Una noche en Anse Cochon Anécdotas del Caribe, Pacífico, el 31 de enero de 2021

Esta historia comienza en las postrimerías de nuestro período caribeño. Coincidiendo con una gran crisis interna en mi empresa, todo esa rica y extensa etapa fue silenciada por mi falta de disposición mental y de tiempo. Durante esos años, no pude volver a conectar con mi ansiada pasión por escribir y relatar en crónicas los acontecimientos a mi alrededor. Fue un via crucis con final feliz, porque aquí estoy, zamarreado a las dos de la mañana, de guardia insómnica, vertiendo algunos recuerdos de esas épocas.

Antes que nada, aclaro que voy a retomar por uno de los últimos artículos que había publicado en 2017, pero que justamente me había quedado inconcluso, con el formato simple de notas de a bordo.
Una vez reescrita esta crónica sobre esos momentos, suprimiré la publicación precedente que queda así obsoleta.

Una puesta en situación se hace necesaria para justificar lo anteriormente expuesto. Me van  autorizar que ocupe unas líneas del espacio físico del blog y tiempo de vuestra lectura para hacerlo.
Al regresar à Europa después de la triunfante travesía oceánica, (había cruzado el Atlántico, papáaaa!), mi entusiasmo no conocía límites.
Estaba eufórico por doquier.
Orgulloso conmigo mismo, cómo podía ocultarlo, y recargado de energía vital. Tenía el mundo por delante con esa suficiencia interna que sólo da la juventud y la dicha enorme de cumplir una vieja hazaña postergada, un anhelo juvenil que al verse cumplido nos llena con un poco de esa fabulosa carga energética.

La participación de la mayoría de mis compañeros de trabajo, sosteniéndome a través de notitas, comentarios en el Facebook, mensajeros privados, más discretos o simples likes para los más tímidos, me hacía sentir de una manera jubilatoriamente agradecida.
Organicé una rápida convocatoria en la sala de descanso en la fábrica para exponer mi emoción ante todo eso y no fui el único en terminar sollozando. Fue un momento de comunión colectiva único, que difícilmente puede prepararse y es muy complicado medir sus consecuencias.
Esa travesía no me había simplemente cambiado sino mutado, transformado. 
Volvía a muchas de mis raíces profundas de la emoción y no veía razones para ocultarlo.
Tenía planes de reconducir, con la mirada cristalina y fresca sobre nuestro futuro, las orientaciones básicas de nuestro proyecto llamado La Franco Argentina.
Pero también conservaba mi anhelo intacto, que se había despertado nuevamente al trazar las crónicas del viaje, de dedicarle parte de mi espacio tiempo a la escritura, y por ende a la lectura que siempre va de la mano.
Todo esto sucedía sin contar, sin apercibirme de un movimiento sísmico que se cocinaba en las entrañas del equipo.
Un pequeño grupo de gente, que creía de mi total lealtad, dos de los directores, pero sobre todo, parte de mis socios fundadores, se estaban entendiendo a mis espaldas para apartarme y buscar un nuevo designio para la empresa, designio oculto a todo el resto de colaboradores, que sospechaban me podían ser fieles. No habían pasado 6 meses desde mi regreso a tierra, que mi navío personal se estrellaba contra una roca que no figuraba en ninguna carta ni GPS. Un motín que como almirante encerrado en sus cuadras, no había sabido prever ni olfatear.
Esta situación larvada que avanzaba enmascarada, destapándose progresivamente, llegó a su punto culminante cuando enfrentadas las dos visiones, Tuve que elegir entre retirarme y vender mis acciones, sin más que un Gracias por los 27 años dedicados por entero a este proyecto, o bien comprar todas sus participaciones y volver a endeudarme para ello, por muchos años por delante.
Las consecuencias no fueron más que proporcionales a la enorme decepción moral de sentir en el propio seno la traición y el desprecio contenido por el inconmensurable sentimiento de inferioridad de los que perpetraron esta ignominia con total desfachatez.
Salí airoso, como siempre en esos trances en los que la ventura me exige más de lo mejor de mí mismo, pero no salí menos herido.
Eran tiempos de reconstruir un proyecto desde una visión más humana. Mi principal conclusión fue que mi mayor capital no era el financiero, sino el apoyo con el que conté de todos los colaboradores de nuestra empresa. Empecé a cambiar el Yo por el Nosotros y trocar un management piramidal que no garantiza ningún éxito, en una conducción en la que prevaleciera el compromiso y la libertad de estar, de formar parte del equipo y de realizar su tarea porque es bueno para todos, para el conjunto.
Ellos me habían dado la fuerza de vencer el sueño del Atlántico y luego de mantener el rumbo fundacional en el proyecto colectivo. No les podía dedicar menos que la totalidad de mis energías para poner en pie las nuevas bases.
¿Dónde quedaban mi Clinamen y mis planes de disponer de tiempo para escribir, leer y hacer algo de deportes?

Sólo pude extraerme en pequeños períodos para cortas incursiones caribeñas, beneficiando de las excelentes tarifas de vuelos que hay desde París hacia las Antillas francesas y algo más de tiempo para las etapas estivales.
Lo que no pude volver a retomar fue la épica de la aventura del Clinamen, aún cuando en ese espacio, muchas travesuras y desventuras se sucedieron dignas de nuevas notas que verteré bajo la licencia del recuerdo. Ni tampoco consagrar energía y tiempo a volver a escribir.
Fueron años duros, en contraste con el optimismo y la energía con la que regresé de la gran travesía atlántica. Por esa razón es que quedaron arrumbados hasta ahora en apuntes, careciendo de tiempo, energía y ánimo para ponerlos en forma, editarlos y publicarlos. 
Para un navegante y su barco, este largo período inesperado fue como nuestra travesía del desierto.
Pero aquí estamos hoy, en la segunda gran etapa, sintiéndonos mucho mejor que en la primera y habiendo superado todos esos escollos y rocasidades de la vida, nos sentimos definitivamente mejores y más maduros.

Esta historia, decía en un comienzo, se desarrolla en uno de los primeros periplos cortos, con programa denso y ajustado. El plan era compartir unos diez días con dos amigos recientemente desventurados en el amor y muy entusiastas de alejarse de la fría Paname. Corría el mes de enero, más exactamente el 29, nos dimos cita en Orly para volar juntos hacia Fort de France, en la isla de Martinica donde había dejado al famoso Clinamen al finalizar el verano 2016. Programa de navegación, las islas Barbados, Granadinas y regresar por Saint Lucia nuevamente a Fort de France.

