Las Olas como la Vida

¡Ay, qué me faltarían puntos de exclamación para describir el intenso momento de felicidad que acabo de sentir! Como una revelación, de una intensidad que sólo en esta clase de trance puede uno vivir.

Trataré de describirla, aunque la emoción me da la impresión que me dificultará la expresión justa. Las emociones nunca fueron la mejor compañía de la prosa, de la poesía quizás sí, pero la prosa intensa tiene peligros que intentaré sortear.

Estaba plácidamente acostado en el suelo de la bañera, desnudo, con bronceador y la excelente biografía de Colón de Salvador de Madariaga como excusa para disfrutar a ras del mar del bamboleo incesante causado por las olas.

De fondo, había puesto un CD del mejor jazz, creo que sonaba en ese momento Ella Fitzgerald cantando «How High the Moon». Me gustó la coincidencia porque anoche había tomado una foto de la luna llena, alta, plantada por popa iluminando esas estelas en la mar que ya forman parte del pasado reciente, de las aguas que quedan detrás.

Tomé el iPhone para volver a ver la foto y me percato que había recibido nuevo mail del amigo parisino que ya me había sorprendido con Roland Barthes hace unos días.

Esta vez su mail, a parte de la ingeniosidad habitual, me aportaba una inmensa profundidad a las emociones que estaba sintiendo en esas últimas horas. Me cita a Hegel en una de las frases que más comparto con el filósofo alemán: «La Libertad no nos viene dada, se conquista.»

¡Ay, mi Manulito! Si tú supieras que a mis 18 años salí de mi casa familiar repitiéndome esa misma frase de Hegel, al que recién había conocido, para conquistar esa libertad que desde entonces no puedo escribir más que con mayúscula.

El amigo, me escribe también que somos siempre responsables de nuestra propia vida. Pero lo más sorprendente es cuando me dice que debo estar reconociendo la inocencia de la infancia al extasiarme delante de las cosas simples como ver volar a los peces o zambullirse a los pájaros en el mar. ¡Así es, Amigo! Ayer mismo, al atardecer me sobrevolaron tres golondrinas, que siguieron mi estela durante un buen rato, sin mayor sentido que el de acompañarme. Luego tuve el espectáculo mudo del ballet de peces voladores, unos saltando por babor, otros respondiendo por estribor, grandes saltos, vuelos bajos, cortas apariciones, largos recorridos impresionantes. Una fiesta de la naturaleza que precedía a un atardecer anaranjado. Mi reflexión, por la noche, al recibir el regalo de la luna fue que la vida es maravillosa, pero que uno debe ir a buscarla para encontrarla, no viene sola.
Compadezco a quiénes la vida les ha regalado todo, a quiénes sin esfuerzo todo les cayó ofrecido y en el mejor de los casos logran sostener con relativo mérito la herencia que les fue obsequiada por el beneficio de la cuna. Yo, estoy aquí porque me la he currado, pienso para mis adentros.
Y con esos pensamientos volando por mi mente me fui a dormir anoche, zarandeado por las olas después de haber trimado de la forma más equilibrada al fiel Clinamen.

Después de leer el mensaje del amigo, esta mañana, me digo que la reflexión de hoy no puede ser otra que sobre la Amistad. Ayer tuve regalos de la Naturaleza, hoy toca que me regocije con la felicidad de sentir a través de algo simple como unas palabras justas, la buena visión que a la distancia solo puede tener un amigo. Gracias a la Vida, canturreo en un instante a Violeta Parra, interrumpiendo el fondo de jazz ambiente. Dejo el teléfono a buen resguardo para disfrutar unos minutos de no hacer nada más que contemplar el entorno magnífico que me rodea y gozar de este momento de comunión espiritual.

En ese instante, las olas, que por la mañana creía que se habían allanado un poco (tan solo medían metro y medio incluso muchas de ellas tan sólo un metro), de repente me parecen más blancas y vigorosas. Me yergo pensando que debe ser la sensación dada por estar acostado en el fondo de la bañera.

En ese preciso momento, diviso a una ola que viene detrás de otra, más espumosa que lo habitual, imponente. El Clinamen parece ponerse ligeramente de costado por acción de la primera y la segunda, fabulosa, amenaza desde su impresionante altura de 3 metros medidos desde el valle de la ondulación. Me mantengo confiado en mi cabalgadura y concentrado en el espectáculo. La terrible masa perseguidora ya es todo burbujeo blanco, acercándose más veloz que nuestros 8 nudos. Siento el terrible impacto contra un costado del casco. La otra mitad de la ola nos sobrepasa e inunda por el otro. El maravilloso Clinamen aguanta el cimbronazo por la aleta de estribor cuando la otra parte de la onda parece querer invadir su babor arremetiendo cientos de litros en una trepada incesante. El navío, sale indemne del trance, orgulloso. Siento que me observa desde su magnífica rueda de metro y medio en la que yo veo dibujado su rostro feliz. Estoy nuevamente en estado de éxtasis emocional. ¡Qué maravilla, me faltan palabras para describir mejor el instante de vida!

Retomando la calma de las siguientes ondulaciones de apenas dos metros, ya un clásico al que nos hemos habituado, mis reflexiones son de puro agradecimiento. Las olas son como la vida, pienso. Hay pequeñas, grandes, cortas, largas, de todos los colores, pero sobre todo las hay suaves, que nos acarician y nos mecen en los momentos agradables, de disfrute, como las hermosas olas que me habían dado tanto placer al acompañarme en alguna playa, mientras hacía el amor con mi Sirena. Otras, en cambio, te azotan con tanta violencia que parecería que han surgido del fondo del océano exclusivamente para golpearte.

La gran ola ha pasado y puedo volver a sentir la tranquila ondulación a la que el trimado obedientemente venía acostumbrándonos. En la pantalla del iPhone, el mensaje aún iluminado, apenas unas gotas de salpicado, gracias a que instantes antes lo había puesto a salvo. Mi corazón está lleno. ¡Me siento Vivo! ¡Para eso estoy aquí! repito como cuando me emocionaron los delfines en forma tan ingenua e infantil. ¡Para eso es que vivimos! Sentir la proximidad de la muerte nos hace más fuertes y prudentes. También más amantes, más sensibles y comprensivos. Más humanos, más cerca de la Naturaleza.

Hace unas noches, en el momento que describiría como de mayor bajón emocional de esta travesía, las olas eran cortas, insistentes, desagradables. Salí a cubierta a gritarles. Las increpé a ellas directamente  ¿Por qué tenían tal grado de rencor conmigo, por qué ese ensañamiento?  Había llegado hasta aquí sin haberle robado nada a nadie y jugándome mi piel, no la de ningún otro individuo!

Recordé ese enojo y volví a acongojarme con el espectáculo de la mole matinal, viniendo por detrás, amenazante y yo confiado, que nada pasaría, que estaba en el lugar que me correspondía. Sentí nuevamente la violencia del golpe y pensé en lo corta que es la vida cuando de un golpe de ola se nos termina, cuando queremos pensar que no nos ha llegado el momento, que no nos lo merecemos. Últimamente varios episodios de ictus ocurridos a personas que me rodean, me han hecho pensar lo mucho que me conmovió la muerte temprana de quién fue mi primer «mejor amigo» de la infancia. Ocurrió súbitamente, como no puede ser de otra manera cuando uno apenas ha despegado de los 40 años. Dejó detrás de él un amor no resuelto, sufrimiento en sus seres queridos y enojos en los que otrora fueron sus amigos y que no habían llegado a hacer las paces con él. Pero le llegó su ola, su muro persiguiéndolo y no tuvo cabalgadura suficiente para proteger su cerebro.
Hace un par de días, durante esa jornada negra, yo mismo tuve la advertencia de otra ola que, sorpresivamente, golpeó el barco, cambió el rumbo y, al obligar a la botavara a trasluchar, me encontró indefenso. Justo en ese preciso instante me había sacado el arnés de seguridad para ponerme crema bronceadora. Salí despedido por los aires y apenas pude atraparme de los cables periféricos, quedando colgado con los pies ya en el agua. Todo mi instinto de vida me permitió regresarme a bordo bajo estado de shock, pero a salvo. Los nervios a flor de piel y mi cabeza concentrada en temas tristes, habían sido los culpables de no haber sentido el movimiento de balanceo previsor. Siempre siento cuando el barco va a cambiar de dirección, esta vez mi mente me tenía anestesiado, me jugó una mala pasada que podría haber sido mortal. Y lancé otro grito de los que este mar que me rodea se está acostumbrando a escuchar. ¡Coño, pero si vengo respetando todas las consignas de seguridad, en el segundo que me distraigo y que hago una operación no atado casi me tiras al agua! Todo esto no podía terminar en forma tan estúpida.

El mismo pensamiento me vuelve una y otra vez: las olas son como la vida, nos muestran que en un instante todo puede cambiar de forma, de sentido, de vigor. De allanadas pueden convertirse en monstruos, y, en un instante único de violencia e injusticia, llevarnos con ellas sin ninguna explicación.

Espero grabar en mi mente todas estas emociones que mi corazón está sintiendo, que no me lo olvide cuando, ya de regreso en tierra, tenga que lidiar contra lo cotidiano, lo desagradable y contra los nefastos seres que nos corrompen el espíritu a veces encubiertos, otras veces violentamente opuestos.

Recupero estado consciente y Ella Fitzgerald se está haciendo acompañar por el inolvidable Louis Amstrong: They Can’t Take That Away From Me. OH. NO!! THEY CAN’T!

Termino de escribir la frase y lloro. Lloro de la alegría y de la emoción que me procura poder escribir todo esto. Nunca lloré tanto como en esta travesía. Nunca me sentí tan vivo, tan feliz de estar viviendo lo que vivo, con sus momentos altos y bajos. Esta capacidad de llorar y emocionarme  sin límites es lo mejor que me está ofreciendo este Viaje. El mejor aprendizaje posible.  Gonzalo se habrá encontrado con Gonzalo, pero lo ha hecho para poder regresar mucho más que el Gonzalo que se fue.

