Océano Pacífico
Xin Ping sale tímidamente de entre la vegetación y se atreve a hablar con las mujeres, se dirige a ellas directamente en inglés. Les cuenta cómo llegó hasta allí, les dice que necesita seguir escondido hasta saber cómo es el trato de la población local con los extranjeros y especialmente con los chinos.
Las mujeres, al inicio sorprendidas, entienden su situación y se presentan
– Yo soy Marjo y ella es Karen – ambas le sonríen
-Llegamos con nuestro barco – dice Karen y señala al único velero anclado cerca de la costa
Ellas lo tranquilizan y lo invitan a su barco a comer y relajarse. Quieren ayudarlo a reponerse de las peripecias que creen que habrá vivido.
Lo que las dos amigas no pueden imaginarse es hasta qué punto la historia del joven estudiante es tan sórdida y sin embargo tan actual, de nuestros tiempos. China es todavía un país donde existe un fuerte contraste entre la modernidad y el atraso societal resultado de las dictaduras políticas y un alto grado de corrupción. Un estado de cosas comparable a Occidente hace un siglo atrás. En cambio en las sociedades democráticas, a pesar de sus decadencias en múltiples aspectos, se han logrado avances fundamentales y se continúa luchando por el respeto al individuo. Al comparar una sociedad con la otra, sentimos el privilegio de haber nacido “del lado bueno de la cortina” como se pudo haber dicho en otro momento histórico.
Hoy en día, la tecnología y el desarrollo económico ofrecen a los chinos la posibilidad de adquirir un sinfín de bienes materiales. Un pueblo alienado es más dócil y manipulable. De esa manera los estamentos gobernantes pueden tener la ilusión de mantenerse eternamente en el poder.
El barco de las mujeres se parecía bastante al que le había salvado la vida, rescatándolo del infierno del pesquero en el cual se había refugiado para salir de China. Era la primera vez que Xin Ping subía a yates de este tipo. Comenzaba a entender como los navegantes disfrutaban la libertad que ansiaban. Estos barcos son cáscaras flotantes, pensó, pero parecen seguros y permiten desplazarse con viento a favor o en contra, en la dirección que uno desee. Sus dueños no son millonarios ni pareciera que se necesitase de grandes reservas de combustible. Sintió la dicha de compartir ese sentimiento de bienestar aunque fuese sólo por unos instantes. Esta fugaz sensación permitió a Xin Ping soñar con un futuro mejor del que había dejado atrás. Sin embrago, sentía una falta atroz que cada día se profundizaba más. Extrañaba horrores a su novia, a su pedazo de vida que le había sido arrancado sin piedad ni miramientos. De repente se sintió triste y se le notó en el rostro. Karen ve el cambio en la mirada – Te sientes bien? Estás mareado? – ella ha visto tanta gente que enseguida de subir a un velero se sienten en desequilibrio y sufren de mareos y malestares diversos.
-No, estoy bien – responde Xin Ping y les explica que se siente cómodo y seguro con ellas pero que tuvo un momento de melancolía al recordar a la mujer que ama y que tuvo que dejar en su país de forma forzada.
Las mujeres le piden que les cuente su historia y así llega al momento en que les explica cómo llegó al Clinamen, y ellas le piden detalles del Capitán. Concluyen que debía ser el mismo que se cruzaron hacía unos días en Nuku Hiva y que habría dejado la canción en el tronco de la palmera. Marjo no tiene descripción física de él, porque no se dio vuelta para verlo, pero su amiga Karen cree haberlo visto en el momento en que se retiraban, mientras ellas cantaban y tocaban música. Por la descripción que les hizo Xin Ping, le parecía que podía ser el mismo, que habría pasado por Tahuata en su paso hacia la capital de las Marquesas donde debía hacer su documentación de ingreso aduanero.
Xin Ping se sintió más tranquilo de pensar que su amigo no habría tenido problemas por su culpa, que habría llegado a salvo a su destino y que no estaría demasiado lejos. Si él lograba quedarse por la zona sin llamar demasiado la atención, quizá volvería a cruzarlo. Tenía que encontrar la forma de insertarse en la vida local sin despertar sospechas ni resquemores.
