SUEÑO, LUEGO EXISTO

CAPÍTULO #1

Realidad o Sueño

Rangiroa, 31 de Julio 2023

Playa de Ta’ahiamanu – Bahía de Opunohu – MOOREA

La vi llegar en la oscuridad. Se acercó de forma sigilosa, suave, como con timidez. Parecía no conocer a nadie o no querer molestarnos.

Éramos un grupo de “latinos del mar”, como me gustaba autodenominarnos. Varios navegantes, otros Trota-Mundos que habían llegado a la Polinesia por distintos medios y motivaciones múltiples. De nacionalidades diversas, españoles, argentinos, colombianos, brasileños, chilenos e incluso una dominicana y un cubano. Estábamos reunidos alrededor de una fogata, una guitarra, un ukelele y una caja de percusión. Festejábamos un cumpleaños en la playita de Ta’ahiamanu, la hermosa cinta blanca coronada de cocoteros a la entrada de la Bahía de Opunohu. Un lugar preferido por casi todos nosotros. Un destino seguro para reencontrarse. Una bahía naturalmente acogedora, que conmueve por sus atardeceres y reserva amaneceres no menos optimistas. Es la puerta por excelencia de Moorea para los veleristas de la zona.

Se sentó con delicadeza, buscando un hueco que no incomodara a los que ya estábamos allí dispuestos en un círculo imperfecto.

Desde que sentí su presencia, lo que me impactó fue su elegancia. Se ubicó a media ronda de mí. Eso me permitía observarla con discreción, sin que ella sintiera mi mirada firme y el interés que había despertado en mí.

No había más luz que las estrellas, las diminutas brasas de algunos cigarrillos encendidos y el fuego central alimentado por cáscaras de cocos y hojas de palmera, que chisporroteaba de vez en cuando. En un instante la vi conversar animadamente con su vecina, sonreír francamente. Las chispas la rodearon como en un efecto mágico de iluminación. Fue un flash visual que penetró en mi espíritu. Me sonreí pensando en que había sido como un flechazo. Ni siquiera la había visto a buena luz y ya me había subyugado, como embrujado. El pícaro de Cupido, pensé.

No parecía conocer a nadie del grupo, pero la noté a gusto e integrada muy rápidamente, lo que denotaba su inteligencia emocional y buena capacidad para relacionarse. No sé de dónde será, me dije, pero seguro que no es francesa o europea. Es casi seguro latina, pero su tipo físico y su actitud me resultan no tan descifrable. Descartaba que fuera argentina o chilena. Me inclinaba por uruguaya, brasileña o venezolana. Su aire me gustó de golpe.

Marcelo, el chileno con el que había estado hablando momentos antes de su llegada, me tocó el brazo para pasarme un porro, pero yo lo tomé y sin dar pitada, lo pasé a la persona más cercana que ni me di cuenta quién era.

-Hey, compadre, ¿hoy no fumas o es que ya estás volado? – Me preguntó Marcelo, que intrigado miró en la dirección en que yo estaba enfocado.

-¿La conocés, Marce? – le pregunté.

-Ni idea, weón. Pero por lo que se ve, es ella la que te hace volar. Debe haber llegado hoy. Nunca la he visto por estos lados.

-¿Sabés si está en algún barco o en tierra? – Le insistí, ignorando lo que me acababa de responder.

-¡Que no, pó! Ya te dije que nunca la había visto antes. Una belleza así no te olvidas de haberla cruzado, aún de lejos.

Esa respuesta me trajo a la realidad y me di cuenta que el grupo cantaba una canción del flaco Spinetta. Después de concentrarme un rato en honrar el coro de unas cuantas canciones populares de nuestras fogatas juveniles, volví la mirada hacia mi intrigante objeto de embrujo.

Ella se estaba levantando y se mostraba en todo su esplendor. Sentí un escalofrío. Hacía años que no me sentía tan súbitamente atraído por todo lo que una persona puede emanar. No era ni flaca, ni alta, ni correspondía a cánones de belleza modelada, artificial o a un estándar. Pensé en la belleza de tipo helénico, que envuelve el Todo. Un cuerpo proporcionado y bien llevado, una cabeza bien erguida, sin vehemencia, pero como portando un carácter templado y firme. Y esa sonrisa medida, suave y tentadora. No develaba alegría, sino todo lo contrario, y sin embargo era generosa con su interlocutor, como brindando lo mejor de sí.

El cabello castaño, con ciertos claros, seguramente debidos al sol, lo llevaba medio largo, muy femenino, exactamente como me gusta para acompañar al rostro.

Marcelo también se dio cuenta que me encontraba obnubilado, admirándola como quién está frente a una aparición divina y me pegó un codazo. “¡Ánda, weón!” Me gritó en voz baja, pero con firmeza para animarme.

Me levanté como si fuera a servirme algo más de beber y me dirigí hacia donde estaba ella despidiéndose.

Se dio vuelta de repente y casi se chocó conmigo. No podría haber provocado mejor el encuentro fortuito.

-Hola, ¿todo bien? – Le pregunté, en un tono neutro.

-Sí, tudo bien ¿y vos? – Me respondió con un acento indiscutiblemente brasileño.

-Mejor. Mejor que hace un rato. Desde que llegaste… mejor…

Me sonrió con una amplitud y generosidad que me alentó a arrojarme…

-¿Ya te vas?

-Sí, estaba sólo dando una vuelta, y me llamó la atención vuestro grupo y escuchar que cantaban canciones en español. Debo regresar.

-¿Regresar adónde? ¿Estás en un barco?

-No – respondió dejando una breve pausa. – Ya no… acabo de desembarcar de uno, y esta noche estoy durmiendo en una cabaña, aquí cerca.

-¿Te puedo acompañar? Está muy oscuro. Me salió como sugerencia, en un tono algo protector.

-Está acá al lado, pero si gustas, por supuesto. – Me respondió ella con tanta amabilidad como gracia en su acento.

Nos presentamos con las típicas frases de rigor y empezamos a caminar despacio, ninguno de los dos tenía franca prisa.

Me contó que se llamaba Carlota y que no sólo era brasileña como yo pensaba, sino que también era porteña. Porteña de Porto Alegre.

Me encantó la coincidencia y me hizo acordar a un recuerdo juvenil que atesoro con mucho cariño. Una fugaz novia brasileña con la que cumplí mis 21 años, Isa, que también era de Porto Alegre. Pese a que nuestros caminos se separaron a los pocos días de conocernos, en el Cuzco, Perú, sin haber dejado crecer una relación, su recuerdo siempre quedó presente en mi alma. Fue una chispa de amor de esas que siempre nos permiten creer en que todo es posible y que la vida no es lineal. Que la vida se escribe en una hoja en blanco y todos somos escritores, pasivos o activos.

Años después, mi hijo mayor también tuvo una novia brasileña, que conoció mientras ambos estudiaban en Buenos Aires. También se llamaba Isabella. Lo primero que pensé al conocerla fue que se parecía algo a mi Isa y que me daba tanto gusto recordar a esta última. Cuando me la presentó, confirmé la principal característica que guardaba en mi memoria de aquél fugaz amorío juvenil. Que tenía una forma de ser e idiosincrasia muy amable y suave. Recordaba con mucho cariño su dulzura mezclada con firmeza y carácter sólido. Isa era una joven periodista que ya estaba haciendo carrera en O Globo.

Las semejanzas entre las tres imágenes de mujeres me dejaban la impresión de una familiaridad, que se convertía en certeza, en un espacio común, en una realidad conocida. Las coincidencias me convencían de que ese sentimiento de atracción espontánea era algo auténtico, como basado en algo ya vivido, el flechazo me aparecía como bien real.

Caminamos por el borde de la arena, chapuceando el agua y me contó que estaba algo triste de regresar a su casa con sueños frustrados, pero llena de experiencias de vida extraordinarias. La escuché, me dijo que había tomado una decisión muy difícil y complicada, pero que no tenía duda que abandonar este paraíso no era más que pasajero, que ya volvería, en mejores circunstancias.

Su expresión entre melancólica y segura de sí misma me terminó de fascinar. Me moría de ganas de pedirle que no se fuera tan pronto, que nos diera una oportunidad de conocernos. Sentía la adrenalina de una intensa atracción, como cuando uno está por arrojarse al vacío, una emoción tremenda e incomprensible. Estaba simplemente soñando un idilio utópico como tantos que este paraíso presenta a nuestra fantasía, a nuestra ilusión romántica. Tanta belleza nos conmueve hasta las tripas y a veces estamos dispuestos a creer en los milagros terrenales.

Llegamos a la puerta de la modesta cabaña donde había conseguido alojarse por esa noche, como refugio previo antes de partir hacia Papeete en ferry y a la madrugada siguiente tomar el vuelo de vuelta a la realidad de una vida conforme a lo “normal”, a lo que creía haber dejado atrás al embarcarse en ese sueño inconcluso. Sentí en ella una tristeza muy fresca, a la que no debía perturbar ni rozar, una melancolía íntima. Lo único que cabía era acompañar. Era natural que, la ilusión de un cambio tan grande de vida, después de haber disfrutado tanto las maravillas de la naturaleza y los incesantes descubrimientos y aventuras vividos, le produjera un fuerte desarraigo al decidir dejarlo todo para volver a lo que llamaríamos su normalidad. Era más profundo que una simple desilusión, pero no dudaba qué era lo mejor para ella en este momento.

Los minutos que había estado escuchando su historia reciente me parecieron horas de vida en el que compartimos penurias y vicisitudes como si ambos las hubiéramos atravesado. Tenía unas ganas terribles de arrancarla de esa mala experiencia y ansiaba convencerla de que las cosas podían darse de otra manera… pero no podía forzar un destino como un guión de cine.

Me extendió su mejilla para darme un beso y agradecerme que la hubiere acompañado. Toda la realidad de esa noche fulgurante se abatió como un mazazo, un desconsuelo.

La puerta se cerró detrás de ella y yo me quedé parado alucinando lo que había vivido, los instantes de intensidad que no tenían más asidero que un conjunto de sensaciones, de emociones, de un sentido de la utopía, de la vida como quimera.

No había nada de racional, ni mucho que razonar.

Había estado soñando despierto, mientras estaba en presencia de esta criatura que me había encandilado. Su luz natural y su energía sobrepasaban el aspecto físico, terrenal. Sentía haber pasado por una vivencia casi mística. Una experiencia incuestionable que nunca más podría darse ni repetirse. Me costaba describir el estado en que me encontraba.

Volví al fogón y me esperaba el amigo Marcelo, ansioso porque le contara qué había pasado. Ya imaginaba todas las preguntas que se le amontonaban: ¿le diste un beso? ¿qué hace? ¿dónde vive? ¿cómo se llama? ¿cómo llegó aquí? ¿hasta cuándo se queda? ¿la volverás a ver?

En cuanto llegué y empezó a asediarme le contesté: ¡No, Marce! Mañana te cuento, ahora dame una pitada de tu porro y dejame unos minutos hasta que me vaya pegando, que ahí, o te cuento todo de un saque o me quedo definitivamente callado, según cómo me pegue.

Como me imaginé (y por eso es que se lo pedí, para evitar de hablar), le di tres pitadas y me fui encerrando en una burbuja.

Se había ido la mitad de la gente y el fuego estaba en sus últimos ardores. La luna no estaba muy fuerte, era una medialuna velada por momentos por las nubes que pasaban cubriéndola seguido.

La boca se me empezó a poner reseca y pastosa, sin embargo, no tenía ganas de tomar más alcohol. En realidad, sólo deseaba volver a mi barco y acostarme en la hamaca a apreciar ese momento de sueño realidad, con algo de volado gracias a la hierba.

Saludé a todos y me fui, escuchando el grito de Marcelo que me decía, “Mañana me cuentas, ¡weón! ¡¡No te me vas a escapar!!”

Di varios pasos en dirección a la playa y no encontré el dinghy donde creía haberlo dejado. Es que mi mente estaba en otra parte, y tuve que levantar la vista barriendo la orilla para descubrir y recordar que lo había dejado enfrente de las duchas.

Subí, me alejé lo suficiente para bajar el motor al agua y pensé: “más te vale que arranques pronto, sólo quiero llegar a la hamaca, no tengo tiempo para motores, ni para remar ni para ninguna historia de dinghys”. El compañero no falló y tan rápido como pude lo aceleré y en pocos instantes estaba amarrándolo y arrojándome sobre mi deseada hamaca.

Lo primero a lo que me llevó mi mente fue a buscar la Cruz del Sur, la constelación del hemisferio sur, que siempre me guio desde chico.

Recordé los cielos estrellados del Camino del Inca, yendo a Machu Picchu. Por asociación, obviamente me transporté al Cuzco, al aniversario de mis 21 años y de mi novia brasilera, pasajera fugaz de mi vida, pero que me había dejado tan hermosa y durable huella.

Sin embargo, no era la cara de la joven Isa la que se aparecía delante de mí en este instante. Primero la sentí acostada al lado mío y me extrañó que estuviera desabrigada. Aunque estábamos en verano, en los Andes a la noche igual refresca mucho. Había algo disonante.

Se la veía hermosa, con un top blanco que le ceñía sus hermosos pechos. En la cintura tenía como un pareo turquesa, muy fino y transparente, no estaba vestida para la montaña. Parecía estar recostada en una playa, no en la fría cordillera.

Se paró de repente y con una gran sonrisa, que dejaba ver sus hermosos dientes blancos, me extendió la mano y me preguntó si quería ir al agua.

No era la joven Isa, no estábamos en Cuzco y no era ningún recuerdo de la juventud. La que estaba delante de mí, invitándome, majestuosa y con una apariencia de Sirena de película, era Carlota. Estábamos en Moorea y parecíamos conocernos profundamente.

No podía creer lo que estaba viendo y estaba totalmente confundido, batallando entre regresar a sentirme en la hamaca, solo y volado, o disfrutar de este sueño medio ilusión medio salido de una cierta realidad. En esta proyección totalmente libre y fantasiosa, Carlota estaba bien presente, hermosa y única, delante de mí.

Me sentí un hombre afortunado por haberla conocido y que me ofreciera este momento de felicidad, aunque fuera efímero y en soledad. Deberíamos agradecer más a quiénes nos permiten soñar cosas agradables en la vida. Parece como si sólo se debiera agradecer por algo real y concreto, por hechos, gestos, cosas objetivas. Sin embargo, soñar es parte de nuestra realidad y se puede sentir felicidad al soñar, así como al despertar sentirse feliz por lo que uno ha soñado.

Entonces empecé a recordar y tararear la canción de Pau Donés, de Jarabe de Palo, llamada Realidad o Sueño. ¡Cuánto la escuchaba y cantaba cuando recién empezaba a navegar con el pequeño Papageno, mi primer velero mediterráneo! ¡Cuánto me acompañó y animó en esos momentos en que hacía realidad este sueño de aprender a navegar en los mares del mundo! Esta canción y la cálida voz de Pau me insuflaron siempre la confianza de creer en la posibilidad de hacer realidad esos sueños, porque soñarlos era parte de mi realidad y sólo faltaban las acciones para concretarlos fuera de lo utópico u onírico.

La noche estaba sumamente agradable y viendo el cielo estrellado con la Cruz como guía me dormí cantando ¿son los sueños realidad o sueño?

Deja que te hable de mis sueños
Que tras el tiempo se escondieron
Pero que contigo han vuelto

Deja que te hable de mis sueños
Que con el tiempo se perdieron
Confundidos en el silencio

Sueño con los ojos abiertos
Puede que pienses que estoy loco
Porque me creo lo que sueño

Y si tú quieres te los cuento
Los escribí en un libro abierto
En el lenguaje de los sueños

¿Qué hay de malo en perseguir los sueños?
¿Qué hay de malo en soñar despierto?

Sueño en color, sueño en verso
En historias con argumento
En canciones que al fin resuelvo

Flotan guitarras en el cielo
Veo montañas en el techo
Para los sueños no hay secretos

Creo en los sueños infinitos
Aquellos que tienen los niños
Que se acarician con los dedos

Creo en los sueños verdaderos
Que corren sin rumbo ni dueño
Y a los que nadie puso un precio

¿Son los sueños realidad o sueños?
¿Es la realidad verdad o un sueño?
¿Realidad o sueño?

¿Qué hay de malo en perseguir los sueños?
¿Qué hay de malo en soñar despierto?

         Letra de Pau Donés, 1998

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Olas de Libertad #12 – OLAS Y LA LIBERTAD

El Clinamen y yo debíamos bajar a Tahití lo antes posible, para organizar luego el regreso a Francia. No tenía aún mucha idea de cómo iba a hacer para dejar el barco.

Me sentía intensamente feliz después de todo lo vivido con el cruce oceánico, el encuentro con un ser tan querible como Xin Ping, en las circunstancias en que se dio y la exploración maravillosa de las islas Marquesas.

Zarpé de Tahuata en dirección a Tahití con la opción de hacer escala en uno de los atolones del archipiélago de Tuamotu, preferiblemente Fakarava, por tener una passe ancha que es más fácil de afrontar por primera vez.

Las condiciones eran favorables, no había grandes vientos previstos, y los que había estaban bien orientados, de través. El oleaje era del Este, por lo que nos tocaría de lado, lo cual resulta incómodo, pero al menos no frena una buena marcha.

Según mis cálculos, la travesía de Tahuata a Fakarava nos llevaría 3 días de navegación y después de un día de reposo, seguiríamos hasta Tahití en el tramo final de casi 2 días.

