El Clinamen y yo debíamos bajar a Tahití lo antes posible, para organizar luego el regreso a Francia. No tenía aún mucha idea de cómo iba a hacer para dejar el barco.
Me sentía intensamente feliz después de todo lo vivido con el cruce oceánico, el encuentro con un ser tan querible como Xin Ping, en las circunstancias en que se dio y la exploración maravillosa de las islas Marquesas.
Zarpé de Tahuata en dirección a Tahití con la opción de hacer escala en uno de los atolones del archipiélago de Tuamotu, preferiblemente Fakarava, por tener una passe ancha que es más fácil de afrontar por primera vez.
Las condiciones eran favorables, no había grandes vientos previstos, y los que había estaban bien orientados, de través. El oleaje era del Este, por lo que nos tocaría de lado, lo cual resulta incómodo, pero al menos no frena una buena marcha.
Según mis cálculos, la travesía de Tahuata a Fakarava nos llevaría 3 días de navegación y después de un día de reposo, seguiríamos hasta Tahití en el tramo final de casi 2 días.
Todo a bordo se desarrollaba como estaba previsto, ya habíamos navegado un día y medio. La bitácora iba dando cuenta de ello, pero al final de esa tarde, me pareció percibir en el horizonte, por popa, un frente de tormenta bien cargado.
Estaba tranquilo porque había estudiado bien la previsión, que para ese período daba cuenta de un viento moderado de noreste. También había cómodamente trimado (como se dice a posicionar las velas, en lenguaje náutico) de empopada. Estaban bien abiertas al viento de atrás, de la popa. Este no es el tipo de navegación más sencillo, es más bien incómodo, pero me permitiría soportar ráfagas de viento bastante fuertes, ya que el barco podría surfear las olas que acompañan las racheadas.
De repente comenzó a caer una tromba de agua y el horizonte se tiñó de un negro total. El oleaje había multiplicado su altura por dos, superaba los 2 metros, con algunas puntas, quizás de hasta 3 metros.
Con Clinamen hemos pasado anteriormente por esta clase de situación y yo confío en mi compañero, sabemos que hay que mantener la calma.
La temperatura bajó brutalmente con la humedad y fui un minuto a la cabina a buscarme una polera para mantener el cuerpo caliente.
Súbitamente, cuando subía los 4 escalones hacia el cockpit, escuché un tremendo Bang! Sientí que la embarcación partía de lado, sin gobierno. El autopiloto había soltado el control y en pocos segundos tenía que analizar la situación y buscar soluciones.
La primera medida fue restablecer un rumbo controlable y volver a configurar el autopiloto, asistente obligado para un navegante solitario, sobre todo en una circunstancia de maniobra crítica.
La segunda fue constatar que el estay de popa (cabo o cable que sostiene el mástil hacia popa) había quedado totalmente suelto y que la polea que permite ajustarlo tirando el mástil hacia atrás, había explotado. El ruido, había sido la botavara (temible barra horizontal sobre la que se monta la vela mayor) que golpeó violentamente contra dicha polea. No me detuve a pensar el cómo sucedió el incidente, eso sería para después. Antes que nada debía tomar las medidas apropiadas. Con las ráfagas de viento soplando por rachas, acelerando violentamente y cayendo después, si no sostenía el mástil debidamente, podría romper todos los obenques (cables que sostienen al mástil en los lados) y el estay de proa (cable que sostiene hacia adelante) y terminar desmatando.
No podía dejar que esa visión catastrófica se instalase en mi espíritu. “Rápido, soluciones”, le reclamaba mi espíritu a mi mente.
En un santiamén, me precipité hacia el amantillo, también llamado balancín (cabo que sostiene la botavara). Me resultaba la única solución urgente para reconstruir la función del estay roto, que sirviera de estay de fortuna. La botavara se sostendría con la propia vela.
Una vez puesto el barco en situación estable, reduje el velamen. Puse el motor en marcha para tener mayor control del rumbo, ante las condiciones que seguían agitadísimas, enrollé la mitad del génoa (la vela triangular de delante) y tomé un rizo de la vela mayor.
Terminadas las maniobras, el viento parecía haber amainado ligeramente o al menos ya no habían ráfagas tan fuertes. El Clinamen estaba nuevamente gobernable seguro y me podía sentar a reflexionar.
“¿Qué nos pasó? ¿Qué diablos nos pasó por encima?” Justo en el momento en que yo había bajado a la cabina. “¡No tiene cojones!”, diría un amigo español.
“¿La culpa la tuvieron las olas?” me pregunto.