Las mujeres escucharon su historia con atención y compasión. Querían ayudarlo y le ofrecieron llevarlo con ellas hasta Vaitahu. Karen, que navegaba por las Marquesas desde hacía más tiempo, le confirmó que en esa isla no había policías ni autoridades de las que podía temer. Además le explicó que la enfermedad que afectaba al mundo entero, la pandemia llamada Covid, no había llegado aún a las Marquesas.
– Los controles de la prefecturas locales se han intensificado pero nosotras tenemos todos los documentos en regla – agregó Karen
Xin Ping no tenía nada que temer, él estaría resguardado como acompañante. En la aldea de Vaitahu, él podría pasear sin miedo. También podrían averiguar cómo era la vida allí, en caso de que él quisiese quedarse un tiempo en esa isla. La mayor ventaja para Xin Ping de viajar con las turistas sería que ya no correría el riesgo de ser visto como un náufrago recién llegado. No tendría que esconderse más.
Durante el viaje a Vaitahu, Marjo hizo que Xin Ping hablara más del Capitán del Clinamen. Quería saber más detalles de él, había pasado a ser de una simple intriga a casi una obsesión. Después de todo lo que le había sucedido en su vida, ella se preguntaba por qué aquel día en el bar no se había dado vuelta cuando escuchó a sus espaldas el relato romántico de una canción que había sido depositada en una palmera para que una persona especial la hallara. Por las descripciones de Xin Ping, ya estaba segura que el capitán era el mismo de la canción.
Pensaba que se habían desencontrado, que había perdido una nueva oportunidad en su vida y eso la mortificaba. Ya había estado reflexionando mucho acerca de eso y de la razón, o más bien las razones, por las que pasados sus 40 se encontraba aún sola.
Sentía que sus relaciones anteriores habían fracasado porque no se comprometía lo suficiente. Y luego, la habían traicionado. Las decepciones habían sido múltiples y diversas, pero realmente, ¿podía achacársele la culpa a ella? ¿Era ella la que escogía oportunidades erróneas, o era ella la que no tomaba buenas decisiones?
Mientras Marjo reflexionaba, observaba a su amiga Karen y pensaba en su vida. Karen había estado felizmente casada durante casi 20 años pero había perdido a su marido, su alma, su pareja y compañero. Ella ya no sentía la necesidad de encontrar a nadie más que la acompañara a diario.
Había vivido un amor que parecía eterno y que sólo se había acabado por el motivo más natural, la muerte. Su marido, Roger, había sucumbido a un cáncer fulminante. Una metástasis silenciosa se había instalado en su cuerpo. Cuando sintió dolores y se hizo ver, su diagnóstico fue definitivo. Habían vivido 20 años juntos y felices y él pidió que lo dejaran irse de la mejor manera, sin hostigamiento médico que le prolongase malamente unos días o meses y causara sufrimiento para ambos. Ella aceptó esa fatalidad y la decisión de Roger que algunos juzgaban como egoísta, pero que ella entendió como de una gran generosidad. El no quería hacerla sufrir y prefería irse con los mejores recuerdos y dejarle a ella también su mejor recuerdo. Fueron 3 meses en los que el deterioro físico fue muy veloz, pero Roger parecía no quebrantarse mentalmente. Le transmitía la misma buena salud de siempre, el amor incondicional y el mayor agradecimiento por los bellos años pasados juntos. Karen fue haciendo su duelo con Roger aún vivo y ambos exploraron el proceso de la muerte, inevitable, la que debían aceptar de la mejor manera. Transitaban los pasos finales, se preparaban para separarse. Nunca habían pensado como sería, cuando ni como, solo sabían que habían vivido con plenitud y Roger sentía que había tenido una buena vida sobre todo desde que había conocido a Karen.
Poco antes del diagnóstico de su enfermedad, ellos habían comprado el velero para algún día animarse a dar la vuelta al mundo juntos pero no habían podido avanzar en ese proyecto. En su lecho de muerte, Roger le pidió a Karen que ella hiciera realidad ese sueño mutuo. Su único ”último” deseo era saber que él estaría con ella durante ese recorrido, aunque le llevara muchos años lograrlo.
A la muerte de su marido, Karen arregló toda su situación material, financiera y de ingresos para poder dejar su trabajo y marcharse a cumplir el sueño que no podía postergar más. Sentía, como un imperativo, el mandato que le había dejado Roger, ser feliz y llevarlo en su recuerdo, sentir su presencia en forma permanente.