Todo a bordo se desarrollaba como estaba previsto, ya habíamos navegado un día y medio. La bitácora iba dando cuenta de ello, pero al final de esa tarde, me pareció percibir en el horizonte, por popa, un frente de tormenta bien cargado.

Estaba tranquilo porque había estudiado bien la previsión, que para ese período daba cuenta de un viento moderado de noreste. También había cómodamente trimado (como se dice a posicionar las velas, en lenguaje náutico) de empopada. Estaban bien abiertas al viento de atrás, de la popa. Este no es el tipo de navegación más sencillo, es más bien incómodo, pero me permitiría soportar ráfagas de viento bastante fuertes, ya que el barco podría surfear las olas que acompañan las racheadas.

De repente comenzó a caer una tromba de agua y el horizonte se tiñó de un negro total. El oleaje había multiplicado su altura por dos, superaba los 2 metros, con algunas puntas, quizás de hasta 3 metros.

Con Clinamen hemos pasado anteriormente por esta clase de situación y yo confío en mi compañero, sabemos que hay que mantener la calma.

La temperatura bajó brutalmente con la humedad y fui un minuto a la cabina a buscarme una polera para mantener el cuerpo caliente.

Súbitamente, cuando subía los 4 escalones hacia el cockpit, escuché un tremendo Bang! Sientí que la embarcación partía de lado, sin gobierno. El autopiloto había soltado el control y en pocos segundos tenía que analizar la situación y buscar soluciones.

La primera medida fue restablecer un rumbo controlable y volver a configurar el autopiloto, asistente obligado para un navegante solitario, sobre todo en una circunstancia de maniobra crítica.

La segunda fue constatar que el estay de popa (cabo o cable que sostiene el mástil hacia popa) había quedado totalmente suelto y que la polea que permite ajustarlo tirando el mástil hacia atrás, había explotado. El ruido, había sido la botavara (temible barra horizontal sobre la que se monta la vela mayor) que golpeó violentamente contra dicha polea. No me detuve a pensar el cómo sucedió el incidente, eso sería para después. Antes que nada debía tomar las medidas apropiadas. Con las ráfagas de viento soplando por rachas, acelerando violentamente y cayendo después, si no sostenía el mástil debidamente, podría romper todos los obenques (cables que sostienen al mástil en los lados) y el estay de proa (cable que sostiene hacia adelante) y terminar desmatando.

No podía dejar que esa visión catastrófica se instalase en mi espíritu. “Rápido, soluciones”, le reclamaba mi espíritu a mi mente.

En un santiamén, me precipité hacia el amantillo, también llamado balancín (cabo que sostiene la botavara). Me resultaba la única solución urgente para reconstruir la función del estay roto, que sirviera de estay de fortuna. La botavara se sostendría con la propia vela.

Una vez puesto el barco en situación estable, reduje el velamen. Puse el motor en marcha para tener mayor control del rumbo, ante las condiciones que seguían agitadísimas, enrollé la mitad del génoa (la vela triangular de delante) y tomé un rizo de la vela mayor.

Terminadas las maniobras, el viento parecía haber amainado ligeramente o al menos ya no habían ráfagas tan fuertes. El Clinamen estaba nuevamente gobernable seguro y me podía sentar a reflexionar.

“¿Qué nos pasó? ¿Qué diablos nos pasó por encima?” Justo en el momento en que yo había bajado a la cabina. “¡No tiene cojones!”, diría un amigo español.

“¿La culpa la tuvieron las olas?” me pregunto.

“No, nunca echarle la culpa a las olas”, me digo, me respondo, pensando…

Las olas son el clinamen del mar. Son ellas las que rompen el determinismo de los movimientos del agua. Si no hubieran olas, el mar no tendría más que un movimiento regular, como si nos balanceáramos en una bañera llena. Las olas rompen la regularidad de ese ritmo, como el clinamen, definido como el desvío de los átomos.

Habíamos acabado de pasar un momento muy feo, quizá por el grado de riesgo en perder el mástil en el medio del océano más extenso del planeta, a día y medio de cualquier pedazo de tierra. Me sentía agotado.

Cerré los ojos y medité sobre la idea que me acababa de surgir: las olas eran el símbolo, el concepto mismo de la Libertad. Gracias a las olas, todo es diferente, nada es repetible, todo cambia. ¿El causante del incidente había sido el viento, la tormenta imprevista, una ola irregular que abatió el rumbo poniendo fuera de control al autopiloto?

Podía trazar conjeturas, pero al final creía profundamente que había sido el golpe de una ola irregular la que había producido el caos en el equilibrio que llevaba el barco.

Estaba sorprendido por el pensamiento que acababa de tener, como aquel día en que había traducido el texto sobre el concepto del Clinamen, en el curso de latín de la Sorbona, había quedado maravillado. No hay nada de pensamiento mágico en el pensar griego ni en la concepción que me hago de las olas, todos los criterios del Clinamen se pueden aplicar analógicamente.

Seguí durante buena parte de la noche con el motor en marcha para darme más seguridad de maniobra, necesitaba retomar mi calma interior. Después de un golpe emocional de esa envergadura, concluí que ese incidente estaba dentro del “Top 3”, después del tornado sorpresa en los Cayos de Cuba y de la caída del rayo sobre el mástil, en Livingston, Guatemala.

Al amanecer todo había vuelto a una suerte de calma, de equilibrio apaciguado después del zafarrancho de la tarde anterior. Apagué el motor y seguí con el velamen reducido, para no exigir demasiado al estay de fortuna en que se había convertido el balancín.

Nos quedaba aún todo un día hasta llegar a Fakarava y poder estudiar algún otro apaño.

El viento cayó bastante, y volvió a soplar según las previsiones recuperadas antes del zarpe. Calculé que con la distancia que nos quedaba aún por recorrer y la hora que era, no podíamos bajar de una velocidad de 5 nudos si no queríamos correr el riesgo de llegar de noche. Si así fuera, no podríamos entrar en el atolón.

En un determinado momento, el viento se convirtió en brisa y nuestro andar cayó a 3 nudos, era insostenible si no queríamos tener nuevos problemas.

Volví a poner el motor para ayudar la marcha y una hora más tarde, escuché un  pafpafpaf… el ruido del motor me anunciaba un nuevo inconveniente.

Ahora era el turno del motor en hacerse la vedette de la travesía.

Intenté volver a encender el motor pero nuevamente un pafpafpaf. Pensé de inmediato en un problema con el gasóleo. Como el medidor de nivel del tanque no funcionaba desde del rayo guatemalteco, no podía darme cuenta si el percance era por falta de gasóleo o no. Razoné y concluí que podía agregar un par de bidones de combustible y seguramente volvería a arrancar. Pero no fue así, siguió el pafpafpaf. Terminé casi agotando la batería de arranque. Era una muy mala noticia. Seguiríamos totalmente a vela y teníamos que llegar en menos de una jornada.

Por suerte parecía que las olas nos empezaban a acompañar y yo les pedía que nos ayudaran con condiciones favorables, al menos hasta el atolón donde podríamos descansar y analizar como seguir.

El mar estaba bien orientado y el ánimo iba regresando a la normalidad a medida que tragábamos millas y nos faltaban unas horas para llegar.

Finalmente nos presentamos en la passe de Fakarava norte, la más ancha, casi antes del atardecer. El timing fue justo, pero no nos dejó mucho margen. Había escuchado que para pasar una passe, el factor fundamental era el macareo (las olas que se producen por oposición entre la bajada o subida de la corriente saliente o entrante y la marea exterior a la laguna del atolón).

La falta de experiencia no me permitió juzgar con seguridad, por lo que debí confiar en mi intuición, en observar la corriente y apuntar bien al centro de la passe, para no dejarnos arrastrar hacia el recife.

Pasamos bien y pudimos entrar, debo reconocerlo, con la ayuda de las olas. Parecían haberse convertido en nuestras aliadas.

Sin embargo tuvimos un nuevo percance al llegar al fondeo en la aldea de Rotoava. El enrollador del génoa se había trabado y no lograba enrollar toda la vela delantera por lo que me era imposible maniobrar para largar el ancla en el lugar elegido. Después de dar varias vueltas, me resigné a pedir ayuda a gritos a algún navegante de los que estaban fondeados. Claude, capitán de un catamarán, escuchó el llamado de ayuda se solidarizó y salió a darme una mano con la maniobra. Esa noche dormí como un angelito … después del temporal, con sus alas mojadas!

Al día siguiente, Claude me asistió para volver a hacer arrancar el motor y permitirme continuar la travesía y llegar a destino. Un gran tipo.

La Serendipidad, ese vocablo tan en voga en estos tiempos, me lo envió en ese difícil transe, o será mi ángel de la guardia que me lo puso en el camino …

Claude resultó ser un joven retirado, cuya especialidad era la mecánica, o sea que de motores conocía como yo de dulce de leche. Además, en un catamarán se tiene espacio para acarrear material y herramientas y el amigo tenía todo lo que se pudiera necesitar. Destapamos el conducto de llegada del gasóleo, obturado por la amalgama causada por las bacterias en el combustible, con una botella de aire comprimido. Un Mc Gyver de lujo que para todas las ocasiones tiene un remedio y un método apropiado.

Para mí resultó antes que nada, una persona generosa, amable, disponible y de un temperamento servicial sin solicitar nada a cambio. Es bueno encontrar esa clase de gente en circunstancias a veces desesperadas. Nos reconcilian con lo mejor de la sociedad, pero lo más importante es que estas situaciones sean la ocasión para crear una valiosa amistad que trascienda el favor circunstancial.

No tenía mucho tiempo que perder, así que puse rumbo definitivo a la isla de Tahití.

Me quedaban sólo 48 horas o perdería mi vuelo a Francia.

Tuve suficiente viento y la alegría mayor se me dio cuando al llegar a la Passe de Tahití, extenuado y con ganas de arribar, me escortó una manada de delfines como para coronar simbólicamente la llegada. Una gran emoción me inundó el espíritu, como cuando llegué a Pointe à Pitre, Guadalupe, un 2 de abril de 2016.

Dejé el Clinamen en la zona de fondeo entre la marina de Taina y el hotel Intercontinental. Claude me había dado el dato de un muchacho de confianza que cuidaba barcos de gente como yo que debía marcharse por un tiempo y dejarlos en custodia. Llegué justo a tiempo a Papeete para guardar todo, poner un mínimo de orden, hacer el checkin y al otro día, en la madrugada estaba volando a Francia. Me costaba creerlo.

De regreso en París, además de las prioridades profesionales, me embebí en una misión superior, ocuparme de la regularización del amigo Xin Ping como refugiado político.

Recorrí las distintas reparticiones de la administración burocrática francesa y también me recibieron en la Delegación de la Polinesia. Me fue muy difícil explicar la situación vivida por él tras la huida de su país y posteriormente el rescate en el Clinamen.

Con gran esfuerzo obtuve un resguardo provisorio gracias al cual Xin Ping podría presentarse a la Gendarmería de Hiva Oa para registrarse. A partir de ese logro mayúsculo, tomé impulso para solicitar un visado especial para Lea, presentándome como garante.

En el mes de junio recibí ambos documentos firmados por la Delegación de la Polinesia y el representante del estado francés, algo así como el  Prefecto o enviado del Presidente de la República.

De inmediato le envié un whatsapp a mi amigo Xin Ping y se emocionó hasta las lágrimas, según me respondió, conmovido. Necesitaba ahora que le hiciera un último favor fundamental, que le sacara el pasaje a Lea, lo que hice ese mismo día.

Me sentí muy feliz por haber podido aportar algo de mi oleaje personal en la historia de la pareja de Lea y Ping.

En el verano, Lea volará de Hong Kong hasta Papeete en un vuelo interminable de 22 horas con 3 escalas, pero para ella esas horas serán olas hacia la felicidad junto a su amor.

Yo, todavía no he regresado con el Clinamen a las islas Marquesas todavía, porque los vientos nunca me fueron propicios para retornar hacia el noreste y he preferido por ello, realizar otros programas de navegación más cercanos a la isla base de Tahití. Sin embargo, me repito seguido que ya las olas me retornarán a Tahuata y podrá recrearse un día esa hermosa imagen soñada por Xin Ping. El Tío Clinamen regresará a la playa de la palmera y será bienvenido por Lea, sus dos hijos y el tenaz y valiente Xin Ping.

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Olas de Libertad #11 – LEA

Lea esperó durante 2 días que Xin Ping, su prometido, regresara de la Universidad. En los tiempos de las protestas, los estudiantes más politizados, militaban tanto como estudiaban. Las universidades en China son sumamente exigentes y una de las armas del régimen político contra los activistas es hacerlos fracasar en sus estudios para que se vean obligados a abandonar su carrera. Xin Ping era un buen estudiante, pero al mismo tiempo estaba comprometido con el deseo de luchar por una Nueva China. Quería modernizar al régimen desde adentro, obtener victorias democráticas que les permitieran sentirse más libres en el gran país que los vio nacer. Xin Ping no aspiraba a emigrar como muchos estudiantes que solicitaban becas en Estados Unidos o Europa. Quería fundar su familia cerca de sus padres y desarrollar una empresa con la que tener una situación económica razonable. Lea y su novio ya habían hablado de tener un hijo en cuanto pudieran adquirir una vivienda propia cerca del centro de la ciudad.

Fueron 48 horas angustiosas, pero peor fue lo que vino después. La madre de Xin Ping vino corriendo a ver a Lea para contarle lo que había escuchado por la mañana en el mercado. Las clientas y los tenderos discutían sobre las últimas protestas estudiantiles y las consecuencias de la represión del gobierno. Una gran cantidad de estudiantes había sido detenida y después de sumariarlos los ponían en prisión preventiva. A otros los habían asesinado y sus cuerpos habían desaparecido.

Lea entendió el mensaje desolador que le estaba transmitiendo su futura suegra. Si no tenían ninguna noticia de Xin Ping, podría ser que estuviera detenido o peor aún, muerto.

Durante varios días, las mujeres no cesaron de recorrer las oficinas gubernamentales para intentar conocer el paradero de Xin Ping. Si estaba preso sería casi un alivio para ambas. La peor situación era terminar el día sin noticias…

Un mes después de las protestas, Lea había establecido contacto con todos los amigos de Xin Ping que estuvieron con él el último día. El testimonio más preciso daba cuenta de su presencia cerca del puerto. Nadie lo había visto detenido ni en las inmediaciones donde hubieron más víctimas mortales.

Todos los días, Lea esperaba que Xin Ping apareciera contándole que había logrado esconderse y que había esperado el momento para salir nuevamente a la superficie. Visitaba a diario a la mamá de su prometido para darse ánimos mutuamente.

Cuando los padres de Lea, que eran originarios de una zona agraria de la provincia de Wuhan se trasladaron a vivir a la ciudad, sus hijos eran aún pequeños. Lea, la mayor de los tres, ayudaba a su madre con la huerta y con el cuidado del hermano más pequeño, cuando su madre no regresaba a tiempo a la casa, en épocas de cosecha. Eran una familia numerosa en China. Después del abandono de la regla de un hijo por pareja, como su primogénita había sido mujer, el padre había insistido a su esposa con tener otro hijo, deseaba que fuese un varón. Y así fue, llegó Chang, que fue muy festejado porque nació en el período de mayor crecimiento de la economía china. Todo era expansión tecnológica, las ciudades se desarrollaban a fuerza de rascacielos y todos los días, el país asiático registraba nuevos récords de exportaciones y de nuevos grupos industriales millonarios.

En las zonas agrarias el desarrollo no se vivía al mismo ritmo. El tercer embarazo de la mamá de Lea fue inesperado. Las autoridades comunales no lo acogieron muy bien, mantenían aún ciertos conceptos de control de natalidad. Una familia de 5 no era muy aceptada en la aldea, sobretodo por los ancianos, que habían conocido las épocas represivas de la Revolución Cultural. La madre debió incrementar sus horas de trabajo en el campo y depender de la ayuda doméstica de Lea, quien se hizo muy responsable desde pequeña.

El padre fue criticado por su entorno y en lugar de recibir más ayuda y apoyo de sus colegas, recibió reproches y discriminación en su progresión profesional. Él se desempeñaba como contable en una cooperativa cerealera. Antes de tener su tercer hijo, era el administrativo mejor valorado por los directivos y parecía tener un puesto asegurado en el comité comunal. Al ser padre por tercera vez, fue como si se habían apartado de los estrictos parámetros de esa sociedad. ¿A quién habían consultado antes de agrandar el núcleo familiar a 5 ?

Las jornadas eran largas para los dos padres y cuando estaban todos juntos, compartían el cansancio. Se movían lentamente, el ritmo era cansino y a la hora de la cena, se hablaba poco en la mesa. Los niños debían esperar a que el padre hablara antes de ellos hacerlo por lo que si él no habría la boca, los niños comían mirándose cómplices, pero ninguno pronunciaba ninguna palabra.

Cuando la Cooperativa decidió seguir los planes de reestructuración de la administración central, el padre fue despedido sin mayores explicaciones. El régimen comunista oficial, ejecutaba despidos sin miramientos ni indemnizaciones. La familia se vio obligada a emigrar a la ciudad.

La difícil situación familiar, obligó a la madre de Lea a apoyarse en su ayuda para todos los quehaceres domésticos.

