No me cuesta acostumbrarme al constante azul, al azul-verdoso, al grisáceo que me rodea desde ya un mes. El mar dicen que adquiere el color en función de la profundidad y del plancton. Como el desierto, el mar nunca es el mismo, aunque siempre sea el mismo mar. El que cambia es quién lo navega. Y como el mar, no todos los días lucimos el mismo color.
He salido de la Gomera creyendo no volver a pisar tierra hasta las Antillas. Estaba muy ansioso de ya verme la cara a solas con ese infinito horizonte al que apuntar casi en línea recta hacia el W, el Oeste, enfilar al Poniente y coleccionar atardeceres. Con la Vela Mayor averiada se me plantean pocas opciones. El mapa es escaso en geografía por estas latitudes y yo ni preparado estaba para ir a ninguna otra parte que cruzar.
Consigo remendar la Vela, pero poco duran las alegrías en esta travesía. Se deshacen las tiras plásticas que debían aguantar 2400 millas. Las costuras, como las fronteras, son permeables a la fortuna, que no es ni buena ni mala, sino impredecible; como las articulaciones de nuestro cuerpo, esas fisuras nos doblan o pretenden doblegarnos. No me queda otra que variar el rumbo. Desde mi base en tierra me envían las coordenadas GPS de la Marina Mindelo en Sao Vicente, Cabo Verde, un lugar al que no pensaba ir. Pero la Serendipia que me acompaña quiere que descubra lo que no voy buscando. El marinero debe adaptarse a una carta de navegación diferente, el destino se escribe con lenguaje propio, lenguaje que debemos acatar.
Los tres días desde mi posición de avería hasta Mindelo, la segunda ciudad más importante del archipiélago de Cabo Verde, capital de la isla de San Vicente y el puerto al que quiero llegar, son de navegación tranquila. Apenas viento hasta acercarme a las islas. El blanco amenazante, el de las nubes sospechosas y la espuma agitada, desaparece. Me da tiempo a pensar, algo que he podido hacer escasamente durante los días anteriores, mientras continuo mi diálogo rumiante conmigo mismo y con los que se quedaron en tierra. Las nuevas tecnologías impiden la soledad absoluta. Pero tampoco es lo que deseo. Decía Marco Aurelio en sus Meditaciones que “Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho. Todo lo que vemos es una perspectiva, no es la verdad”. Nadie está viendo lo que yo veo, nadie está escuchando lo que yo escucho. Llego a pensar que sólo puedo conversar con mi mismo y con los delfines que me visitan y me invade una desazón que no se corresponde con el día radiante que me acompaña. El mar es absolutamente azul, sin traza de color blanco.
Las islas remotas tienen un magnetismo fuera de lo común. Son pedazos de tierra aislados que fueron imaginados antes que explorados. Hay quién puede pensar en ellas como cárceles y así fueron utilizadas durante siglos. Los penales de ultramar. Como en los Gulag de Siberia, escapar de una isla remota significaba la muerte. Te encierran en su lejanía, en su aislamiento. Son invisibles, y su realidad se evapora en relatos que no necesitan del método científico. Estamos predispuestos a creernos cualquier cosa sobre esas islas. Finalmente siento que estoy feliz del acontecimiento que me obliga a desviarme. Me permitirá explorar mi carta de islas.
Intento pescar, sin éxito. La navegación continua con una tranquilidad plomiza a pesar de los cargueros que se distinguen a ojo y que provocan un concierto de pitidos de la alarma AIS que insiste en recordarme que no estoy solo. Los cargueros me dan a entender que, al menos, estoy en el buen camino, en la ruta directa hacia el sur o el oeste. A medida que me acerco y pienso adonde llegaré, me doy cuenta que no venía preparado para esta parada y por ello no preví ninguna carta, ni programa.
