intuición íntima le permitía sentirse libre, feliz, viva.
Un día escuchó o leyó una frase que la marcó: “deja de ser un contable de hechos acertados y conviértete en un aventurero de la vida.”

Se embarcó en un catamarán que partía hacia Tahití. Fueron tres días de navegación sin mayores inconvenientes, ni muchas tareas que realizar a bordo. Hicieron una escala en el atolón de Fakarava, en el centro del archipiélago de las Tuamotu. Durante la travesía dio muestras cabales de su saber navegar, de su excelente disposición a bordo y se mostró incluso afable y divertida. Eran tres a bordo. Jean-Michel, el capitán, Richard, un joven viajero que había mentido un poco sobre sus conocimientos y capacidades como tripulante, y Marjo. En el mundo de la vela de recreo, sobre todo en actividades como los charters para vacaciones náuticas, hay un machismo latente que no siempre se expresa. Eso implicaba que el joven Rich sería el marinero y que Marjo, se ocuparía de la cocina durante la travesía. El plan inicial no la incomodó, sabría ocupar su lugar en el viaje. Sin embargo, Jean Michel, experimentado capitán de charters, vio actuar a sus tripulantes en las primeras maniobras y al segundo día invirtió los roles. Marjo pasó a cubierta como marinera y el joven Rich se ocuparía de los quehaceres domésticos.

A Jean Michel le agradaba mucho la presencia de Marjo, estaba siempre atenta y dispuesta para las maniobras. No tenía que repetirle dos veces la misma orden y colaboraba con reflexiones, comentarios e ideas para hacer las cosas de la mejor manera a bordo. Era ágil, habilidosa y él la encontraba bastante atractiva.

Una noche en la que ella estaba cumpliendo su cuarto de guardia, el capitán se levantó y salió a cubierta. Era un espectáculo maravilloso de estrellas. El cielo puro en medio del océano, en el punto más alejado de toda civilización y polución ambiente. Después de admirar la escena por unos segundos, buscó a su tripulante que estaba ausente del puesto de comando.
En la oscuridad de la proa distinguió una pequeña lucecita que no era ni un lucero ni plancton iluminado por el movimiento del agua. Ahí se encontraba Marjo, fumando en silencio.
Al capitán no le gustaba que se fumara a bordo, pero la imagen por demás melancólica y en perfecta armonía con el momento ablandó lo que iba a ser una reprimenda. Se acercó a su marinera y al llegar se dio cuenta que ella había estado llorando. Le preguntó si estaba todo bien y ante el mudo asentimiento de la mujer, Jean Michel entendió que era preferible dejarla tranquila y disfrutar de este particular instante que les regalaba la noche. Regresó al cockpit y tomó anticipadamente el cuarto de guardia que le correspondía en unos 45 minutos.

No se quedaron mucho tiempo en Fakarava, hicieron provisión de agua y de comida fresca; el capitán habló con la compañía de charters para confirmar su próximo contrato y dispusieron de un par de días para ir a nadar y bucear en la passe de Fakarava Sur. Desde allí salieron nuevamente al océano y emprendieron los últimos dos días de navegación hasta Papeete.

El día antes de la llegada un pensamiento carcomía el espíritu del capitán. Marjo se había comportado como una de las mejores tripulantes y a él le intrigaba saber qué haría ella al finalizar ese viaje. Cada vez que hablaban durante las comidas que compartían, Marjo se mostraba renuente a decir sus planes futuros y hasta algo taciturna.

La última noche, Marjo fue a reemplazar de guardia a Jean Michel pero éste no se retiró de inmediato. Con la excusa de contarle cómo había estado la noche, se fue quedando…
Jean Michel le propuso a Marjo quedarse como tripulante en su próximo charter. Los clientes, eran una pareja con un niño pequeño que habían contratado dos semanas para el clásico periplo de las islas de la Sociedad o îles sous le Vent. Solo necesitaba un tripulante para ese viaje y él estaba muy contento con Marjo.
Ella no estaba segura de querer aceptar. El era muy correcto y gentil con ella, la respetaba y sintió que si le proponía el trabajo era que estaba satisfecho por su capacidad como marinera. Se sintió orgullosa de ser demandada pero no quiso aceptar de inmediato. Quería asegurarse de que en la proposición no hubiera una doble intención de parte del capitán. El tenía novia en Papeete. Marjo pensó que esperaría a que el tipo se volviera a encontrar con su pareja al regreso a puerto, de esa forma habría menos riesgo de emociones confusas.
Le respondió que cuando llegase a Papeete, esperaba una respuesta sobre una oportunidad laboral como maestra y que si le salía iba a privilegiar volver a su vocación de trabajar con niños. Le daría una contestación definitiva al día siguiente de su arribo a Tahití.