Vivían en la misma casa desde que habían llegado a la ciudad. Ocupaban los 5 amontonados un apartamento de un solo ambiente.

En la infancia había sido divertido pero al inicio de su adolescencia se le hacía complicado. Lea soñaba con tener su rincón privado, no soportaba que sus hermanos la miraran de reojo cuando se cambiaba, que le hicieran bromas sobre sus senos que iban tomando forma.

No podía invitar a nadie, prefería ir a la casa de sus amigas o quedarse hablando en la calle. Su decisión de ingresar a la universidad no era tanto académica sino más bien de sobrevivencia, de tener un espacio propio alejada de sus padres y hermanos.

Conoció a Xin Ping en la primera reunión de comité estudiantil a la que participó. Le llamó la atención ese muchacho callado y observador, que de vez en cuando pedía la palabra para decir algo que la audiencia siempre apreciaba. Cada propuesta que planteaba era aceptada por la concurrencia. No parecía tener temperamento de líder, pero a Lea le pareció un chico muy equilibrado y con una audacia tranquila. A ella le gustaba su personalidad. Sus miradas se cruzaron las y ella le sonrió. Él le devolvió la sonrisa con un gesto tenue con los ojos. Al terminar la reunión cuando estaban despidiéndose de los compañeros conocidos, Xin Ping se acercó por detrás a Lea y le tocó suavemente el hombro. Ella se dio vuelta sorprendida y él se presentó. Le hizo una pregunta relacionada con lo discutido en la reunión, pero ella le respondió algo aturdida, para salir del paso. Él le ofreció su mejor sonrisa y le preguntó directamente si aceptaba ir a tomar algo con él. Fueron a una cafetería cercana, muy frecuentada por los estudiantes.

Lea observó lo popular que era Xin Ping entre sus amigos, conocidos y estudiantes que lo frecuentaban en las reuniones. Su templanza y calidez eran muy apreciadas, así como también sus propuestas y la forma de plantear los problemas. Con su estilo pragmático y positivo, transmitía convicción en sus ideas y lograba consenso.

Ese día, antes de terminar la tarde, Lea se enamoró de Xin Ping. A él lo había seducido la sonrisa franca de la joven compañera. Ella le transmitía una personalidad firme, responsable e íntegra. La acompañó hasta su casa mientras ella relataba toda la historia de su familia y de cómo habían llegado a la ciudad. Al llegar, ella no lo invitó a pasar, le explicó su situación familiar. Sus hermanos aún adolescentes, la molestarían mucho si entraban. Al despedirse, Lea le hizo un gesto para evitar que él le diera un beso, prefería una despedida formal, por si la estaban observando pero le dijo donde podían encontrarse al día siguiente.

A partir de ese día no dejaron de verse hasta el incidente de las manifestaciones y de la huída de Xin Ping. La casa donde vivía Xin Ping con los suyos era más amplia y no vivían hacinados sino cómodamente, con suficiente espacio para que cada integrante de la familia tuviera cierta privacidad. La madre de Xin Ping se encariñó con Lea desde el primer día que la conoció. Le dijo a su hijo cuánto le gustaba esa chica. Lea era atenta, inteligente y cariñosa, pero con temperamento. Sería una excelente compañera para su hijo, ella como madre estaba segura. Le agradaba tanto su joven nuera que a criterio de su hijo, la madre le robaba demasiado tiempo para estar con su novia. Por un lado le producía cierto orgullo que su madre se hubiere entendido tan bien con la mujer que amaba y por otro lado, a veces se la tenía que arrancar de su atención absorbente.

Pasaron casi dos meses hasta que Lea recibió un mail escrito en inglés y proveniente de una persona desconocida. Una tal Sara Huong, la saludaba desde la Polinesia Francesa. Sara le contaba en unas líneas, que era de origen chino y había tenido la suerte de conocer a su novio que había estado visitando la isla de Tahuata, dónde ella vivía. El correo no decía mucho más, como para no llamar demasiado la atención. Sólo intentaba darle la pista a Lea de que Xin Ping estaba vivo.

Lea contestó inmediatamente para obtener más detalles. Llamó a la madre de Xin Ping y le contó que había recibido un extraño mail. Lea interpretó que era una señal clara de que Xin Ping estaba con vida, pero no entendía mucho más. La esperanza había renacido y sólo quedaba aguardar un nuevo correo aclaratorio.

Al día siguiente recibió otro mensaje, pero esta vez de un francés, un navegante que decía haber rescatado a Xin Ping en el Océano Pacífico y que conocía su paradero, pero que por el momento no podía decirle nada más.

Xin Ping al disponer de la computadora de Sara pensó en conectarse a su cuenta de correos para enviarle él un mensaje a Lea y a su madre, pero razonó que seguramente sus comunicaciones estarían vigiladas e intervenidas. Por esa razón le solicitó a Sara que fuera ella quién escribiera a su novia, dándole solamente unos indicios. 

Xin Ping había guardado celosamente mi dirección de mail y me escribió también de inmediato indicándome su paradero. Se encontraba en la isla de Tahuata y decía dónde lo podía encontrar. Estaba sano y salvo, vivía por el momento bajo la protección de Sara Huong, en un cuarto del almacén de Vaitahu. Deseaba como pocas cosas en el mundo, estrecharme pronto en un fuerte abrazo. Me debía su vida y ahora que se sentía a resguardo le era muy importante poder decírmelo y mejor en persona. Me envió la dirección electrónica de su novia, Lea, y me pidió que le escribiera de su parte, que en un corto mensaje le contase que yo lo había rescatado en el mar y que se encontraba bien, pero sin decirle el lugar, por si la casilla de correo de Lea estuviera bajo control.

Ping durmió mucho mejor esa noche. Cerró los ojos pensando en que pronto vería a Lea y que todas las penurias pasadas no habían sido más que una pesadilla.

Apenas se durmió, soñó que estaba viviendo en una playa de arenas blancas, cuidando una huerta, a la que había devuelto toda su productividad. La cabaña abandonada y destartalada se había convertido en una humilde pero bien restaurada casita de madera, chapa y hojas de palmera. La había arreglado íntegramente él mismo, cuando la dueña del terreno le había dado su autorización. Estaba cosechando unas papas y unas batatas que se daban muy bien en ese suelo arenoso, cuando escuchó a sus dos hijos gritar con algarabía que el Tío Clinamen, como me llamaban, había entrado en la bahía. Xin Ping se levantó y vio a su mujer, espléndida, feliz, saludando en dirección de la playa al barco que estaba echando su ancla.

A la mañana, Xin Ping se despertó descansado, hacía mucho tiempo que no se sentía tan bien. Miró a su alrededor, recién despuntaban las primeras luces. Eran las 5 de la mañana, hora de empezar a preparar la apertura del almacén. Plegó el catre y las sábanas que le había prestado su amiga Sara. ¡Qué bendición había sido encontrarse con una persona tan solidaria, amable y comprensiva! Pensó que en realidad, desde su rescate, había tenido muy buena suerte. Las pocas personas con las que se encontró fueron de una ayuda excepcional. Ahora que había podido escribirle a Lea, se sentía un hombre realmente afortunado, pese a las desgracias sufridas desde que había huido.

Se puso rápidamente en marcha, sin perder tiempo, quería volver a conectarse para ver si había recibido respuesta de Lea. Antes debía dejar todo listo para que cuando Sara llegara, no lo regañara.

Como cada días, Sara llegó a las 5 y 45. A las 6, la tienda recibía sus primeros clientes tempraneros. Saludó a Xin Ping y lo notó más sonriente y descansado. Encendió la computadora y su amigo se mantuvo a su lado, estaba ansioso por recibir un mail. ¡Tenía una respuesta de China! Y también recibió mi contestación en la que le decía que estaba muy feliz de saberlo con vida y le contaba que me encontraba aún en la isla de Nuku Hiva, en la maravillosa bahía de Anaho. Había temido realmente por su desaparición en el mar y le prometía que pronto vendría a verlo a Vaitahu.

Sara, como responsable de la tienda le sonrió cálidamente, pero con amabilidad le dio a entender que no era el momento de responder. Le prometió que le dejaría hacerlo en cuanto cerraran el negocio para la pausa del mediodía.

Para el alma inquieta de Xin Ping, Esa mañana transcurría con una lentitud insoportable. No dejaba de mirar el reloj porque tenía la impresión que las horas duraban más de lo normal.

A las 11 y 30, hora del almuerzo, Sara no necesitó llamar a su amigo, él estaba delante suyo esperando la orden de cerrar la cortina del depósito.

Se sentaron nuevamente en la computadora y Sara ofreció abrirle una cuenta de mail propia y con un nombre nuevo. Así se podría comunicar con los suyos, sin depender de ella y  evitando usar su cuenta china, que debía estar intervenida. Escogió llamarse Wang Li y desde esa nueva identidad le volvió a escribir a Lea, citándole un par de detalles íntimos por los que ella sabría que podía confiar que era Xin Ping, su enamorado.

Al terminar la jornada, podría disponer de la computadora para comunicarse con su nueva cuenta, pero Sara le rogó que se abstuviera de usarla para cualquier otra cosa. Vairae le había prohibido a ella usar la computadora para asuntos personales.

Al final de la tarde, Xin Ping retomó sus correos. Había recibido una respuesta emocionadísima de su querida Lea. Era muy directa y elocuente, le rogaba que hicieran hasta lo imposible por volver a estar juntos. Sin despertar sospechas en relación con su desaparición y su nuevo paradero, ella había preguntado en el comité estudiantil en el que militaban, de qué formas podía viajar al exterior. Lo que había podido averiguar era que se necesitaba bastante dinero para obtener una suerte de salvoconducto y salir como turista desde Hong Kong hacia Europa, Australia o Estados Unidos. El gobierno central estaba dejando salir a jóvenes disidentes como forma de descomprimir la tensión política. Aunque ella no estaba fichada, o al menos eso suponía por no ser activista, era mejor extremar las precauciones.

Xin Ping le informó por un lado, cómo acceder a su cuenta de ahorros en China, advirtiéndole que no eran más que escasos. Por otro lado, le contó que recién empezaba a trabajar en la isla y no podía pedir un adelanto. Escribió también unas líneas para sus padres, tranquilizándolos y pidiéndoles si podían ayudar a Lea con algo de dinero para poder viajar a su encuentro. Sabía que les estaba pidiendo un sacrificio importante, ellos no estaban muy holgados económicamente en los últimos meses. Desde que habían estallado las protestas, su comercio no andaba bien y con la pandemia, los ahorros se fundían como la nieve en primavera.

Al otro día tenía la alegría de tener noticias de su madre y un abrazo de su padre. En cambio, Lea le comentaba que la situación económica no permitía costear los gastos de un viaje desde China a un destino tan lejano como la Polinesia. Y también se presentaba el problema de los visados y de las restricciones sanitarias. China estaba cerrada para muchos países y otros como Australia, directamente se habían cerrado ellos mismos, suspendiendo los vuelos turísticos desde y hacia todos los destinos.

Lea no quería ni podía renunciar a su vida con Xin Ping ahora que sabía que él la estaba esperando.

Las protestas estudiantiles cesaron durante la pandemia y el gobierno aflojó la persecución política, concentrándose en la seguridad sanitaria que era la mayor preocupación mundial.

Lea y Xin Ping se escribían a diario y éste le contaba con lujo de detalles lo que hacía en su nuevo hogar, la vida de cada persona del pueblo que conocía y los planes que tenía para cuando pudieran verse.

Además, Xin Ping le contó del día de nuestro reencuentro, la enorme emoción del prolongado abrazo. Xin Ping saltaba de alegría y repetía palabras en su idioma que sólo él y Sara entendían. Esa noche lo invité a cenar en el Clinamen y cuando subió nuevamente al barco se postró besándolo en agradecimiento profundo.

Yo debía emprender pronto el regreso a Francia y le prometí a mi amigo que haría todo lo posible para ayudar a Lea a conseguir un visado para reencontrarse con él, pero había más de una dificultad, ya que él mismo debía iniciar antes un proceso como refugiado político. Yo era su principal testigo pero mientras averiguara todos los trámites por realizar, era mejor que él se quedara en esta pequeña isla donde ya todos sus habitantes lo habían adoptado.

Por razones de seguridad, siempre dispongo de 2 celulares y como ya estaba en la última etapa de mi viaje, le obsequié uno a mi amigo para que pudiera conectarse con autonomía, sin depender de la computadora del almacén. Lo primero que hizo Xin Ping fue descargar la aplicación WeChat, equivalente chino de Whatsapp, y llamar a Lea para que yo la conociera antes de zarpar.

Lea respondió con sorpresa, algo de miedo, pero después de unos segundos de emoción y lágrimas, se le notaba la cara de dicha. Era delgada, su cabello negro, lacio y largo, recogido prolijamente detrás, mostraba su dulce rostro emocionado.

Me pareció algo tímida, quizá por mi presencia. Su inglés no era muy bueno así que no pudimos conversar demasiado.

Yo me alejé, dejando a los dos enamorados solos en su primer encuentro cara a cara desde hacía tanto tiempo.

Olas de Libertad #10 – SIEMPRE HAY UNA OPORTUNIDAD

Marjo se sentía muy desalentada. Por momentos pensaba estar convencida de que una oportunidad no hace a una vida. Sentía que no debía desilusionarse tanto por no haber podido encontrar a ese tipo que nunca había visto. Tan sólo había escuchado una conversación a sus espaldas y su imaginación o su anhelo de un gran amor, la habían hecho soñar en que ella podía ser esa elegida por el destino. Para darse ánimos se consolaba diciéndose que si ése debía ser su amor, aquel del que habla la canción, hubiese recibido un gesto, una señal, se hubiese dado vuelta para verlo y entablar una conversación que durara para siempre. No se dio así, el tipo se levantó y se fue con sus amigos sin siquiera notar la presencia de Marjo.

Si no se volvieron a cruzar más tarde, en los múltiples lugares posibles donde coinciden la gente de barcos, es que esa relación no era para ella. Era una simple ilusión que había crecido una noche de porros y melancolía. Debía dejar de pensar que era una oportunidad perdida. ¿Por qué embarcarse emocionalmente en una historia que nunca había tenido ni tan siquiera un punto de inicio?

Una oportunidad lleva implícita la noción de elección, de libre albedrío, de tener la opción de tomarla o dejarla. Marjo no tuvo ninguna opción. Es más, ella forzó, por romanticismo atávico quizá, una ilusión de una oportunidad que no debía dejar pasar, pero que no revestía visos de realidad.

Muchas veces confundimos al azar o a las coincidencias, con oportunidades que se nos presentan en la vida. La llamada suerte, el azar, se presenta sin opciones, se deja caer, no nos solicita protagonismo ni acción. En el mejor de los casos puede emparentarse con una oportunidad, cuando requiere nuestra aceptación.

Lo que “nuestra estrella, nuestro destino” ofrece a nuestro libre arbitrio son las opciones oportunas, fugaces, las que nos llevan a decidir por un rumbo u otro. Es el reino de la intuición que guía a la libertad del Clinamen, ese concepto primitivo que los primeros griegos habían descubierto para contrarrestar el determinismo reinante.

Hay quienes no saben o no quieren escuchar su intuición, su voz interior que define al Clinamen. Prefieren actuar por pura racionalidad y conservadurismo. Si toda la información de que disponen no lleva a una conclusión evidente, prefieren siempre dejar pasar las oportunidades de volar. No se preguntan por qué los pájaros vuelan. Ante la duda, eligen no elegir, escogen la inacción, la preservación. Prefieren errar por omisión que por haber cometido un error.

Marjo sentía que el viajar la confrontaba a menudo a estas dos nociones de tomar o dejar pasar. Cuando se encontraba bien y serena en su interior, estaba segura de que la felicidad no consistía en tomar el camino seguro sino en correr el riesgo del error, arrancar el vuelo sin razón aparente. Una intuición íntima le permitía sentirse libre, feliz, viva.
Un día escuchó o leyó una frase que la marcó: “deja de ser un contable de hechos acertados y conviértete en un aventurero de la vida.”

Se embarcó en un catamarán que partía hacia Tahití. Fueron tres días de navegación sin mayores inconvenientes, ni muchas tareas que realizar a bordo. Hicieron una escala en el atolón de Fakarava, en el centro del archipiélago de las Tuamotu. Durante la travesía dio muestras cabales de su saber navegar, de su excelente disposición a bordo y se mostró incluso afable y divertida. Eran tres a bordo. Jean-Michel, el capitán, Richard, un joven viajero que había mentido un poco sobre sus conocimientos y capacidades como tripulante, y Marjo. En el mundo de la vela de recreo, sobre todo en actividades como los charters para vacaciones náuticas, hay un machismo latente que no siempre se expresa. Eso implicaba que el joven Rich sería el marinero y que Marjo, se ocuparía de la cocina durante la travesía. El plan inicial no la incomodó, sabría ocupar su lugar en el viaje. Sin embargo, Jean Michel, experimentado capitán de charters, vio actuar a sus tripulantes en las primeras maniobras y al segundo día invirtió los roles. Marjo pasó a cubierta como marinera y el joven Rich se ocuparía de los quehaceres domésticos.

A Jean Michel le agradaba mucho la presencia de Marjo, estaba siempre atenta y dispuesta para las maniobras. No tenía que repetirle dos veces la misma orden y colaboraba con reflexiones, comentarios e ideas para hacer las cosas de la mejor manera a bordo. Era ágil, habilidosa y él la encontraba bastante atractiva.