A pocas horas de divisar tierra se me hace de noche cerrada y me encuentro navegando a ciegas. Es la navegación más peligrosa que existe, también la más arcaica y que continúan realizando los pescadores, sobre todo los artesanales. No me acompañan las estrellas, aunque sí el sónar, pero de nada me sirven el resto de parafernalia moderna. La oscuridad en el mar no deja lugar a ningún otro color y debo recobrar la pericia de los viejos navegantes. Agudizar la mirada, diferenciar los contrastes entre los distintos negros y grises. Lo más difícil es controlar la ansiedad de topar con algo que no hubiera divisado más que a último momento o ni siquiera hasta el impacto…
Tampoco es sencillo acertar con Mindelo, sólo tengo unas coordenadas GPS de la marina. Pero ya he comprobado que los puntos GPS no se indican con una precisión exacta como para guiarse a ciegas y esperar no topar con un escollo de magnitudes. Voy haciendo cabotaje hasta encontrarme con un puerto comercial en el que aún no diviso la entrada a la marina o a un puerto deportivo. Busco mástiles, símbolo, el mejor posible, de que barcos de la misma especie se encuentran alojados. Por suerte, la maniobra para bajar la vela desafiante y orgullosa en Kevlar resultó sin mayor inconveniente que el de deber hacer tres veces el largo del espacio amplio frente a la bocana hasta acabar de arriarla. Nadie responde a la radio portátil, al canal 72 ni al teléfono que me habían indicado. Tendré que arreglármelas solo si quiero llegar a descansar esta noche. Con alivio, ya bien adentrado en las instalaciones, una fina aguja sobresale de las sombras. Encaro decidido, aunque siempre guardando la mirada al sónar. Una hora después me acuesto satisfecho en el camarote de proa, ya sin el movimiento constante y pronunciado que es su costumbre. Son las 4 UTC, estoy molido, y a la vez aliviado, no sé dónde habré llegado ni con qué me encontraré por la mañana. Pero he llegado, hemos llegado.
Cabo Verde
¿Qué sé yo de Cabo Verde al despertar? Apenas nada. Cesária Évora. La voz dulce y los pies descalzos, la artista auténtica y torturada. Las baladas criollas, suaves, nostálgicas, esa música que acaricia y te enseña a apreciar la saudade. Poco más. Las letras rítmicas, las palabras que te rasgan el alma. Es dulce morir en el mar, cantaba… mi preferida, por razones que no explicaré.
Es dulce morir en el mar
Las ondas verdes del mar
La noche en que no vino
Fue triste para mí
La barcaza volvió sola
Una noche triste fue para mí
Es dulce morir en el mar
Las ondas verdes del mar
La barcaza navegó, noche era
La madrugada no ha regresado
Marinero hermoso
La sirena del mar se lo llevó
Es dulce morir en el mar
Las ondas verdes del mar
Es dulce morir en el mar
Las ondas verdes del mar
La olas del mar verde miel
Lo primero que me sorprende al llegar a Cabo Verde es la luz, intensa, como lo es siempre en el trópico. Una luz que no admite matices. Los colores aquí están todos en su lugar. Lo áspero del terreno. Volcánico, sí, pero duro. Una tierra que no parece amable. A quien camina sus islas, los pies se le desuellan. Llevaba Cesária Évora las plantas de los pies abiertas, «pisadas», como ella decía tras cincuenta y cinco años caminando descalza, del puerto de Mindelo a otros puertos. Cabo Verde: nueve islas, a 300 millas de tierra firme, océano Atlántico, noroeste de Senegal, un millón cuarenta mil almas, setecientos mil caboverdianos en la emigración, nueve dialectos criollos que quedaron del portugués azotado por los vientos, confundido con el canto de los pájaros. Fue colonia portuguesa, independiente en 1975, país agrario y pesquero, castigado por el tiempo y la sequía.
La voz de Cesária Évora tenía el olor de Cabo Verde en su piel oscura y su sonrisa fácil y amplia.