Llegaron a la marina en medio de la tarde. Al capitán lo esperaban la gente de la agencia y su novia con un bebé en sus brazos. Paradójicamente, esa “foto de familia“ le cayó muy bien a Marjo. Encajaba con el personaje del capitán, prolijo y respetuoso. Así se había comportado siempre con ella. El tipo le resultaba muy agradable pero no terminaba de ser “su tipo”. Pese a ello, o quizá gracias a eso, pensó que si no le salía el puesto de maestra, una misión de 2 semanas en un charter le podía ayudar para su economía de subsistencia.

Al día siguiente, recibió la respuesta negativa del empleador y fue directamente a la marina a dar el ok a Jean Michel. El capitán estaba limpiando la cubierta y cuando vio venir a la rubia, se alegró mucho, deduciendo que venía a darle una buena respuesta. En efecto, ella le dio el si desde el pontón y él como forma de bienvenida le extendió el cepillo para limpiar la cubierta blanca. Se rieron y él la ayudó a subir a bordo y a acomodarse.

El primer charter se realizó sin ningún inconveniente y fue de lo más placentero. El entendimiento entre Marjo y Jean Michel era ideal, nunca un tono subido de voz, hasta se adivinaban los pensamientos! Los pasajeros, la pequeña familia de tres eran de una amabilidad y discreción que a veces era dificíl maniobar el barco sin tener la sensación de perturbarlos. 

A ese primer contrato le siguieron tres más. Hubo algún desperfecto que arreglar, alguna situación tensa que gestionar pero el capitán y Marjo nunca tuvieron una pelea o intercambio tenso o subido de tono.

Iban a ser tres meses que navegaban juntos y la asociación parecía rendir buenos frutos. En la última noche de travesía, volviendo de un charter a Rangiroa, Jean Michel volvió a despertar durante la guardia de Marjo. Era una noche de luna llena y el aire estaba especialmente agradable. Se acercó sigilosamente, para no despertar a los turistas y comenzó a explicar a Marjo lo bien que se sentía navegando con ella. Que nunca se había entendido mejor con un tripulante que como le resultaba con ella.
Marjo veía que la conversación podía desviarse hacia otro terreno y mientras lo escuchaba, intentó cuestionar sus propios sentimientos. Era cierto que ella también se encontraba muy a gusto y que el tipo le resultaba atractivo, pero cada reflexión le devolvía la imagen de la novia con el bebé en brazos. No quería ser la causa de un drama familiar.

Cuando sintió que Jean Michel acercaba su rostro como nunca lo había hecho antes, se giró y sin voluntad de rechazarlo completamente, le puso su mano en los labios y le dijo que sentía mucho no poder corresponderle en esa forma. Hacía 2 días que había escuchado en el playlist de los turistas la canción de la palmera, que coincidencia! Eso le había hecho pensar en que probablemente había llegado el momento de regresar a Europa y retomar la búsqueda de trabajo como maestra, que era su vocación desde chica.

Le contó a Jean Michel cuáles eran sus planes y que sin ánimo de ofenderlo, pensaba dejar los charters. No le dio más explicaciones. Se levantó y con un beso en la frente le deseó buenas noches y se retiró a su camarote.

Le daba mucha pena dejar el Fenua, el Territorio, como llaman los locales a la Polinesia. Había pasado momentos muy lindos pero sentía que su nuevo rumbo estaba en tierra. Quería reencontrarse con su madre que hacía mucho que no veía. Pensó en algunos amigos a los que llamaría y que le daría mucho gusto volver a ver y consiguió un billete de regreso.
No se sentía desanimada por regresar a Francia pero un dejo de tristeza acompañaba su espíritu mientras hacía la cola de la compañía French Bee, en el exótico aeropuerto de Fa’a. Quizás podría describir su ánimo como ligeramente decepcionada, porque muchas veces pensó que aquí se quedaría hasta el final de sus días. También estaba algo cansada de andar sin certeza, sola y sin un sentimiento legítimo de amor por alguien. A quiénes había amado la habían desilusionado y a quienes la habían querido a ella, los había rechazado con alguna justificación.

Durante los primeros 10 días en Francia, se dedicó a ver a su familia y a sus amigos más entrañables que estaban felices de haberla recuperado para ellos. Pero a ella todavía le costaba encontrar con quién hablar sobre los sentimientos que tenía, que seguían dando vuelta sin precisión, sin hacerse conscientes y manifiestos.