Una noche en la que ella estaba cumpliendo su cuarto de guardia, el capitán se levantó y salió a cubierta. Era un espectáculo maravilloso de estrellas. El cielo puro en medio del océano, en el punto más alejado de toda civilización y polución ambiente. Después de admirar la escena por unos segundos, buscó a su tripulante que estaba ausente del puesto de comando.
En la oscuridad de la proa distinguió una pequeña lucecita que no era ni un lucero ni plancton iluminado por el movimiento del agua. Ahí se encontraba Marjo, fumando en silencio.
Al capitán no le gustaba que se fumara a bordo, pero la imagen por demás melancólica y en perfecta armonía con el momento ablandó lo que iba a ser una reprimenda. Se acercó a su marinera y al llegar se dio cuenta que ella había estado llorando. Le preguntó si estaba todo bien y ante el mudo asentimiento de la mujer, Jean Michel entendió que era preferible dejarla tranquila y disfrutar de este particular instante que les regalaba la noche. Regresó al cockpit y tomó anticipadamente el cuarto de guardia que le correspondía en unos 45 minutos.

No se quedaron mucho tiempo en Fakarava, hicieron provisión de agua y de comida fresca; el capitán habló con la compañía de charters para confirmar su próximo contrato y dispusieron de un par de días para ir a nadar y bucear en la passe de Fakarava Sur. Desde allí salieron nuevamente al océano y emprendieron los últimos dos días de navegación hasta Papeete.

El día antes de la llegada un pensamiento carcomía el espíritu del capitán. Marjo se había comportado como una de las mejores tripulantes y a él le intrigaba saber qué haría ella al finalizar ese viaje. Cada vez que hablaban durante las comidas que compartían, Marjo se mostraba renuente a decir sus planes futuros y hasta algo taciturna.

La última noche, Marjo fue a reemplazar de guardia a Jean Michel pero éste no se retiró de inmediato. Con la excusa de contarle cómo había estado la noche, se fue quedando…
Jean Michel le propuso a Marjo quedarse como tripulante en su próximo charter. Los clientes, eran una pareja con un niño pequeño que habían contratado dos semanas para el clásico periplo de las islas de la Sociedad o îles sous le Vent. Solo necesitaba un tripulante para ese viaje y él estaba muy contento con Marjo.
Ella no estaba segura de querer aceptar. El era muy correcto y gentil con ella, la respetaba y sintió que si le proponía el trabajo era que estaba satisfecho por su capacidad como marinera. Se sintió orgullosa de ser demandada pero no quiso aceptar de inmediato. Quería asegurarse de que en la proposición no hubiera una doble intención de parte del capitán. El tenía novia en Papeete. Marjo pensó que esperaría a que el tipo se volviera a encontrar con su pareja al regreso a puerto, de esa forma habría menos riesgo de emociones confusas.
Le respondió que cuando llegase a Papeete, esperaba una respuesta sobre una oportunidad laboral como maestra y que si le salía iba a privilegiar volver a su vocación de trabajar con niños. Le daría una contestación definitiva al día siguiente de su arribo a Tahití.

Llegaron a la marina en medio de la tarde. Al capitán lo esperaban la gente de la agencia y su novia con un bebé en sus brazos. Paradójicamente, esa “foto de familia“ le cayó muy bien a Marjo. Encajaba con el personaje del capitán, prolijo y respetuoso. Así se había comportado siempre con ella. El tipo le resultaba muy agradable pero no terminaba de ser “su tipo”. Pese a ello, o quizá gracias a eso, pensó que si no le salía el puesto de maestra, una misión de 2 semanas en un charter le podía ayudar para su economía de subsistencia.

Al día siguiente, recibió la respuesta negativa del empleador y fue directamente a la marina a dar el ok a Jean Michel. El capitán estaba limpiando la cubierta y cuando vio venir a la rubia, se alegró mucho, deduciendo que venía a darle una buena respuesta. En efecto, ella le dio el si desde el pontón y él como forma de bienvenida le extendió el cepillo para limpiar la cubierta blanca. Se rieron y él la ayudó a subir a bordo y a acomodarse.

El primer charter se realizó sin ningún inconveniente y fue de lo más placentero. El entendimiento entre Marjo y Jean Michel era ideal, nunca un tono subido de voz, hasta se adivinaban los pensamientos! Los pasajeros, la pequeña familia de tres eran de una amabilidad y discreción que a veces era dificíl maniobar el barco sin tener la sensación de perturbarlos. 

A ese primer contrato le siguieron tres más. Hubo algún desperfecto que arreglar, alguna situación tensa que gestionar pero el capitán y Marjo nunca tuvieron una pelea o intercambio tenso o subido de tono.

Iban a ser tres meses que navegaban juntos y la asociación parecía rendir buenos frutos. En la última noche de travesía, volviendo de un charter a Rangiroa, Jean Michel volvió a despertar durante la guardia de Marjo. Era una noche de luna llena y el aire estaba especialmente agradable. Se acercó sigilosamente, para no despertar a los turistas y comenzó a explicar a Marjo lo bien que se sentía navegando con ella. Que nunca se había entendido mejor con un tripulante que como le resultaba con ella.
Marjo veía que la conversación podía desviarse hacia otro terreno y mientras lo escuchaba, intentó cuestionar sus propios sentimientos. Era cierto que ella también se encontraba muy a gusto y que el tipo le resultaba atractivo, pero cada reflexión le devolvía la imagen de la novia con el bebé en brazos. No quería ser la causa de un drama familiar.

Cuando sintió que Jean Michel acercaba su rostro como nunca lo había hecho antes, se giró y sin voluntad de rechazarlo completamente, le puso su mano en los labios y le dijo que sentía mucho no poder corresponderle en esa forma. Hacía 2 días que había escuchado en el playlist de los turistas la canción de la palmera, que coincidencia! Eso le había hecho pensar en que probablemente había llegado el momento de regresar a Europa y retomar la búsqueda de trabajo como maestra, que era su vocación desde chica.

Le contó a Jean Michel cuáles eran sus planes y que sin ánimo de ofenderlo, pensaba dejar los charters. No le dio más explicaciones. Se levantó y con un beso en la frente le deseó buenas noches y se retiró a su camarote.

Le daba mucha pena dejar el Fenua, el Territorio, como llaman los locales a la Polinesia. Había pasado momentos muy lindos pero sentía que su nuevo rumbo estaba en tierra. Quería reencontrarse con su madre que hacía mucho que no veía. Pensó en algunos amigos a los que llamaría y que le daría mucho gusto volver a ver y consiguió un billete de regreso.
No se sentía desanimada por regresar a Francia pero un dejo de tristeza acompañaba su espíritu mientras hacía la cola de la compañía French Bee, en el exótico aeropuerto de Fa’a. Quizás podría describir su ánimo como ligeramente decepcionada, porque muchas veces pensó que aquí se quedaría hasta el final de sus días. También estaba algo cansada de andar sin certeza, sola y sin un sentimiento legítimo de amor por alguien. A quiénes había amado la habían desilusionado y a quienes la habían querido a ella, los había rechazado con alguna justificación.

Durante los primeros 10 días en Francia, se dedicó a ver a su familia y a sus amigos más entrañables que estaban felices de haberla recuperado para ellos. Pero a ella todavía le costaba encontrar con quién hablar sobre los sentimientos que tenía, que seguían dando vuelta sin precisión, sin hacerse conscientes y manifiestos.

Finalmente, llegó el día de su primera entrevista de empleo para un establecimiento de educación privada. Era una escuela del método Montessori, una pequeña institución formada por un grupo pedagógico original y destinada a una clase media urbana con alto poder adquisitivo. En comparación con las escuelas que había visto al otro lado del mundo, el contraste era muy fuerte.
Esperó unos minutos en la sala de espera y la recibió un hombre que le pareció haber visto antes. Era apuesto, pero no por eso le daba esa impresión de déjà vu. Había un aire, algo… lo siguió hasta la sala de reuniones y hasta la forma en que el caminaba le resultó familiar. El se presentó y extendió su tarjeta, el nombre la iluminó. Era Robert, aquél joven del autobús de su infancia. Todos los detalles que le habían llamado la atención se confirmaron en un instante. Estaba emocionada.
Mientras él le explicaba los requisitos del trabajo y las normas de la escuela, ella sólo escuchaba sus recuerdos. Reconocía todo en él, ciertos gestos que no cambian en el rostro adulto. Todavía tenía el temple que portaba de adolescente, pero con la madurez que le confería la edad. Marjo intentaba disimular su falta de atención y con gran entusiasmo contenido le dejó entender que le parecía que se habían conocido con anterioridad.

El entrevistador aclaró que no la recordaba y que su nombre no le daba mayores indicios. Era normal, ella nunca había tenido la ocasión de darle su nombre en el autobús. Algo molesto por la situación, Robert releyó el curriculum y admitió que conocía el colegio al que ella había ido porque en su adolescencia él vivía no muy lejos de allí. Le aclaró que él sólo se ocupaba del reclutamiento, que no era parte de la empresa en donde se ofrecía el puesto vacante. Marjo procuró volver su ánimo hacia la formalidad de la reunión y terminó la entrevista serenamente haciendo valer sus experiencias de vida así como los estudios pedagógicos que había seguido antes de marcharse de viaje.

A los 2 días recibió un llamado de Robert en el que le indicaba que él había dado su opinión conforme y que ella tenía buenas posibilidades de ser contratada. También le comentó que existía otra oportunidad laboral en la Costa Azul, un puesto equivalente y en un lugar que a ella le podía interesar más, un pueblito cerca de Aix en Provence. Le propuso encontrarse al día siguiente para tomar un café ya que luego él regresaba al sur de Francia dónde vivía habitualmente. El quería explicarle el puesto de trabajo y el proyecto del sur, antes de que ella escuchase la proposición definitiva de la escuela parisina. Ella aceptó encantada, no lo podía creer.

Se dieron cita a las 11 y se encuentran tan a gusto que él le propone almorzar juntos después de haberle explicado el proyecto provenzal. Ella le cuenta por qué le había dicho que creía conocerlo la primera vez que se vieron. 
Pasan toda la tarde charlando sobre los recuerdos de la infancia común. Ella le cuenta, desahogándose, sobre la decepción de aquél último día en el autobús y ambos relatan la historia de sus vidas.
A las 4 de la tarde, él debe marcharse para tomar el tren de regreso al sur. Al despedirse, la toma suavemente de los hombros y le propone aceptar la oferta del sur. Bajando la voz, como para reforzar la intimidad de la propuesta, le confiesa que de esa manera se darían la chance de conocerse más. 
Marjo sopesa la oportunidad delante suyo y decide en pocos segundos no dejar pasar otro autobús…
Consiente moviendo la cabeza y se dan el primer beso.

Una semana más tarde, Robert la espera en la estación de tren de Aix, se abrazan como si lo hubieran hecho siempre y se prometen no separarse más. Ella le sugiere que en una de las muchas lunas de miel que pasarían juntos, le gustaría ir a Tahuata, a visitar a su palmera de doble cabeza.

Olas de Libertad #09- VAITAHU

Karen y Marjo se despidieron de Xin Ping en el muelle de cemento donde atracan los botes auxiliares. La aldea de Vaitahu, en Tahuata, da sobre el mar pero no tiene un embarcadero muy protegido. No parece ser un pueblo de pescadores, al lado del muelle hay una cámara de frío toda desmantelada y con pinta de llevar mucho tiempo sin funcionar. Quizás porque Tahuata está tan cerca de Hiva Oa, no desarrolló muchas tiendas ni servicios.

La población de toda la isla es de unos pocos centenares y en Vaitahu deben vivir 50-60 personas, se conocen todos, muchos son parientes.
La gente de la isla es muy discreta con los extranjeros, pero no se muestran indiferentes ni faltos de simpatía. Están acostumbrados a que los visitantes vengan con una excursion de Hiva Oa, solo a pasar el día. En cambio, cuando alguien se queda un par de días, lo notan y aprovechan la conversación para hacerles conocer las particularidades de Tahuata.

La comunidad religiosa es importante, gracias al hermoso e imponente templo construido con piedras y madera exótica local trabajada. Cumple perfectamente con los preceptos arquitectónicos de los tiempos de las catedrales: inspirar respeto, admiración y devoción entre los fieles.

Iglesia de Vaitahu

Xin Ping vio alejarse a sus amigas, se dió vuelta y se dirigió a la aldea. Con las mujeres había ido al almacén de la aldea pero se había quedado afuera porque no tenía dinero. Desde afuera había visto que la cajera tenía rasgos más asiáticos que polinesios. Ahora, había regresado para conocer a la joven e investigar sobre su origen. Se sentó cerca de la puerta del almacén, a esperar que ella saliera. 

La dueña del local, la bella Vairae, se dio cuenta de la presencia solitaria de Xin Ping. Con la tradicional acogida de una auténtica vahiné local, segura en su territorio, se acercó a preguntarle al joven en qué le podía ayudar o qué estaba esperando. Xin Ping le respondió en inglés que no sabía hablar francés y que era chino. Inmediatamente, Vairae llamó a la cajera, Sara Huong, la joven china que hablaba tanto inglés como chino. Pese a haber nacido en Tahití, sus padres le habían hablado siempre en el dialecto de su cantón de origen y esa era su lengua familiar. A Sara le dio mucho gusto poder hablar con Xin Ping, que entendía perfectamente por provenir de un cantón vecino al de la familia de la joven.

Vairae los dejó conversar en la puerta y entró al almacén. Le gustaba ayudar y sentir que la gente la respetaba tanto como le eran agradecida. Todos en la aldea y probablemente sin exagerar en toda la isla, le debían algún favor a la hermosa y madura Vairae. Ella era considerada por unanimidad como el personaje más importante de la isla, después del alcalde. Ella, a su vez, sólo le debía a una sola persona que la había ayudado siempre, su ex marido. Carlos, era un tipo muy especial. Una persona de una franqueza proporcional a su generosidad. Cuando se fue a vivir a Ua Po, él compró todo lo que Vairae necesitaba para iniciar su negocio con éxito y no tener que depender de nadie, ni siquiera de él. Las razones de su partida eran irreconciliables con Vairae. Él había conocido a su tercera vahiné con la que esperaba un bebé y como su nueva elegida era de Ua Po, se mudaría allí con ella, pero no sin antes asegurarle a Vairae una situación económica como la que ella se merecía. Vairae no podía quejarse, hacía diez años que con su belleza ancestral había cautivado a Carlos, quien había dejado a su primera mujer por ella.

Era mejor no enterarse cómo obtenía sus recursos financieros este personaje, reconocido y algo temido por los misterios que escondía. Carlos era un “popa”, como le llaman a los colonos blancos. De dudoso origen; decía que era francés, de familia bretona, pero con un nombre que sonaba español y a historias de corsarios y contrabandos.
Todos sabían que había pasado por la prisión (quizá más de una vez) porque de vez en cuando se confiaba sobre algunos asuntos grises que había protagonizado. Sin embargo todos los que lo conocían lo respetaban y tenían algo que agradecerle. Todo quien necesitara algo podía solicitar ayuda a Carlos, quién nunca diría que no. Imponía sus condiciones y tenía una moral muy alta para las deudas. Nadie le fallaba y todos se jactaban de ser su amigo. Si había tenido un pasado turbio, en estas islas, Carlos estaba a salvo, no le faltaría quién lo defendiera a muerte.

Xin Ping y su compatriota hablaban a una velocidad inusitada. Xin Ping estaba feliz, no podía creer la suerte que había tenido. Le contó toda su historia a Sara que lo escuchó con gran compasión pensando de qué forma podía ayudarlo y protegerlo.
Cuando Vairae regresó para pedirle que cerrara la tienda, Sara le preguntó a su nuevo amigo dónde estaba parando. Ante la falta de respuesta, se le ocurrió una gran idea. Recordó que próximamente, su patrona se ausentaría por dos semanas y que el único inconveniente que tenían era que llegaba una carga importante de mercaderías y Sara sola no iba a poder ocuparse de la recepción, el orden en el depósito y atender la tienda sola a diario. Sara le contó a Vairae que Xin Ping era un pariente lejano, de una provincia vecina a la de sus padres y que estaba viajando pero le habían robado todo su equipaje por lo que necesitaba un trabajo y un lugar donde dormir. Le propuso a su jefa que lo tomara a prueba durante su ausencia. Él seguramente aceptaría trabajar esos días con ella, a cambio de casa y comida.
Vairae aceptó la propuesta a condición de que Sara se responsabilizara por el joven desconocido. La realidad es que esta solución le venía al dedillo, le resolvía una preocupación causada por el retraso del barco justo en un momento en que ella debía viajar a Tahití.

Xin Ping sintió que claramente su vida estaba dando un vuelco respecto a todas los riesgos y penurias que había vivido días atrás. Estaba feliz de poder aprovechar esa oportunidad, quedarse en la aldea y sentirse protegido por su compatriota con la que esperaba aprender muy rápidamente todo sobre la vida allí. 

En los días sucesivos, Sara le contó sobre la historia de la inmigración de chinos en la Polinesia. Que aquí ya están acostumbrados a ellos, que hay muchos en el comercio y que son bien tratados, mejor que en muchos otros países del mundo. Que ella misma tiene un hermano casado con una tahitiana y que su novio es tahitiano también y las familias mixtas son muy comunes, mezclándose incluso con popas que se quedan a vivir en las islas definitivamente.
En la parte de atrás del depósito arreglaron un cuartito donde Xin Ping podía dormir en un catre y recuperar un espacio propio aunque fuera muy reducido.