La primera sorpresa fue a nuestra llegada, encontrarnos con las baterías totalmente descargadas. Nada de nada. El cargador tampoco reaccionaba, parecía estar en corto. Fuimos a cenar en la ciudad, ya que la luz cayó muy rápido, e igualmente no podíamos prever a qué hora zarpar al otro día, sin reparar previamente el desperfecto eléctrico. La sorna dedicada al Capitán y su falta de mantenimiento y preparación de la embarcación, dominaron la velada, que tampoco se desarrolló como había previsto. El bar Le Zest en la calle siguiente a la de la iglesia, estaba cerrado, quizás por ser domingo. Buscamos dónde cenar y fue otro relativo fracaso debido a que no había ningún lugar típico y razonablemente bueno para un primer festín Creole. Nos tuvimos que contentar con el Black Pearl y sus hamburguesas. La mía la elegí de salmón y fue bastante malita, muy seca, sin mucho gusto. Pero nos divertimos mucho en la cena y eso era prácticamente lo único que importaba. El jazz y jam sessions de Le Zest quedarían para el regreso.
Al día siguiente tuvimos que cambiar las tres baterías por unas nuevas y disponer el zarpe antes del final del día, para aprovechar la luz para izar las velas, sobre todo que la nueva marina de Étang Z’Abricots se encuentra bien adentro de la ensenada de Fort de France y la salida, en zigzag por culpa de los bancos de arena que se forman por lo bajo del fondo, no es tarea sencilla y muy poco recomendable durante la noche. Al salir a mar abierto contaba con navegar al menos una hora con buena visibilidad. Luego cruzaríamos el canal de Santa Lucía durante la noche para llegar a Barbados de día, el 31.
Transcurridas 12 millas, desde la partida, pasada ya la Punta del Diamante, el cable de transmisión de la rueda del timón se cortó en seco. Eran las 17:15 h y ya nos adentrábamos en el canal con una orientación del viento razonable, aunque un poco de SE, lo que nos hacía ir bastante más de ceñida de lo que me esperaba inicialmente, según la previsión meteorológica consultada en puerto.
Primera decisión por tomar, dar media vuelta y regresar a puerto, guiados con el auto piloto o seguir navegando hasta destino, confiando en el piloto automático y arreglando una barra de fortuna para llevar el timón como barra franca. 
El problema de los programas demasiado ajustados de navegación y con visitas, es que el tiempo de vacaciones no incluye el tiempo de los percances y viceversa, los incidentes técnicos hacen caso omiso de la estrechez de los regresos aéreos y con agenda cerrada.
Al anochecer quise encender las luces de navegación y no funcionaban. Chequée la VHF y tampoco estaba encendida, sin embargo el piloto y el GPS no mostraban incoherencias. Encendí la luz de bañera y no prendió. Testé con el multímetro en El armario eléctrico y las lecturas daban demasiadas irregularidades. Por esa razón, abandonamos nuestra derrota hacia las Barbados y cambiamos rumbo al puerto de Le Marin para reparar. Era una decisión pesada por los veraneantes que me acompañaban pero debía privilegiar la seguridad. 
Nos llevó todo el día siguiente reparar los dos incidentes, la transmisión del timón y los desperfectos eléctricos. A la tarde estaba todo terminado. Cenamos en el Kokoarum y pasamos la noche aún en el amarre de Carenantilles para poder descansar bien y al día siguiente realizar el nuevo programa:
Santa Lucía – isla Mustique – Petit Saint Vincent – Union Island (Chatham Bay) – Saint Vincent (Walilabou y su Rockside Café) – Santa Lucía (Anse Cochon) y regreso a Martinica. No habría Barbados, y digo afortunadamente, porque no nos hubiera dado tiempo para conocer todo. Posteriormente realicé un viaje a las solas Barbados que me encantó y que agradezco haberlo hecho en forma aislada porque hay mucho allí por recorrer.

El resto del viaje por este fantástico arco Antillano se desarrolló con excelente disposición de los dos amigos, muy buena camaradería y como quedó plasmado en el anecdotario, “nos dejamos nuestro corazón en Mustique”. 
Pero también nos regocijamos nadando con tortugas en los Tobago Cays, disfrutando de los atardeceres en las cálidas aguas y arenas de Petit Saint Vincent y Chatham Bay y riéndonos en Walilabou en el Rockside café y toda el decorado heredado de los Piratas en el Caribe.
¿Cómo podíamos redondear nuestras aventuras sin la oportunidad de la noche de jazz en Le Zest? No nos daba tiempo para llegar un día antes a Fort de France. Llegaríamos con el tiempo justo.
La Anse Cochon me figuraba en la carta como una excelente opción para fondear y zarpar al alba hacia nuestro rumbo final. Parecía un fondeadero pequeño con una playita indicada con buen fondo de arena.
Llegamos idealmente al final de la tarde, justo para echar el ancla, con luz suficiente para bucear y chequear su posición y buen agarre. Intento siempre fondear por 4-5 metros, por si llegado el caso de tener que reposicionarla. No soy muy bueno en apnée. 

Estábamos degustando nuestras últimas pastas regadas con un buen Malbec cuando empezaron a aparecer las luces de las construcciones sobre la colina lindante. A media falda se notaba una suerte de balcón bien iluminado. Tenía toda la apariencia de un hotel con su consiguiente bar…
No resistimos a la tentación del desembarco para explorar el potencial de nuestra última velada caribeña. Al otro día a la misma hora estaríamos frente a una bandeja plástica con comida recalentada en microondas minutos antes de emprender el vuelo de regreso a la Métropole.
Debo aclarar un punto de trascendente importancia para la anécdota que sigue. Clinamen disponía por esos días, de una embarcación auxiliar, como pomposamente se le llamaba al diminuto dinghy con capacidad para persona y media. Resulta que los dos amigos no eran de corpulencia media o reducida sino de fuerte para algo más. Y conmigo éramos tres personas…
A carcajada limpia logramos llegar con éxito hasta el embarcadero pero lo más difícil fue desembarcar porque estaba concebido para lanchas y yates de mayor tamaño y había una altura entre el borde del muelle y la superficie del agua que necesitaba una trepada de más de un metro y medio. Ya convertidos en diestros marineros, mis amigos y yo logramos bajar a tierra firme y apuntar escaleras arriba a nuestra Meca, el Bar, para nuestra despedida y festejo, por unas travesuras que comenzaron con malos augurios pero se estaban acabando de la mejor manera.
El balcón imaginado no tenía nada que envidiar a nuestra imaginación desde abajo, de la cubierta del barco. Era un suntuoso hall vidriado, colgante, con las mesas dispuestas al borde, con la mejor vista. La entrada era libre para consumir, cómo no iba a ser si éramos los únicos clientes.
Los precios de las bebidas bastante razonables y la atracción por la presentación de los cócteles maison que nos hizo la amable morena era proporcional a la propia atracción de la mesera, vendedora, cajera, encargada, y única presencia aparentemente de esta parte del establecimiento.
Las preparaciones, todas con rones locales, eran muy ingeniosas y vistosas. Confiamos en la chica para los sucesivos dos, tres y hasta el cuarto trago tropical. A partir de allí, ella nos recompensó con una excelente degustación de un ron viejo de 30 años, puro, con su color Ámbar y su densidad llena de aromas a barriles y especias, a calidez y sudor suave, del rico, del que huele a tarde reposada meciéndose en una hamaca.
Agradeciendo su simpatía y la buena elección musical, saqué a bailar a la joven y nos divertimos un buen rato por lo que cuentan las fotos, porque mi memoria empieza a flaquear después del tercer reggae apretado y el sexto cóctel con dos adicionales de ron puro del mejor.
De la improvisada pista de baile, saltamos al otro día a hora temprana, con el llamado de mi abogado, que tenía que comentarme algún asunto de índole profesional. No estaba en condiciones de hilar los conceptos de lo que escuchaba así que le prometí que devolvería la llamada.
Cuanta fue mi sorpresa cuando vi que los dos amigos estaban respectivamente dormidos, en sus cuchetas, a bordo, con toda tranquilidad y sin signos de inquietud. Inmediatamente me alerté por el dinghy, pensé cómo diablos habremos llegado sanos y salvos a subirnos los tres borrachos y acertado a alcanzar el barco. El dinghy estaba yaciendo como lo habíamos dejado, bien atado a su cornamusa. 
Me volví hacia los amigos que empezaban a estirarse y les pregunté si sabían cómo habíamos llegado! ¡Nadie recordaba nada de lo sucedido después de los bailes y los ene tragos perfectamente bien preparados por Sam, mi amorosa bailarina de la sorprendente Anse Cochon, en Saint Lucia.

Unos cafés, una maniobra acertada para salir del fondeo y estábamos en pocos minutos navegando sin el menor rastro de dolor de cabeza o secuelas de mal alcohol. Desde ese entonces, el buen ron fue adoptado como mi espirituoso preferido.