Finalmente, llegó el día de su primera entrevista de empleo para un establecimiento de educación privada. Era una escuela del método Montessori, una pequeña institución formada por un grupo pedagógico original y destinada a una clase media urbana con alto poder adquisitivo. En comparación con las escuelas que había visto al otro lado del mundo, el contraste era muy fuerte.
Esperó unos minutos en la sala de espera y la recibió un hombre que le pareció haber visto antes. Era apuesto, pero no por eso le daba esa impresión de déjà vu. Había un aire, algo… lo siguió hasta la sala de reuniones y hasta la forma en que el caminaba le resultó familiar. El se presentó y extendió su tarjeta, el nombre la iluminó. Era Robert, aquél joven del autobús de su infancia. Todos los detalles que le habían llamado la atención se confirmaron en un instante. Estaba emocionada.
Mientras él le explicaba los requisitos del trabajo y las normas de la escuela, ella sólo escuchaba sus recuerdos. Reconocía todo en él, ciertos gestos que no cambian en el rostro adulto. Todavía tenía el temple que portaba de adolescente, pero con la madurez que le confería la edad. Marjo intentaba disimular su falta de atención y con gran entusiasmo contenido le dejó entender que le parecía que se habían conocido con anterioridad.

El entrevistador aclaró que no la recordaba y que su nombre no le daba mayores indicios. Era normal, ella nunca había tenido la ocasión de darle su nombre en el autobús. Algo molesto por la situación, Robert releyó el curriculum y admitió que conocía el colegio al que ella había ido porque en su adolescencia él vivía no muy lejos de allí. Le aclaró que él sólo se ocupaba del reclutamiento, que no era parte de la empresa en donde se ofrecía el puesto vacante. Marjo procuró volver su ánimo hacia la formalidad de la reunión y terminó la entrevista serenamente haciendo valer sus experiencias de vida así como los estudios pedagógicos que había seguido antes de marcharse de viaje.

A los 2 días recibió un llamado de Robert en el que le indicaba que él había dado su opinión conforme y que ella tenía buenas posibilidades de ser contratada. También le comentó que existía otra oportunidad laboral en la Costa Azul, un puesto equivalente y en un lugar que a ella le podía interesar más, un pueblito cerca de Aix en Provence. Le propuso encontrarse al día siguiente para tomar un café ya que luego él regresaba al sur de Francia dónde vivía habitualmente. El quería explicarle el puesto de trabajo y el proyecto del sur, antes de que ella escuchase la proposición definitiva de la escuela parisina. Ella aceptó encantada, no lo podía creer.

Se dieron cita a las 11 y se encuentran tan a gusto que él le propone almorzar juntos después de haberle explicado el proyecto provenzal. Ella le cuenta por qué le había dicho que creía conocerlo la primera vez que se vieron. 
Pasan toda la tarde charlando sobre los recuerdos de la infancia común. Ella le cuenta, desahogándose, sobre la decepción de aquél último día en el autobús y ambos relatan la historia de sus vidas.
A las 4 de la tarde, él debe marcharse para tomar el tren de regreso al sur. Al despedirse, la toma suavemente de los hombros y le propone aceptar la oferta del sur. Bajando la voz, como para reforzar la intimidad de la propuesta, le confiesa que de esa manera se darían la chance de conocerse más. 
Marjo sopesa la oportunidad delante suyo y decide en pocos segundos no dejar pasar otro autobús…
Consiente moviendo la cabeza y se dan el primer beso.

Una semana más tarde, Robert la espera en la estación de tren de Aix, se abrazan como si lo hubieran hecho siempre y se prometen no separarse más. Ella le sugiere que en una de las muchas lunas de miel que pasarían juntos, le gustaría ir a Tahuata, a visitar a su palmera de doble cabeza.

Olas de Libertad #09- VAITAHU

Karen y Marjo se despidieron de Xin Ping en el muelle de cemento donde atracan los botes auxiliares. La aldea de Vaitahu, en Tahuata, da sobre el mar pero no tiene un embarcadero muy protegido. No parece ser un pueblo de pescadores, al lado del muelle hay una cámara de frío toda desmantelada y con pinta de llevar mucho tiempo sin funcionar. Quizás porque Tahuata está tan cerca de Hiva Oa, no desarrolló muchas tiendas ni servicios.

La población de toda la isla es de unos pocos centenares y en Vaitahu deben vivir 50-60 personas, se conocen todos, muchos son parientes.
La gente de la isla es muy discreta con los extranjeros, pero no se muestran indiferentes ni faltos de simpatía. Están acostumbrados a que los visitantes vengan con una excursion de Hiva Oa, solo a pasar el día. En cambio, cuando alguien se queda un par de días, lo notan y aprovechan la conversación para hacerles conocer las particularidades de Tahuata.

La comunidad religiosa es importante, gracias al hermoso e imponente templo construido con piedras y madera exótica local trabajada. Cumple perfectamente con los preceptos arquitectónicos de los tiempos de las catedrales: inspirar respeto, admiración y devoción entre los fieles.