Cabo Verde, Verde, que te quiero Verde

No me cuesta acostumbrarme al constante azul, al azul-verdoso, al grisáceo que me rodea desde ya un mes. El mar dicen que adquiere el color en función de la profundidad y del plancton. Como el desierto, el mar nunca es el mismo, aunque siempre sea el mismo mar. El que cambia es quién lo navega. Y como el mar, no todos los días lucimos el mismo color.
He salido de la Gomera creyendo no volver a pisar tierra hasta las Antillas. Estaba muy ansioso de ya verme la cara a solas con ese infinito horizonte al que apuntar casi en línea recta hacia el W, el Oeste, enfilar al Poniente y coleccionar atardeceres. Con la Vela Mayor averiada se me plantean pocas opciones. El mapa es escaso en geografía por estas latitudes y yo ni preparado estaba para ir a ninguna otra parte que cruzar.
Consigo remendar la Vela, pero poco duran las alegrías en esta travesía. Se deshacen las tiras plásticas que debían aguantar 2400 millas. Las costuras, como las fronteras, son permeables a la fortuna, que no es ni buena ni mala, sino impredecible;  como las articulaciones de nuestro cuerpo, esas fisuras nos doblan o pretenden doblegarnos. No me queda otra que variar el rumbo. Desde mi base en tierra me envían las coordenadas GPS de la Marina Mindelo en Sao Vicente, Cabo Verde, un lugar al que no pensaba ir. Pero la Serendipia que me acompaña quiere que descubra lo que no voy buscando. El marinero debe adaptarse a una carta de navegación diferente, el destino se escribe con lenguaje propio, lenguaje que debemos acatar.
Los tres días desde mi posición de avería hasta Mindelo, la segunda ciudad más importante del archipiélago de Cabo Verde, capital de la isla de San Vicente y el puerto al que quiero llegar, son de navegación tranquila. Apenas viento hasta acercarme a las islas. El blanco amenazante, el de las nubes sospechosas y la espuma agitada, desaparece. Me da tiempo a pensar, algo que he podido hacer escasamente durante los días anteriores, mientras continuo mi diálogo rumiante conmigo mismo y con los que se quedaron en tierra. Las nuevas tecnologías impiden la soledad absoluta. Pero tampoco es lo que deseo. Decía Marco Aurelio en sus Meditaciones que “Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho. Todo lo que vemos es una perspectiva, no es la verdad”. Nadie está viendo lo que yo veo, nadie está escuchando lo que yo escucho. Llego a pensar que sólo puedo conversar con mi mismo y con los delfines que me visitan y me invade una desazón que no se corresponde con el día radiante que me acompaña. El mar es absolutamente azul, sin traza de color blanco.
Las islas remotas tienen un magnetismo fuera de lo común. Son pedazos de tierra aislados que fueron imaginados antes que explorados. Hay quién puede pensar en ellas como cárceles y así fueron utilizadas durante siglos. Los penales de ultramar. Como en los Gulag de Siberia, escapar de una isla remota significaba la muerte. Te encierran en su lejanía, en su aislamiento. Son invisibles, y su realidad se evapora en relatos que no necesitan del método científico. Estamos predispuestos a creernos cualquier cosa sobre esas islas. Finalmente siento que estoy feliz del acontecimiento que me obliga a desviarme. Me permitirá explorar mi carta de islas.
Intento pescar, sin éxito. La navegación continua con una tranquilidad plomiza a pesar de los cargueros que se distinguen a ojo y que provocan un concierto de pitidos de la alarma AIS que insiste en recordarme que no estoy solo. Los cargueros me dan a entender que, al menos, estoy en el buen camino, en la ruta directa hacia el sur o el oeste. A medida que me acerco y pienso adonde llegaré, me doy cuenta que no venía preparado para esta parada y por ello no preví ninguna carta, ni programa.
A pocas horas de divisar tierra se me hace de noche cerrada y me encuentro navegando a ciegas. Es la navegación más peligrosa que existe, también la más arcaica y que continúan realizando los pescadores, sobre todo los artesanales. No me acompañan las estrellas, aunque sí el sónar, pero de nada me sirven el resto de parafernalia moderna. La oscuridad en el mar no deja lugar a ningún otro color y debo recobrar la pericia de los viejos navegantes. Agudizar la mirada, diferenciar los contrastes entre los distintos negros y grises. Lo más difícil es controlar la ansiedad de topar con algo que no hubiera divisado más que a último momento o ni siquiera hasta el impacto…
Tampoco es sencillo acertar con Mindelo, sólo tengo unas coordenadas GPS de la marina. Pero ya he comprobado que los puntos GPS no se indican con una precisión exacta como para guiarse a ciegas y esperar no topar con un escollo de magnitudes. Voy haciendo cabotaje hasta encontrarme con un puerto comercial en el que aún no diviso la entrada a la marina o a un puerto deportivo. Busco mástiles, símbolo, el mejor posible, de que barcos de la misma especie se encuentran alojados. Por suerte, la maniobra para bajar la vela desafiante y orgullosa en Kevlar resultó sin mayor inconveniente que el de deber hacer tres veces el largo del espacio amplio frente a la bocana hasta acabar de arriarla. Nadie responde a la radio portátil, al canal 72 ni al teléfono que me habían indicado. Tendré que arreglármelas solo si quiero llegar a descansar esta noche. Con alivio, ya bien adentrado en las instalaciones, una fina aguja sobresale de las sombras. Encaro decidido, aunque siempre guardando la mirada al sónar. Una hora después me acuesto satisfecho en el camarote de proa, ya sin el movimiento constante y pronunciado que es su costumbre. Son las 4 UTC, estoy molido, y a la vez aliviado, no sé dónde habré llegado ni con qué me encontraré por la mañana. Pero he llegado, hemos llegado.
Cabo Verde
¿Qué sé yo de Cabo Verde al despertar? Apenas nada. Cesária Évora. La voz dulce y los pies descalzos, la artista auténtica y torturada. Las baladas criollas, suaves, nostálgicas, esa música que acaricia y te enseña a apreciar la saudade. Poco más. Las letras rítmicas, las palabras que te rasgan el alma. Es dulce morir en el mar, cantaba… mi preferida, por razones que no explicaré.
Es dulce morir en el mar
Las ondas verdes del mar
La noche en que no vino
Fue triste para mí
La barcaza volvió sola
Una noche triste fue para mí
Es dulce morir en el mar
Las ondas verdes del mar
La barcaza navegó, noche era
La madrugada no ha regresado
Marinero hermoso
La sirena del mar se lo llevó
Es dulce morir en el mar
Las ondas verdes del mar
Es dulce morir en el mar
Las ondas verdes del mar
La olas del mar verde miel
Lo primero que me sorprende al llegar a Cabo Verde es la luz, intensa, como lo es siempre en el trópico. Una luz que no admite matices. Los colores aquí están todos en su lugar. Lo áspero del terreno. Volcánico, sí, pero duro. Una tierra que no parece amable. A quien camina sus islas, los pies se le desuellan. Llevaba Cesária Évora las plantas de los pies abiertas, «pisadas», como ella decía tras cincuenta y cinco años caminando descalza, del puerto de Mindelo a otros puertos. Cabo Verde: nueve islas, a 300 millas de tierra firme, océano Atlántico, noroeste de Senegal, un millón cuarenta mil almas, setecientos mil caboverdianos en la emigración, nueve dialectos criollos que quedaron del portugués azotado por los vientos, confundido con el canto de los pájaros. Fue colonia portuguesa, independiente en 1975, país agrario y pesquero, castigado por el tiempo y la sequía.
La voz de Cesária Évora tenía el olor de Cabo Verde en su piel oscura y su sonrisa fácil y amplia.
“Los caboverdianos aprendimos a tener fe en el mar. Mindelo es una bahía grande, llegaban barcos y la gente se echaba a los botes, porque los barcos siempre traían cosas, y negociantes y gentes de comercio: la vida era muy movida». Cesária tenía dieciséis años y un hombre tocaba su violín, ella en un rincón empezó a cantar aquella música, bajito, bajito, y el hombre se quedó mirando y le dijo: «Canta más alto, Cise». El hombre se llamaba Iduardo. Fue así como empezó a cantar en los bares y en los barcos y a llamarse Cise: «A los portugueses les gustaba mucho mi voz, y los marinos me llevaban a los barcos, eran barcos de guerra, pero en las tabernas no había sólo portugueses, había marineros de todas las razas y países. Se sentaban en las mesas a beber y me llamaban para que yo cantase, lo hacía de pie, allí quedaba con mis sentimientos delante de ellos. Luego me daban monedas».
Me sorprenden las personas. Al contrario de la tierra que habitan, las gentes de Mindelo, los caboverdianos, me reconstruyen la imagen de la felicidad. Esa de la que tanto he hablado a mi escudero, mi Clinamen, en nuestras horas de charlas nocturnas. Lejos de todo, lejos de todos, sin prisas, sosegados, esperando poco, porque poco hay que esperar, anhelando poco, porque poco hay que anhelar, ambicionando lo justo. Una buena pesca, un buen lugar bajo el sol, el verde del mar. La felicidad se destila por el desapego, la lejanía. Será que es más fácil ser feliz –o aparentarlo- en medio del Atlántico, que hacerlo en París o Barcelona. Me quedan más de 2100 millas para dilucidarlo. Estas islas que han sido siempre refugio para los marinos, también eran la base en el tráfico de esclavos. El caribe africano, como Haití, rezuma también esa tristeza por el desarraigo. ¿Será que la felicidad tiene que ver con aceptar el destino que toca, con no provocar a los oráculos, con cierta mansedumbre de espíritu? O ¿será que se han liberado de la ansiedad de ser felices a toda costa? No quiero asociar la mansedumbre con la felicidad, tampoco con la resignación. Siento en esta gente un sentido de la dignidad. Quizás sea eso la felicidad.
Decido concederme la oportunidad de caminar la isla, de conocer a sus gentes. Acariciar, si me dejan, una minúscula parte de sus secretos. Como ya hice en La Gomera, pateo las calles y los caminos porque es con los pies que se conoce la tierra. Al otro lado de la isla, camino solo por un sendero al lado del mar. Camino descalzo. Arena y rocas. Diez kilómetros bajo el sol mientras, por mi mente, van pasando hilvanados a su antojo miles de pensamientos. Los elijo al azar: “uno no deja de navegar por pisar tierra; uno no deja de viajar por atracar en un puerto. El infinito viajar es una actitud, no un medio de transporte. Es absorber al “otro”. Siempre he pensado que las historias ajenas son más interesantes que la mía, de ahí que me apasione la literatura y en cambio me sorprendo cuando me incitan a contar mis anécdotas, que es verdad colecciono miles. Para entender el mundo las ciencias son imprescindibles, para comprenderlo, la literatura es esencial. Viajamos mientras leemos, viajamos mientras conocemos al “otro”, mientras nos ponemos en su lugar. El viajar infinito es la compasión infinita, porque todo lo que nos rodea dejará de existir algún día”.
Regreso y me detengo en la lonja de pescado, en el mercado, en la exposición de Cesária Évora. Mientras me reparan la Vela, me dejo seducir por las historias que me cuentan, las voces que me hablan. No pretendía conocer Cabo Verde y hoy me pregunto si Cabo Verde no era la etapa necesaria de este viaje. Agradezco al Dios de las costuras que rompiera mi Vela Mayor, al Dios de las Hilaturas que me impidiese recoser el trapo. A los dioses del mar, a sus sirenas y tritones, les agradezco que me dejaran reposar en este pedazo de tierra. Todo viene del mar, y luego el mar parte las vidas y sólo a veces las devuelve. Trae riqueza y deja saudade. Del mar viene también la música de Cise, la reina de la morna.