Isla Naturaleza – Dominica, 31 de Julio 2017

La Dominica es una pequeña isla en medio del arco de las pequeñas Antillas. Entre las francesas Guadalupe y Martinica, es independiente, pero perteneciente al Commonwealth, teniendo como Jefe de Estado a la reina inglesa y como moneda al East Caribbean Dollar.
Lo primero que llama la atención es que no se nota tanto su pasado inglés, sino en la pobreza en que el Imperio de su Graciosa Majestad dejó este tantas veces devastado territorio.
Sin llegar a los valores de desgracias y azotes que puede presentar Haití, la bellísima isla presenta una indefensión por falta de desarrollo que la ha hecho propensa a todo cataclismo.
La contrapartida de esto es que se ha podido conservar mucho más auténtica, salvaje e intocable que la mayoría de las otras islas vecinas. El contraste con sus dos vecinas francesas inmediatas es sideral. Mientras aquellas están sobrepobladas, con una gran infraestructura y formando parte de la Unión Europea con orgullo e interés, esta pobre y sufrida Dominica está inmersa en una independencia muy difícil de gestionar.
Su historia es típicamente caribeña y nos describe muy bien cómo se desarrolló la vida en esta parte del mundo en los siglos posteriores a los viajes de Colón.
Fue descubierta por Colón en su Segundo Viaje, en 1493. El nombre se debe simplemente a que la conoció en día domingo. Su topografía no interesó demasiado a los españoles ya que las costas son muy escarpadas y suponían que no habían minerales en ella.
En viajes sucesivos implantarán una pequeña población española pero sin inquietar a los aborígenes del lugar, los Arawak, grupo de los pacíficos Caribes.
A partir del siglo XVII los franceses e ingleses también desembarcan en grupos y pretenden tomar posesión de la isla. Los españoles desisten rápidamente por lo arduo de su explotación, prefiriéndole otros destinos más florecientes para entonces en las incontables colonias.
Mientras tanto el buen trato de los indios Caribes de Dominica es ofrecido a unos y a otros y al finalizar el siglo, franceses e ingleses deciden ambos retirar sus pretensiones soberanas dejándole, o mejor dicho devolviendo a los aborígenes la posesión de la isla. Sin embargo instalan colonos que explotan parte de la tierra y sobre todo la riqueza maderera. No es de extrañar hoy esta circunstancia histórica cuando es de observar la riqueza lujuriante de su vegetación. Es tan paradigmática de lo que imaginamos ser una isla tropical que aquí se filmó en plena naturaleza la película de Pirates of the Caribbean.
Los colonos franceses comienzan las plantaciones de café y para paliar a la mano de obra sin enemistarse con los pacíficos caribes, importan esclavos de África. Así comienza el cambio radical de esta isla.
Disgustados con el avance francés, los ingleses rompen el acuerdo y vuelven a reclamar el dominio completo. Después de la Guerra de Siete Años, el tratado de Paz incluye a la Dominica dentro de las posesiones inglesas. Los británicos para modificar la economía francófona de la isla, abandonan los cafetales y dedican las mejores tierras disponibles al azúcar.
En el siglo XIX después de una intentona francesa en épocas de Napoleón, la dominación inglesa se confirma y termina formando parte oficialmente de las Colonias Británicas.
Igualmente como quedará siempre enclavada entre las dos principales islas francesas de Guadalupe y Martinica, la comunicación de los habitantes y el comercio y su influencia cultural se mantendrá vigente. A tal punto es así que el Creole hablado por los dominiqueses, negros principalmente y colonos criollos, es una mezcla de inglés y francés.
La población aborigen disminuye, pero nunca desaparece, manteniendo su buena relación con los occidentales, lo que les permitirá ya en la época moderna, con la independencia, obtener el reconocimiento de un territorio de casi 1500 hectáreas en el noreste Atlántico. Hoy conforman una población de 3.500 habitantes, que puede parecer poco, pero en relación al poco más de 65.000 habitantes totales de la isla, representa más de un 5%, que ya no es tan escaso. Les llaman los Kalinagos y su territorio específico está gobernado por su propio jefe y se denomina Territorio Caribe. Explotan actividades turísticas, pesca y agricultura y muchos se dedican a mantener la cultura ancestral por medio de las artes y las artesanías.
Dominica obtiene su independencia en 1978 y se implanta un gobierno democrático que con todas las dificultades económicas logra llevar una gestión sin los grandes conflictos de otras ex colonias británicas, aún cuando las catástrofes naturales le limitan drásticamente las capacidades de desarrollo. No había aún cumplido un año como país independiente que el huracán llamado David devastó las magras infraestructuras legadas por la poco generosa posesión británica. El nuevo gobierno de la isla solicitó y obtuvo la adhesión a la francofonía, institución más moral y cultural

que política, pero que muestra el desapego respecto al antiguo pasado británico, que sólo se recuerda en la efigie de la reina en los billete de la moneda local. En cambio, me llamó la atención una placa conmemorativa en Roseau, en la antigua terminal de ferrys, que se agradece la colaboración del gobierno francés en la reconstrucción del país.
Otro legado llamativo de esta doble cultura subyacente es la notable presencia católica en una ex dominación inglesa.
Hasta hace unos años, la cultura del banano y del coco eran su principal riqueza. El huracán Erika, el año pasado, terminó con esas dos culturas agrícolas y al presente la universidad privada americana instalada en Portsmouth, la Ross University de medicina, es responsable por casi el 80% del PIB (a contrastar con cifras oficiales).
Los años 80 fueron muy movidos políticamente con algunas tentativas de golpe de estado, pero finalmente el régimen democrático prevaleció en este joven país y hoy es un gobierno laborista el que lleva los asuntos del estado. Es increíble relativizar a escala de nuestra economía lo que puede representar gestionar un país que apenas supera en población a una ciudad periférica como Castelldefels y que cuenta con pocos recursos de impuestos o ayudas internacionales como sería si perteneciera a la Unión Europea, como es el caso de otros territorios como Guadalupe o Martinica. A manera de nuevo ejemplo, vale citar que la sola ciudad de Fort-de-France, capital de la Martinica, tiene más de 100.000 habitantes.
La mayoría de la población y de los accesos se encuentra sobre la costa caribeña, o sea la del oeste, mientras que la ribera atlántica es mucho más escabrosa, accidentada y los acantilados caen literalmente a pique sobre el mar. No posee tampoco puertos de acceso.
La población de las dos principales ciudades, Roseau, la capital con 17.000 y Portsmouth, con 15.000, acumulan el 50% de los habitantes. El resto está desperdigado en pequeños pueblos, de dimensiones de caseríos más bien.
Todos estos datos explican la principal característica de esta bella isla, que supo conservar su patrimonio natural que construye hoy en día su principal tesoro, explotable, si se hace con inteligencia y criterio con un turismo eco-responsable y no desmedido. Sería una gran suerte para este paraíso que aunque relativamente pobre, no es bajo ningún aspecto miserable.
Posee un litoral sin explotar de acuerdo a su potencial, en materia de playas y de posibilidad de acoger un turismo náutico o relacionado con el mar. Sí hay buena presencia de la actividad de buceo, pero quizás no lo suficientemente profesionalizada debido a la falta de actividad fuera de la época de temporada, de noviembre a abril. La bahía de Rupert, donde se encuentra Portsmouth y el Parque Nacional Cabrits, uno de los dos con los que cuenta la isla, es una auténtica maravilla, con un potencial de desarrollo turístico impresionante.
En el interior, la actividad de trekking o hiking cuenta con un patrimonio de los más ricos del Caribe sino del mundo. Aloja las más altas montañas de las Antillas con el Morne Diablotin, de gracioso nombre culminando a 1447 metros. Su condición volcánica se considera activa y la manifestación de ello no hay que suponerla sino que se la puede sentir con los propios pies y manos como no pude evitar al realizar la ascensión hasta el Boiling Lake en el Parque Nacional de los Trois Pitons. Me lo presentaron como una experiencia dura y debo confesar que la subestimé. Doce kilómetros de incesante subida, de excelente mantenimiento, con el 85% del recorrido protegido con troncos, pequeñas canaletas y escalones, muchos escalones! Si doy crédito a una aplicación
Waitukubuli National Trail le plus long itinéraire de randonnée de la Caraïbe, récemment déclaré ‘site eco-touristique’. Longueur : environ 185 km
Portsmouth, capitale
Parc National des Cabrits et le Fort Shirley
la fameuse rivière Indian River où le célèbre film « Pirates des Caraïbes 2 » a été tourné. Là, vous pouvez prendre plaisir à une promenade en bateau avec un des guides rasta.
Hampstead Beach et sa très jolie cocoteraie tout le long de la plage aux eaux transparentes.
Sur la plage de Woodford Hill, la mer est tranquille pour les enfants et les pêcheurs attendent que vous leur donniez un coup de main pour ramener les filets et les poissons.
Batibou Beach, réputée l’une des plus sauvage de la Dominique.