Iglesia de Vaitahu

Xin Ping vio alejarse a sus amigas, se dió vuelta y se dirigió a la aldea. Con las mujeres había ido al almacén de la aldea pero se había quedado afuera porque no tenía dinero. Desde afuera había visto que la cajera tenía rasgos más asiáticos que polinesios. Ahora, había regresado para conocer a la joven e investigar sobre su origen. Se sentó cerca de la puerta del almacén, a esperar que ella saliera. 

La dueña del local, la bella Vairae, se dio cuenta de la presencia solitaria de Xin Ping. Con la tradicional acogida de una auténtica vahiné local, segura en su territorio, se acercó a preguntarle al joven en qué le podía ayudar o qué estaba esperando. Xin Ping le respondió en inglés que no sabía hablar francés y que era chino. Inmediatamente, Vairae llamó a la cajera, Sara Huong, la joven china que hablaba tanto inglés como chino. Pese a haber nacido en Tahití, sus padres le habían hablado siempre en el dialecto de su cantón de origen y esa era su lengua familiar. A Sara le dio mucho gusto poder hablar con Xin Ping, que entendía perfectamente por provenir de un cantón vecino al de la familia de la joven.

Vairae los dejó conversar en la puerta y entró al almacén. Le gustaba ayudar y sentir que la gente la respetaba tanto como le eran agradecida. Todos en la aldea y probablemente sin exagerar en toda la isla, le debían algún favor a la hermosa y madura Vairae. Ella era considerada por unanimidad como el personaje más importante de la isla, después del alcalde. Ella, a su vez, sólo le debía a una sola persona que la había ayudado siempre, su ex marido. Carlos, era un tipo muy especial. Una persona de una franqueza proporcional a su generosidad. Cuando se fue a vivir a Ua Po, él compró todo lo que Vairae necesitaba para iniciar su negocio con éxito y no tener que depender de nadie, ni siquiera de él. Las razones de su partida eran irreconciliables con Vairae. Él había conocido a su tercera vahiné con la que esperaba un bebé y como su nueva elegida era de Ua Po, se mudaría allí con ella, pero no sin antes asegurarle a Vairae una situación económica como la que ella se merecía. Vairae no podía quejarse, hacía diez años que con su belleza ancestral había cautivado a Carlos, quien había dejado a su primera mujer por ella.

Era mejor no enterarse cómo obtenía sus recursos financieros este personaje, reconocido y algo temido por los misterios que escondía. Carlos era un “popa”, como le llaman a los colonos blancos. De dudoso origen; decía que era francés, de familia bretona, pero con un nombre que sonaba español y a historias de corsarios y contrabandos.
Todos sabían que había pasado por la prisión (quizá más de una vez) porque de vez en cuando se confiaba sobre algunos asuntos grises que había protagonizado. Sin embargo todos los que lo conocían lo respetaban y tenían algo que agradecerle. Todo quien necesitara algo podía solicitar ayuda a Carlos, quién nunca diría que no. Imponía sus condiciones y tenía una moral muy alta para las deudas. Nadie le fallaba y todos se jactaban de ser su amigo. Si había tenido un pasado turbio, en estas islas, Carlos estaba a salvo, no le faltaría quién lo defendiera a muerte.

Xin Ping y su compatriota hablaban a una velocidad inusitada. Xin Ping estaba feliz, no podía creer la suerte que había tenido. Le contó toda su historia a Sara que lo escuchó con gran compasión pensando de qué forma podía ayudarlo y protegerlo.
Cuando Vairae regresó para pedirle que cerrara la tienda, Sara le preguntó a su nuevo amigo dónde estaba parando. Ante la falta de respuesta, se le ocurrió una gran idea. Recordó que próximamente, su patrona se ausentaría por dos semanas y que el único inconveniente que tenían era que llegaba una carga importante de mercaderías y Sara sola no iba a poder ocuparse de la recepción, el orden en el depósito y atender la tienda sola a diario. Sara le contó a Vairae que Xin Ping era un pariente lejano, de una provincia vecina a la de sus padres y que estaba viajando pero le habían robado todo su equipaje por lo que necesitaba un trabajo y un lugar donde dormir. Le propuso a su jefa que lo tomara a prueba durante su ausencia. Él seguramente aceptaría trabajar esos días con ella, a cambio de casa y comida.
Vairae aceptó la propuesta a condición de que Sara se responsabilizara por el joven desconocido. La realidad es que esta solución le venía al dedillo, le resolvía una preocupación causada por el retraso del barco justo en un momento en que ella debía viajar a Tahití.

Xin Ping sintió que claramente su vida estaba dando un vuelco respecto a todas los riesgos y penurias que había vivido días atrás. Estaba feliz de poder aprovechar esa oportunidad, quedarse en la aldea y sentirse protegido por su compatriota con la que esperaba aprender muy rápidamente todo sobre la vida allí. 