“No, nunca echarle la culpa a las olas”, me digo, me respondo, pensando…
Las olas son el clinamen del mar. Son ellas las que rompen el determinismo de los movimientos del agua. Si no hubieran olas, el mar no tendría más que un movimiento regular, como si nos balanceáramos en una bañera llena. Las olas rompen la regularidad de ese ritmo, como el clinamen, definido como el desvío de los átomos.
Habíamos acabado de pasar un momento muy feo, quizá por el grado de riesgo en perder el mástil en el medio del océano más extenso del planeta, a día y medio de cualquier pedazo de tierra. Me sentía agotado.
Cerré los ojos y medité sobre la idea que me acababa de surgir: las olas eran el símbolo, el concepto mismo de la Libertad. Gracias a las olas, todo es diferente, nada es repetible, todo cambia. ¿El causante del incidente había sido el viento, la tormenta imprevista, una ola irregular que abatió el rumbo poniendo fuera de control al autopiloto?
Podía trazar conjeturas, pero al final creía profundamente que había sido el golpe de una ola irregular la que había producido el caos en el equilibrio que llevaba el barco.
Estaba sorprendido por el pensamiento que acababa de tener, como aquel día en que había traducido el texto sobre el concepto del Clinamen, en el curso de latín de la Sorbona, había quedado maravillado. No hay nada de pensamiento mágico en el pensar griego ni en la concepción que me hago de las olas, todos los criterios del Clinamen se pueden aplicar analógicamente.
Seguí durante buena parte de la noche con el motor en marcha para darme más seguridad de maniobra, necesitaba retomar mi calma interior. Después de un golpe emocional de esa envergadura, concluí que ese incidente estaba dentro del “Top 3”, después del tornado sorpresa en los Cayos de Cuba y de la caída del rayo sobre el mástil, en Livingston, Guatemala.
Al amanecer todo había vuelto a una suerte de calma, de equilibrio apaciguado después del zafarrancho de la tarde anterior. Apagué el motor y seguí con el velamen reducido, para no exigir demasiado al estay de fortuna en que se había convertido el balancín.
Nos quedaba aún todo un día hasta llegar a Fakarava y poder estudiar algún otro apaño.
El viento cayó bastante, y volvió a soplar según las previsiones recuperadas antes del zarpe. Calculé que con la distancia que nos quedaba aún por recorrer y la hora que era, no podíamos bajar de una velocidad de 5 nudos si no queríamos correr el riesgo de llegar de noche. Si así fuera, no podríamos entrar en el atolón.
En un determinado momento, el viento se convirtió en brisa y nuestro andar cayó a 3 nudos, era insostenible si no queríamos tener nuevos problemas.
Volví a poner el motor para ayudar la marcha y una hora más tarde, escuché un pafpafpaf… el ruido del motor me anunciaba un nuevo inconveniente.
Ahora era el turno del motor en hacerse la vedette de la travesía.
Intenté volver a encender el motor pero nuevamente un pafpafpaf. Pensé de inmediato en un problema con el gasóleo. Como el medidor de nivel del tanque no funcionaba desde del rayo guatemalteco, no podía darme cuenta si el percance era por falta de gasóleo o no. Razoné y concluí que podía agregar un par de bidones de combustible y seguramente volvería a arrancar. Pero no fue así, siguió el pafpafpaf. Terminé casi agotando la batería de arranque. Era una muy mala noticia. Seguiríamos totalmente a vela y teníamos que llegar en menos de una jornada.
Por suerte parecía que las olas nos empezaban a acompañar y yo les pedía que nos ayudaran con condiciones favorables, al menos hasta el atolón donde podríamos descansar y analizar como seguir.
El mar estaba bien orientado y el ánimo iba regresando a la normalidad a medida que tragábamos millas y nos faltaban unas horas para llegar.
Finalmente nos presentamos en la passe de Fakarava norte, la más ancha, casi antes del atardecer. El timing fue justo, pero no nos dejó mucho margen. Había escuchado que para pasar una passe, el factor fundamental era el macareo (las olas que se producen por oposición entre la bajada o subida de la corriente saliente o entrante y la marea exterior a la laguna del atolón).
La falta de experiencia no me permitió juzgar con seguridad, por lo que debí confiar en mi intuición, en observar la corriente y apuntar bien al centro de la passe, para no dejarnos arrastrar hacia el recife.
Pasamos bien y pudimos entrar, debo reconocerlo, con la ayuda de las olas. Parecían haberse convertido en nuestras aliadas.