Les plus hautes montagnes des Petites Antilles se trouvent en Dominique. Le Morne Diablotin est le plus haut d’entre eux. Il culmine à 1447 m.
La Dominique jouit d’un climat tropical avec des pluies abondantes qui alimentent les chutes d’eau. Il y a environ 30 chutes d’eau formant des piscines naturelles, des sources d’eaux chaudes, 365 rivières et 6 sortes de forêts tropicales dont la célèbre « Rain Forest » unique en son genre. Le Parc National Trois Pitons a été classé au Patrimoine Unesco.
Dominique est une île volcanique avec une activité certaine. On peut s’en rendre compte en allant voir le « Boiling Lake », lac en ébullition, ou en se rendant à la Vallée de la Désolation . Cette vallée est alimentée par des sources chaudes qui empêchent le développement de toute vie végétale, contrastant ainsi avec les forêts tropicales environnantes
Les habitants de l’île au nombre de 70 000, sont concentrés essentiellement sur la côte ouest. demeure encore 3000 indiens, préservant leurs traditions, sur la côte est. La Dominique est sans aucun doute l’île de la Caraïbe qui a su garder son authenticité tant dans ses paysages que dans son mode de fonctionnement.

Diario de a Bordo del 30/01 al 08/02 – Periplo en el Caribe

Martinica- Santa Lucía- Mustique- Petit Saint Vincent- Union Island- Saint Vincent- Santa Lucía- Martinica
Tripulación: François de Virieu y Emmanuel Lanos, ambos con poca experiencia marítima, aunque Manu bastante más experimentado en vela ligera, buenas nociones generales de navegación. Capitán y armador: Gonzalo Cruz
Martinica-Fort de France
Llegamos en avión desde París el día 29/01 al final de la tarde. La primera sorpresa fue encontrarnos con las baterías totalmente descargadas. Nada de nada. El cargador tampoco reaccionaba parecía estar en corto. Fuimos a cenar en la ciudad, ya que la luz cayó muy rápido, e igual no podíamos prever a qué hora zarpar al otro día, sin reparar previamente el desperfecto eléctrico.
El bar Le Zest en la calle siguiente a la de la iglesia, estaba cerrado, quizás por ser domingo. Buscamos dónde cenar y fue otro relativo fracaso debido a que no había ningún lugar típico y razonablemente bueno para un primer festín Creole. Nos tuvimos que contentar con el Black Pearl y sus hamburguesas. La mía la elegí de salmón y fue bastante malita, muy seca, sin mucho gusto. Pero nos divertimos mucho en la cena y eso era prácticamente lo único que importaba.
Regreso en taxi al puerto (25 € cada trayecto). Hubiera sido más económico alquilar un coche como había previsto, pero comuniqué muy tardíamente con Ludovic, el marinero del puerto.
La mañana la comenzamos temprano izando el Génoa e intentando analizar el problema del cargador y las baterías, que no habían tomado nada de carga. Por medio de la guía Ti Ponton pude consultar por teléfono a un par de tiendas marinas y decidirme a comprar 3 baterías nuevas (2 de 82 Ah y 1 de 105 Ah), que nos trajeron al puerto sobre las 13:15 h.
Siguiendo un reiterado consejo, coloqué en serie las dos de la misma intensidad y dejé la más potente, sola, para el encendido del motor.
Después de cambiar las baterías nuevas, todo parecía en orden y ahí pudimos comprobar que el cargador anunciaba aún un defecto en el DC output. Tendré que chequear más tarde con un electricista, pero temo que el cargador se haya estropeado. La última vez que me había conectado a muelle creo que fue en Le Marin, después del mes de reparaciones. En Étang Z’Abricots estoy seguro que no fue posible porque el enchufe necesario era el grande.

30/01- 16 h (horas locales) Salida del puerto de Étang Z’Abricots, nueva marina cercana a Fort-de-France. No tuvimos que cargar gasóleo porque todavía me quedaban los bidones del cruce del Atlántico.
Estaba previsto zarpar de tarde para poder izar velas con luz diurna y navegar al menos una hora con buena visibilidad. Luego cruzaríamos el canal de Santa Lucía durante la noche para llegar a Barbados de día, el 31.
Transcurridas 12 Nm, desde la partida, pasada ya la Punta del Diamante, el cable de transmisión de la rueda del timón se cortó en seco. Eran las 17:15 h y ya nos adentrábamos en el canal con una orientación del viento razonable, aunque un poco de SE, lo que nos hacía ir bastante más de ceñida de lo que me esperaba inicialmente.
Primera decisión que tomar, si dábamos media vuelta para regresar a puerto guiados con el auto piloto o si seguíamos navegando hasta el destino.
Por la confianza que siempre me ha infundido el piloto, decidí continuar nuestra derrota y sostener la navegación con guardias.
Al anochecer encendí las luces de navegación y me di cuenta que no funcionaban. Chequée la VHF y tampoco se encendía, sin embargo el piloto y el GPS no mostraban incoherencias. Encendí la luz de bañera y no se iluminó. Esto me alertó sobre un posible disfuncionamiento generalizado. Testé con el multímetro si llegaban bien los 12 Volts y las lecturas daban irregularidades. Por esa razón, decidí abandonar nuestra derrota hacia las Barbados y dirigirnos al puerto de Le Marin para reparar todo. Era una decisión pesada por los veraneantes que me acompañaban pero debía privilegiar la seguridad. Conociendo la zona, sobre todo la facilidad para fondear a salvo en la playa de Santa Ana, nos dirigimos allí sin mediar más dudas. Fondeamos por 5 metros de profundidad, en fondo arenoso, sin adentrándonos demasiado a la zona playa, puesto que no teníamos previsto desembarcar. Fondeo de muy buena calidad, pese a no contar con enrollador de cadena (guindeau).-
31/01- 6:30 h dejamos el fondeo de Santa Ana y enfilamos hacia Le Marin. A las 8:00 h intenté contactar Gérard de Carenantilles y Manu Vázquez de Alizés Composites. El primero no respondió y el segundo sólo para decirme que no podía moverse (sobrentendiendo que no quería encargarse de nada).
08:30 h – Nos acercamos hasta el pontón de Carenantilles y amarramos directamente con la ayuda de la directora que estaba justo ayudando a otra embarcación a amarrarse. Ella nos indicó de ver a Frank, de Altec, para la reparación, incluso lo llamó delante nuestro
Gérard estaba de asueto y no lo pude ver, Manu, con la misma predisposición reticente me dijo que no se podían ocupar, pero en cambio me aconsejó al electricista, Fred Koch. Fredo resultó ser súper simpático, serio, puntual y eficiente. Vino al final de la mañana, revisó los negativos y en pocos minutos detectó el problema eléctrico. François y Emmanuel alquilaron un coche por un día para poder aprovecharlo paseando.
Por la tarde, Quentin, el hijo de Frank se ocupó el problema del cambio del cable por textil, dinema. A la tarde estaba todo terminado. Cenamos en el Kokoarum y pasamos la noche aún en el amarre de Carenantilles para poder descansar bien y al día siguiente realizar el nuevo programa:
Santa Lucía-
Mustique-
Petit Saint Vincent-
Union Island-Chatham Bay
Saint Vincent-walilabou (Rockside Café) Santa Lucía-Anse Cochon
Martinica