Cuando llegó el barco, Sara estaba muy contenta con el esfuerzo que su joven amigo le ofreció sin contar horas ni energía. Para devolverle el favor, se le ocurrió preguntarle si no quería que le prestara la computadora para poder comunicarse con su novia, su amada Lea. Xin Ping se puso a llorar de alegría y le dijo que había pensado varías veces en pedírsela pero sentía que todavía debía ganarse su amistad.
Una vez superada la etapa de supervivencia, había renacido en Xin Ping la obsesión de volver a reunirse con su enamorada. Por lo pronto, saber de ella, de su familia, sobre cómo estarían sufriendo por no tener más noticias de su paradero y si seguía con vida. Las protestas en China habían sido reprimidas con un alto grado de hostigamiento y mucha gente había desaparecido.
Tenía que ser cuidadoso al volver a tomar contacto con ellos porque suponía que el gobierno central tendría a sus familiares bajo control de llamadas y correos para conocer su paradero. Xin Ping pensó también en avisarle al navegante que le había literalmente salvado su vida. Probablemente no estaría muy lejos y podrían reencontrarse.
Cada noche se acostaba con esa obsesión persistente, cómo volver a encontrarse con su novia Lea y sacarla de China. Aquí estarían a salvo y serían felices sin lugar a dudas. Haría todo lo que tuviera que hacer para lograrlo, no descansaría nunca ni ahorraría ningún esfuerzo hasta obtenerlo.

Olas de Libertad # 08 – ENCUENTROS Y DESENCUENTROS

Océano Pacífico

Xin Ping sale tímidamente de entre la vegetación y se atreve a hablar con las mujeres, se dirige a ellas directamente en inglés. Les cuenta cómo llegó hasta allí, les dice que necesita seguir escondido hasta saber cómo es el trato de la población local con los extranjeros y especialmente con los chinos.

Las mujeres, al inicio sorprendidas, entienden su situación y se presentan 

– Yo soy Marjo y ella es Karen – ambas le sonríen

-Llegamos con nuestro barco – dice Karen y señala al único velero anclado cerca de la costa

Ellas lo tranquilizan y lo invitan a su barco a comer y relajarse. Quieren ayudarlo a reponerse de las peripecias que creen que habrá vivido. 

Lo que las dos amigas no pueden imaginarse es hasta qué punto la historia del joven estudiante es tan sórdida y sin embargo tan actual, de nuestros tiempos. China es todavía un país donde existe un fuerte contraste entre la modernidad y el atraso societal resultado de las dictaduras políticas y un alto grado de corrupción. Un estado de cosas comparable a Occidente hace un siglo atrás. En cambio en las sociedades democráticas, a pesar de sus decadencias en múltiples aspectos, se han logrado avances fundamentales y se continúa luchando por el respeto al individuo. Al comparar una sociedad con la otra, sentimos el privilegio de haber nacido “del lado bueno de la cortina” como se pudo haber dicho en otro momento histórico.

Hoy en día, la tecnología y el desarrollo económico ofrecen a los chinos la posibilidad de adquirir un sinfín de bienes materiales. Un pueblo alienado es más dócil y manipulable. De esa manera los estamentos gobernantes pueden tener la ilusión de mantenerse eternamente en el poder.

El barco de las mujeres se parecía bastante al que le había salvado la vida, rescatándolo del infierno del pesquero en el cual se había refugiado para salir de China. Era la primera vez que Xin Ping subía a yates de este tipo. Comenzaba a entender como los navegantes disfrutaban la libertad que ansiaban. Estos barcos son cáscaras flotantes, pensó, pero parecen seguros y permiten desplazarse con viento a favor o en contra, en la dirección que uno desee. Sus dueños no son millonarios ni pareciera que se necesitase de grandes reservas de combustible. Sintió la dicha de compartir ese sentimiento de bienestar aunque fuese sólo por unos instantes. Esta fugaz sensación permitió a Xin Ping soñar con un futuro mejor del que había dejado atrás. Sin embrago, sentía una falta atroz que cada día se profundizaba más. Extrañaba horrores a su novia, a su pedazo de vida que le había sido arrancado sin piedad ni miramientos. De repente se sintió triste y se le notó en el rostro. Karen ve el cambio en la mirada – Te sientes bien? Estás mareado? – ella ha visto tanta gente que enseguida de subir a un velero se sienten en desequilibrio y sufren de mareos y malestares diversos.

-No, estoy bien – responde Xin Ping y les explica que se siente cómodo y seguro con ellas pero que tuvo un momento de melancolía al recordar a la mujer que ama y que tuvo que dejar en su país de forma forzada. 

Las mujeres le piden que les cuente su historia y así llega al momento en que les explica cómo llegó al Clinamen, y ellas le piden detalles del Capitán. Concluyen que debía ser el mismo que se cruzaron hacía unos días en Nuku Hiva y que habría dejado la canción en el tronco de la palmera. Marjo no tiene descripción física de él, porque no se dio vuelta para verlo, pero su amiga Karen cree haberlo visto en el momento en que se retiraban, mientras ellas cantaban y tocaban música. Por la descripción que les hizo Xin Ping, le parecía que podía ser el mismo, que habría pasado por Tahuata en su paso hacia la capital de las Marquesas donde debía hacer su documentación de ingreso aduanero.

Xin Ping se sintió más tranquilo de pensar que su amigo no habría tenido problemas por su culpa, que habría llegado a salvo a su destino y que no estaría demasiado lejos. Si él lograba quedarse por la zona sin llamar demasiado la atención, quizá volvería a cruzarlo. Tenía que encontrar la forma de insertarse en la vida local sin despertar sospechas ni resquemores.

Las mujeres escucharon su historia con atención y compasión. Querían ayudarlo y le ofrecieron llevarlo con ellas hasta Vaitahu. Karen, que navegaba por las Marquesas desde hacía más tiempo, le confirmó que en esa isla no había policías ni autoridades de las que podía temer. Además le explicó que la enfermedad que afectaba al mundo entero, la pandemia llamada Covid, no había llegado aún a las Marquesas.

– Los controles de la prefecturas locales se han intensificado pero nosotras tenemos todos los documentos en regla – agregó Karen

Xin Ping no tenía nada que temer, él estaría resguardado como acompañante. En la aldea de Vaitahu, él podría pasear sin miedo. También podrían averiguar cómo era la vida allí, en caso de que él quisiese quedarse un tiempo en esa isla. La mayor ventaja para Xin Ping de viajar con las turistas sería que ya no correría el riesgo de ser visto como un náufrago recién llegado. No tendría que esconderse más. 

Durante el viaje a Vaitahu, Marjo hizo que Xin Ping hablara más del Capitán del Clinamen. Quería saber más detalles de él, había pasado a ser de una simple intriga a casi una obsesión. Después de todo lo que le había sucedido en su vida, ella se preguntaba por qué aquel día en el bar no se había dado vuelta cuando escuchó a sus espaldas el relato romántico de una canción que había sido depositada en una palmera para que una persona especial la hallara. Por las descripciones de Xin Ping, ya estaba segura que el capitán era el mismo de la canción. 

Pensaba que se habían desencontrado, que había perdido una nueva oportunidad en su vida y eso la mortificaba. Ya había estado reflexionando mucho acerca de eso y de la razón, o más bien las razones, por las que pasados sus 40 se encontraba aún sola. 

Sentía que sus relaciones anteriores habían fracasado porque no se comprometía lo suficiente. Y luego, la habían traicionado. Las decepciones habían sido múltiples y diversas, pero realmente, ¿podía achacársele la culpa a ella? ¿Era ella la que escogía oportunidades erróneas, o era ella la que no tomaba buenas decisiones?

Mientras Marjo reflexionaba, observaba a su amiga Karen y pensaba en su vida. Karen había estado felizmente casada durante casi 20 años pero había perdido a su marido, su alma, su pareja y compañero. Ella ya no sentía la necesidad de encontrar a nadie más que la acompañara a diario. 

Había vivido un amor que parecía eterno y que sólo se había acabado por el motivo más natural, la muerte. Su marido, Roger, había sucumbido a un cáncer fulminante. Una metástasis silenciosa se había instalado en su cuerpo. Cuando sintió dolores y se hizo ver, su diagnóstico fue definitivo. Habían vivido 20 años juntos y felices y él pidió que lo dejaran irse de la mejor manera, sin hostigamiento médico que le prolongase malamente unos días o meses y causara sufrimiento para ambos. Ella aceptó esa fatalidad y la decisión de Roger que algunos juzgaban como egoísta, pero que ella entendió como de una gran generosidad. El no quería hacerla sufrir y prefería irse con los mejores recuerdos y dejarle a ella también su mejor recuerdo. Fueron 3 meses en los que el deterioro físico fue muy veloz, pero Roger parecía no quebrantarse mentalmente. Le transmitía la misma buena salud de siempre, el amor incondicional y el mayor agradecimiento por los bellos años pasados juntos. Karen fue haciendo su duelo con Roger aún vivo y ambos exploraron el proceso de la muerte, inevitable, la que debían aceptar de la mejor manera. Transitaban los pasos finales, se preparaban para separarse. Nunca habían pensado como sería, cuando ni como, solo sabían que habían vivido con plenitud y Roger sentía que había tenido una buena vida sobre todo desde que había conocido a Karen.

Poco antes del diagnóstico de su enfermedad, ellos habían comprado el velero para algún día animarse a dar la vuelta al mundo juntos pero no habían podido avanzar en ese proyecto. En su lecho de muerte, Roger le pidió a Karen que ella hiciera realidad ese sueño mutuo. Su único ”último” deseo era saber que él estaría con ella durante ese recorrido, aunque le llevara muchos años lograrlo.

A la muerte de su marido, Karen arregló toda su situación material, financiera y de ingresos para poder dejar su trabajo y marcharse a cumplir el sueño que no podía postergar más. Sentía, como un imperativo, el mandato que le había dejado Roger, ser feliz y llevarlo en su recuerdo, sentir su presencia en forma permanente.

Karen había planeado dirigirse a Hiva Oa después de visitar Tahuata. Tenía ganas de conocer a todos los que habían compartido los últimos años con Jacques Brel. Quería entender qué era lo que el Gran Jacques había encontrado en las Marquesas y que tanto lo había seducido. Le habían comentado, o lo había leído por ahí, que Jacques buscaba escapar del asedio de su fama y que ser un desconocido en la isla le había devuelto la paz. La digna indiferencia de los marquesinos ante su presencia habían subyugado al artista.

En las aldeas de Hiva Oa, Jacques volvía a ser simplemente Jacques y la gente lo invitaba a sus humildes casas para tomar una citronade, un jugo de mango o simplemente un vaso de agua de coco fresca. En esas ocasiones, esa gente no le pedía que contara todo sobre su vida sino que eran ellos los que con humildad y generosidad le contaban sus pequeñas historias de familia. Describían lo que habían cazado en el monte o pescado en su última salida en bote. A Jacques le encantaba reir sin medirse, a carcajadas y con franqueza. La gente muy rápidamente lo adoptó como hijo del Fenua (el país, el terruño).

A Roger le había fascinado la calidad humana de Brel, conocía todas sus canciones de memoria. Uno de los puntos que tempranamente le había marcado a Karen en el mapa de sus exploraciones era el de la isla de Hiva Oa, la elegida por Brel para ser feliz sus últimos años.

Para Karen, llevar a Xin Ping a Vaitahu, unas pocas millas al sur de dónde estaban, no representaba un gran desvío de Atuona, su destino para fondear en Hiva Oa. La que le preocupaba ahora era su amiga Marjo, a la que veía un poco obsesionada con la idea de encontrar a ese navegante, no se perdonaba haberse perdido la oportunidad de conocerlo aquella noche en el muelle de Taiohae. 

Marjo le había confesado que sentía que ella era la protagonista y destinataria de la canción. Sin embargo, no tenía nigún indicio objetivo. Karen coincidía, estaba convencida de que todo era una ilusión romántica que Marjo había creado y personalizado en ella. Sus fracasos amorosos anteriores la habían dejado marcada pero esta historia la invitaba nuevamente a soñar, era una nueva oportunidad que esta vez no tenía derecho a desperdiciar. Karen había experimentado una gran historia de amor con Roger entonces no podía desalentar a su amiga, pero sentía que no quería alimentarle una ilusión que quizá no fuera más que eso y que la llevaría a una nueva decepción y a una tristeza profunda.

Marjo miraba la espuma de las olas en el horizonte y se dejaba llevar por el sueño de un amor que todavía no le había tocado vivir, que ella no entendía por qué no la había correspondido. Si en el pasado se había reprochado haber perdido oportunidades o haber tomado las malas decisiones, esta vez quería intentarlo. Pero con la vista en el lejano azul se preguntaba ¿Qué hacer, cómo volver a cruzarlo? Ni siquiera conocía el nombre del navegante y solamente tenía la sospecha de que sería el mismo que había salvado al joven chino. Ni siquiera eso era una certeza, solamente una sospecha que en su ilusión, ella quería creer como válida. 

Su amiga Karen ya no pensaba regresar a Nuku Hiva, quería quedarse un tiempo en Hiva Oa. Marjo la seguiría hasta Atuona y allí decidiría si conseguía algún velero que se dirigiera a Nuku Hiva o bien si especulaba con que el navegante, después de Nuku Hiva vendría a visitar Hiva Oa, en cuyo caso lo más sencillo y sensato sería aguardarlo allí mismo, contando con que esa vez la oportunidad tan ansiada se presentase… 

Llegaron a Vaitahu en las primeras horas de la tarde, los pocos comercios, bares y hasta los templos religiosos estaban cerrados durante el receso del mediodía, por los calores habituales, la siesta era obligada.

Dieron un paseo los tres juntos. Xin Ping se sorprendió con la imponente iglesia de piedra. La belleza de los trabajos de madera tallada lo conmovieron, por primera vez lograba distenderse de la persecución o la culpa. Sentía que el encuentro con las dos viajeras le habían permitido relajarse, su espíritu reaparecía y lo predisponía para poder admirar el arte. Xin Ping sintió un profundo alivio, como si un enorme peso que llevaba desde hacía tanto tiempo se desprendiera finalmente de su espalda. 

Se agachó frente a la puerta del templo y en las escalinatas se puso de rodillas, besó el suelo en agradecimiento, sentía que esta tierra le daba la bienvenida, que los espíritus del lugar lo aceptaban. En el fondo de su alma percibió que debía instalarse en ese lugar, sentía que había llegado a su destino. No habría más peregrinaje en vano, su corazón lo sabía, debía escucharlo y dejarse guiar por él.

****

Karen y Marjo se despidieron de Xin Ping. Estaban contentas porque lo veían seguro y agradecido. El les repetía sin cesar que estaba emocionado de haber encontrado su lugar en el mundo gracias a ellas. -Vuelvan a visitarme, las estaré esperando – les imploraba con su mirada y su sonrisa.

Para ellas, ese pedido era simple, quizás no terminaban de entender la magnitud de lo que Xin Ping experimentaba por primera vez, la libertad. Entendieron que para el refugiado, el primer lugar en donde se encuentra un poco de paz es el mejor lugar del mundo. 

Las amigas pasaron esa noche en el velero, preguntándose dónde y cómo se las arreglaría Xin Ping para encontrar un lugar para dormir en la aldea. Él no había aceptado su hospitalidad, negándose a dormir en su barco. – Ya encontraré refugio, no se preocupen por mí – les dijo. El estaba acostumbrado a encontrar refugio natural.

Zarparon al otro día, muy temprano por la mañana. Tenían aproximadamente 3 a 5 horas de navegación hasta Atuona, era un lugar conocido por la falta de espacio de fondeo, entonces querían llegar temprano para tomar los recaudos necesarios.

Al llegar, comprobaron la falta de espacio para posar su ancla. La atracción turística que ejercen la vida de Brel y de Gauguin en la isla, ambos enterrados en el cementerio del pueblo y con una lindísima vista al mar, hace que la pequeña bahía cerrada de Atuona esté congestionada de barcos y además hay que dejar un espacio libre para la maniobra de los ferries. 

Después de 2 semanas de estadía en Hiva Oa, Karen estaba muy contenta de todas sus excursiones hacia las distintas aldeas donde entrevistaba a todo quién hubiera tenido contacto con el célebre cantante belga. Marjo, en cambio ya se había hecho conocer de todos los veleristas. Todos parecían haber cruzado al capitán que ella buscaba pero ninguno podía ser certero sobre su paradero. Incluso la gente que venía de navegar y pasar un tiempo en Nuku Hiva, no le aportaban ninguna esperanza de encontrarlo pronto. Ya estaba totalmente descorazonada sobre su idea de cruzárselo nuevamente.

Al término de una charla bastante íntima con Karen, en la que compartieron sus conceptos de amor y felicidad, Marjo decidió que aquél evento de la canción había sido singular pero efímero, había sido tan sólo una coincidencia. Se decía a si misma -Es una historia sin sentido, sin principio ni final. Es más bien una construcción propia, producto de un sueño idílico del amor. No tiene sentido regresar a Nuku Hiva, ni esperarlo en Hiva Oa – suspiraba largamente y seguía buscándo una explicación. Si había sido una señal del destino, al que ella debía obedecer o darle una oportunidad, esa suerte regresaría de una manera u otra. Racionalizó sus emociones devenidas un poco ilusiones vanas y decidió aceptar partir hacia Tahití con un velero que partiría dos días después.