Sin embargo tuvimos un nuevo percance al llegar al fondeo en la aldea de Rotoava. El enrollador del génoa se había trabado y no lograba enrollar toda la vela delantera por lo que me era imposible maniobrar para largar el ancla en el lugar elegido. Después de dar varias vueltas, me resigné a pedir ayuda a gritos a algún navegante de los que estaban fondeados. Claude, capitán de un catamarán, escuchó el llamado de ayuda se solidarizó y salió a darme una mano con la maniobra. Esa noche dormí como un angelito … después del temporal, con sus alas mojadas!
Al día siguiente, Claude me asistió para volver a hacer arrancar el motor y permitirme continuar la travesía y llegar a destino. Un gran tipo.
La Serendipidad, ese vocablo tan en voga en estos tiempos, me lo envió en ese difícil transe, o será mi ángel de la guardia que me lo puso en el camino …
Claude resultó ser un joven retirado, cuya especialidad era la mecánica, o sea que de motores conocía como yo de dulce de leche. Además, en un catamarán se tiene espacio para acarrear material y herramientas y el amigo tenía todo lo que se pudiera necesitar. Destapamos el conducto de llegada del gasóleo, obturado por la amalgama causada por las bacterias en el combustible, con una botella de aire comprimido. Un Mc Gyver de lujo que para todas las ocasiones tiene un remedio y un método apropiado.
Para mí resultó antes que nada, una persona generosa, amable, disponible y de un temperamento servicial sin solicitar nada a cambio. Es bueno encontrar esa clase de gente en circunstancias a veces desesperadas. Nos reconcilian con lo mejor de la sociedad, pero lo más importante es que estas situaciones sean la ocasión para crear una valiosa amistad que trascienda el favor circunstancial.
No tenía mucho tiempo que perder, así que puse rumbo definitivo a la isla de Tahití.
Me quedaban sólo 48 horas o perdería mi vuelo a Francia.
Tuve suficiente viento y la alegría mayor se me dio cuando al llegar a la Passe de Tahití, extenuado y con ganas de arribar, me escortó una manada de delfines como para coronar simbólicamente la llegada. Una gran emoción me inundó el espíritu, como cuando llegué a Pointe à Pitre, Guadalupe, un 2 de abril de 2016.
Dejé el Clinamen en la zona de fondeo entre la marina de Taina y el hotel Intercontinental. Claude me había dado el dato de un muchacho de confianza que cuidaba barcos de gente como yo que debía marcharse por un tiempo y dejarlos en custodia. Llegué justo a tiempo a Papeete para guardar todo, poner un mínimo de orden, hacer el checkin y al otro día, en la madrugada estaba volando a Francia. Me costaba creerlo.
De regreso en París, además de las prioridades profesionales, me embebí en una misión superior, ocuparme de la regularización del amigo Xin Ping como refugiado político.
Recorrí las distintas reparticiones de la administración burocrática francesa y también me recibieron en la Delegación de la Polinesia. Me fue muy difícil explicar la situación vivida por él tras la huida de su país y posteriormente el rescate en el Clinamen.
Con gran esfuerzo obtuve un resguardo provisorio gracias al cual Xin Ping podría presentarse a la Gendarmería de Hiva Oa para registrarse. A partir de ese logro mayúsculo, tomé impulso para solicitar un visado especial para Lea, presentándome como garante.
En el mes de junio recibí ambos documentos firmados por la Delegación de la Polinesia y el representante del estado francés, algo así como el Prefecto o enviado del Presidente de la República.
De inmediato le envié un whatsapp a mi amigo Xin Ping y se emocionó hasta las lágrimas, según me respondió, conmovido. Necesitaba ahora que le hiciera un último favor fundamental, que le sacara el pasaje a Lea, lo que hice ese mismo día.
Me sentí muy feliz por haber podido aportar algo de mi oleaje personal en la historia de la pareja de Lea y Ping.
En el verano, Lea volará de Hong Kong hasta Papeete en un vuelo interminable de 22 horas con 3 escalas, pero para ella esas horas serán olas hacia la felicidad junto a su amor.
Yo, todavía no he regresado con el Clinamen a las islas Marquesas todavía, porque los vientos nunca me fueron propicios para retornar hacia el noreste y he preferido por ello, realizar otros programas de navegación más cercanos a la isla base de Tahití. Sin embargo, me repito seguido que ya las olas me retornarán a Tahuata y podrá recrearse un día esa hermosa imagen soñada por Xin Ping. El Tío Clinamen regresará a la playa de la palmera y será bienvenido por Lea, sus dos hijos y el tenaz y valiente Xin Ping.
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