VOLVER AL MAR – 31 de enero de 2017

Sentado de nuevo bajo la luz del Ecuador. Ese meridiano que hace de la Tierra una realidad geográfica. La línea divisoria entre Norte y Sur. La geografía es real y a la realidad hay que tenerle un enorme respeto; es lo tangible, lo corpóreo. El destino es todo lo contrario. Es lo incierto, lo posible, lo fugaz, lo libre. Por eso viajo en busca de tantos destinos desconocidos. Por eso me obligo a continuar viajando a pesar de que pueda suponer un gran esfuerzo. Un gran esfuerzo físico, mental y emocional. El viaje que yo creía longitudinal y preciso se ha transformado en algo fractal, que se expande como un árbol, que se repite como un árbol, pero que se me escapa, que soy incapaz de controlar. Retomo el avión para unos días, para tan sólo unos días de viaje.  Naturalmente a casi todo el mundo le importa un comino cuánto esfuerzo le dedico a continuar el viaje, pero para mí esa minuciosa rutina de emprender de nuevo la navegación con el Clinamen, tiene derecho a la misma precisión, a la misma filología que los grandes viajes a la Magallanes o Elcano y por supuesto Colón.

Escribir y viajar. Viajar y escribir. Dónde empieza lo uno, dónde termina lo otro. Ambos son para mí un gesto que nace de una patética lucha contra el olvido, contra la muerte. Trato de salvar la mayor cantidad de historias en una pequeña arca de Noé de papel, mientras sé que el barquito se hunde rápido. Escribir es eso: es la memoria en sentido fuerte; la que constituye nuestras identidades. Pero no sé escribir sino es en el viaje perpetuo. Será porque es viajando, alejándome de un lugar, que lo comprendo, que lo deseo e incluso que lo añoro. De un lugar, de una persona, de un momento. Pero hay algo curioso en la relación entre viaje y escritura, que es parecida a la relación entre escritura y vida. Uno viaja o vive y luego intenta rescatar en la escritura eso que ha visto y ha vivido. Pero cuando pasa el tiempo, lo que en el momento de la experiencia parecía central, desaparece en el recuerdo. Y otro momento que parecía indiferente, se convierte en central.

Lo que recuerdo de mi realidad cuando viajo no sé si es la realidad. Las memorias que construyo son mi único tesoro. Eso y el amor serán quizás lo más cerca que nunca esté yo de ser real. 

Pienso en Kafka, quien ha sentido como pocos el dolor de escribir, esa necesidad de tomar distancia de la vida. Para él la literatura era el camino que lo conduciría hacia lo humano, pero terminó devorándolo.  Para escribir es necesario romper una cierta ligazón umbilical con la experiencia, lamentablemente es así. Yo no creo, como Hegel, que se puede sintetizar conservando lo anterior. Cuando uno gana algo, siempre pierde algo, también.

Cuando se viaja, la senda que queda atrás, es el camino que nunca volverás a pisar, decía el gran Machado. 

Esa ha sido mi disociación estos últimos meses. Casi me rompe el alma. Por un lado, la responsabilidad, el compromiso por las cosas en las que creo, los valores por los cuales lucho, el sentido que quiero darle a la vida. Y por otro, momentos en los que me he visto envuelto por la fuga, la deserción, la necesidad de decir que no. Es agotador sentir con fuerza ambas cosas: la lealtad, el empeño, el orden y al mismo tiempo la fuga, la rendición. Para mí son verdades del alma humana, una disposición a ser, pero también a no ser, una nostalgia de la nada, un deseo de anularme y perderme.

Afortunadamente he aprendido que es mejor en el fondo ser leales que fieles, combatir que rendirse. Ahora, cuando escribo desde mi tambaleante escritorio marino no lo hago desde la certeza. Lo hago desde la humildad, desde el polvo que decía Walter Benjamin. Estos meses me he dado cuenta de lo que significa la lealtad y la falta de ella, de lo que supone combatir y no rendirse.  

Por eso que me doy cuenta de que no he dejado de viajar a pesar de estar varado en tierra. He viajado al fondo de mí mismo y no siempre me he reconocido. He visto a la Medusa. Por eso, regresar al mar es volver del Hades, recuperar el sentido de todo. Cada hora de insomnio se justifica por una sola gota de mar.  El mar para mí es la dimensión absoluta de la libertad, abierta, ofrecida al riesgo, a la aventura, también al cambio de identidad, a la pluralidad de identidades. Hay muchos mares y yo soy muchas personas a la vez. Está el mar de la tempestad, del huracán, del naufragio, o el mar de la prueba, el mar que debe afrontarse en posición erguida y también está el mar acogedor, que quizá yo siento un poco más cercano, en el que uno puede abandonarse. El mar que da el sentido de la armonía, del cual estamos hechos, del que provenimos como especie. El mar en el que aprendemos a nadar en las semanas anteriores a nuestra existencia, en las aguas maternas, antes incluso de aprender a caminar. El mar es símbolo de armonía que puede convertirse en símbolo de tragedia, de lucha, de conquista, de poder. En ese sentido también está el mar como fondo del paisaje amoroso, porque es el símbolo de ese abandono, de ese dejarse ir. No es casual: desde los más grandes libros, La Ilíada y La Odisea, el viaje como etapas de la vida es impensable sin el mar.
Sin el mar me soy impensable. Me he preguntado durante muchas noches la misma pregunta que se hacía Nietzsche: “¿Dónde puedo sentirme como en casa?” y al final la única respuesta que hallo es el mar. Siempre el mar. Siempre el mar.

Caribe o la libertad

Me cuesta abandonar el puerto por la aprensión que siempre se siente cuando se vuelve a salir al mar después de días, semanas o meses de no haberlo hecho. He aquí mi mayor adversario de esta nueva etapa, dejar el Clinamen durante demasiado tiempo antes de volver a unirme intensamente con él. La ausencia y la presencia. Navegando en solitario, el barco es la compañía más íntima que uno tiene. Se convierte en su compañero, su cómplice y hasta consejero. Se teme perder los gestos, las rutinas, tan esenciales en la navegación. Los reflejos. La anticipación.

Zarpo tarde de Gwada, que es como los locales se refieren a la isla grande de Guadalupe. Se trata de un par de islas unidas por la Rivière Salée, (río salado), que me pregunto si es más río que brazo de mar con forma de río. La salida del estuario no es sencilla, pero eso no es novedad. No se formaron los estuarios para hacer la vida del navegante sencilla. En éste hay formaciones coralinas de las que hay que cuidarse. La proa del Clinamen serpentea sinuosa, siguiendo las señales. Otra dificultad a tener en cuenta: en el hemisferio americano el código de colores de las luces de navegación está invertido. Lo que aquí es rojo, allí es verde y viceversa. Una vez se integra mentalmente el desbarajuste la cosa no reviste de mayor importancia, pero cada maniobra requiere de unos segundos de conciencia para cambiar las rutinas.