Llevaré siempre conmigo a Cabo Verde y a sus olas de mar verde miel.   

¿Delfines o ángeles? Atlántico, entre las Islas Canarias y las de Cabo Verde, 12 de marzo de 2016

Dice la mitología cristiana que a Dios lo rodean los ángeles que para todo están a su servicio.
Cuenta Jorge Luis Borges en El libro de las Bestias que, según la mitología de los egipcios, Abtu y Anet son dos peces idénticos y sagrados que van nadando ante la nave Ra, dios del sol, para advertirlo contra cualquier peligro. Durante el día, Ra viaja por el cielo, del naciente al poniente; durante la noche, bajo tierra, en dirección inversa. Esos peces protectores no se dice que eran delfines, pero podemos imaginarlo, o serían sus ancestros.

Recordé esta secuencia mitológica cuando en los días pasados, cada mañana me venía a saludar un delfín, a veces por babor, otras por estribor, pero siempre era uno solo quién daba el saludo. Los primeros días de esta travesía fue habitual encontrarme con dificultades durante la jornada, el clima en la Europa meridional se enrareció justo en los días previos a mi partida. Cada día, cuando el peligro o la dificultad habían pasado, ya no era uno sino dos o más delfines que se mostraban para reconfortarme y debo reconocer que lo hacían íntimamente.
En las dos primeras veces, me halagó la coincidencia porque realmente es un momento fuerte la de encontrarse navegando de forma apacible rodeados por estos maravillosos seres.
Cuando comenzó a tornarse una costumbre, los esperaba en forma casi supersticiosa.
Pero ante mi última gran dificultad, cuando por segunda vez se me rajó la vela por su costura y tuve que cambiarla por la más difícil de Kevlar, y ésta última se me atrancó en la rendija del mástil, pensé que mi esperado viaje se acabaría aquí. Me sentí abatido. Había acumulado no sólo cansancio sino constantes llamados de atención, gritos de disuasión, oído los cantos de sirenas que me intentaban seducir para que abandonara esta aventura liberatoria e incluso sustos reales, con dos caídas que sin la seguridad del arnés me hubieran encontrado a la merced del océano.
Me senté en cubierta desarmado, desalmado, desesperado. No podía creer que mi sueño por el que había luchado tanto se acabara por una tontería así.
De repente, se me ocurrió una solución tan simple como tonto había sido el problema. Como la vela es de Kevlar, al ser una tela contra un metal, lubricándola con un aceite no muy agresivo, podía llegar a bajarla poco a poco y al menos salirme de esta situación de impasse.
El extraordinario aceite de oliva fue mi salvación. Con cuidado de no manchar la vela, puse en la relinga y tratando de que penetrara en la encina del mástil.
Di un primer tirón, la vela ni se movió. Pero algo debo haber sentido para poner toda mi energía y con un grito de guerra tirar con todas mis fuerzas hacia abajo. Ahí el tejido cedió un escaso centímetro. Escaso, pero bienaventurado. Tiré más y más y al primero le siguió otro y luego tres y cinco hasta que la aceituna se convirtió en la fruta del paraíso, liberándome de esta calamidad.
Grité y largué una carcajada al cielo. No lo podía creer, lo había logrado. Él viaje podía continuar.
Pero lo mejor estaba al llegar. Es un sentimiento raro expresarse tan efusivamente cuando uno se sabe solo y que no está demente, o eso aún se cree. Por ello, con una sonrisa de oreja a oreja, con honda satisfacción, miré a mi alrededor como buscando a un cómplice o a un espía que estuviera escuchándome.
¡Cuál fue mi sorpresa cuando vi al instante aparecer a mi delfín matinal, juraría que el mismo de siempre, viniendo a saludarme, a felicitarme! ¡Qué va, no viene a loarme sino a indicarme que él siempre está ahí, protegiéndome, guiándome! Como un niño, embargado de emoción rompí en un llanto desconsolado. No podía dejar de llorar, viéndolo sonreír y zambullirse hacia la proa, mostrándome que estaba en el buen camino y que debía seguir creyendo en mí y en mi nave, en mi Clinamen. Cuando comencé a controlarme, el resto del grupo llegó para que la hazaña se pudiera convertir en fiesta. Clinamen y su Capitán estaban rodeados, escoltados por una tropa de felices y efusivos delfines.

Cuánta emoción me está regalando este viaje hacia el fondo de mis sueños.

Regresé a la cabina, me senté y empecé a escribir.
¿Por qué necesito escribir? Aquí está la cuestión que ya no puedo evitar. Es un asunto que no concierne al mundo, pero que me concierne. Soy mi escritura, sea lo que sea. «Soy mi escritura», la evidencia vulgar para algunos, sorprendente para otros y para mí absoluta. Sin embargo, si analizo mi memoria de los años pasados, entiendo que dar respuesta a esta pregunta forma parte de mi transformación, de mi clinamen personal.

Estoy convencido que este periplo atlántico me es metamórfico, no por que me vaya a transformar en coleóptero, pero sí por la íntima relación con el sueño que se va cumpliendo y lo que estoy viviendo con los delfines. Mis protectores, las únicas almas que me acompañan en el mar. Quizás sean los animales más humanos que existan, y quizás lo sean porque llevan siglos haciendo compañía al navegante, que quizás sea el menos humano de los tipos de humanos que existe. Entre el marino y el mar la frontera es casi inexistente, donde empieza el mar y donde termina un navegante no siempre es evidente. El delfín es el guardián de esa frontera, el símbolo totémico del tránsito, del cambio, de la metamorfosis, del Clinamen. En plena emoción, subyugado, juro que pensé en que quizás me llamaban para irme con ellos. Esa distancia de menos de un metro entre mis pies y su lomo ondulante era todo el precipicio al que una parte de mi alma aspiró por un instante. Asumo el relato milenario y hago de los delfines, a quienes va dedicado este post, mis Abtu y Anet particulares, las criaturas que aparecen para protegerme, para salvarme, para acompañarme. Lo han hecho en cada momento que la travesía se ha vuelto angosta, difícil, desesperante. A cada frustración, allí estaban, nadando a mi lado, brincando entre las olas recitando el mensaje del mar: quédate, no huyas, con su sonrisa perenne parecían decirme: Aguanta. Resiste. Esto es el mar.

La simbología del delfín es arcaica y se retrotrae a la memoria oral de los pueblos del mar. En muchas esculturas griegas, el delfín se asocia con Atargatis, la diosa madre que nutre la vida y recibe a los muertos antes de la reencarnación. En mitos posteriores, sobre todo en la literatura romana, es el delfín quién lleva las almas a las «Islas de los Bienaventurados”. Alrededor del Mar Negro se han encontrado imágenes de delfines en las manos de los muertos, presumiblemente para asegurar la seguridad de su paso a la otra vida. Tomados en su conjunto estas referencias parecen apuntar a una asociación más profunda con los procesos de la vida, la muerte y el renacimiento, tal vez vinculadas a la capacidad del delfín para respirar el aire por la boca, como los humanos y vivir en el asfixiante y aterrador mundo bajo las olas, lugar que podría ser fácilmente identificada con el reino de los muertos. Sea cual sea el simbolismo exacto, es evidente que el delfín está íntimamente involucrado con los fundamentos de la existencia humana. Si el delfín está implicado de alguna manera en la transición entre este mundo y el otro no es sorprendente encontrar que también se asocie con Dionisos, que muere y vuelve a nacer de nuevo cada año en su papel como el dios de la vegetación, y que también era adorado en Delfos, el templo de Apolo, también íntimamente relacionado con los delfines, de ahí la etimología de Delphi. Algunos autores hablan de delfines que desaparecen cada invierno, tal vez esto explica el nombre de la constelación de Delphinus, el delfín, que en Grecia no puede ser vista entre los meses de noviembre y mayo. Aún hoy para muchos griegos, matar a un delfín es un crimen atroz porque los delfines fueron una vez humanos y conservan características humanas tales como el cuidado de sus crías y la sociabilidad. La imagen de los delfines rescatando a los marineros o poniendo seres humanos a salvo se repite una y otra vez en la mitología y el folclore. Según Plutarco, por ejemplo, un nativo de la isla griega de Paros encontró una vez a unos pescadores a punto de matar a algunos delfines que habían capturado, y tuvo que negociar su liberación. Algún tiempo después, mientras navegaba entre Paros y la vecina isla de Naxos, volcó su barco en una tormenta. De la tripulación, sólo él sobrevivió, rescatado por un delfín que lo llevó en su lomo a la costa cercana. 

Estas historias introducen otro de los importantes rasgos mitológicos de los delfines. Están situados por encima de otros animales, no sólo porque son amigables con los seres humanos, sino porque tienen un sentido de la moral y el honor.

Cada cambio requiere su ritual. El mío es la escritura. Inicié este viaje para poder escribir, para poder ser mi escritura. Estos animales míticos que me acompañan me lo recuerdan casi a diario. Son los instrumentos de esa transformación, están ahí para recordarme qué hago yo en medio del Atlántico. Estos delfines quizás sean el alma del mar, los guías de otros mundos. Para mi son el recuerdo constante de que entre el ser humano y la naturaleza no hay frontera. Que un día se es delfín y al otro, navegante solitario. Escribo para recordármelo.
punto de matar a algunos delfines que habían capturado, y tuvo que negociar su liberación. Algún tiempo después, mientras navegaba entre Paros y la vecina isla de Naxos, volcó su barco en una tormenta. De la tripulación, sólo él sobrevivió, rescatado por un delfín que lo llevó en su lomo a la costa cercana. Estas historias introducen otro de los importantes rasgos mitológicos de los delfines. Están situados por encima de otros animales, no sólo porque son amigable con los seres humanos, sino porque tiene un sentido de la moral y el honor. humanos, sino porque tiene un sentido de la moral y el honor.humanos, sino porque tiene un sentido de la moral y el honor.humanos, sino porque tiene un sentido de la moral y el honor.

Mitos y leyendas que se repiten una y otra vez. Delfines, cambio, salvación. Cada metamorfosis requiere su ritual. El mío es la escritura. Inicié este viaje para poder escribir, para poder ser mi escritura. Estos animales míticos que me acompañan me lo recuerdan casi a diario. Son los instrumentos de esa transformación, están ahí para recordarme qué hago yo en medio del Atlántico. Estos delfines quizás sean el alma del mar, los guías de otros mundos. Para mi son el recuerdo constante de que entre el ser humano y la naturaleza no hay frontera. Que un día se es delfín y al otro, navegante solitario. Escribo para recordármelo. Y ya no podré dejar de hacerlo, como tampoco podría acabar este Infinito Viajar si no es acompañado, protegido, por mis ángeles…mis delfines.