En los días sucesivos, Sara le contó sobre la historia de la inmigración de chinos en la Polinesia. Que aquí ya están acostumbrados a ellos, que hay muchos en el comercio y que son bien tratados, mejor que en muchos otros países del mundo. Que ella misma tiene un hermano casado con una tahitiana y que su novio es tahitiano también y las familias mixtas son muy comunes, mezclándose incluso con popas que se quedan a vivir en las islas definitivamente.
En la parte de atrás del depósito arreglaron un cuartito donde Xin Ping podía dormir en un catre y recuperar un espacio propio aunque fuera muy reducido.

Cuando llegó el barco, Sara estaba muy contenta con el esfuerzo que su joven amigo le ofreció sin contar horas ni energía. Para devolverle el favor, se le ocurrió preguntarle si no quería que le prestara la computadora para poder comunicarse con su novia, su amada Lea. Xin Ping se puso a llorar de alegría y le dijo que había pensado varías veces en pedírsela pero sentía que todavía debía ganarse su amistad.
Una vez superada la etapa de supervivencia, había renacido en Xin Ping la obsesión de volver a reunirse con su enamorada. Por lo pronto, saber de ella, de su familia, sobre cómo estarían sufriendo por no tener más noticias de su paradero y si seguía con vida. Las protestas en China habían sido reprimidas con un alto grado de hostigamiento y mucha gente había desaparecido.
Tenía que ser cuidadoso al volver a tomar contacto con ellos porque suponía que el gobierno central tendría a sus familiares bajo control de llamadas y correos para conocer su paradero. Xin Ping pensó también en avisarle al navegante que le había literalmente salvado su vida. Probablemente no estaría muy lejos y podrían reencontrarse.
Cada noche se acostaba con esa obsesión persistente, cómo volver a encontrarse con su novia Lea y sacarla de China. Aquí estarían a salvo y serían felices sin lugar a dudas. Haría todo lo que tuviera que hacer para lograrlo, no descansaría nunca ni ahorraría ningún esfuerzo hasta obtenerlo.

Olas de Libertad # 08 – ENCUENTROS Y DESENCUENTROS

Océano Pacífico

Xin Ping sale tímidamente de entre la vegetación y se atreve a hablar con las mujeres, se dirige a ellas directamente en inglés. Les cuenta cómo llegó hasta allí, les dice que necesita seguir escondido hasta saber cómo es el trato de la población local con los extranjeros y especialmente con los chinos.

Las mujeres, al inicio sorprendidas, entienden su situación y se presentan 

– Yo soy Marjo y ella es Karen – ambas le sonríen

-Llegamos con nuestro barco – dice Karen y señala al único velero anclado cerca de la costa

Ellas lo tranquilizan y lo invitan a su barco a comer y relajarse. Quieren ayudarlo a reponerse de las peripecias que creen que habrá vivido. 

Lo que las dos amigas no pueden imaginarse es hasta qué punto la historia del joven estudiante es tan sórdida y sin embargo tan actual, de nuestros tiempos. China es todavía un país donde existe un fuerte contraste entre la modernidad y el atraso societal resultado de las dictaduras políticas y un alto grado de corrupción. Un estado de cosas comparable a Occidente hace un siglo atrás. En cambio en las sociedades democráticas, a pesar de sus decadencias en múltiples aspectos, se han logrado avances fundamentales y se continúa luchando por el respeto al individuo. Al comparar una sociedad con la otra, sentimos el privilegio de haber nacido “del lado bueno de la cortina” como se pudo haber dicho en otro momento histórico.

Hoy en día, la tecnología y el desarrollo económico ofrecen a los chinos la posibilidad de adquirir un sinfín de bienes materiales. Un pueblo alienado es más dócil y manipulable. De esa manera los estamentos gobernantes pueden tener la ilusión de mantenerse eternamente en el poder.

El barco de las mujeres se parecía bastante al que le había salvado la vida, rescatándolo del infierno del pesquero en el cual se había refugiado para salir de China. Era la primera vez que Xin Ping subía a yates de este tipo. Comenzaba a entender como los navegantes disfrutaban la libertad que ansiaban. Estos barcos son cáscaras flotantes, pensó, pero parecen seguros y permiten desplazarse con viento a favor o en contra, en la dirección que uno desee. Sus dueños no son millonarios ni pareciera que se necesitase de grandes reservas de combustible. Sintió la dicha de compartir ese sentimiento de bienestar aunque fuese sólo por unos instantes. Esta fugaz sensación permitió a Xin Ping soñar con un futuro mejor del que había dejado atrás. Sin embrago, sentía una falta atroz que cada día se profundizaba más. Extrañaba horrores a su novia, a su pedazo de vida que le había sido arrancado sin piedad ni miramientos. De repente se sintió triste y se le notó en el rostro. Karen ve el cambio en la mirada – Te sientes bien? Estás mareado? – ella ha visto tanta gente que enseguida de subir a un velero se sienten en desequilibrio y sufren de mareos y malestares diversos.