Karen había planeado dirigirse a Hiva Oa después de visitar Tahuata. Tenía ganas de conocer a todos los que habían compartido los últimos años con Jacques Brel. Quería entender qué era lo que el Gran Jacques había encontrado en las Marquesas y que tanto lo había seducido. Le habían comentado, o lo había leído por ahí, que Jacques buscaba escapar del asedio de su fama y que ser un desconocido en la isla le había devuelto la paz. La digna indiferencia de los marquesinos ante su presencia habían subyugado al artista.
En las aldeas de Hiva Oa, Jacques volvía a ser simplemente Jacques y la gente lo invitaba a sus humildes casas para tomar una citronade, un jugo de mango o simplemente un vaso de agua de coco fresca. En esas ocasiones, esa gente no le pedía que contara todo sobre su vida sino que eran ellos los que con humildad y generosidad le contaban sus pequeñas historias de familia. Describían lo que habían cazado en el monte o pescado en su última salida en bote. A Jacques le encantaba reir sin medirse, a carcajadas y con franqueza. La gente muy rápidamente lo adoptó como hijo del Fenua (el país, el terruño).
A Roger le había fascinado la calidad humana de Brel, conocía todas sus canciones de memoria. Uno de los puntos que tempranamente le había marcado a Karen en el mapa de sus exploraciones era el de la isla de Hiva Oa, la elegida por Brel para ser feliz sus últimos años.
Para Karen, llevar a Xin Ping a Vaitahu, unas pocas millas al sur de dónde estaban, no representaba un gran desvío de Atuona, su destino para fondear en Hiva Oa. La que le preocupaba ahora era su amiga Marjo, a la que veía un poco obsesionada con la idea de encontrar a ese navegante, no se perdonaba haberse perdido la oportunidad de conocerlo aquella noche en el muelle de Taiohae.
Marjo le había confesado que sentía que ella era la protagonista y destinataria de la canción. Sin embargo, no tenía nigún indicio objetivo. Karen coincidía, estaba convencida de que todo era una ilusión romántica que Marjo había creado y personalizado en ella. Sus fracasos amorosos anteriores la habían dejado marcada pero esta historia la invitaba nuevamente a soñar, era una nueva oportunidad que esta vez no tenía derecho a desperdiciar. Karen había experimentado una gran historia de amor con Roger entonces no podía desalentar a su amiga, pero sentía que no quería alimentarle una ilusión que quizá no fuera más que eso y que la llevaría a una nueva decepción y a una tristeza profunda.
Marjo miraba la espuma de las olas en el horizonte y se dejaba llevar por el sueño de un amor que todavía no le había tocado vivir, que ella no entendía por qué no la había correspondido. Si en el pasado se había reprochado haber perdido oportunidades o haber tomado las malas decisiones, esta vez quería intentarlo. Pero con la vista en el lejano azul se preguntaba ¿Qué hacer, cómo volver a cruzarlo? Ni siquiera conocía el nombre del navegante y solamente tenía la sospecha de que sería el mismo que había salvado al joven chino. Ni siquiera eso era una certeza, solamente una sospecha que en su ilusión, ella quería creer como válida.
Su amiga Karen ya no pensaba regresar a Nuku Hiva, quería quedarse un tiempo en Hiva Oa. Marjo la seguiría hasta Atuona y allí decidiría si conseguía algún velero que se dirigiera a Nuku Hiva o bien si especulaba con que el navegante, después de Nuku Hiva vendría a visitar Hiva Oa, en cuyo caso lo más sencillo y sensato sería aguardarlo allí mismo, contando con que esa vez la oportunidad tan ansiada se presentase…
Llegaron a Vaitahu en las primeras horas de la tarde, los pocos comercios, bares y hasta los templos religiosos estaban cerrados durante el receso del mediodía, por los calores habituales, la siesta era obligada.
Dieron un paseo los tres juntos. Xin Ping se sorprendió con la imponente iglesia de piedra. La belleza de los trabajos de madera tallada lo conmovieron, por primera vez lograba distenderse de la persecución o la culpa. Sentía que el encuentro con las dos viajeras le habían permitido relajarse, su espíritu reaparecía y lo predisponía para poder admirar el arte. Xin Ping sintió un profundo alivio, como si un enorme peso que llevaba desde hacía tanto tiempo se desprendiera finalmente de su espalda.