Al tomar esa decisión se sintió aliviada, el peso de la ilusión que había sustentado hasta ese momento la había desbordado. Al relajarse, recordó que en la última conversación con Xin Ping, él entendió que ella estaba buscando a su amigo velerista y le escribió en un papel diminuto la dirección de su mail. Ella dudaba de que se tratase de la misma persona por lo tanto hasta ese momento no había ni contemplado el escribirle. Antes de acostarse, buscó entre sus cosas el papelito y aunque seguía indecisa en escribirle (¿para decirle qué?), se tranquilizó al comprobar que no lo había perdido.

Esa noche durmió bastante mejor que en las semanas previas. Su descanso había sido también perturbado por esas expectativas fantásticas que se había hecho…

Olas de Libertad #07 – EL MILAGRO DE LA VIDA

Océano Pacífico

“El verdadero milagro de la vida no es encontrarse con uno mismo, que después de todo no es más que una paradoja de quinta… Lo importante es encontrarse con alguien.

Esos efímeros puentes que, dentro de este mundo de islas, algunos suelen tender; efímeros porque duran muy poco y hechos, quizás de la misma materia de la que están hechos los sueños.”

“Sólo una vez, en la vida de un hombre, pasa un centímetro cúbico de suerte y sólo la pescará el que esté todo el tiempo atento.

Nos toca sólo un cachito de suerte en la vida y el peor de los pecados es dejarla pasar. Hay que estar atento a las señales, atento a las citas, que se cumplen, pero son muy pocas, atento a los sueños que se dan, pero son muy pocos…”

Algo así decía en una locución radial el locutor, escritor y comediante, Alejandro Dolina.

Hice recolección de unas cuantas frutas maduras, algo de tomates, casi silvestres, de aspecto descuidados, pero llenos de sabor, unos pepinos, alguna berenjena y logré rescatar algunas papas, que se escondían entre las matas. Seguramente ya habrían sido cosechadas y éstas que quedaban en el suelo eran de las que afloran posteriormente, como queriendo salir a la superficie.

Escogí un pequeño régimen de bananas, como se le dice al madejo entero de esa fruta, que se corta verde para que madure una vez arrancado.

Volví al Clinamen pensando en que la aún mínima posibilidad de encontrar a Xin Ping se habría definitivamente desvanecido. Ya no me quedaba otra alternativa y debía dirigirme a Nuku Hiva para inscribir mi ingreso en el Territorio de la Polinesia Francesa.

Con la angustia manifestada por la población local a flor de piel, si no lo hacía en breve, corría el riesgo de que me denunciaran y que se me complicara la estadía posterior.

Las condiciones de navegación no eran malas, tampoco muy favorables, pero sentía la felicidad profunda por la satisfacción íntima de haber concluido el cruce oceánico. Sólo pensar en la suerte que debía haber corrido Xin Ping, le ponía sombras grises al sentimiento de cierta plenitud.

Ochenta y cinco millas náuticas separan la isla de Tahuata de la isla mayor, llamada Nuku Hiva. Había calculado que, a una media de 6 nudos, tardaría unas 14 horas, por lo que salir demasiado temprano no era la mejor solución. Esa opción me significaba arribar con el sol ya puesto y bien entrada la noche. Preferí entonces esperar a la tarde, saliendo cerca de las 16 para, según aquellos cálculos, llegar al alba.

Aproveché el día para descansar profundamente, retomar fuerzas y hacer una última escapada a tierra y echar una mirada a la palmera. No se notaba ningún signo de que una visita hubiere regresado, la nota estaba aún en el tronco de la palmera, intacto.

Nadé un poco por la tarde y al regresar a cubierta, me pareció ver pasar un tiburón, de punta negra, no muy grande, pero el pensamiento siempre desvaría hacia lo que hubiera podido pasar si era otra clase de tiburón…

Secándome al sol me puse a meditar sobre la situación de los últimos días. El encuentro fortuito o imprevisto, con el tan especial joven amigo chino me había dejado pensando en esos puentes frágiles, tenues y efímeros de los que hablaba Dolina. La amistad, el amor, la vida misma muchas veces dependen de un instante, de un hilo más dispuesto a romperse, a tensarse y soltarse, que a consolidarse.

Cuán inconscientes sobre el sentido de la vida somos mientras estamos bien, en seguridad o simplemente distraídos. El llamado confort es de lo más atontador, mediocre y falto de interés. Solamente una pérdida de un ser querido, o un accidente aterrador, nos hace presente esa condición tan débil sobre la que se fundan la mayoría de los fracasos o desencantos.

¿No deberíamos proponernos de vivir una vida de excepción y que los momentos efímeros fueran los de reposo? ¿Que el confort no fuera la regla, de la que soñamos salirnos en breves momentos, sino la excepción, como el sosiego lo es para el guerrero?

La vida es inseguridad, incertidumbre, descubrimiento, exploración, búsqueda, novedades, sorpresas y oportunidades, peligros y alivios, reencuentros y desencuentros.

Somos todos islas que tememos al mar como una amenaza de desaparición. Preferimos la estabilidad de la roca que parecería que es inamovible y milenaria. El horizonte amplio nos da terror, porque nos obliga a soñar con la lejanía del infinito, el más allá de dónde sale y adónde se acuesta el sol. Los valles con sus paisajes reducidos y conocibles, controlables, permanentes, funcionan también como islas, encerrándonos. ¿para qué unos pobladores de un valle irían a visitar a los habitantes del valle vecino? Quedarse en casa, sentirse seguro, al abrigo de cualquier sorpresa o intemperie es el sueño de los sin esperanza, sin aliento, sin pulso vital.

Esos efímeros puentes de Dolina… me repetía. Lo excepcional dura poco y está hecho de la misma materia de los sueños, pensaba … asumiendo que acababa de cruzar el segundo océano, el magnífico Pacífico, que encierra aún hoy día tantos misterios. Fueron 3 semanas que pasaron tan rápido que recordarlas durante esta pausa en una playa paradisíaca ya me parecían haber sido soñadas.

¿El amigo Xin Ping, sería real o soñado? Sentía que de una manera u otra había nacido una amistad que se asemeja a un puente tendido desde esa situación improbable, inolvidable.

Seguramente se habrá salvado y un día me contactará, conseguirá dar conmigo y el reencuentro será tan maravilloso como la emoción de los alemanes orientales atravesando la Puerta de Brandenburgo en aquélla revuelta contra el Muro de Berlín.

Nuestra amistad se gestó en los días de liberación para el joven estudiante oriental, pero hoy ya me parecía que había sido una corta anécdota de dos vidas que se encuentran sin quererlo, sin la más mínima intención previa. Sin embargo, para Xin Ping, fue un puente hacia su salvación, aunque ahora quizá estuviera nuevamente frente a nuevos peligros

acechándolo. 

¿En qué momento empezó mi sueño de echarme al mar?

Muchas veces cuento el relato con el punto de partida en la lectura de la historia de Dove y su joven capitán Robert Lee Graham, que con 16 años se convirtió en el primer adolescente en dar la vuelta al mundo en un velerito de 24 pies, apenas 7 metros. Después de 6 años de travesía, logró completar la circunvalación regresando con una joven esposa y una niña.

Pero sentado sobre la cubierta, empujé mi reflexión un poco más allá de ese simple hecho anecdótico. La imagen de las horas de sábado por la tarde asomado al balcón de la casa familiar que daba sobre la avenida Libertador y disponía de una imponente vista al Río de la Plata se me antojó como la verdadera formadora de esos sueños de evasión, de partir lejos, muy lejos, hasta donde la suerte me llevara.

El gigante río color de león no era el mar, o en todo caso sería un Mar Dulce, como le había llamado el expedicionario Juan Díaz de Solís al descubrirlo en 1515. Para algunos, es un estuario, un golfo o mar marginal del océano Atlántico pero desprovisto de salinidad, ya que está formado por las desembocaduras de los ríos Paraná y Uruguay, ambos de grandes caudales.

En más de la mitad de su extensión, tiene muy poca profundidad. Sólo se lo puede navegar respetando los canales dragados artificialmente o cuidando de no embarrancarse en alguno de los bajos formados por la sedimentación del Delta del Paraná que sigue avanzando de entre 50 y 100 metros por año, a razón de 160 millones de toneladas anuales de arcillas, limos y arenas.

Mi imaginación infantil se dejaba llevar hacia horizontes lejanos cuando escuchaba la sirena de ingreso a dársena de uno de los cruceros de la línea “C”. El más frecuente que recalaba por estas latitudes era el Eugenio “C”.

La proximidad de nuestro domicilio al puerto ejercía también en el joven de entonces una fascinación por las historias de inmigrantes, marinos, aventureros y exploradores. En aquella época, en la vecina calle 25 de mayo y en la de la Reconquista, ambas paralelas al bulevar del Bajo, se encontraban los bares y tugurios para marineros. Al principio me intrigaban las luces rojas, señalando sórdidas entradas, así como la nutrida presencia de marineros, en su mayoría extranjeros. Hasta que un día, acompañando a mi padre hacia su oficina céntrica le pregunté por qué esos bares tan bien situados sólo abrían por la tarde y noche y si eran algo especial que reunían tantos marineros. Mi padre, un poco apretado en su explicación, me contó que eran lugares de esparcimiento de los pobres trabajadores de los barcos que venían de tan lejos extrañando a sus familias y sus hogares. Como trabajaban en sus embarcaciones durante el día, por la noche salían a divertirse.

La explicación sencilla no sé si me satisfizo para entender exactamente la naturaleza de esos lugares, pero cuando comenzaron las obras de mejoras de la ciudad de Buenos Aires que debía ser el centro del Mundial de Fútbol 1978, esos locales fueron desalojados por las autoridades municipales. Durante ese evento mundial, la dictadura militar apostaba todo su prestigio de imagen internacional e intentaba disimular la obra de sistemática represión que venía operando desde que el último gobierno peronista había decretado la aniquilación de los “enemigos de la patria”.

Para ese entonces ya siendo adolescente, había entendido el sentido de esos locales porque al ir caminando o en bicicleta a mi escuela secundaria, el Colegio Nacional de Buenos Aires, debía pasar cada mañana antes de las 7:30 por una de las dos calles que discurren entre la Plaza San Martín y la Plaza de Mayo. A esa temprana hora, más de una vez, me sucedía toparme con opulentas o vistosas mujeres a las que les divertía hacer señas y enviar piropos al niño bicicletero, todo vestido con estricto pantalón gris, camisa celeste y blazer azul. Como poder negar que las primeras erecciones hayan probablemente sido generadas por las suculentas Madames que de vez en cuando se me atravesaban para jugar con mi inocencia y sobre todo prisa por no llegar tarde a la estricta institución escolar.

Unos años después conocí al gran Corto Maltés y la cercanía de su autor Hugo Pratt con la Argentina, me identificó mucho más con la fantasía de sus relatos. Si Hugo Pratt tenía algo de argentino, ya que había vivido su juventud, de los 22 a los 35 años, el Corto, había estado en Buenos Aires buscando justamente una amiga polaca, Louise Brookszowyc, que había conocido en Venecia y suponía víctima de una red de prostitución ligada a las tabernas próximas al puerto. Eran esas calles de mi infancia por donde se desarrollaba la historia de Corto en Buenos Aires. El álbum llamado Tango… y todo a media luz es importante en la historia íntima del Corto porque es ahí dónde en un diálogo con su amiga Esmeralda, prostituta porteña, Corto reconoce por única vez haber estado enamorado. Ni ella ni los lectores sabremos cuándo ni de quién, porque Corto le responde a su amiga insistente que su nombre no le diría nada… Corto nos deja con la intriga sobre su pasado, aunque Pratt no oculta ese lado romántico en el marino solitario y da un paso más allá ocupándose de localizar a la hija de Louise y confiársela a Esmeralda mientras él se lanza a averiguar y ubicar al asesino de su amiga.

Si Corto Maltés tiene una gran influencia en mi navegación solitaria, algunos lo deducirán y quizá tengan algo de razón. Hay algo de la melancolía y de esa mirada lejana a través de los horizontes marinos, en los que me reconozco en pleno océano.

¿Estar todo el tiempo atento, al acecho de las oportunidades que se presentan fugazmente en la vida, lo recordaba de los dichos de Dolina o del personaje del Corto y sus aventuras?

Soñar con partir más lejos de lo que la vista al llano pudiera alcanzar lo empecé a realizar en mi primer viaje a esa Patagonia donde el personaje maltés se había encontrado con Sundance Kid. Estaba próximo a los 17 años, buscaba afirmar mis futuras decisiones y partir de la casa familiar para abrirme a la vida de adulto que me antojaba llena de inquietudes, de exploraciones y de una búsqueda permanente.

Hice ese viaje iniciático durante el verano de mi 17º cumpleaños, de mochilero y a dedo, por la ruta 3, la nacional troncal que desciende por la costa patagónica. Los camioneros me enseñaron a cebar y tomar mate, ya que para eso me hacían el favor de llevarme durante cientos y hasta miles de kilómetros. Cada encuentro era fugaz, en esos tiempos no había Facebook ni internet, las relaciones eran efímeras, pero de una riqueza e intensidad mucho más trascendental de las que uno tiene hoy en día con la mayoría de sus amigos de redes sociales.

En ese viaje leí la gran pequeña obra de Hermann Hesse, Siddharta, que me terminó de abrir hacia la búsqueda de un camino propio y de iluminar de alguna manera mi vida como la de un Camino, pero que como cantaba el Nano Serrat, para mí estaría relacionado con el mar: “Caminante no hay camino, sino estelas en la mar”.

Tomé conciencia de que un detalle cambia una historia, cambia una dirección y que la felicidad no es perseguir una posición conforme a sus méritos, ni el resultado de una vida ordenada, en la que al final todo debe salir “como es debido”.

Rememorando a Dolina, me pareció escuchar a Tito, un camionero que trabajaba para la empresa Transportes Richter de Trelew que con otras palabras más llanas me transmitió la misma idea enunciada por el cronista: “Nos toca sólo un cachito de suerte en la vida y el peor de los pecados es dejarla pasar.”

Tito probablemente me habría dicho: “Aprovechá, pibe que sos joven y que podés salir a descubrir el mundo, porque no es el mundo el que vendrá a descubrirte a vos. No dejes pasar el camión que se para a recogerte, aunque solamente te lleve 50 kilómetros, quizás sea en esa pequeña distancia en la que tu camino cambie más adelante. Disfrutá que vos podés soñar, hacé que tu vida merezca siempre los sueños que te da.”

****

Olas de Libertad #06 -CONTIGO

(relato ficción)

Xin Ping me dijo que se ocupaba de todo. Era un tipo bastante brillante. En los pocos días que estuvimos juntos había aprendido todo lo que yo le podía enseñar.

Al despertar, el ambiente estaba más tranquilo y luminoso que de costumbre. El hublot u ojo de buey del camarote dejaba entrar la luz porque ya no se encontraba tapado por el dinghy. Rápidamente empecé a entender. Salí afuera de la cabina y no había rastro del reciente amigo que se había infiltrado en mi viaje, en mi vida en forma tan inesperada.

Se había lanzado al mar con el dinghy, cuando llegamos a proximidad de las costas de la isla pequeña, para evitarme todo inconveniente. Yo ya le había salvado su vida, él intentaba salvarme de los conflictos posibles con las autoridades. Preparó sigilosamente el bote, encontró los remos y se alejó evitando hacer el más mínimo ruido.

Me dejó una pequeña carta con la palabra Gracias repetida en toda una hoja y escrita en inglés, español y en chino. No sé dónde nos volveremos a encontrar, pero puedo imaginar que sí lo haremos. Xin Ping tiene alma resiliente, haré un cartel con sus Gracias en chino, para colgar en el Clinamen. También yo he aprendido mucho de este sorprendente compañero de viaje que nunca hubiera imaginado al salir de las Galápagos.

Me sentía descansado, pero debo confesar que algo preocupado por la huida de Xin Ping. No me preocupaba que se hubiere llevado el dinghy. Me había dejado el motor, sólo se había llevado los remos.

Calculé que cuando se echó a remar debíamos estar aún a 20 ó 30 millas náuticas de la costa. Cubrir esa distancia remando podía significarle todo un día. Por más que durante la noche el mar estuviese calmo, en estas zonas oceánicas y sobre todo a proximidad de islas, los vientos terrales y las corrientes que se forman pueden ser muy complicados de sobrellevar con una embarcación tan ligera.

Xin Ping debía tener el instinto de supervivencia a favor, pensé. Sin embargo, no estaba habituado al medio marítimo, a lidiar con el mar. Quizás terminaría derivando hacia cualquier otra dirección, distinta a la de la isla donde tenía la intención de arribar.

Realicé un punteo en el plotter para conocer dónde me encontraba exactamente. Me di cuenta de que estaba a casi la misma distancia entre la isla Hiva Oa, donde había planeado desembarcar en primer lugar y Fatu Hiva, adónde creía que se dirigía mi amigo chino voluntariamente “naufragado”, a la deriva.

Sopesé las consecuencias que un cambio de rumbo pudiera traerme, administrativamente hablando. Corría el riesgo de que no hubiera aduana o gendarmería para realizar la entrada al país y regularizar la documentación de arribo del barco.