-No, estoy bien – responde Xin Ping y les explica que se siente cómodo y seguro con ellas pero que tuvo un momento de melancolía al recordar a la mujer que ama y que tuvo que dejar en su país de forma forzada. 

Las mujeres le piden que les cuente su historia y así llega al momento en que les explica cómo llegó al Clinamen, y ellas le piden detalles del Capitán. Concluyen que debía ser el mismo que se cruzaron hacía unos días en Nuku Hiva y que habría dejado la canción en el tronco de la palmera. Marjo no tiene descripción física de él, porque no se dio vuelta para verlo, pero su amiga Karen cree haberlo visto en el momento en que se retiraban, mientras ellas cantaban y tocaban música. Por la descripción que les hizo Xin Ping, le parecía que podía ser el mismo, que habría pasado por Tahuata en su paso hacia la capital de las Marquesas donde debía hacer su documentación de ingreso aduanero.

Xin Ping se sintió más tranquilo de pensar que su amigo no habría tenido problemas por su culpa, que habría llegado a salvo a su destino y que no estaría demasiado lejos. Si él lograba quedarse por la zona sin llamar demasiado la atención, quizá volvería a cruzarlo. Tenía que encontrar la forma de insertarse en la vida local sin despertar sospechas ni resquemores.

Las mujeres escucharon su historia con atención y compasión. Querían ayudarlo y le ofrecieron llevarlo con ellas hasta Vaitahu. Karen, que navegaba por las Marquesas desde hacía más tiempo, le confirmó que en esa isla no había policías ni autoridades de las que podía temer. Además le explicó que la enfermedad que afectaba al mundo entero, la pandemia llamada Covid, no había llegado aún a las Marquesas.

– Los controles de la prefecturas locales se han intensificado pero nosotras tenemos todos los documentos en regla – agregó Karen

Xin Ping no tenía nada que temer, él estaría resguardado como acompañante. En la aldea de Vaitahu, él podría pasear sin miedo. También podrían averiguar cómo era la vida allí, en caso de que él quisiese quedarse un tiempo en esa isla. La mayor ventaja para Xin Ping de viajar con las turistas sería que ya no correría el riesgo de ser visto como un náufrago recién llegado. No tendría que esconderse más. 

Durante el viaje a Vaitahu, Marjo hizo que Xin Ping hablara más del Capitán del Clinamen. Quería saber más detalles de él, había pasado a ser de una simple intriga a casi una obsesión. Después de todo lo que le había sucedido en su vida, ella se preguntaba por qué aquel día en el bar no se había dado vuelta cuando escuchó a sus espaldas el relato romántico de una canción que había sido depositada en una palmera para que una persona especial la hallara. Por las descripciones de Xin Ping, ya estaba segura que el capitán era el mismo de la canción. 

Pensaba que se habían desencontrado, que había perdido una nueva oportunidad en su vida y eso la mortificaba. Ya había estado reflexionando mucho acerca de eso y de la razón, o más bien las razones, por las que pasados sus 40 se encontraba aún sola. 

Sentía que sus relaciones anteriores habían fracasado porque no se comprometía lo suficiente. Y luego, la habían traicionado. Las decepciones habían sido múltiples y diversas, pero realmente, ¿podía achacársele la culpa a ella? ¿Era ella la que escogía oportunidades erróneas, o era ella la que no tomaba buenas decisiones?

Mientras Marjo reflexionaba, observaba a su amiga Karen y pensaba en su vida. Karen había estado felizmente casada durante casi 20 años pero había perdido a su marido, su alma, su pareja y compañero. Ella ya no sentía la necesidad de encontrar a nadie más que la acompañara a diario. 

Había vivido un amor que parecía eterno y que sólo se había acabado por el motivo más natural, la muerte. Su marido, Roger, había sucumbido a un cáncer fulminante. Una metástasis silenciosa se había instalado en su cuerpo. Cuando sintió dolores y se hizo ver, su diagnóstico fue definitivo. Habían vivido 20 años juntos y felices y él pidió que lo dejaran irse de la mejor manera, sin hostigamiento médico que le prolongase malamente unos días o meses y causara sufrimiento para ambos. Ella aceptó esa fatalidad y la decisión de Roger que algunos juzgaban como egoísta, pero que ella entendió como de una gran generosidad. El no quería hacerla sufrir y prefería irse con los mejores recuerdos y dejarle a ella también su mejor recuerdo. Fueron 3 meses en los que el deterioro físico fue muy veloz, pero Roger parecía no quebrantarse mentalmente. Le transmitía la misma buena salud de siempre, el amor incondicional y el mayor agradecimiento por los bellos años pasados juntos. Karen fue haciendo su duelo con Roger aún vivo y ambos exploraron el proceso de la muerte, inevitable, la que debían aceptar de la mejor manera. Transitaban los pasos finales, se preparaban para separarse. Nunca habían pensado como sería, cuando ni como, solo sabían que habían vivido con plenitud y Roger sentía que había tenido una buena vida sobre todo desde que había conocido a Karen.