Océano al fin…

La mañana fue grisácea, me pregunto cómo toda esta humedad no cae y nutre el desierto del Sáhara vecino. Desayuno liviano con frutas primero y luego tostadas con aceite de oliva del bueno. Ese verde y espeso. Por supuesto, los dos cafés habituales.
A las 18:20 después de un día sin mucha novedad, un típico día gris que me hace esperar ese Sur que voy pacientemente a buscar, hago un cálculo del recorrido de la primera jornada. Hemos hecho 125 Nm desde las 21:30 hs lo que me hace un promedio neto de 6 Knts de velocidad constante. No está mal. Para darse una idea, eso arrojaría un tiempo total del cruce de 18 días.
A las 21:20 llevamos recorridos en estas primeras 24 horas, 142 Nm lo que nos mantiene el promedio de los 6 Knts. Buena marca y es el reflejo de un día con altibajos en la calidad del viento, alternando buenas rachas y otros momentos de calma.
Punteo GPS: 26 N 34.980 y 19 W 10.600 – Rumbo 220 – Viento moderado de 15-20 Knts del NW
Velocidad de 6,5-7 Knts. Sobre la Ruta Lineal quedan 2600 Nm al destino de Point à Pitre, en la isla francesa de Guadalupe.
La cena de la noche fue frugal, unas quesadillas «combinadas» pero con Jamón de Jabugo y un aguacate canario bien maduro. No tengo mucha hambre ni ganas de cargar demasiado la digestión.
Punteo GPS a las 9:20 del Jueves 10 de marzo:
26 N 06.500 y 20 W 20.600 – Rumbo 260 – Viento suave 10-15 Knts NW – Velocidad 6-6,5 Knts. Distancia Lineal restante 2533 Nm
Los sonidos del Clinamen se repiten incansables. El martilleo del mar y del viento. Los crujidos de las costuras, las tensiones en los cabos. El aullido del viento racheado, la sonoridad espesa de la calma. Pablo Neruda, en su libro Residencia en Tierra, tiene un poema dedicado a El Fantasma del buque de carga, que en plena noche me recito: 
“…y un olor y un rumor de buque viejo, 
de podridas maderas y hierros averiados, 
y fatigadas máquinas que aúllan y lloran, 
empujando la proa, pateando los costados,
mascando lamentos, tragando y tragando distancias, 
haciendo un ruido de agrias aguas sobre las agrias aguas,
moviendo el viejo buque sobre las viejas aguas” 

Punteo GPS a las 18:20 del Jueves 10 de marzo:
25 N 48.040 y 20 W 56.292 – Rumbo 250- Viento suave 10-15 Knts N – Velocidad 4,5-5 Knts (con sólo el Génoa)
Distancia Lineal restante 2477 Nm
La Vela Mayor se rajó en una costura. Algo descrito así de simple, es un incidente de envergadura. Me invade una sensación plomiza. Los infortunios que no cesan. Intento una reparación de fortuna, pero con el oleaje me es imposible reparar la Vela en condiciones. En 9 horas hemos hecho apenas 36 Nm, tras una noche en la que habíamos funcionado muy bien ya que en 12 horas desde las 21:20 a las 9:20 le habíamos restado 67 Nm al contador real de destino, que no tiene en cuenta los desvíos por bordos.
El incidente con la Vela Mayor nos va a perjudicar en el andar, pero sobre todo nos enseña el frágil límite entre el buen tiempo y el incidente que lo echa todo a perder. Intentando reparar la Vela con mucho movimiento de la botavara por culpa del oleaje, fui expulsado violentamente y caí muy mal contra el borde del barco, siendo sujetado in extremis por el arnés y el cable periférico de seguridad. Sin esas medidas de precaución hubiera ido al agua sin la menor duda. Este accidente me provoca una cierta desazón y agotamiento. Decido dejar las operaciones de reparación de la vela hasta la mañana siguiente cuando pueda abordarlas con nuevas energías y que tenga la oportunidad de terminar lo que emprendí. Si hubiese desmontado la vela en ese momento, nunca hubiera llegado a terminar el arreglo como para izarla antes de la caída de la noche. Decido que es mejor economizar esfuerzos y energías porque el agotamiento también es fuente de accidentes.
Me echo a leer en el camarote, presa aún de un enorme cansancio físico y la zozobra anímica. Finalmente me quedo dormido con música hasta pasadas las 23 horas.
Punteo GPS a las 0:20 del viernes 11 de marzo:
25 N 37.068 y 21 W 29.108 – Rumbo 255- Viento suave 15-16 Knts NE – Velocidad 4,5-5 Knts (con sólo el Génoa)
Distancia Lineal restante 2467 Nm
Cena simple de Sopa de Pollo con pasta preparada y 2 tortillas mexicanas con Salmón Ahumado. De postre un alfajorcito triple con un café. Hay peores maneras de acabar un día, pienso. Asumo una deshilvanada errancia y el gusto por aceptar el destino sin medir el alcance de sus ocultos designios. Será que el dulce de leche le compensa a uno, cualquier derrota.
Hay peores maneras de acabar un día, pienso. Asumo una deshilvanada errancia y el gusto por aceptar el destino sin medir el alcance de sus ocultos designios. Será que el dulce de leche, le compensa a uno, cualquier derrota.

La Gomera, la última frontera entre la tierra y el mar Atlántico, 9 de marzo de 2016

¿Qué importancia tiene la última escala para el navegante si no es porque es allí donde comienza verdaderamente su travesía? La congoja, el track, el sentimiento de salto al vacío, todo eso se da ya en tierra, pero no se da en cualquier lugar de tierra firme, sino en aquella que le sirve al navegante de último muelle.
Aprovisionar todo lo necesario, preparar bien su nave, ultimar todos los detalles, incluso preparar los ánimos de la tripulación, incluso para un navegante solitario, es una tarea que conlleva su pequeño rito. Santa Cruz de Tenerife, no acababa de reunir las condiciones para ser la última escala. El puerto no es muy acogedor y menos si lo vives con las urgencias y tensiones típicas de las últimas horas en tierra. Me debía a mi mismo una última etapa terrestre diferente, un desenlace distinto para despedirme de la tierra conocida, para ir en busca de lo ignoto. Cualquier navegación en solitario es una exploración. Lo es del mar y lo es de uno mismo.
Llevo leyendo el Diario de a Bordo de Cristóbal Colón desde antes de zarpar. Desde el principio de mi Proyecto Atlántico, me dije que tomaría el rumbo de los vientos, como hizo Colón. ¿Qué mejor homenaje al Almirante que recorrer también sus últimos pasos antes de embarcarse hacia ese Océano Magno? El libro fue el regalo que robé a mi padre en mi último aniversario. Leyéndolo en alta mar reconozco que era preciso que fuera él quién me proporcionara esa lectura.
La última noche en Santa Cruz de Tenerife, mientras aún merodeaba por el puerto, hice uno de esos encuentros típicos de los viajeros en la terraza de la marina. Un personaje belga, del que desconozco su nombre, en una hora de charla, me convenció de que mi última pisada en tierra firme debía darla en la Gomera. La Serendipia es encontrar aquello que no esperas encontrar y yo llevo encontrándome con lo inesperado desde que decidí emprender esta aventura. Así pues, al igual que el Almirante decidió en tres de sus cuatro viajes que su última escala tuviese lugar en la isla de la Gomera, me decido por poner rumbo a la más occidental de las islas canarias.
La travesía entre las dos islas fue nocturna a propósito, para no retrasarme un día más y al mismo tiempo darme la posibilidad de recorrer un poco los alrededores de ese pequeño puerto bien acogedor, según me lo habían descrito. A su vez, esas horas de navegación me permitieron percatarme de los desarreglos aún persistentes para tener la chance final de estar a punto al zarpar definitivamente.
El puerto de San Sebastián de la Gomera cumplió en parte con las expectativas, decepcionándome por el lado del recuerdo de Colón, pero sorprendiéndome muy agradablemente en todo lo demás. La Casa de Colón en definitiva es más simbólica que real, ya que fue construida varios siglos después, en el solar donde hubo otro hospedaje donde el navegante parece ser que habría pernoctado. Sin embargo la Villa, el trato amable de los gomeros y la alta presencia de venezolanos y cubanos, ofrece al visitante un momento más reconciliador que el barullo mundano y turístico santacruceño.
Me interesé primero por la historia y las costumbres del lugar como hago siempre de ley. Comprender el origen de lo que se nos presenta, nos permite apreciar mejor lo que vemos y así poder vivirlo realmente en todo su alcance. ¿Qué sentido tendría pisar y pretender admirar monumentos si desconocemos el por qué, el cómo?
Si en la Gomera, todas las construcciones son relativamente modernas –las más antiguas- datan del siglo XVII, es porque esta pequeña isla fue muy maltratada por los saqueos de los corsarios ingleses y holandeses, aunque siendo el último y más terrible el de la invasión berberista de 1618 que arrasó con todo el poblado habitado por los gomeros menos la Torre del Conde y los muros de la iglesia.