Me tomo mi tiempo antes de iniciar el despliegue de velas. Antes quiero estar seguro de que todo el material que había dejado instalado desde que crucé el Atlántico está en su lugar, y que todo lo necesario para la nueva etapa del cabotaje caribeño está en buen funcionamiento.

El motor no presenta ninguna novedad y eso ya me reconforta porque de lo contrario hubiese podido surgir una de esas sorpresas desgraciadas a prevenir antes de alejarme del puerto principal del archipiélago.

El viento sopla netamente del Este y eso favorece mucho la navegación ya que nuestro rumbo es un Sur franco. Estamos todavía costeando y la intensidad del viento es de 20-25 nudos. El mismo viento que cuando llegué hace casi dos meses a la zona. Poco a poco voy recuperando mis marcas, reconociendo al Clinamen y una sonrisa se me dibuja profunda en el rostro ¡Es un gran barco este Clinamen! Espero que él esté orgulloso de su Capitán como lo estoy yo de él.

Me pongo a recordar los primeros viajes mediterráneos y la cantidad de pequeños desperfectos que se sucedían a medida que transcurrían las millas estivales. Casi siempre me sucedían cosas cuando estaba acompañado. La mayoría de amigos se reía de que hubieran incidentes o desperfectos en cada salida. Cuando navegaba solo, el Clinamen solía tratarme bastante bien y por esa razón nunca le retiré mi confianza. Era como un pacto secreto, como la conducta tranquila de un perro que, con el amo parece una seda, y cuando ve a un intruso se pone aguerrido y desagradable. Parecería que la buena disposición del barco sigue siendo de actualidad en este lado del océano. No puedo quejarme y prefiero pensar que seguirá siendo así incluso cuando suba a bordo a la pareja que acepté en boat-stop y que me acompañará unos días a partir de Marie Galante.

Paso la playa de Sainte Marie, lugar reputado por ser el del desembarco de Colón en su segundo viaje, pero no puedo apreciarla porque la neblina que domina el volcán de La Soufrière es muy espesa.

Sin esa distracción ya me siento listo para subir la Vela Mayor. Los reflejos están ahí, parece que hace siglos que no hubiera hecho esta maniobra elemental, gesto al que me había habituado durante la travesía. Todo lo que hacemos con una regularidad e intensidad sostenida, parece que se ancla en el espíritu de forma indeleble y sin embargo, cuando uno suspende esa costumbre arraigada, aparece el temor de no recordar nada. Al iniciar la maniobra, es como comenzar a pedalear y darse cuenta que los gestos están intactos, que uno no se olvida del equilibrio de la bicicleta, como tampoco de la destreza adquirida en la navegación.

El Clinamen se coloca rápidamente a una velocidad de crucero de 7 nudos y los mejores recuerdos y sensaciones regresan al cuerpo y al espíritu. La Libertad roza mi piel en una caricia sensual e íntima. Estos momentos, estas sensaciones son las que justifican todos los sacrificios que uno puede hacer para llegar hasta aquí. Las islas Saintes, rincón preferido de mi admirada Florence Arthaud ya están en nuestro horizonte y la tarde empieza a caer rápidamente. En el Caribe los atardeceres son rápidos, caen pronto y desaparecen sin detenerse demasiado. Los horarios son forzosamente especiales para ritmar un día que comienza muy temprano, sobre las cinco y media de la mañana, y se termina aproximadamente a las seis y media, pero de la tarde, con la caída del sol.

No sé lo que me espera en el puerto de Terre de Haut, la mayor isla de Les Saintes. Preparo el ancla antes de que anochezca completamente y me mentalizo para la aproximación a la isla. De noche, esta navegación, conlleva una dificultad mucho mayor. Pero parece que mi inconsciente (y a veces mi consciente) se empecinara en buscarla. Si hubiera salido una hora antes de Point-à-Pitre, llegaría a destino con luz de día y todo sería más sencillo y seguro. Siento una pequeña aprensión por no poder verificar la posición del ancla al fondear y pienso que no tomé eso en cuenta cuando dejé pasar el tiempo decisivo antes de salir. Me había acostumbrado tan bien a amarrar en cualquier puerto de noche, solo y sin ayuda, que el factor nocturno, fuera de atemorizarme, me resultaba estimulante como dificultad. Pero en este caso, según una rápida lectura de una carta detallada, en Terre de Haut no habría marina o puerto dónde amarrar. Tendría que fondear muy probablemente, y eso de noche no es la misma canción.

El Plotter me guía muy detalladamente en la primera aproximación, permitiendo reconocer la luz verde en el estrecho que precede a la bahía. Por fortuna, sobre estribor me pasa una lancha rápida de pasajeros toda iluminada. Su curso me permite adivinar mejor el buen recorrido que me ha de ayudar a entrar a salvo en la bahía.

Al llegar a la altura de los barcos fondeados la diosa Fortuna se apiada de nosotros. Están todos amarrados a boyas, se trata entonces de encontrar una disponible y nos ahorramos todo riesgo e imprecisión. No hay muchas libres, así que debo conformarme con una de las primeras, o sea de las más alejadas del muelle para desembarcar con el dinghy. El viento, aún fuerte, no garantiza el éxito de la maniobra, pero a costa de perder el bichero, lo logro con bastante satisfacción y alivio. Estoy cansado, pero con ganas de desembarcar y poder cenar decentemente. Queda la prueba del dinghy, mi Sancho Panza, que tan habitualmente me ha fallado en circunstancias tragicómicas, pero que siempre que hubo necesidad, respondió in extremis.

«Esto me hace recordar…», así suelen empezar los relatos del amigo Berruezo, Gonzalo B para los íntimos, cuando ante cualquier eventualidad, hace referencia a la vez que navegando juntos, nos enfrentamos a nuestro primer gran peligro en la playa de Tarifa.

Navegábamos hacia las islas Canarias. Para Gonzalo B era su primer día de navegación de altura y ya habíamos pasado el Estrecho de Gibraltar con excelente brisa y corriente favorable. El día estaba suave y me habían hablado mucho de Tarifa y que valía la pena visitarla. Así es como propongo fondear en su playa, bajar a tierra, visitar la linda ciudad, cenar algo y hacer noche allí para zarpar al alba con todas las energías recargadas.