Poco antes del diagnóstico de su enfermedad, ellos habían comprado el velero para algún día animarse a dar la vuelta al mundo juntos pero no habían podido avanzar en ese proyecto. En su lecho de muerte, Roger le pidió a Karen que ella hiciera realidad ese sueño mutuo. Su único ”último” deseo era saber que él estaría con ella durante ese recorrido, aunque le llevara muchos años lograrlo.

A la muerte de su marido, Karen arregló toda su situación material, financiera y de ingresos para poder dejar su trabajo y marcharse a cumplir el sueño que no podía postergar más. Sentía, como un imperativo, el mandato que le había dejado Roger, ser feliz y llevarlo en su recuerdo, sentir su presencia en forma permanente.

Karen había planeado dirigirse a Hiva Oa después de visitar Tahuata. Tenía ganas de conocer a todos los que habían compartido los últimos años con Jacques Brel. Quería entender qué era lo que el Gran Jacques había encontrado en las Marquesas y que tanto lo había seducido. Le habían comentado, o lo había leído por ahí, que Jacques buscaba escapar del asedio de su fama y que ser un desconocido en la isla le había devuelto la paz. La digna indiferencia de los marquesinos ante su presencia habían subyugado al artista.

En las aldeas de Hiva Oa, Jacques volvía a ser simplemente Jacques y la gente lo invitaba a sus humildes casas para tomar una citronade, un jugo de mango o simplemente un vaso de agua de coco fresca. En esas ocasiones, esa gente no le pedía que contara todo sobre su vida sino que eran ellos los que con humildad y generosidad le contaban sus pequeñas historias de familia. Describían lo que habían cazado en el monte o pescado en su última salida en bote. A Jacques le encantaba reir sin medirse, a carcajadas y con franqueza. La gente muy rápidamente lo adoptó como hijo del Fenua (el país, el terruño).

A Roger le había fascinado la calidad humana de Brel, conocía todas sus canciones de memoria. Uno de los puntos que tempranamente le había marcado a Karen en el mapa de sus exploraciones era el de la isla de Hiva Oa, la elegida por Brel para ser feliz sus últimos años.

Para Karen, llevar a Xin Ping a Vaitahu, unas pocas millas al sur de dónde estaban, no representaba un gran desvío de Atuona, su destino para fondear en Hiva Oa. La que le preocupaba ahora era su amiga Marjo, a la que veía un poco obsesionada con la idea de encontrar a ese navegante, no se perdonaba haberse perdido la oportunidad de conocerlo aquella noche en el muelle de Taiohae. 

Marjo le había confesado que sentía que ella era la protagonista y destinataria de la canción. Sin embargo, no tenía nigún indicio objetivo. Karen coincidía, estaba convencida de que todo era una ilusión romántica que Marjo había creado y personalizado en ella. Sus fracasos amorosos anteriores la habían dejado marcada pero esta historia la invitaba nuevamente a soñar, era una nueva oportunidad que esta vez no tenía derecho a desperdiciar. Karen había experimentado una gran historia de amor con Roger entonces no podía desalentar a su amiga, pero sentía que no quería alimentarle una ilusión que quizá no fuera más que eso y que la llevaría a una nueva decepción y a una tristeza profunda.

Marjo miraba la espuma de las olas en el horizonte y se dejaba llevar por el sueño de un amor que todavía no le había tocado vivir, que ella no entendía por qué no la había correspondido. Si en el pasado se había reprochado haber perdido oportunidades o haber tomado las malas decisiones, esta vez quería intentarlo. Pero con la vista en el lejano azul se preguntaba ¿Qué hacer, cómo volver a cruzarlo? Ni siquiera conocía el nombre del navegante y solamente tenía la sospecha de que sería el mismo que había salvado al joven chino. Ni siquiera eso era una certeza, solamente una sospecha que en su ilusión, ella quería creer como válida. 

Su amiga Karen ya no pensaba regresar a Nuku Hiva, quería quedarse un tiempo en Hiva Oa. Marjo la seguiría hasta Atuona y allí decidiría si conseguía algún velero que se dirigiera a Nuku Hiva o bien si especulaba con que el navegante, después de Nuku Hiva vendría a visitar Hiva Oa, en cuyo caso lo más sencillo y sensato sería aguardarlo allí mismo, contando con que esa vez la oportunidad tan ansiada se presentase… 

Llegaron a Vaitahu en las primeras horas de la tarde, los pocos comercios, bares y hasta los templos religiosos estaban cerrados durante el receso del mediodía, por los calores habituales, la siesta era obligada.