Se siente la resistencia gomera, desde la naturaleza de la isla, hasta en el propio clima duro. La peculiaridad llega incluso al lenguaje. Los gomeros han preservado la curiosa forma de comunicación conocida como el “silbo gomero”. El lenguaje silbado emplea seis sonidos, dos de ellos vocales y los otros cuatro consonantes, y puede llegar a expresar más de 4.000 conceptos. Como ocurre en otras formas silbadas de lenguajes tonales, el silbo gomero funciona manteniendo aproximadamente la articulación del habla ordinaria. Los hablantes de silbo procesan el lenguaje en su cerebro de la misma manera que un lenguaje hablado usando las mismas áreas lingüísticas del cerebro usadas para procesar frases en castellano.
Al promediar la tarde y haber visitado los puntos de interés histórico puntual del pueblo, me invadió un sentimiento de escasez respecto a las expectativas que se me generaron en el encuentro nocturno con el belga desconocido. Tan es así que la señora que me atendió en la oficina de información turística, me comprendió a la primera: no podía irme sin haber visitado el Parque Nacional del Alto de Garajonay, “Si no lo visita es como si usted no hubiera venido a esta isla” me respondió muy acertadamente. Y como no se puede ser buen marino si no se acepta cambiar el rumbo y adaptarse a las circunstancias, aún en tierra, cambié mi agenda de partida y en lugar de zarpar a la mañana siguiente, decidí que me tomaría el día para hacer esa excursión al corazón de la isla ¡Qué magnífico es sentir que uno ha tomado la mejor decisión, sin ambigüedades!
La noche antes de la excursión imprevista, me ofrecí mi última cena, en La Salamandra, un restaurante que no me defraudó. Gran momento gastronómico con un milhojas de berenjenas de entrante y una ventresca de atún a la brasa, cocinada sencillamente en su mejor punto. El vino, un buen tinto canario, para acompañar, suave y agradable.
Por la mañana apuré todos los aprestos para dejar a Clinamen listo antes de tomarme la Guagua de la línea 1 que une San Sebastián con el Valle Gran Rey. Corrí, como siempre, para reunir una actividad con otra. Ahora el marino debía vestirse de caminante.
Cuando la guagua inicia la ruta ascendente, se siente claramente la personalidad volcánica y resistente de la isla. El carácter gomero se ve enraizado en su topografía. Antes de llegar al centro de la isla, donde me bajaría, penetramos en las nubes que cubrían la cima. Este mar de nubes es generado por los vientos alisios que condensan el vapor de agua en las hojas de los árboles generando lo que se conoce como lluvia horizontal. Al bajar de la guagua, el frío y la poca visibilidad me sorprendieron por lo inesperado. La caminata realizada más aún.
La Serendipia que no cesa.
La ascensión hasta el Alto de Garajonay, punto culminante a 1487 metros, está muy bien cuidada y es muy interesante apreciar la vegetación cambiante hasta la cima. En Garajonay se pueden encontrar fayas, brezos, laureles, helechos, que presentan endemismos típicos del desarrollo en un entorno aislado y benigno. Entre tanta contemplación vegetal, durante el descenso, me perdí prodigiosamente porque me salí de la ruta habitual para toparme con unas zonas de cultivos y de aldeas. Allí pude observar las formas de producción estoica y sufrida, pero persistentes y rebeldes. Todo el paisaje estaba matizado entre vegetación que parecía haber sido quemada y nuevos brotes o plantaciones. Al regresar al puerto me enteraría que en 2012 había ocurrido el mayor desastre natural, un incendio que acabó con gran parte de la superficie del parque y de sus alrededores.
La capacidad regenerativa y combativa de esta naturaleza gomera tiene su explicación en esa nube permanente que los vientos alisos regalan a la isla. La lluvia horizontal –esa precipitación persistente que no sucede de arriba abajo sino por la absorción del tejido vegetal de las gotitas en suspensión- me provocó una sensación de frío como todavía no había sentido en el mar, justo en una tierra ya cercana al trópico, esencialmente porque no lo había previsto. El frío en la Gomera también formaba parte de mi Serendipia. Sin embargo, la satisfacción al volver al barco y contarle a Clinamen las andanzas de este capitán caminante me hicieron recordar las inolvidables estrofas

del poeta Antonio Machado, que canta mi catalán preferido, Joan Manuel Serrat: todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar. Pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar. … Caminante no hay camino, se hace camino al andar, al andar se hace camino y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, sino estelas en la mar!
Borrador
La Gomera, la tierra y el mar
Qué importancia tiene la última escala para el navegante si no es porque es allí donde comienza verdaderamente su travesía, antes mismo que haya tomado la mar.
La congoja, el track, el sentimiento de salto al vacío, todo eso se da ya en tierra, pero no es cualquier lugar de tierra firme sino aquélla que le sirve de último muelle.
Aprovisionar todo lo necesario, preparar bien su nave, ultimar todos los detalles, incluso preparar los ánimos de la tripulación, hasta para un navegante solitario es una tarea que conlleva su pequeño rito.
Santa Cruz no me disponía para ser la última escala. Un puerto no muy acogedor, vivido con urgencias y tensiones, me debía de encontrar otro desenlace para ofrecerme los instantes póstrimos terrestres.
Leyendo a Colón en su Diario de a Bordo, recuerdo que su última escala la hizo en tres de sus cuatro viajes en la isla vecina de La Gomera. Esa misma noche hice uno de esos encuentros típicos de los viajeros en la terraza de la marina. Un personaje belga que no me dijo su nombre, pero en una hora de charla me convenció de que mi última pisada firme la daría en La Gomera. Desde el principio de mi proyecto Atlántico me dije que tomaría el rumbo de los vientos, como hizo Colón. ¿Qué mejor homenaje al Almirante que recorrer también sus últimos pasos antes de embarcarse hacia ese Océano Magno?
La singladura fue nocturna, a propósito, para no retrasarme un día más y al mismo tiempo darme la posibilidad de recorrer un poco los alrededores de ese pequeño puerto bien acogedor, según me lo habían descrito.
A su vez me permitió percatarme de los desarreglos aún persistentes para tener la chance final de estar a punto al zarpar definitivamente.
El puerto de San Sebastián de la Gomera cumplió con parte de las expectativas, decepcionándome por el lado del recuerdo de Colón, pero sorprendiéndome muy agradablemente en todo lo demás. La Casa de Colón en definitiva es más simbólica que real, ya que fue construida varios siglos después, en el solar donde hubo otro hospedaje donde el navegante habría pernoctado. Sin embargo la Villa, el agradable trato de los locales y la alta presencia de venezolanos y cubanos ofrece al visitante un momento más reconciliador que el barullo mundano y turístico santacruceño.
Me interesé primero por la historia del lugar como hago siempre de ley. Entender de dónde viene lo que existe nos permite apreciar mejor lo que vemos y así poder vivirlo realmente en todo su alcance. Qué sentido tendría pisar y pretender admirar monumentos si desconocemos el por qué de lo que está frente a nuestra presencia.
Si todas las construcciones son relativamente modernas, del siglo XVII en adelante es porque esta pequeña isla fue muy maltratada por los saqueos de los corsarios ingleses y holandeses, aunque siendo el último y más terrible el de la invasión berberisca de 1618 que arrasó con todo el poblado menos la Torre del Conde y los muros de la iglesia.
Se siente la resistencia gomera, aquélla que se escucha de los primeros aborígenes de estas tierras, desde la naturaleza de la isla hasta el propio clima duro, pero no desagradable.
Al promediar la tarde y haber visitado los escasos puntos de interés histórico puntual del poblado, tenía un sentimiento de escasez respecto a lo que me había ilusionado recoger en mi última parada. Aparentemente fui muy preciso en el sentido de mi pregunta para que la señora de la oficina de informaciones me dijera que no podía irme sin haber visitado el Parque Nacional del

Alto de Garajonay. Si no lo visita es como si no hubiera venido a esta isla, me respondió muy acertadamente.
No se puede ser buen marino si no se acepta cambiar el rumbo y adaptarse a las circunstancias. Por ello, aún en tierra, cambié mi agenda de partida y en lugar de zarpar a la mañana siguiente, me tomaría el día para hacer esa excursión al corazón de la isla.
¡Qué magnífico es sentir que uno ha tomado la mejor decisión, sin ambigüedades!
Por la noche me ofrecí mi última cena, en un restaurante recomendado, La Salamandra, que muy lejos estuvo de defraudarme, fue un gran momento gastronómico con un milhojas de berenjenas de entrante y una ventresca a a la brasa, cocida sencillamente a su mejor punto. El vino, un buen tinto canario para acompañar, suave y agradable.
En la mañana apuré todos los aprestos para dejar a Clinamen listo antes de tomarme la Guagua de la línea 1 que une San Sebastián con el Valle Gran Rey. Corrí como siempre para reunir una actividad con otra, el marino debía vestirse de caminante.
Cuando el autobús o guagua comienza a arpentar la ruta ascendente, se siente claramente el carácter volcánico y resistente del ambiente isleño. El carácter gomero se ve enraizado en su topografía. Antes de llegar al centro de la isla donde me bajaría, penetramos en las nubes que cubrían la cima. Al bajar de la guagua, el frío y la poca visibilidad me sorprendieron por lo inesperado. La caminata realizada más aún.
La ascensión hasta el Alto de Garajonay, punto culminante a 1487 metros, está muy bien cuidada y es muy interesante apreciar la vegetación cambiante hasta la cima. Luego en el circuito de bajada, me perdí prodigiosamente porque me salí un poco del parque protegido para llegar a unas zonas de cultivos y de aldeas. Ahí pude observar las formas de producción estoica y sufrida, pero persistente, rebelde. Con el agravante de que todo el paisaje estaba matizado entre vegetación que parecía haber sido quemada y nuevos brotes o plantaciones. Al regresar al puerto me enteraría que en 2012 había ocurrido el mayor desastre natural, un incendio que acabó con gran parte de la superficie del parque y de sus alrededores.
La capacidad regenerativa y combativa de esta naturaleza gomera tiene su explicación en esa nube permanente. Se la denomina lluvia horizontal porque es una precipitación persistente que no sucede de arriba abajo sino por la absorción del tejido vegetal de las gotitas en suspensión.
Me morí de frío como todavía no había sentido en el mar, justo en una tierra ya cercana al trópico, esencialmente porque no lo había previsto. Sin embargo, la satisfacción al volver al barco y contarle a Clinamen las andanzas de este capitán caminante me hicieron recordar aquéllas inolvidables y siempre presentes estrofas que canta mi catalán preferido, Joan Manuel Serrat. Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar. Pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar. … Caminante no hay camino, se hace camino al andar, al andar se hace camino y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, sino estelas en la mar!

Los Alisios, el Maltés y Umberto – Océano Atlántico entre Gibraltar y las Islas Canarias, 2 de marzo de 2016

Los Alisios son los Famosos Vientos. Las mayúsculas como uso y abuso. Son Mis Vientos. Constantes, suaves y previsibles, pero que pueden deparar sorpresas. Comportan el equivalente metereológico del fenómeno llamado Clinamen (desvío imprevisible y libre del movimiento lineal y predecible de los átomos). Sus patrones de predictibilidad nos reconfortan. Tengo una amiga que insiste en repetirme que nuestro cerebro está programado para reconocer patrones, que gracias a ellos se puede programar una cosecha, un viaje, una civilización, una vida. Yo le añado o corrijo, que una vida allanada con patrones, no es vida. Que a ello hay que sumar lo incierto, el aventurarse en el territorio donde los acontecimientos los dibujas tú. Como las líneas de la mano del Corto Maltés, que fueron redibujadas por el marino para que definieran un futuro diferente. Como mi propia mano izquierda, la de las brujas, que con sólo un año de vida, la puse accidentalmente al fuego, quizás para que nadie pudiera jamás leer mi destino. Decía Umberto Eco que “cuando quiero relajarme leo a Engels, cuando quiero algo serio leo a Corto Maltés”. No podría estar más de acuerdo. El Corto es el marino por excelencia. Como Melville o Jack London,  Eco le reconoce esa cualidad esencial de verdad absoluta al personaje de ficción.

A los 84 años nos ha dejado Umberto Eco. Creo que navegaba por Alborán ya camino de Tarifa, cuando me comunicaron su muerte. Curiosa sensación de orfandad cuando se nos muere un autor imprescindible. Esos autores que reconocemos en nuestra vida por ser una constante. Como los Vientos Alisios. El último gran intérprete de la palabra. Umberto Eco lo vio todo, lo leyó todo, lo escuchó todo, todo lo interpretó.