Sin embargo, la posibilidad de recuperar a Xin Ping, si estuviese flotando, derivando con el dinghy en plena mar, valía la pena con creces.

Consideré que había sido un acto de arrojo de su parte el arriesgarse para evitarme problemas con las autoridades. Yo debía corresponderle con la misma generosidad e ir en su búsqueda, intentando salvarlo por segunda vez.

Habíamos compartido 2 semanas entrañables, en las que aprendí a encariñarme con el joven estudiante. Su lucha y su amor por su novia Lea, que había dejado atrás con tanto dolor y frustración, que lo llevó a arriesgar su vida en las protestas y después, a huir como polizón en el pesquero maldito de dónde lo recuperé en alta mar.

Durante las largas horas de guardias nocturnas habíamos hablado sobre la exigente vida en la China moderna. Sobre la vida de los estudiantes y sus aspiraciones de modernización democrática.

Los jóvenes chinos, según Xin Ping, aspiran a ser millonarios como los occidentales, esposar los valores de consumo y diversión americanos o europeos. Viajar por Europa y Estados Unidos forma parte de los objetivos básicos de todo universitario, o en su defecto, visitar la más cercana Australia. Obtener la posibilidad de una beca, realizar un máster u otro posgrado en una universidad occidental, les otorga la posibilidad de duplicar su salario al regresar a China. En una gran cantidad de casos, los estudiantes ni siquiera piensan en regresar, sino en establecerse en el extranjero, aunque eso puede llevar ciertas dificultades o represalias para su entorno familiar que reside aún en el país asiático.

Maniobré para cambiar el rumbo, estaba seguro de tomar la mejor decisión logística y moral, dadas las circunstancias.

Mi dinghy, aunque no era muy viejo, ya tenía años expuesto al sol del caribe y no me generaba mucha confianza.

En la parte norte de la isla de Fatu Hiva no vi muchas posibilidades de aproximarme a la costa. La costa noroeste es bastante accidentada, hasta donde se encuentra la Bahía de las Vírgenes. Ahí se encuentra un buen refugio y una aldea llamada Hanavave.

Me pareció que podría encontrarlo allí, así que puse proa hacia dicha bahía, extremando la observación con los binoculares, que aunque no son de muy buena precisión o calidad, algo ayudan.

Durante el día se había establecido una brisa de noreste que quizás lo ayudara en su aproximación a la costa.

Sin embargo, después de unas cuantas horas de navegación, ya próximo al punto de destino, no había visto ninguna señal de mi amigo, nada de nada en el horizonte. Quizá si la corriente y el viento le habían sido favorables, ya habría alcanzado una costa en otro punto de la isla, pensé para consolarme y no dar lugar a la peor de las alternativas.

Fondeé ya sobre la tarde y saludé a los vecinos de dos otras embarcaciones ancladas en la imponente bahía. Estaba apurado por descender a tierra, ver si encontraba mi dinghy y preguntar si alguien había visto llegar al joven chino con el pequeño bote inflable.

Una vez finalizadas todas las tareas para dejar el barco a seguro me di cuenta de que no tenía cómo bajar a tierra. ¡Mi bote auxiliar, cuya utilidad es la de facilitar los desembarcos, era justamente con lo que se había marchado Xin Ping!

La costa no estaba muy lejos y podía ir nadando. Me cambié el short por un traje de baño y me eché a nadar hacia el muelle.

A los pocos minutos, se me acercó uno de mis vecinos que me había visto maniobrar, atracar y finalmente lanzarme al agua. El tenía un cómodo bote auxiliar y me invitó a subir y llevarme al embarcadero, si eso era lo que yo deseaba.

Se llamaba Teiva, era tahitiano y estaba viajando de tripulante en el trimarán de un capitán francés que se dirigía a las islas Gambier. Le agradecí mucho el “dinghy stop” y después de presentación, lo primero que hice fue preguntarle si no había visto a Xin Ping. Me dijo que nadie había llegado a la bahía desde hacía 5 días en los que ellos estaban allí fondeados.

Le pregunté si conocía bien la isla donde estábamos y me dijo que no era un especialista de las Marquesas, porque él era de Tahití. Sin embargo, por su trabajo anterior, organizando encuestas de orden público, había visitado bastante todas las islas de la Polinesia Francesa.

Le conté la historia de mi amigo chino y de mi voluntad de encontrarlo con vida. Después de escuchar mi historia, me advirtió que oficialmente no me estaba permitido desembarcar en Fatu Hiva, ni en ninguna otra isla aparte de la principal, Nuku Hiva y su capital, Taiohae.

Llegamos al amarradero, pequeño muelle de piedra y cemento, medianamente protegido por una pequeña escollera que evita las mayores olas. Pude comprobar que mi dinghy no estaba allí. El simpático Teiva se ofreció a acompañarme, y poco después entendí por qué.

En la subida a la pequeña cuesta, por la calle principal de la pintoresca aldea, Teiva me preguntó si yo venía directamente del Pacífico o de otra isla del archipiélago y se interesó por mi destino posterior.

Conocedor de la idiosincrasia local me advirtió que no debía decir que estaba recién llegado desde el extranjero. Mientras caminábamos me puso al corriente de las novedades “en tierra”. Me contó que la pandemia de 2020 no había cesado y que con las fiestas navideñas y los abundantes viajes de visita de los polinesios que viven en Francia en dicha ocasión, el virus se estaba esparciendo en la Polinesia. Se había accionado la alarma sanitaria y había muchas restricciones de movimiento de población e incluso entre los habitantes locales.

Dada la historia del pueblo polinesio, los pobladores locales estaban un poco reacios a acoger con los brazos abiertos a los viajeros, extranjeros y posibles factores contaminantes.

La historia de la diseminación de la población polinesia está íntimamente liada a la llegada de enfermedades viniendo del contacto con el mundo de fuera del archipiélago. Ese hito cultural mayor ha dejado una cierta aprensión natural frente al extranjero como vector posible de enfermedades y pandemias. Lo admirable de este pueblo es que ni aún con esa aprensión han modificado sustancialmente su propensión a dar la Bienvenida al foráneo, en tiempos normales.

Llegamos donde se encuentra la oficina postal y la delegación del ayuntamiento de Fatu Hiva, casi al final de la aldea. Toda la isla es gestionada como una única administración, con sede en la pequeña ciudad de Omoa, situada en la segunda bahía de la costa oeste, a unas pocas millas al sur de Hanavave.

Para protegerme y por ser conocido de la gente, Teiva se ofreció a ser él quién preguntase, para no despertar sospechas ni cuestionamientos sobre mí.

Nadie sabía nada de la llegada de un reciente náufrago ni tampoco nadie había visto a ningún chino dando vueltas en la aldea. Lejos de tranquilizarme, esa respuesta me inquietó e intervine para preguntar si existía alguna posibilidad de que mi amigo hubiese recalado en otra bahía o accidente geográfico.

Nos contestaron negativamente, pero lo que me alertó fue la cara de sorpresa de los empleados municipales acerca de la posibilidad de que llegara gente de afuera. Uno de ellos empezó a increparnos diciendo que el ingreso era inadmisible en las circunstancias actuales, y que debía denunciarse a las autoridades porque representaba un riesgo muy importante, agravado por el hecho de que la persona fuera china. Me preguntaron qué sabía yo, si conocía la historia completa y si conocía si esa persona provenía de China o de otro origen.

Teiva, que había comprendido perfectamente la historia de Xin Ping, y conociendo los resquemores locales, intervino para calmar los ánimos diciendo que se trataba de una persona que yo “había visto pasar” en un dinghy, en el cruce de Hiva Oa a Fatu Hiva. Agregó que me había parecido que era chino, pero que no conocía muy bien otros detalles.

Sin poder obtener ninguna información más, Teiva prefirió que nos retiráramos y charláramos en forma apartada. Nos despedimos gentilmente de todos y regresamos por la calle troncal hacia el muelle. Durante los primeros 300 metros, ambos caminamos en silencio, como reflexionando cada uno sobre la suerte que pudo haberle deparado al joven desafortunado. Teiva rompió el silencio con una reflexión que buscaba sosegar mi preocupación.

Me explicó que el hecho que no hubiera sido visto aún en Hanavave podía significar que hubiere tocado tierra en alguna de las pequeñas bahías abiertas de la costa norte. Ellas son de muy difícil acceso en barco por estar descubiertas al viento, pero pero era factible acercarse a la costa en un pequeño bote y desembarcar. La segunda opción que se le ocurría era que mi amigo hubiera derivado hacia Tahuata, pero le parecía menos probable ya que él se lo hubiera cruzado o lo hubiera divisado al cruzar la trayectoria.

Me propuso un plan que quedaría sólo entre nosotros, ya que no podíamos dar parte a las autoridades sin delatar mi llegada y la clandestinidad de Xin Ping.

Teiva intentaría rastrear al día siguiente la costa desde la Bahía de las Vírgenes hacia el norte. Calculaba que sobre la costa este no valía la pena buscar porque a remo y según la deriva de la corriente era imposible que fuera a llegar por ese lado.

Yo zarparía también, para evitar dar el parte de mi llegada en Fatu Hiva, ya que también yo había entrado al territorio ilegalmente. Me dirigiría hacia Nuku Hiva, la isla principal de las Marquesas, pero podría recorrer la costa este y sur de Tahuata quedándome de camino. Me garantizó que en esa isla no habría inconvenientes en desembarcar porque la población está menos centrada que en Fatu Hiva y que podía rastrear en las calas del este donde Xin Ping pudiera haber llegado según la deriva de la corriente. Por ese lado no había más que dos pequeñas poblaciones, pero sin desembarcaderos, por la naturaleza escarpada de la costa. Me explicó que eran más caseríos que aldeas, situadas sobre los valles, sin puerto o acceso hacia el mar.

Me aconsejó que, hasta no ser declarado y registrado por las autoridades sanitarias, me convenía evitar dejarme ver demasiado. Que intentara rastrear la costa este y me fuera dirigiendo hacia el sur de aquélla isla.

Si necesitaba hacer víveres en previsión de ser sometido a una cuarentena, antes de cruzar a Nuku Hiva, me aconsejó subir por la costa oeste y recalar en una playa de arena blanca muy propicia para fondear. Además de ser hermosa, tenía un pequeño valle con una antigua plantación de frutas y verduras que estaban en semi abandono. Según Teiva, allí no vivía nadie en forma permanente y unas pocas provisiones no harían daño a la naturaleza que había quedado en estado casi salvaje. Según lo que recordaba, podría encontrar cocos, pero también recoger zapallos, tomatitos, papayas, mangos, aguacates y a lo mejor berenjenas. Gracias a la enorme fertilidad del suelo y al estar protegidas del viento, las plantas seguían produciendo naturalmente, aunque probablemente en un estado muy descuidado.

Llegamos al muelle, y Teiva me invitó a llevarme de regreso a mi barco, no sin antes pasar por el suyo y pasarme algo de víveres enlatados, agua potable y un par de frutas de su reserva.

Zarpé al otro día como había previsto, no sin antes saludar a mi amabilísimo primer anfitrión de la Polinesia. Partí con rumbo oeste, mientras que Teiva rastrearía la costa de Fatu Hiva sin dar la alerta sobre su búsqueda, hasta no dar con algún rastro certero de Xin Ping. Se trataba de no aumentar los inconvenientes, aunque personalmente quedé muy preocupado por la suerte del amigo náufrago.

Para poder comunicarnos, Teiva me había ayudado a comprar una tarjeta de celular local usando sus datos personales para domiciliarla. De esa manera, el primero que encontrara el mínimo signo de esperanza avisaría al otro.

El cruce fue bastante cómodo y tranquilo. Hacía buen tiempo. Las condiciones ambientales, meteorológicas, eran ideales para tener buena visibilidad.

Zarpé a las 8 de la mañana calculando que las 35 millas de distancia a la punta noreste me llevarían entre 5 y 6 horas. Mantuve un promedio de 7 nudos, por lo que llegué cerca de las 13 h. Había buena luz y no tardé en bajar la costa, para rastrear como habíamos convenido con Teiva.

Por una parte, no había muchos lugares donde pudiera acostar. Por otra, no podía retrasarme demasiado en el recorrido costero porque debía evitar que cuando cayera la luz me encontrara todavía del lado oeste de la isla, debido a que no ofrece ningún abrigo seguro para fondear.

Me sentía en una situación de grandísima tensión, la disyuntiva entre fondear con seguridad o priorizar la búsqueda de Xin Ping.

Elegí el plan de navegar rastreando concienzudamente hasta las 16 h y después salirme de la zona a buscar un refugio hacia el lado este de la isla de Tahuata. Si fuera necesario, regresaría al otro día para recomenzar la búsqueda donde la habría dejado.

La distancia de 7 millas de la costa por rastrear, en navegación corrida hubiera tomado una hora, sin embargo, al ir a la mitad de velocidad y bordeando muy cerca de los accidentes costeros, me llevó 3 horas bajar hasta la punta sur. El cálculo había sido casualmente bien ajustado, pero en ese momento advertí que, del lado este, el abrigo más cercano estaba todavía a unas 6 millas del cabo sur. El viento era casi inexistente en esa punta, protegida por las alturas de la formación volcánica. Tuve que usar el motor y avanzar a tímidos 4,5/5 nudos.

Llegué a la bahía de Hapatoni con un atardecer extraordinario que me subyugó con amarillos y naranjas. Corría poco viento, el mar estaba calmo y el aire templado. Se acababa un día largo y tenso. El horizonte estaba como en una tarjeta postal y el alivio que sentí fue muy grande.

Estaba satisfecho de haber llegado con luz apenas suficiente para ver dónde echar el ancla, pero con un sentimiento de frustración por no haber logrado la misión de encontrar, aunque más no fuera un pequeño rastro o indicio de Xin Ping.

No bajé inmediatamente a tierra, ya que sin el bote auxiliar llamaría mucho la atención en la aldea. A la hora del crepúsculo es muy común que los habitantes salgan a observar las hermosas puestas de sol. La gente en las Marquesas disfruta mucho su entorno natural y tan poco urbanizado. Se sientan en el borde del mar a charlar o escuchar algo de música. Algunos fuman y unos cuantos se animan a beber en la calle, aunque eso no esté muy bien apreciado por las borracheras en lo que suele terminar.

A la mañana siguiente bajé a tierra y pregunté si en los días pasados no habían visto desembarcar un joven asiático, o si habían advertido la llegada de otros barcos en Hapatoni.

Nadie parecía estar al tanto de ningún visitante y me comentaron que, por la pandemia, los turistas habían casi desaparecido.

No quise entretenerme demasiado con charlas que pudieran delatarme por el hecho de no haber hecho aún mi ingreso legal y mi revisión sanitaria oficial.

Confirmé con un joven habitante la información que me había dado Teiva sobre la playa de arena blanca con abundantes frutas. Estaba a sólo 3 millas y media hacia el norte, pasando Vaitahu, la segunda aldea de la isla.

Si salía antes de las 3 de la tarde, podía llegar en apenas una hora y fondear ahí antes del atardecer. A la mañana siguiente podría explorar la plantación de la que me habían hablado y zarpar después con el rumbo ya definido hacia Nuku Hiva, habiendo hecho provisiones suficientes.

Había perdido la esperanza de hallar a mi amigo Xin Ping. Debía seguir mi periplo, con desazón y hasta un poco arrepentido de no haberlo escuchado partir con mi dinghy en la última noche en que lo dejé haciendo guardia, mientras yo dormía plácidamente en el camarote de proa. Estaba bastante agotado de toda la travesía y aunque el acompañante había roto mi soledad tan deseada, le estaba agradecido por la experiencia que me había transmitido sobre su vida en aquél lejano país, tan poco comprendido por nosotros, occidentales.

Apenas llegué a la bahía, reconocí la paradisíaca cinta blanca recortada bajo un fondo de palmeras. El agua cristalina dejaba descubrir su rica y despreocupada fauna marina.

Apenas eché el ancla, un par de manta rayas pasó por el borde, como rozando, acariciando al Clinamen en forma de saludo de bienvenida.

Para asegurarme de la calidad del fondeo, suelo quedarme un buen rato en observación, realizando lo que se llama enfilación. Esta técnica permite asegurarse que el barco no está derivando y por consecuencia, confirma el buen estado del fondeo. Sólo después de efectuada esa observación se puede considerar bajar a tierra dejando el barco sin presencia a bordo. Mientras estaba en ese análisis casi meditativo, apareció por la popa una pareja de delfines. Parecían venir a preguntarme si necesitaba algo, si se me ofrecía algo o si quería bañarme con ellos. Me puse inmediatamente de pie y fui a verlos más de cerca. Dieron 3 vueltas alrededor del Clinamen, luego dieron un pequeño salto y desaparecieron por donde vinieron.

Estaba muy emocionado por la escena. Cada encuentro, tan natural y espontáneo con la naturaleza nos devuelve a su esencia. Nos recuerda lo poco que somos los humanos en el universo, solo invitados a compartir por un tiempo una porción de este paraíso.

Si nos comportamos con respeto, no dejamos de tener sorpresas agradables y encuentros que maravillan el alma. La humildad y simple admiración e interacción no violenta, son el mejor trato que podemos dar a este regalo de la naturaleza.