Se agachó frente a la puerta del templo y en las escalinatas se puso de rodillas, besó el suelo en agradecimiento, sentía que esta tierra le daba la bienvenida, que los espíritus del lugar lo aceptaban. En el fondo de su alma percibió que debía instalarse en ese lugar, sentía que había llegado a su destino. No habría más peregrinaje en vano, su corazón lo sabía, debía escucharlo y dejarse guiar por él.
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Karen y Marjo se despidieron de Xin Ping. Estaban contentas porque lo veían seguro y agradecido. El les repetía sin cesar que estaba emocionado de haber encontrado su lugar en el mundo gracias a ellas. -Vuelvan a visitarme, las estaré esperando – les imploraba con su mirada y su sonrisa.
Para ellas, ese pedido era simple, quizás no terminaban de entender la magnitud de lo que Xin Ping experimentaba por primera vez, la libertad. Entendieron que para el refugiado, el primer lugar en donde se encuentra un poco de paz es el mejor lugar del mundo.
Las amigas pasaron esa noche en el velero, preguntándose dónde y cómo se las arreglaría Xin Ping para encontrar un lugar para dormir en la aldea. Él no había aceptado su hospitalidad, negándose a dormir en su barco. – Ya encontraré refugio, no se preocupen por mí – les dijo. El estaba acostumbrado a encontrar refugio natural.
Zarparon al otro día, muy temprano por la mañana. Tenían aproximadamente 3 a 5 horas de navegación hasta Atuona, era un lugar conocido por la falta de espacio de fondeo, entonces querían llegar temprano para tomar los recaudos necesarios.
Al llegar, comprobaron la falta de espacio para posar su ancla. La atracción turística que ejercen la vida de Brel y de Gauguin en la isla, ambos enterrados en el cementerio del pueblo y con una lindísima vista al mar, hace que la pequeña bahía cerrada de Atuona esté congestionada de barcos y además hay que dejar un espacio libre para la maniobra de los ferries.
Después de 2 semanas de estadía en Hiva Oa, Karen estaba muy contenta de todas sus excursiones hacia las distintas aldeas donde entrevistaba a todo quién hubiera tenido contacto con el célebre cantante belga. Marjo, en cambio ya se había hecho conocer de todos los veleristas. Todos parecían haber cruzado al capitán que ella buscaba pero ninguno podía ser certero sobre su paradero. Incluso la gente que venía de navegar y pasar un tiempo en Nuku Hiva, no le aportaban ninguna esperanza de encontrarlo pronto. Ya estaba totalmente descorazonada sobre su idea de cruzárselo nuevamente.
Al término de una charla bastante íntima con Karen, en la que compartieron sus conceptos de amor y felicidad, Marjo decidió que aquél evento de la canción había sido singular pero efímero, había sido tan sólo una coincidencia. Se decía a si misma -Es una historia sin sentido, sin principio ni final. Es más bien una construcción propia, producto de un sueño idílico del amor. No tiene sentido regresar a Nuku Hiva, ni esperarlo en Hiva Oa – suspiraba largamente y seguía buscándo una explicación. Si había sido una señal del destino, al que ella debía obedecer o darle una oportunidad, esa suerte regresaría de una manera u otra. Racionalizó sus emociones devenidas un poco ilusiones vanas y decidió aceptar partir hacia Tahití con un velero que partiría dos días después.
Al tomar esa decisión se sintió aliviada, el peso de la ilusión que había sustentado hasta ese momento la había desbordado. Al relajarse, recordó que en la última conversación con Xin Ping, él entendió que ella estaba buscando a su amigo velerista y le escribió en un papel diminuto la dirección de su mail. Ella dudaba de que se tratase de la misma persona por lo tanto hasta ese momento no había ni contemplado el escribirle. Antes de acostarse, buscó entre sus cosas el papelito y aunque seguía indecisa en escribirle (¿para decirle qué?), se tranquilizó al comprobar que no lo había perdido.
Esa noche durmió bastante mejor que en las semanas previas. Su descanso había sido también perturbado por esas expectativas fantásticas que se había hecho…