Habló de la historia de las religiones, hizo grandes estudios sobre literatura comparada, fue un extraordinario filólogo que incluso investigó sobre el esperanto y las lenguas perdidas.  Ahondó en la historia de la escritura, en lo imaginario y simbólico, la historia de los espejos, de los laberintos, de las ciudades invisibles. Era un sabio que conocía todas las cosas simulando que las ignoraba para seguir aprendiendo. Y esa es la clave. Umberto Eco nunca atropelló a nadie con su infinita sabiduría. Es el Maestro por excelencia para los que arrogamos nuestro modesto saber para hacernos un minúsculo espacio en el interés del prójimo.

Miro la biblioteca que me acompaña, mientras aún pretendo hablar de los vientos que me esperan, y con los que pretendo cabalgar mi océano, el Atlántico. Thomas Merton decía haberse vuelto católico leyendo la historia de la apostasía de Joyce en El retrato del artista adolescente. Pero yo no me fío de los autores, que a menudo mienten. Me fío sólo de los textos. De ahí que los libros sean tan necesarios como los vientos.

Recuerdo haber leído la Balada del Mar Salado, en París. Hugo Pratt tiene la culpa de la existencia de muchos otros Hugos, por devoción y admiración. Me sorprende leer en el prólogo que Eco (era de prever que Hugo Pratt y Umberto Eco fuesen íntimos) hace de la obra, una reflexión sobre personajes que leen otros libros. En cierto momento, dice Eco, Pandora aparece dulcemente apoyada en las obras completas de Melville, y Caín lee a Coleridge, autor de otra balada, la «del Viejo Marinero». Y además la lee en traducción italiana y la encuentra, con Melville, a bordo de un submarino alemán (forma parte de la biblioteca de Slütter, que dejará en Escondida, después de su muerte, también un Rilke y un Shelley). Sí se calcula que Cráneo discute sobre mitología maorí y sociopolítica melanesia con la seguridad de una Margaret Mead, hay que decir que los personajes de Pratt son mucho más cultos que él. Vaya y pase con Cráneo, que era un chico trabajador, pero aquí lee incluso un bellaco como Rasputín, y en francés.

Con el Corto de la Balada es con quién me identifico y me debo mi también postergada visita a Malta. En esa aventura, el Maltés, todavía se está buscando: ignora su biografía (aparece, de repente, encadenado en medio del mar), incierto de la propia psicología; y de su rostro, él y Pratt saben poco todavía, lo van esbozando de viñeta en viñeta, a medida que la historia procede, de pocos rasgos esenciales a un entramarse de arrugas interrogativas. En la Balada, los mapas contradicen a las palabras, se interseccionan los paralelos, el atlas se reduce a un mapa vacilante, y así casi todos podríamos izar la Mayor templados por los Alisios.

Rebuscando por la librería que me acompaña, me topo con Cortázar y su cuento Vientos alisios. Un cuento de amor y de finitud, como todo cuento de amor trágico que se precie. Vientos alisios es otro juego, o la imposibilidad de otro juego, es el cansancio y la pérdida, la incapacidad para renovarse o para admitir el conformismo, sea como sea que lo mires. Si ya no sabes ser otro, vives del cálido viento del pasado. Si ya no sabes ser otro, no eres capaz de mirar sorprendido a quien te ama, no eres capaz de valorar los infinitesimales cambios -que sí existen- en la persona amada y entender que siempre es un progreso el amor.

Y si te hundes en ti no ves al otro sino desdibujado bajo la rutina, si no fuerzas con sentimiento la mirada no ves al otro sino anclado en las mismas arrugas y en los mismos gestos… ya tan tediosos. Y si te decides a acabar contigo no ves en el otro sino a la imagen exacta de tu fracaso, de tu decepción, de tu despeño en lo imposible y lo indetectable.

Y si es así, el viento cálido se enfría terriblemente y te empuja y te acaba. Nos acaba, nos termina.

Y en todo esto, me quedé sin hablar de vientos, hablando de libros, de libros sobre libros, de personajes de ficción que son reales, justamente porque ellos también leen libros.

Los vientos alisios me esperan ahí fuera. El Corto me espera en los próximos puertos adonde he de recalar. Si destino tuviera, prefiero no conocerlo, navegarlo es hacia dónde quiero ir, adonde los invito a venir.

Los vientos alisios me esperan ahí fuera. El Corto me espera en los próximos puertos adonde he de recalar. Si destino tuviera, prefiero no conocerlo, navegarlo es hacia dónde quiero ir, adonde los invito a venir.

¡Tierra…!

Nadie está aquí por la estética. Aquellos que piensen que nos aventuramos en el mar aunque sea remotamente, los que crean que la navegación solitaria se resume en cuestiones de estética, no han comprendido nada. El goce estético existe, cierto, cada minuto puede ser un éxtasis de amaneceres, de atardeceres, de mar de infinitos azules. Incluso los sargazos en su insistencia por acompañarme tienen algo de belleza fractal. Esa capacidad de la naturaleza por ramificarse y por perpetuarse bajo fórmulas matemáticas. El número Phi o la proporción áurea. Pero no estamos aquí por la estética, la belleza que nos rodea en el océano es algo que no nos sorprende. El mar es belleza en estado primigenio, brutal y sin paliativos. En tierra apenas quedan lugares que no hayan sido manipulados, dibujados y construidos por la mano del hombre. Algunos bosques en la Patagonia, lugares recónditos de los fiordos, chilenos, noruegos o los de Alaska, pero poco más. En el océano el hombre es nada. Ni un demiurgo de segunda. La acción humana es sólo contaminadora. Pero incluso la contaminación acaba siendo devorada, ingerida y regurgitada por el océano. 

No creo estar aquí por lo contemplativo. Florence Arthaud decía algo que he recordado una y otra vez durante esta travesía: “¡Mira al mar! No tener otro deseo que mirar al mar. Y, a fuerza de hacerlo, si lo miras a los ojos, es seguro que un día irás a por él”.  Es esa acción de mirar al mar con ansia de tomarlo. Una observación que lleva en sí misma la decisión de vivir el mar. Eso es la razón por la que estoy aquí, no por la estética, sino por la vida.  

De alguna manera mi decisión de poner punto final a  esta primera etapa del viaje -que ha de llevarnos al Clinamen y a mi a dar la vuelta al mundo a vela-  en Pointe-à- Pitre, en la isla francesa de Guadalupe, es un homenaje debido a Florence. La novia del Atlántico, la magnífica capitana, muerta en accidente de helicóptero en Argentina hace unos años.  Con tan sólo 21 años participa por primera vez en la Route du Rhum, que une Saint-Malo con la isla de Guadalupe cada cuatro años en una carrera mítica. Queda en onceava posición. La gana en 1990, tras catorce días, diez horas y diez minutos de navegación. Es la primera mujer en hacerlo. Indomable, única, libre. Su autobiografía me acompaña en el Clinamen, como amuleto esencial. “El temor a la muerte es para mí el único verdadero terror. ¿De qué nos podemos asustar sino? ¿De perder un avión, una cita? ¿De la falta de dinero? La vida es un regalo, hay que vivirla plenamente y creer en el destino”. Vivir el mar requiere esa visión de entrega total.  Relativizar, dar importancia a lo que realimente la tiene. De priorizar y de reconocer, es decir de volver a conocer aquello que creíamos saber. La amistad, el dolor, la responsabilidad, el amor, la paternidad, el sacrificio, la resistencia, el trabajo, la filosofía, la pasión, la música. Todos esos conceptos dejan de tener el mismo sentido que tenían previamente, porque los has re-conocido. Ese es el sentido de re-nacer, que te permite la navegación solitaria.  

Uno de los hechos más extraños de esta parte de la travesía es el silencio de los delfines. No han vuelto a aparecer desde que salí de Cabo Verde. Me había acostumbrado a su presencia. Será porque la navegación se ha vuelto algo más tranquila, o sencillamente porque yo ya he aceptado la Serendipia absoluta de este viaje y lo extraordinario es que no pase nada. 

Me visitan peces voladores que insisten en complementar mi dieta. A pesar de ciertas acusaciones infundadas que recibo desde tierra, puedo asegurar que los ejemplares que llegan a mi plato, se suicidan en cubierta. Las criaturas del mar están a salvo conmigo. Soy un navegante aceptable, quizás. Pero soy un pésimo pescador, afortunadamente para el equilibrio biológico de los mares.
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El Clinamen va devorando millas gracias a unos alisios perfectos que nos propalen a gran velocidad. Cada día que pasa la certeza del final me tiene por un lado acongojado y por otro excitado. ¿Será cierto que lo habré conseguido? Cruzar el Atlántico en solitario…ahí es nada. Aunque no sea nada comparado con otras aventuras, ésta es la que yo puedo contar, la que yo puedo compartir escribiéndola y escribiéndomela. La de un barco y un capitán nacidos en Buenos Aires, pero que ya de adultos adoptaron la bandera francesa. Comparten mucho más que esa identidad básica, ahora comparten la odisea más importante de sus existencias.
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Dicen que la tierra antes de verla se hace presente. Vuelven los delfines, los primeros que me visitan desde hace días. Quedan 160 Millas náuticas  (la distancia entre Port Ginesta e Ibiza). Tierra ya no es un destino, es la realidad que se me aproxima. Con todo su peso. La realidad es París, es Barcelona, es la familia, los amigos, las responsabilidades. Nada de esa realidad cabe en el Clinamen, o quizás sí pero cabe sólo para acompañarme discretamente, respetando los silencios que se nos imponen, sabedores somos, mi realidad y yo, de que ahora sólo importa llegar a puerto. 

Porque la soledad no es la navegación solitaria. La soledad no se vive en el océano, en 11 metros de eslora por 3 y pico de ancho, que no paran de moverse de un lado para otro. Yo no estoy solo, ni me siento solo. Ni un segundo de esta travesía he pensado en la soledad en estos términos. Las historias de soledad duras son aquellas en las que alguien no tiene con quién comunicar, con quién hablar, con quién compartir. Afortunadamente no es este mi caso. Estoy solo en  el Atlántico, pero no estoy solo. 
He podido comunicar y compartir mi experiencia con decenas de personas. 

Aunque pueda sorprender, los franceses siempre han sido unos entusiastas de la historia de Robinson Crusoe. Jean-Jacques Rousseau no permitía que su alumno Emile leyera otra obra que no fuese la de Daniel Defoe. Personalmente detesto esa obra.  Creo que lleva implícito un mensaje que justifica la ética capitalista, así como del derecho de los europeos para hacer valer su supuesta superioridad moral y ética sobre el resto de pueblos. Pero el concepto “soledad” tiene un antes y un después del fenómeno Crusoe. Hay quién dirá que las tecnologías impiden al aislamiento absoluto. Es cierto. Ningún recodo del mundo está mudo. La comunicación llega a todas partes. Somos animales sociales, sin comunicación agonizamos. Pero la tecnología no es comunicación. Es lo que decimos sí, pero sobre todo es a quién se lo decimos. Es tener a quién hablar.  La verdad no está en el qué, ni el cómo, sino en el quién. 