Todo el plan se desarrolla de maravillas. Frente al barco, en la playa, hay un chiringuito muy simpático llamado Bien Star. Es una excelente parada que nos permite confirmar que el barco está bien fondeado, vigilándolo desde la costa mientras nos castigamos con sendos gintónics y unas tapas. Mientras, entablamos conversación con un nadador argentino de nombre más que figurativo y merecido, Matías Ola, que estaba entrenando para cruzar el Estrecho, como parte de su extraordinario desafío de unir los continentes a nado. Ya había cruzado el Bósforo y el Estrecho de Bering en Alaska. Después de una dignísima puesta de sol, fuimos a recorrer la pequeña ciudad y cenar algo. Hasta aquí todo sale de maravilla. Pero al regresar a la playa, ya de noche cerrada, noto como el viento está un poco más recio. ¡Se estaba levantando el temido Levante tarifeño ! Gonzalo B insiste en tomar un último trago antes de dejar tierra, valiente el hombre. La verdad es que opongo poca resistencia y diluyo mi inquietud en los sorbos del brebaje de quinina. Apenas terminada la copa, no puedo rehuir la realidad: el viento está cada vez más recio. El sentido común que aún nos queda, nos dice que estaríamos mejor dentro del barco. La playa de Tarifa es bastante ancha y el dingui está con nosotros en el chringuito así que nos quedaba un bonito trecho hasta la orilla. Durante el paseíllo torero con el dingui a cuestas, la inquietud va creciendo por momentos. La primera mirada de reconocimiento me tranquiliza, pero la rompiente de la ola está muy fuerte y adentrarse en el mar con el bote tiene su punto de dificultad. El motor enciende bien y rápidamente podemos alejarnos de la orilla, sin embargo el Levante está efectivamente cada vez más fuerte y los 200 metros que nos separan del Clinamen se nos hacen eternos. Estamos apenas a 10 metros del barco cuando el pequeño fuera a borda empieza a toser y se apaga. Gonzalo, el tocayo, me mira con cara de pavor. Yo, para tranquilizarlo, le doy el remo. Le digo que se ponga  en proa y que reme, que no pasa nada. El bueno de Gonzalo B le da al remo con brío y agitación mientras yo intento arrancar el motor sin éxito.  Los 10 metros se convierten rápidamente en 20, luego en 30. Gonzalo se voltea para mirarme con desesperación. Saco el tapón de la gasolina para ver si tenemos suficiente y constato que ese no es el problema. A estas alturas Gonzalo B ya ha batido diversos récords argentinos de remo en aguas bravas. Vuelvo a probar y el motor arranca de inmediato. Decido no forzarlo demasiado, ya que nos hemos alejado al menos 50 metros y ya estamos sorteando el oleaje. Cuando por fin alcanzamos el Clinamen y subimos a bordo, la adrenalina está en su máximo. Nos abrazamos y decidimos partir esa misma noche, siguiendo la máxima que dice que, ante la duda en un fondeo, mejor levar ancla y marcharse al mar. Con toda esa adrenalina en la sangre tampoco hubiésemos dormido, así que mejor echarse de una vez al Atlántico.

El mar bravío siempre es más seguro para un navegante que la tierra traicionera.

Con las velas hinchadas puedo relajarme parcialmente y reflexionar sobre lo que nos ha sucedido. Hemos subido el dingui y el motor al barco y mi primera verificación es la buena. El tapón de la gasolina tiene el resorte oxidado y por ello, pese a girar para abrirlo, la apertura de aire no se había efectuado y durante el andar de los 200 metros desde la playa, se había consumido todo el aire del tanque. Al destaparlo para chequear si había gasolina, volvió a entrar aire y así fue como arrancó y supimos llegar a nuestra nave a salvo. El susto y la advertencia son de órdago.

Me digo que algún día terminaré cambiando al valiente botecito, pero su pequeña talla lo hace muy simpático y práctico. Mientras mi tripulación consista, por lo general, de una a cuatro personas como máximo, el pequeño escudero se hace ideal y digno compañero de andanzas.

De regreso a esta noche caribeña, de luna llena y estrellas por doquier, mi Sancho responde de inmediato y me permite llegar al embarcadero justo a tiempo para encontrar un último restaurante abierto. Los establecimientos en estas islas Saintes abren temprano y como ya empezó la temporada baja, si no tienen comensales, abrevian su horario habitual y a las 21 la mayoría ya están cerrados.

Encuentro un pequeño restaurante con la terracita frente a la bahía que acepta servirme como último comensal. El menú en Le Génois es perfecto para una llegada local. Entrante, una variedad des Boudins (Morcillas negras y blancas, típicamente Creoles). El plato de consistencia, Colombo de Cabrito, el animal omnipresente en las islas. Tengo hambre y llegar a un lugar nuevo y poder disfrutar de sus especialidades es la mejor acogida.

Regreso al barco tras la copiosa cena. El Clinamen está bastante lejos de la costa, y nada más subir, me quedo dormido como un oso en pleno mes de diciembre.

Al día siguiente me despierto al amanecer y veo que un barco de los amarres de adelante se está yendo. Me preparo el primer café del día y al poco tiempo ya estoy haciendo las maniobras para cambiarme de boya. Me como unas frutas como hago cada mañana para combatir el escorbuto, o eso me digo en honor a los miles de marinos que no podían hacerlo, y me dispongo a desembarcar a tierra para explorar la isla. Encuentro fácilmente uno de esos locales populares porque ofrecen lo que la gente espera: wifi, desayunos y mesitas exteriores para trabajar con el ordenador sin excesivos remordimientos.

Trabajo toda la mañana para ponerme al día de las obligaciones y después regreso al barco para ver los pequeños desperfectos que me quedan por resolver. Había notado que el dingui tenía la velocidad del motor demasiado acelerada, así que decido aflojar el cable del acelerador y cuando quiero regresar a tierra, el dingui, no arranca.

No quiero trastocar el buen reglaje que le había hecho el año pasado en Port Ginesta, cambiándole el carburador, así que decido remar hasta el amarre, emulando de forma menos decidida a Gonzalo B. Lo primero que hago al pisar tierra es buscar una ferretería para comprar una nueva bujía. Supongo que sin la aceleración suficiente, el motor se habrá empastado y por eso no arranca fácilmente como antes. Encontrar la exacta referencia de bujía sería casi un milagro y es que al final uno termina creyendo en ellos. Sin embargo nada de ello se hace realidad y el motor sigue sin arrancar. Pienso que no hay mal que por bien no venga, mi búsqueda de la bujía milagrosa me permitirá conectar con los isleños.  Empiezo buscando un mecánico.

Pregunto a dos o tres isleños y sus respuestas son unánimes, Jean Marc Samson, que vive en la bahía Marigot. Voy siguiendo las indicaciones de calles para salir del puerto y hacia la otra bahía con su aldea que están muy cerca. Es un paseo de lo más agradable y además paso por el atelier de Phil à Voile, que me impresiona por su aspecto profesional y por ello, me animo a preguntarle si podía repasar los últimos remiendos necesarios a la vela. Reconozco «aparcado» al «vehículo» con el que se mueve habitualmente, el llamado Phil à Voile, un skateboard con motor eléctrico y un mando a distancia para guiarlo. Había visto a este personaje pasar varias veces por la mañana y hasta nos habíamos tomado un café juntos en el Mambo, el bar del desayuno y el wifi.

Sigo el camino y cuando llego a la esquina donde supuestamente vive el mecánico, no me cuesta reconocerlo charlando en la calle. Haciendo honor a su apellido, Samson no es el hombre más pequeño de la isla.

Samson será grande, pero no tiene prisa. Me dice que mirará el motorcito del dinghy al día siguiente, a las 8 AM en el muelle de dinghys, como no podía ser de otro modo. El resto de la tarde paseo hasta la otra punta del pueblito buscando un restaurante que me habían aconsejado Miki y Marian, la pareja de fisioterapeutas españoles de Guadalupe, un lugar que responde al nombre de: El Restó de Tibo Doudou. Está cerrado y no parece tener intenciones de abrir en estos días de baja frecuentación turística. Es muy curioso como poco a poco uno se va impregnando del ritmo cansino, relajado y sin demasiadas exigencias de la gente local. Pienso que eso se llama calidad de vida, aunque no ganen mucho como para enriquecerse. Quizás sea una visión simple. La vida, a cada uno le cruje el alma con entonación propia, viva donde viva. Pero me resisto a creer que en Siberia los crujidos sean más llevaderos que en el Caribe. Me definí como navegante de aguas tropicales, y por eso creo que ya no tengo ganas de chupar fríos en tierra si no es para ir a la montaña. Tengo clara mi preferencia por esta vida tranquila aunque cansina, relajada y armoniosa, respetando el ritmo de la naturaleza y aprovechando buena parte del día para discurrir con el prójimo, en el mejor de los casos con un vasito de Rhum Vieux, Blanc o del típico Ti’ Punch.  

Termino cenando en el restaurante Le Débarcadère, propiedad de una pareja de bretones que sirven un pescado de muy buena calidad. Decididamente esta isla tiene algo de gastronómico y eso se entiende por la predominancia de los descendientes de los colonos bretones, que son mayoría en la población local.