Dieron un paseo los tres juntos. Xin Ping se sorprendió con la imponente iglesia de piedra. La belleza de los trabajos de madera tallada lo conmovieron, por primera vez lograba distenderse de la persecución o la culpa. Sentía que el encuentro con las dos viajeras le habían permitido relajarse, su espíritu reaparecía y lo predisponía para poder admirar el arte. Xin Ping sintió un profundo alivio, como si un enorme peso que llevaba desde hacía tanto tiempo se desprendiera finalmente de su espalda. 

Se agachó frente a la puerta del templo y en las escalinatas se puso de rodillas, besó el suelo en agradecimiento, sentía que esta tierra le daba la bienvenida, que los espíritus del lugar lo aceptaban. En el fondo de su alma percibió que debía instalarse en ese lugar, sentía que había llegado a su destino. No habría más peregrinaje en vano, su corazón lo sabía, debía escucharlo y dejarse guiar por él.

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Karen y Marjo se despidieron de Xin Ping. Estaban contentas porque lo veían seguro y agradecido. El les repetía sin cesar que estaba emocionado de haber encontrado su lugar en el mundo gracias a ellas. -Vuelvan a visitarme, las estaré esperando – les imploraba con su mirada y su sonrisa.

Para ellas, ese pedido era simple, quizás no terminaban de entender la magnitud de lo que Xin Ping experimentaba por primera vez, la libertad. Entendieron que para el refugiado, el primer lugar en donde se encuentra un poco de paz es el mejor lugar del mundo. 

Las amigas pasaron esa noche en el velero, preguntándose dónde y cómo se las arreglaría Xin Ping para encontrar un lugar para dormir en la aldea. Él no había aceptado su hospitalidad, negándose a dormir en su barco. – Ya encontraré refugio, no se preocupen por mí – les dijo. El estaba acostumbrado a encontrar refugio natural.

Zarparon al otro día, muy temprano por la mañana. Tenían aproximadamente 3 a 5 horas de navegación hasta Atuona, era un lugar conocido por la falta de espacio de fondeo, entonces querían llegar temprano para tomar los recaudos necesarios.

Al llegar, comprobaron la falta de espacio para posar su ancla. La atracción turística que ejercen la vida de Brel y de Gauguin en la isla, ambos enterrados en el cementerio del pueblo y con una lindísima vista al mar, hace que la pequeña bahía cerrada de Atuona esté congestionada de barcos y además hay que dejar un espacio libre para la maniobra de los ferries. 

Después de 2 semanas de estadía en Hiva Oa, Karen estaba muy contenta de todas sus excursiones hacia las distintas aldeas donde entrevistaba a todo quién hubiera tenido contacto con el célebre cantante belga. Marjo, en cambio ya se había hecho conocer de todos los veleristas. Todos parecían haber cruzado al capitán que ella buscaba pero ninguno podía ser certero sobre su paradero. Incluso la gente que venía de navegar y pasar un tiempo en Nuku Hiva, no le aportaban ninguna esperanza de encontrarlo pronto. Ya estaba totalmente descorazonada sobre su idea de cruzárselo nuevamente.

Al término de una charla bastante íntima con Karen, en la que compartieron sus conceptos de amor y felicidad, Marjo decidió que aquél evento de la canción había sido singular pero efímero, había sido tan sólo una coincidencia. Se decía a si misma -Es una historia sin sentido, sin principio ni final. Es más bien una construcción propia, producto de un sueño idílico del amor. No tiene sentido regresar a Nuku Hiva, ni esperarlo en Hiva Oa – suspiraba largamente y seguía buscándo una explicación. Si había sido una señal del destino, al que ella debía obedecer o darle una oportunidad, esa suerte regresaría de una manera u otra. Racionalizó sus emociones devenidas un poco ilusiones vanas y decidió aceptar partir hacia Tahití con un velero que partiría dos días después.

Al tomar esa decisión se sintió aliviada, el peso de la ilusión que había sustentado hasta ese momento la había desbordado. Al relajarse, recordó que en la última conversación con Xin Ping, él entendió que ella estaba buscando a su amigo velerista y le escribió en un papel diminuto la dirección de su mail. Ella dudaba de que se tratase de la misma persona por lo tanto hasta ese momento no había ni contemplado el escribirle. Antes de acostarse, buscó entre sus cosas el papelito y aunque seguía indecisa en escribirle (¿para decirle qué?), se tranquilizó al comprobar que no lo había perdido.

Esa noche durmió bastante mejor que en las semanas previas. Su descanso había sido también perturbado por esas expectativas fantásticas que se había hecho…