“Los caboverdianos aprendimos a tener fe en el mar. Mindelo es una bahía grande, llegaban barcos y la gente se echaba a los botes, porque los barcos siempre traían cosas, y negociantes y gentes de comercio: la vida era muy movida». Cesária tenía dieciséis años y un hombre tocaba su violín, ella en un rincón empezó a cantar aquella música, bajito, bajito, y el hombre se quedó mirando y le dijo: «Canta más alto, Cise». El hombre se llamaba Iduardo. Fue así como empezó a cantar en los bares y en los barcos y a llamarse Cise: «A los portugueses les gustaba mucho mi voz, y los marinos me llevaban a los barcos, eran barcos de guerra, pero en las tabernas no había sólo portugueses, había marineros de todas las razas y países. Se sentaban en las mesas a beber y me llamaban para que yo cantase, lo hacía de pie, allí quedaba con mis sentimientos delante de ellos. Luego me daban monedas».
Me sorprenden las personas. Al contrario de la tierra que habitan, las gentes de Mindelo, los caboverdianos, me reconstruyen la imagen de la felicidad. Esa de la que tanto he hablado a mi escudero, mi Clinamen, en nuestras horas de charlas nocturnas. Lejos de todo, lejos de todos, sin prisas, sosegados, esperando poco, porque poco hay que esperar, anhelando poco, porque poco hay que anhelar, ambicionando lo justo. Una buena pesca, un buen lugar bajo el sol, el verde del mar. La felicidad se destila por el desapego, la lejanía. Será que es más fácil ser feliz –o aparentarlo- en medio del Atlántico, que hacerlo en París o Barcelona. Me quedan más de 2100 millas para dilucidarlo. Estas islas que han sido siempre refugio para los marinos, también eran la base en el tráfico de esclavos. El caribe africano, como Haití, rezuma también esa tristeza por el desarraigo. ¿Será que la felicidad tiene que ver con aceptar el destino que toca, con no provocar a los oráculos, con cierta mansedumbre de espíritu? O ¿será que se han liberado de la ansiedad de ser felices a toda costa? No quiero asociar la mansedumbre con la felicidad, tampoco con la resignación. Siento en esta gente un sentido de la dignidad. Quizás sea eso la felicidad.
Decido concederme la oportunidad de caminar la isla, de conocer a sus gentes. Acariciar, si me dejan, una minúscula parte de sus secretos. Como ya hice en La Gomera, pateo las calles y los caminos porque es con los pies que se conoce la tierra. Al otro lado de la isla, camino solo por un sendero al lado del mar. Camino descalzo. Arena y rocas. Diez kilómetros bajo el sol mientras, por mi mente, van pasando hilvanados a su antojo miles de pensamientos. Los elijo al azar: “uno no deja de navegar por pisar tierra; uno no deja de viajar por atracar en un puerto. El infinito viajar es una actitud, no un medio de transporte. Es absorber al “otro”. Siempre he pensado que las historias ajenas son más interesantes que la mía, de ahí que me apasione la literatura y en cambio me sorprendo cuando me incitan a contar mis anécdotas, que es verdad colecciono miles. Para entender el mundo las ciencias son imprescindibles, para comprenderlo, la literatura es esencial. Viajamos mientras leemos, viajamos mientras conocemos al “otro”, mientras nos ponemos en su lugar. El viajar infinito es la compasión infinita, porque todo lo que nos rodea dejará de existir algún día”.
Regreso y me detengo en la lonja de pescado, en el mercado, en la exposición de Cesária Évora. Mientras me reparan la Vela, me dejo seducir por las historias que me cuentan, las voces que me hablan. No pretendía conocer Cabo Verde y hoy me pregunto si Cabo Verde no era la etapa necesaria de este viaje. Agradezco al Dios de las costuras que rompiera mi Vela Mayor, al Dios de las Hilaturas que me impidiese recoser el trapo. A los dioses del mar, a sus sirenas y tritones, les agradezco que me dejaran reposar en este pedazo de tierra. Todo viene del mar, y luego el mar parte las vidas y sólo a veces las devuelve. Trae riqueza y deja saudade. Del mar viene también la música de Cise, la reina de la morna.
Llevaré siempre conmigo a Cabo Verde y a sus olas de mar verde miel.