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Menos de 60 millas. La emoción no me permite encontrar las palabras. Me saldrían a borbotones miles de imágenes, de sensaciones. El cuerpo me recuerda golpes y arañazos. Estoy magullado, pero no siento físicamente el cansancio. La adrenalina es una droga poderosa, sin duda. La serotonina que mi cerebro debe estar liberando me tiene en estado casi de éxtasis. Escucho la radio de Guadalupe. El criollo, ese lenguaje que es más música que palabra, ya resuena en el Clinamen.

Me siento redimido. Simbólicamente liberado de sufrimientos y debacles. Cuando amarre el Clinamen en el puerto de Point-à-Pitre la redemptio habrá sido absoluta. Eso no significa que no vuelva a sufrir, a errar, a fracasar. Eso significa que ya no seré el mismo que antes sufría, erraba o fracasaba. Ya lo he dicho, vuelvo siendo yo, pero más yo que antes. Empiezo a ser consciente de que esta primera etapa llega a su fin y las lágrimas no cesan de recorrer mis mejillas. No encuentro las palabras. Se me escapan. No quiero dejar de llorar y apenas puedo escribir.  

La Desirade, ahí está mi primera tierra. Un islote de 11 kilómetros de largo por dos de ancho, habitada por 1700 personas. Las Antillas en estado puro.  Mi primera tierra desde Cabo Verde. El objetivo a tocar. Grito como un poseso. Lanzo exclamaciones a los dioses, a los delfines, a las sirenas, a los pobres pescados voladores, a las gaviotas, a los sargazos, a las olas, al viento y al mar. Voy dejando atrás el mar, para entrar en un mar humano, habitado, surcado por navíos, por personas. El océano se acaba donde empieza el hombre. Esa es la frontera por la que mi barco y yo hemos navegado. 

Suenan las canciones de Paolo Nuttini. No he hablado de la música que me ha acompañado durante la travesía. Muchas horas de todo tipo, que conjugaba según el estado de ánimo.  

Son las 05.14 CET del sábado 2 de abril cuando atraco el Clinamen en el puerto de Point-à-Pitre (casi medianoche, hora local).  Durante dos semanas he viajado por el mar sin hombres. Por el mar que es destino. La aventura llega a su fin momentáneo. Es tan importante estar preparado para zarpar como preparado para atracar. Es tan complicado salir como volver. Quizás diría que es mucho más complicado regresar. Seguro que es infinitamente más complejo poner el primer pie en tierra firme, que liberar el barco del muerto e izar la vela mayor por primera vez. Empiezo a ser consciente de lo que he conseguido y al mismo tiempo no acabo de comprenderlo. 

Sufro un cierto desequilibrio por el vaivén de mi oído interno. Mi cuerpo se había acostumbrado al mar, y ahora empieza el difícil aprendizaje de la tierra firme. Camino titubeante, mis pasos me parecen inciertos. Empiezo a darme cuenta que me sucede lo mismo que a Florence Arthaud: yo también sufro cuando no navego.

El Misterio de Colón

Está de moda en los círculos de las izquierdas, supuestamente progresistas, de Latinoamérica y Europa, pretender que el personaje Colón sea detestado y aborrecido culpabilizándole a él del expolio de los pueblos nativos de América y de su sometimiento.

Personalmente considero a Colón como uno de los personajes más atractivos y fascinantes de la historia de la Humanidad. Es más, si hoy estoy navegando, en buena parte es gracias a Colón.
El personaje es una de las principales personalidades de la Aventura Humana, aunque siempre ha sido cuestionado. Lo fue en vida, y continúa siéndolo tras su muerte. Incluso la abracadabrante historia de los restos de Colón, uno de los pocos hombres que viajó (casi) tanto después de muerto como estando vivo, pone en tela de juicio cualquier afirmación categórica sobre su historia personal. No sabemos dónde está enterrado Colón, algunos sostienen que en Cuba, otros en Santo Domingo y oficialmente se supone que sus restos reposan en la Catedral de Sevilla.

¿Quién era Colón? ¿Y cuál era su verdadero nombre, Cristóforo Colombo, como pretenden los genoveses, Christovao Colombo, como se llamó en Portugal, Cristóbal Colomo, como se hizo conocer primeramente al llegar a Castilla, o el posteriormente adoptado de Cristóbal Colón?
¿Había hecho estudios o era un autodidacta? ¿Tenía un plan preciso para justificar lo que estaba seguro de descubrir? ¿Hasta qué punto lo había desarrollado y mostrado en sus presentaciones a los reyes de Portugal y luego de Castilla, reunidos delante de eruditos?
Después de más de cinco siglos, la controversia continua viva y el debate abierto.

Sobre su origen, él mismo entretuvo el misterio y luego veremos las razones que creemos que tenía para ello. Está mayoritariamente aceptado que nació en Génova, en 1451 en el seno de una familia de laneros. El padre parece ser que fue guardián de una de las torres de la ciudad y tabernero. Cristóbal y su hermano Bartolomeo tuvieron que auxiliarlo varias veces económicamente según consta en actas notariales.

Sin embargo, la lengua comúnmente empleada por Colón no es el italiano o el dialecto genovés. Incluso en correspondencia con otros genoveses, o con su propia familia, Colón empleaba el castellano, aunque en Castilla siempre le fue asociado el epíteto de “extranjero”, algo que él mismo reconocía abiertamente. En este sentido vale la pena destacar que, en esa época, en el contexto castellano, los genoveses eran tan extranjeros como los aragoneses o catalanes.
A la lectura de la excelente biografía que hace de él Salvador de Madariaga, concuerdo con este autor que el origen más probable de Colón fuera el de judío converso, nacido en Génova, pero de tradición sefardí. Así, la lengua familiar no habría sido el italiano o genovés sino el castellano hablado por los sefarditas. Un sefardí a su vez contagiado por diversas influencias tras más de cien años de exilio en Génova. Influencias que lo hacían «raro», «extraño” o “extranjero». Al mismo tiempo, cabe señalar que Colón aprendería latín en Portugal y es con modismos castellanizantes que lo escribe en notas o cartas cuando le es necesario.
Esta teoría es la única que enlaza los puntos en conexión entre quiénes lo creen genovés (que lo era probablemente de nacimiento), quiénes lo creen castellano o de alguna otra región española (que lo era por su origen familiar y la perpetuación del idioma ancestral como aún hoy lo hablan las comunidades sefardíes en sus hogares en Medio Oriente o Europa), o los que lo creen un judío errante (que lo era por la cultura familiar que lo llevó a emigrar de adolescente y abrirse camino por sí solo, eligiendo el mar para ganarse la vida y luego cumplir con lo que creía era su designio).
Teniendo, en lo personal, antecedentes probablemente de origen judío converso, como todos los que portamos un apellido muy religioso como lo es Cruz, me interesó particularmente indagar en este aspecto del Misterio Colón.

Una vez más, es Madariaga quién mejor trata el tema del entorno geográfico e histórico de la vida de nuestro navegante.
Nos enseña, en el capítulo XI, titulado, Judíos, Cristianos y Conversos de la biografía, VIDA DEL MUY MAGNÍFICO SEÑOR DON CRISTÓBAL COLÓN, que España era el hogar nacional judío desde tiempo casi inmemorial. Ningún país en el mundo, salvo Palestina, se ha identificado tanto con los judíos como España. La tradición hebrea nos enseña que la primera instalación de judíos en la Península Ibérica tuvo lugar en tiempos del Rey Salomón. La ciudad de Toledo habría sido fundada por hebreos, el vocablo «Tholedoth», significa generaciones. Pero la mayor inmigración está constatada a partir del éxodo causado por la destrucción de Jerusalén, en el año 74, de nuestra era cristiana, bajo el reinado de Vespasiano. Desde aquella fecha hasta su expulsión en 1492, los judíos entran tan hondamente en la vida del país que no es posible escribir la historia de España sin ellos.

Después de atravesar fases de antisemitismo y opresión durante la primera etapa visigoda, los hebreos hallaron en España mayor prosperidad y libertad para organizar su vida política, su cultura y su religión, que en ningún otro reino o región europea. Los judíos constituyeron un factor utilísimo en el desarrollo de la civilización ibérica, a causa de su valioso aporte a la vida económica durante la época medieval y el efecto estimulante que su actividad intelectual ejerció no sólo sobre España sino a través de ella, sobre todo el mundo cristiano de la época.

Los reyes de España, salvo contadas excepciones, fueron respetuosos y se mantuvieron fieles a la tradición que hacía de ellos los protectores naturales del pueblo judío. En derecho, los judíos «pertenecían» a la Corona. La persecución de los judíos siempre obró por olas «democráticas», del pueblo raso, envidioso y celoso de las diferencias que según ellos y los cabecillas (hoy diríamos caudillos populares) denostaban para endilgarles pactos con Satanás, y otras barbaridades que justificaran tomársela contra ellos, esencialmente pacíficos, porque comerciantes, intelectuales, científicos, aunque hay que admitir, también eran banqueros (usureros) y recaudadores de impuestos (con lo que eso conllevaba de desprecio, ayer y hoy).  Ayer como hoy, no siempre la mayoría tiene razón…a veces es fácilmente manipulada por una sarta de interesados que lo único que persiguen es sacar provecho propio de los malos sentimientos que en épocas de crisis y hambrunas pueden generarse en el pueblo no muy instruido en las sutilezas.
Cristóforo Colombo, como su hermano Bartolomeo, abandonan el hogar paterno a edad temprana, se echan fácilmente a la mar y en poco tiempo se conocen historias de un Colombo corsario genovés, pero también más tarde, de uno combatiente al favor de otro Amiral Coullon, de origen francés, sobre el cual se justificaría la frase del propio Colón cuando muchos años después dijo que él no había sido el primer Almirante en su familia. A las órdenes de dicho almirante habría participado en un ataque contra naves genovesas en el sur de Portugal que lo llevarían a naufragar y alcanzar la costa lusa a nado. A partir de allí, andaría a pie hasta Lisboa donde se juntaría con su hermano Bartolomeo, quién ya estaba trabajando en una librería y lo introduciría en el medio cartográfico del mayor centro de descubrimiento de la época.
El Infante Enrique, llamado el Navegante, había creado la más importante institución sobre navegación en Sagres, conformada, vale decir, en su mayoría de sabios judíos o conversos. Colón no tiene dificultad en moverse en ese ámbito e incluso se supone que por esos años conoció a Toscanelli, eminencia florentina que habría dibujado una carta con medidas precisas en cuanto a la dimensión de la tierra y con precisiones que le ayudarían a calcular cómo navegar hacia el poniente para llegar a las Indias.
La Corte Portuguesa también estaba bien compuesta por judíos y conversos. Los había incluso en los medios eclesiásticos. Colón se hace cartógrafo, estudia -la mayoría coincide en que de forma autodidacta- con tanto vigor y empeño que ya se percibe en él su persistente convencimiento de haber sido elegido para una misión divina. Esos sentimientos de la fe lo llevan a ser un devoto honesto y es a través de ese ámbito religioso que termina relacionándose con una familia bien introducida en la Corte. Gracias a ello, habría podido presentar su propuesta al Rey Don Juan II de Portugal. El rey recibió el proyecto con muy poca simpatía. Sus pretensiones eran, cierto, extravagantes y pese a que los sabios que lo escucharon no negaron la posibilidad de que las medidas y proposiciones expuestas por este ambicioso descubridor fueran justas, el Rey las desestimó, por pensar que sus intereses estaban mejor concentrados en buscar por la costa africana.
Antes de marchar hacia Castilla, la otra gran potencia marítima de la época, para ofrecer sus servicios a los Reyes Católicos, Colón aprovechó sus contactos para penetrar en el aposento real donde él sabía que hallaría el inestimable mapa de Toscanelli. Como no podía arriesgarse a robarlo y ya era un cartógrafo de buena ciencia, ingresó en dicha biblioteca con un libro suyo donde disimuló las páginas en blanco que luego le servirían para hacer la copia fiel de los documentos y cálculos de Toscanelli. Por si fuera pillado in flagrante al portar este tipo de secreto durante su viaje a Castilla, fue él mismo quién se hizo una carta apócrifa de Toscanelli al amigo Colón, en la que decía acompañar dicha copia.