Vuelvo al barco cuando cierran el restaurante y me echan, ya que aprovechando el wifi, además de cenar, escribo y aún me quedaba por delante la ardua tarea de buscar y decidirme por un billete de regreso. Después de mucho pensármelo, decido privilegiar el trabajar cuanto pueda a distancia y aprovechar la tarifa económica. Realmente necesito otorgarme más tiempo para mí y el reenfoque de mis ocupaciones habituales y las nuevas. Como finalmente nunca desconecto al 100% porque sigo trabajando entre 3-6 horas diarias y el mes de agosto ya asumo que tendré que consagrarlo a seguir de cerca las obras del Café El Sur, concluyo que me merezco regresar pronto y acortar el verano. También en estos últimos días se va perfilando la otra decisión que me costaba definir: llevar o no el barco a La Habana en el verano, para dejarlo estacionado allí durante la época ciclónica. La opinión unánime de todos los que viven en sus barcos es  bajar hasta las islas de Granada o Trinidad para pasar ese período crítico. En mi caso y al disponer de tan solo un mes en el verano, si quisiera apurar Cuba, estaría dejando de lado todas las islas del sur del cordón antillano. Decido que haré Cuba a fin de año, e incluso puede ser un buen objetivo el llegar a pasar la Navidad allí.

Parte del viaje es justamente ir decidiendo sobre la marcha, según los elementos que voy conociendo, descubriendo en contacto con otros viajeros, navegantes o incluso gente asentada en la zona y que conoce por experiencia o cuentos de unos y otros pasantes. Es agradable la sensación de ir definiendo los pasos al andar… Como caminante del mar.

A las 8 de la mañana siguiente me planto puntual en el muelle con mi dinghy, traído a remo hasta el desembarcadero. El mecánico no llega muy tarde, y apenas me deja tomarme un cafecito de pie en un rarísimo establecimiento que parece más una cooperativa o centro de ayuda, que un verdadero comercio. Me animo a preguntar por la naturaleza del lugar y la respuesta es bastante sorprendente. Se trata bien de un café y almacén privado pero sin cartel ni decoración ni arreglo para atraer turistas, los consumidores de ese local son los locales más locales, la mayoría de ancianos que deben ser de los primeros pobladores.

El fortachón del mecánico se lleva el carburador para limpiarlo y me explica que lo que me sucedió tiene manera de evitarse. Cada fin de temporada debo dejar en marcha el motor cortando el paso de gasolina hasta que se consuma todo lo que queda en los circuitos del carburador. Así, el aceite de mezcla que contiene el carburante, no empastará los circuitos con su depósito. Según él, al volver a arrancarlo, funcionó el primer par de viajes hasta que ese depósito se hizo más espeso obstruyendo el carburador y sólo habría que limpiarlo.

Por la tarde, Samson, me lo devuelve impecable. Creo que el dingui nunca había funcionado tan ajustado de sonido y con tal nivel de seguridad. Su paso por las manos de Samson ha sido un milagro.

El día aún no había terminado. Tras regresar al barco con el dinghy súper fortalecido me dedico a disfrutar un buen rato en la cubierta del Clinamen, escribir unas líneas y llegada la hora de cenar, temprana en estos lares, reitero, me fijo en el pequeño mapa de la isla y con gran sorpresa leo un anuncio que me habla personalmente. Au Bon Vivre et son chef Vincent Malbec les agradecen su visita. Tomo una botella de Malbec Lagarde y me la bajo a tierra con la decisión de beberla con el mejor chef de la isla, Monsieur Malbec!

Llego al establecimiento cuando aún no habían abierto, pero me presento y la acogida es más simpática de lo que me esperaba. Monsieur Malbec conocía la cepa y el vino argentino así que le dejo la botella para que la preparara para su degustación cuando él pudiera hacerse un ratito durante la cena.

Él por su parte me ofrece una cena exquisita: Lomo de Atún con un medallón de Foie Gras encima y aceto balsámico, acompañado de un gratin de banane plantin (plátano, el de cocinar), puré de batata y ratatouille. Nos quedamos conversando hasta tarde. De postre, Tarte Tatin pero de banana, una gran variante. Insistiendo en lo que ya es tradición, voy cerrando un nuevo restaurante de la zona. 

Vincent resultó un excelente Cru de Malbec y gran encuentro de viaje, de esos que quedan en la memoria. Me sorprende al decirme que ya le gustaría irse de esta isla. Le pregunto si después de vivir en esta hermosa tierra extrañaba la Metrópolis, pero su respuesta fue más acorde, no soñaba con regresar al continente, sino a la parte más salvaje de la isla de Guadalupe, la costa oeste de la Basse Terre. Me así convence de que debo hacer escala cuando suba camino del norte caribeño. Deduzco que no dejaría entonces la condición de isleño, sino solamente un regreso a Guadalupe. Quizás volvamos a cruzarnos en París, en esta isla o en la Basse Terre, será una alegría volver a cruzar una charla amena con una nueva botella Malbec de por medio.

Los días siguientes transcurren maravillosos para aprovechar a fondo este pequeño conjunto de islotes del Paraíso. Cruzo en barco hasta el Ilet à Cabrit, que fuera antiguamente fortaleza, puesto de defensa avanzada o en su último destino, penitenciario. Una vez despoblado se llenó de cabritos y así tomó su nombre actual. Con el Clinamen voy a visitar las playas de la costa oeste de la Terre de Haut, magníficas, sobre todo la más aislada playa Crawen. La del Pan de Azúcar es bonita pero la exagerada permisividad de la propiedad privada la ha desfigurado reduciéndola con una verja de pésimo gusto.

El último día puedo al fin alquilar una bicicleta y recorrer todos los otros puntos que me quedan. El mejor, la playa Pompierre, con subida al piñón que da hacia el Atlántico. Y no puedo olvidar un saltito a la Punta y playa Rodrigue para la foto dedicada a mi hermano Rodrigo.

A la noche, todavía con luna brillante, no le queda más remedio que terminar con el mismo ceremonial y el mismo nivel de alta exigencia que las anteriores. Ceno en el restaurante vecino al del señor Malbec (que estaba cerrado ese miércoles). Fricassé de Lambis fue el plato típico elegido. Algo decepcionante, porque comparado a la langosta, pero bien presentado y valorizado. No me arrepiento porque igual me gusta probar cada especialidad. Ya tendré otra ocasión para elegir langosta.

Al día siguiente inicio un nuevo rumbo tras haber desatado al Clinamen de su boya. He vivido una felicidad aislada, geográficamente y en sentido figurado. He conocido a personas reales, que viven en un mundo que parece existir ajeno a ese mundo estresado, lunático y demoledor en el que habitamos la mayoría del planeta. Constato una vez más la excepcionalidad del Caribe. Es un mundo que parece no ser de este mundo. El trópico fuera de lugar. Pero quizás esa reflexión no es más que un paseo por lo superficial. Hay más. Hay vidas. Hay relatos únicos. Voces que quedan por escuchar. Zarpo con los movimientos automatizados ya. No me hace falta recordar para navegar. Hay algo en mi que navega sin necesidad de memoria, aunque hay veces en que una duda lo ponga en entrevero. Será esa especial comunión entre el navegante y su barco. Lo escribí por primera vez al abrir esta diario, no sé dónde empieza el uno y dónde acaba el otro. Mientras voy escribiendo, el Clinamen, inclina su proa hacia otra isla mítica, la de Marie Galante, lugar especial. Entre otras cosas inspiró una canción famosa de Laurent Voulzy. No será la única isla a la que le hayan cantado. Para mi, como si lo fuera. Llevo semanas pensando en conocer a la Bella Marie. Ya sólo me quedan unas millas de distancia.