Así es como Colón se llega hasta el reino de Castilla, que sería en esos meses, gracias a la reconquista definitiva de la plaza de Granada, el centro más importante del poder de la época.
Contrariamente a lo que es creído por muchos, los Reyes Católicos, pese a haber sido los que instruyeron las bases de la espantosa institución de la Inquisición y que promulgaron el Decreto de Expulsión de lo judíos, -aquellos que no optaron por convertirse al cristianismo- no sólo no eran antisemitas, sino que hay pruebas de que eran más bien reconocidos pro-semitas. Pero los intereses de estado y paradójicamente los consejos mayoritarios de sus asesores, por lo general conversos celosos de los «infieles» que no habían querido desposar la nueva fe, los obligaron a ver como herramienta de cohesión de la nueva nación en expansión, una campaña de cristianización excesiva, atacándose tanto a los moros que deseaban permanecer en sus propiedades, como a los judíos que, si no renegaban su «diferencia cultural», debían abandonar el territorio real.
La Inquisición fue en sus principales cargos llevada a cargo por ex judíos, conversos -como lo era el propio Gran Inquisidor Torquemada- que fueron mucho más implacables y crueles con sus ex hermanos de tradición ancestral.
Esto explica entre otras razones, por qué Colón, prefirió no adoptar la fórmula más habitual en España para su apellido como la de Colom, de distribución bastante corriente en Cataluña y las Baleares (donde incluso existe Porto Colom). Cuando Colón solicitaba audiencia a los Reyes, tres familias de conversos apellidados Colom eran condenados y quemados por judaización (la acusación más habitual para no tener que demostrar demasiadas pruebas de mala conducta).
Así es que Cristóbal Colón, castellanizando libremente su nombre original, se presentaba como marino genovés, habiendo pasado toda su vida anterior a su llegada a Castilla en el Mar. Con previa historia familiar datando de la primera emigración judía del siglo XIV (causada principalmente por la peste que asoló Europa), cuando sus ancestros habrían dejado España para llegar a Génova, Cristóforo, Christovao, prefiere llegar como Cristóbal sin dar mayores explicaciones a nadie sobre su persona más que sobre su misión como descubridor.
Me gusta la frase que mejor describe la actitud de este joven Colón. Se puede ser soñador sin ser tonto y Colón no era tonto, aunque era un gran soñador.

Compartía con el sabio florentino Toscanelli la idea de que la tierra era redonda y por tanto era factible llegar al oriente viajando al occidente. Difería en sus cálculos, siendo Colón más optimista en su error, lo que lo llevó a evaluar en menos días de los que realmente acometió para encontrar las primeras islas. Desde antes de la era cristiana los judíos tenían alguna noción sobre la redondez de la tierra. Por esta razón, el Yom Kipur, el año nuevo judío, lo celebraban durante 2 días en vez de uno. Sabían que mientras a un lado de la tierra era de día, al otro lado era de noche.
Otro hecho que me place destacar. Parece ser que la mayoría de los 120 marineros que integraban la expedición, eran de origen judío. Huían de las persecuciones de la Inquisición y buscaban otras tierras donde pudieran ejercer libremente su religión. En las anotaciones sobre el desembarco en la isla de Guanahaní, que Colón bautizó como San Salvador, se lee que Colón habló a sus habitantes en hebreo, pensando que había encontrado una de las tribus perdidas de Israel. En las cartas que envió a los reyes de España mencionaba al rey David y a la expulsión de los judíos, asuntos que no tenían relación con su descubrimiento. Estas cartas, según estudios del departamento de grafología de la policía de Madrid, fueron escritas de derecha a izquierda tal como se escribe el hebreo. En las cartas que enviaba a su hijo siempre ponía en la parte superior de cada hoja las palabras hebreas “bet hei” que en hebreo significa «con la ayuda de Dios».
El Almirante de la Historia es una incógnita. Fray Bartolomé de las Casas, dijo que los Católicos, una vez finalizada la Reconquista, se sentían bajo “un ardiente deseo de abrir la geografía”. Y eso fue posible gracias al sefardí genovés. Una ilusión por la trascendencia, una ambición por el control del mercado de las especies, una cortina de humo donde enmascarar la expulsión de los judíos del Reino de Castilla. Que un hombre de origen incierto, fuese capaz de convencer a Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, es un hecho  altamente improbable. La aventura propuesta era una locura. Pero la historia se juega con  hechos impredecibles, con los giros inesperados. Los Clinamen. 
Colón descubrió no sólo un continente, sino que permitió cerrar el mundo en un globo seguro, abrir el camino de la modernidad tecnológica. Borró de un plumazo abismos y dragones. Le puso fin a lo mágico como explicación de la realidad. Desde Colón los hechos son los ladrillos con los que construimos el mundo. 
No fue Descartes, fue Colón. 
No fue Newton, fue Colón. 
Ninguna hazaña superará a la suya.  

Gracias a la Vida – Atlántico, 28 de marzo de 2016

Esta mañana me sentía muy bien. El viento buscaba a girar más del Este. La imposibilidad de montar el spinnaker en solitario y la fuerza persistente de 15-20 nudos, me obligaban a encontrar un equilibrio, un compromiso. Como suelo hacer en la propia vida, me digo a mí mismo.

Acomodo el barco con el viento de popa y comienzo a jugar con el ajuste de las velas.
No lo consigo. Siempre hay una ola que perturba el frágil equilibrio, cuando uno ya creía que lo había logrado.

Caen algunas gotas de agua dulce y sin embargo se siente bien el calor del sol. Levanto mi cabeza para explorar el cielo, para comprender. Sólo es una nube gris, negra, no muy grande, pero quiere dejar su huella, mostrar su presencia. Le doy la bienvenida con alegría. Esa es también la naturaleza con la que conjugo mi viaje, milla tras milla.

Controlo la vela de proa, el Génoa,  y ante mí se recorta, en un cielo extraordinario, un perfecto arco iris. Justo en la proa de Clinamen. Magnífico. Otro regalo. Siguen llegando sin cesar, me digo bajito.

Pongo un poco de orden en la cabina, es lunes y debería enviar un artículo para la revista que publica mi viaje. Debería ponerme a escribir. Pongo la música apropiada.
Un buen cojín, una cerveza fría. Decido reposar un momento antes de iniciar la tarea.

Pasa una media hora y aún estoy simplemente disfrutando el momento. No quiero concentrarme aún «en el trabajo». Me siento bien, canturreo las canciones que suenan. Las olas, me doy cuenta, han comenzado a ser más regulares. No son menores, sólo son más armoniosas.

¡He aquí la armonía! Una paz que se instala sin forzarla, de forma natural.

Me quedo así. Una hora, dos horas, pasan cuando mi estómago me avisa que tiene un poco de hambre. Me resisto, pero después de un par de canciones y varias oleadas, decido que debo escuchar a mis tripas.

Mientras preparo un plato típico del Caribe, arroz, frijoles rojos y huevos, añadiendo un poco de picante, leo los mails. Uno de los mensajes me conmueve hasta las lágrimas. Tal es mi emoción que siento que hoy no podré escribir nada más. El texto está bien escrito, con las palabras justas, los sentimientos precisos, pero, sobre todo, siento que su significado está en total armonía con todos mis pensamientos de la mañana. Esas palabras eran las que me rondaban el espíritu.

Voy a transcribir fielmente esas líneas sin siquiera pedir permiso, ya que este texto es ahora mío y lo quiero compartir:
«Muchas gracias por tu propuesta (que acepto con alegría) de navegar juntos para descubrir el mundo … o huir de él … Me pregunto qué sentimientos encontrados experimentarás entre la dicha de reencontrarte con los tuyos, la tristeza por dejar a tu compañero de viaje, a tu barco, y el temor por retomar lo cotidiano. De hecho, no tengo ninguna duda, después de la abnegación que has mostrado por cumplir tu sueño, de tu fuerza para afrontar los malos vientos y negociar las depresiones futuras.  Ahora posees la confianza que te ha de permitir ir donde quieras, y vivir en armonía contigo mismo, sólo con la ayuda de tu propia voluntad y tu irreprimible deseo de libertad. Te imagino desembarcando dentro de pocas horas, el paso vacilante típico en el marino tras un largo viaje, las sombras de la duda … la cabeza vuelta hacia tu barco con el deseo de continuar la aventura y la razón haciéndose cargo de todo y ordenando la vuelta al deber. Te imagino asumiendo tus responsabilidades, no traicionando la confianza de tu equipo, algo que sin duda no es lo más fácil, pero es inmensamente respetable. Es cuestión de honor. De hecho, conseguirás que cohabiten tu niño interior y el papel de un padre. El cuidado amoroso del padre con sus hijos, ese amor infinito, esa entrega total y absoluta. El amor de compañero que comparte, que escucha y construye, el que se fusiona con su amada. El cuidado como un hermano mayor con tus colaboradores, la responsabilidad de llevarlos más alto, más lejos, sin abandonarlos en el camino. Pero, sobre todo, preservarás los logros de este viaje, este renacer liberador que estoy seguro te hacer hecho clamar al viento un grito primario en el medio del océano teniendo a las aves y los peces como testigos … Es esta juventud reencontrada, liberada de su matriz, quien te dará la fuerza para cumplir con tus deberes de hombre, resolver tus asuntos y luego elegir el camino que desees descubrir en esta segunda parte de tu vida.
Eso sí, no te olvides detenerte en una taberna para disfrutar de un buen ron antes de volver a la civilización … «
¿Qué más decir hoy después de estas palabras?
Gracias, Gracias.
Gracias a la Vida, que me ha dado tanto…