Me volví a sentar en el cockpit y cuando ya estaba satisfecho con las medidas de la enfilación, volví a mirar el agua azul circundante. Esta vez no volví a ver delfines, pero apareció una tortuga casi erguida, con su cabecita curiosa. Parecía que buscaba ponerse de pie en el agua, sacando el cuello extendido. También dio una vuelta al Clinamen antes de sumergirse. Quedé extasiado contemplando el atardecer que volvió a ser una fiesta de colores. Era como una auténtica ceremonia de bienvenida a la Polinesia.

Como me quedaba algo de comida que me había dejado Teiva, decidí no descender a tierra en búsqueda de víveres. Prefería aprovechar ese momento sublime relajándome, comer temprano y disfrutar de una buena noche reparadora.

Al día siguiente me desperté al alba. Bajé nadando, y llevé dos bolsos herméticos para poder acarrear la cosecha que pudiera recoger en el jardín abandonado.

La playa era impresionante, pura belleza salvaje. Los cocoteros desbordaban la arena hasta cerca del borde del mar, inclinándose como ofrendando sus frutos. Eso me permitió arrancar un par de cocos que parecían ya maduros.

Caminé unos minutos por el borde de la playa observando el paisaje en su totalidad. A esa hora temprana el paisaje era excepcional. La luz de los rayos del sol, penetrando con una dulzura amarillenta, comenzaban a templar el aire, sin ser aún ardientes como en el zénit.

El sentimiento de estar viviendo un momento tan único, después de una noche tan emotiva, me sumió en una suerte de melancolía. La belleza y la soledad a veces pueden jugar una mala pasada a la alegría y el disfrute.

Me senté e intenté interpretar mi sentimiento repentino, mezcla de felicidad, plenitud y de cierta tristeza por no poder compartir tal momento con la compañera que siempre había soñado.

Naturalmente los recuerdos de cada amor fueron renaciendo, encimándose, confundiéndose. Poco a poco, con cada oleaje, un recuerdo, pero el rostro de la mujer no era siempre el mismo. Los amores de adolescencia, de juventud o ya de adulto fueron tomando una misma cara, aunque variando su cabello, tanto rubio como moreno, lacio como rizado. Su tez a veces clara, otras oscura, el cuerpo se antojaba fino y también voluptuoso.

Alcé la vista hacia el follaje y descubrí un corazón dibujado entre las palmeras. Me parecía seguir ensoñozado, sin embargo, la palmera era bien real.

Atraído por descubrir si se trataba de una formación onírica o palpable, me levanté y me interné entre los cocoteros para descubrir la palmera más romántica y original que había visto hasta ahora. Su tronco rectilíneo, hasta hacerse de la altura de sus pares, se dividía en dos cabezas que se juntaban hacia el centro formando un corazón hidalgo. No estaba soñando, ni recordando nada de un pasado idealizado. Estaba al pie de una formación única, en una isla idílica en donde desbordaban la perfección y el romanticismo.

Ese entorno y el recuerdo de los amores de mi vida me llevaron a pensar en el amor, como ideal, como vivencia fugaz y aspiración eterna. Entre todas las mujeres que amé, sólo podía encontrar un trazo en común. Cada vez, en forma renovada y con idéntica pasión, había imaginado que ese amor sería el definitivo, el último, el que no termina, sino que se transforma con uno mismo, con los años y los cambios en la vida.

Un amor por el que morir, un amor que mata y por el que la vida se llena tan plenamente, que se confunde con la muerte, perdiendo dramatismo.

Hay amores que matan, pensé, y empezó a sonar en mi mente la hermosa canción de Sabina, tan bien cantada por Calamaro, la inolvidable “Contigo” que reza en su estribillo:

“… lo que yo quiero, corazón cobarde, es que mueras por mí. Y morirme contigo si te matas. Y matarme contigo si te mueres. Porque el Amor, cuando no muere, mata. Porque Amores que matan, nunca mueren”.

Ya no me sentí solo. Sentí un perfume de mujer que no lograba identificar, pero que me parecía reconocer. Me di vuelta y vi que una cabellera desaparecía entre el follaje como llevándose la música con ella.

Intenté seguirla, pero inmediatamente se confundió con la vegetación densa. Volví hacia la palmera encantadora y se me ocurrió dejar a la misteriosa presencia fugaz un mensaje para que lo leyera cuando regresara. Estaba seguro de que volvería cuando yo me fuera.

Nada mejor que transcribir la letra de la canción que había sonado en mi espíritu antes de su aparición.

Olas de Libertad #05 -TAHUATA

Detrás de los arbustos, a unos 20 metros de la palmera mágica, una figura se escondía agazapada. Llevaba en esa playa idílica un par de semanas, pero no se dejaba ver por los turistas o pasantes que periódicamente recalaban en el hermoso paraje.

Todavía se sentía como un animal en peligro. Había sufrido intensamente el hostigamiento y los abusos, cuando cayó en manos de los marineros del barco pesquero.

Xin Ping se sentía aún como una presa fácil y frágil. No se permitía confiar en la gente que veía pasar desde su escondite.

Por su condición de clandestino, el joven estudiante pensaba que lo podían denunciar, que las autoridades podían apresarlo y que se vería arrojado a un calabozo. Quizá sufriera nuevas vejaciones, y terminaría finalmente devuelto a su país de origen de dónde había desertado. No quería volver al lugar de dónde venía. No podía mirar para atrás. Dirigirse hacia adelante era la única opción que le quedaba, la que sentía como impulso vital.

Con mucha tristeza imaginaba que sus padres y familiares habrían sido hostigados por el gobierno autoritario que dominaba aún las fuerzas de seguridad y control, con mano de hierro, como en los peores tiempos de Mao y la post Revolución.

No podría regresar nunca a su lugar de infancia. No toleraría afrontar la realidad de las vejaciones que sus familiares habrían sufrido por su culpa. Tampoco soportaría conocer cuántos de sus compañeros habrían desaparecido, sin tener su misma suerte de sobrevivir, pese a todo.

Debía permanecer escondido hasta recuperar suficiente confianza y sentirse más seguro. No sabía exactamente dónde se encontraba, pero experimentaba una cierta sensación de seguridad.

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La noche en la que Xin Ping abandonó el velero que lo había salvado, la brisa era

suave. Dejando al barco con el piloto automático, su amigo navegante, que dormía

confiado en el camarote, no correría peligro hasta amanecer. Al despertar entendería que Xin Ping había partido con el dinghy para no comprometerlo, para no perjudicarlo con las autoridades. Xin Ping remó toda la noche en la dirección que su instinto lo guiaba, siguiendo una estrella que había elegido como rumbo. Ese signo en el cielo tenía sobre él un magnetismo salvador, liberador. Se sentía bajo su protección.

A las primeras horas del amanecer pudo divisar claramente la isla y lo que le parecía ser una playa, donde podría desembarcar.

El sol salió temprano y comenzó rápidamente a acariciarlo. Sus esfuerzos eran reconfortados progresivamente con una sensación templada. Cada remada se hacía más consistente, más segura, más prometedora.

Sintió el terciopelo de la libertad, un anhelo que un par de meses atrás, cuando se encontraba en las protestas de su ciudad de origen, no imaginaba conseguir.

La excitación y la euforia de saberse a salvo le dieron ánimos renovados. Se puso a remar en forma más regular y avanzaba en forma decidida. A medida que se acercaba a la costa, el mar se volvía más picado, recibiendo el reflujo del oleaje que golpeaba contra las duras rocas volcánicas de la costa escarpada.

Cuando desembarcó en la isla de Fatu Hiva, tardó todo un día caminando entre las rocas, hasta encontrar un sendero de animales. Lo siguió y penetrando tierra adentro descubrió un refugio, donde podría dormir sin interrupción y descansar por primera vez después de semanas de tan duro viaje. Se quedó en ese cobertizo durante un día y medio hasta que voces que hablaban un idioma que le resultaba totalmente desconocido, lo despertaron. No era inglés, ni francés ni ninguna otra lengua que pudiera reconocer. Tampoco era un idioma asiático. Pensó que debería estudiar mejor el entorno y las costumbres locales antes de decidir acercarse a algún poblado y dejarse ver. Se escabulló sin que lo percibieran.

Con fuerzas y ánimo, recuperados gracias al descanso, se aventuró con sigilo por el costado del sendero hasta encontrar una aldea. Seguramente de aquí habrían venido los dos hombres cuyas voces lo alertaron al llegar adonde se había refugiado los últimos días.

Al acercarse al poblado, encontró árboles cercanos al camino de los que colgaban frutas maduras. El primer mango que mordió lo estremeció en todo su cuerpo. Le procuró tal placer al hincar sus dientes en la carne jugosa y tierna, que lo sumió en una sensación casi orgásmica. El fruto era dulce, húmedo y perfumado. Le devolvió una conexión con su cuerpo que había estado ausente durante tanto tiempo.

Por un instante fugaz, sentado en una roca a la vera del camino, cerró los ojos y recordó su ciudad natal y esas tardes calurosas con su novia. Rememoró cuando dejaba caer su rostro entero entre las piernas de su novia. Retirándole suavemente su vestido, luego su ropa interior, su boca se apropiaba de los labios genitales de su compañera. Su sexo era pulposo y húmedo. Un manjar acogedor y perfumado, de donde fluía un néctar dulce que era para él como deleitarse de la fruta más rica del universo.

A veces él se preguntaba si sólo proseguía su carrera para poder continuar estudiando con ella y disfrutando de esas pausas tan sensuales, que hacían que preparar un examen no fuera del todo un hastío o una tortura. Cuando ella lograba llegar a su orgasmo, le apretaba fuerte su cabeza contra su regazo y la cara del joven amante se llenaba, feliz, de lo más preciado de su amada. Él se sentía la persona más dichosa del mundo. Darle placer hasta el estremecimiento, por sorpresa, en un rato inesperado, no premeditado, convertía esos momentos en lo más placentero de su vida de estudiante.

Habían pensado que cuando terminaran la universidad se irían a vivir juntos. Ambos querían independizarse de sus padres y tener un hijo al que llamarían Chang. Meses atrás, los padres de ella la habían retirado de la universidad para evitar que se involucrara en las protestas. La habían transferido a Shanghái. Esa decisión y la distancia los hizo muy infelices, se sintieron desesperados. Xin Ping encontró en la radicalización del movimiento y la participación activa en las protestas una forma de exteriorizar su frustración amorosa, personal. Sentía la injusticia absoluta de esa sociedad tan rígida en la que era más importante comer, dormir y satisfacer las necesidades básicas de la familia que soñar con un mañana mejor, con llegar a ser feliz y darle sentido a la vida en la forma en cada individuo deseara.

Cuando se sintió saciado de tanto dulzor y voluptuosidad en el recuerdo, unas gotas del jugo de la fruta lo despertaron del ensueño. Creyó despertar de un hechizo, pero rápidamente el instinto de supervivencia lo hizo reaccionar, regresar a sí mismo y apartarse del camino abierto por dónde podía llegar algún caminante o algún vehículo.

En el mismo predio recogió unos aguacates y hasta encontró una pequeña piña con un ananás bastante maduro. No dudó en arrancarlo. A falta de bolsa, plegó y ató su camiseta para poder cargar los frutos y comerlos más tarde. Quería seguir disfrutando del placer y regocijo que le brindaban esos frutos, consumidos con mucha pasión y nostalgia.

Siguió por la senda, que bajaba por medio de curvas sucesivas, hasta que pudo divisar un caserío y la hermosa bahía custodiada por formaciones verticales de rocas que tenían una cierta evocación fálica. Xing Ping pensó que su sueño erótico de hacía un rato le estaba haciendo ver todo con una interpretación sexual. No se equivocaba tanto, ya que había llegado a la aldea de Hanavave, sobre la Baie des Vierges, llamada así después de la llegada de los misioneros que al escuchar que el nombre era Baie des Verges (verge es la forma popular para denominar el sexo masculino), se escandalizaron y propusieron cambiar esa obscenidad con un homenaje a las vírgenes. En la fuente del manantial que alimenta de agua dulce al poblado, colocaron una estatua de la Virgen María. La naturaleza estaba protegida de la ofensa humana …

Se acercó al caserío cuando la tarde ya se iba convirtiendo en crepúsculo y muy rápidamente en noche. Estaba aprendiendo que los atardeceres polinesios eran instantes fugaces que debían ser aprovechados como sorbos de vida. De no estar atento, se desvanecían sin dejar oportunidad.

Xin Ping se quedó observando cómo se organizaba la vida en la aldea. Trataba de entender si la población era más bien aislada o muy comunicativa, si se vivía en armonía o cada cuál en su morada individual.

Con la caída de la noche empezó a escuchar los ladridos de perros aquí y allá. Eso era una amenaza para su presencia clandestina. También escuchaba el grito de gallos casi sin cesar, parecían salir de todas partes, caóticamente, sin dueño ni corral. Por todas partes, había gallos, gallinas y pollitos. Estaba admirado de la excesiva cantidad de comida que ofrecía este lugar, nadie podría morirse de hambre en esta tierra fecunda, con tantas frutas y animales por doquier. Al llegar al pueblo había incluso visto una cantidad de cabras que parecían salvajes y hasta se cruzó con algún jabalí.

Xin Ping se detuvo y pensó en su amada Lea. ¡Cómo le gustaría poder traerla aquí y mostrarle que no tan lejos y a unos cuántos días de mar, existía una tierra tan rica y generosa, y tan poco poblada!

Pero inmediatamente recordó el sufrimiento que le había costado llegar hasta allí y todavía no estaba a salvo. Tenía que encontrar la manera de sentirse a salvaguarda.

Antes de acomodarse en un rincón donde repararse, comió la palta y el ananá que había juntado previamente. Durmió acurrucado, cobijado por la naturaleza, a resguardo de cualquier curioso que lo descubriera.

Al aclarar, deshizo el camino andado y buscó el bote que había escondido en la costa. Quizá yendo por la costa podría explorar un poco más la isla, que empezaba a gustarle. Comenzaba a sentirse a gusto en ella. Sentía que la tensión de su cuerpo se iba relajando, que tenía menos miedo, e iba ganando cierta confianza en el entorno.

Por lo que había visto desde la colina, en el comportamiento de la gente de la aldea, presentía una vida armoniosa, pacífica. Le pareció que había llegado a un buen lugar. Ya no se sentía tan en peligro.

Acercándose al poblado con el bote, por el mar, al ser descubierto, sería más fácil explicar su situación de náufrago de un barco pesquero, e intentar no involucrar al velero del navegante que lo había rescatado y traído hasta aquí.

El lugar en el que había desembarcado se le había grabado tan fuerte en su mente que no le costó encontrarlo. Todavía en su escondite, el dinghy lo esperaba fielmente.

No pensó muy bien lo que estaba haciendo, seguía actuando por intuición, por designio. Le parecía lo más ajustado a su situación desesperada en la que había llegado y después de todo lo pasado, ya casi no sentía miedo. Sólo sentía que debía ser prudente.

Volvió a poner el bote en el agua intentando no alejarse demasiado de la costa.

Cuando dobló el peñasco norte de la isla, la marejada empezó a levantarse junto con un viento de terral que le dificultaba mantenerse cerca de la costa. Siguió remando con vigor y convencimiento, pero se le hacía mucho más duro que lo que pensaba en un principio. Después de dos horas de brazadas sin descanso, no podía continuar más el mismo ritmo. Al parar unos minutos para recuperarse, sintió cómo la corriente se unía al viento y lo alejaban en forma muy rápida. Irremediablemente, lo iban arrastrando mar adentro, fuera de la zona de seguridad.

Volvió a remar con todas sus fuerzas, pero su impresión se confirmaba, estaba yendo hacia alta mar. Después de una hora de esfuerzo casi vano, las olas se habían transformado en mar formada, la costa estaba cada vez más lejos y el cielo se cubrió totalmente de gris. Los chaparrones no tardaron en llegar y un viento cada vez más sostenido de sudeste se instaló haciendo añicos las esperanzas del joven náufrago.

Agotado, dejó de remar y se confió a su suerte. Se acomodó en el fondo de la pequeña barca para sentirse más protegido y estable. Ahora en lo único que pensaba era en que la frágil embarcación no se diera vuelta y que resistiera los embates de las olas hasta llegar a alguna otra costa.

Cayó la noche y empezó a tener frío. En pleno trópico, mojado como estaba, era sobre todo el hambre y el cansancio lo que comenzaba a pasarle factura, lo que le pesaba más que su ropa empapada.

Bien entrada la noche, el viento amainó, pero Xin Ping había perdido toda orientación. No tenía la más mínima idea de hacia dónde podría remar o dirigirse. Se sintió sin más fuerzas y decidió dormir mientras se mantuviera tranquilo. De esa manera recuperaría energías para cuando saliera la luz del día.

Se despertó con la primera luminosidad, antes de que salieran los primeros rayos del sol.  No quiso ilusionarse en demasía, pero en el horizonte, le pareció divisar una fina franja de tierra. Con la primera aparición del sol, pudo calcular que yacía hacia el noroeste, mientras que la corriente y el viento de sudeste lo seguían empujando en la dirección favorable.

Se reincorporó con buen ánimo y volvió a remar con entusiasmo, ya descansado.

El esfuerzo matinal le devolvía calor en el cuerpo y la temperatura del día se iba instalando.

Xin Ping volvió a sentirse optimista y afortunado. Por cuántas dificultades había pasado sin sucumbir. No podía más que sentirse eternamente agradecido a su suerte favorable. Sabía que de nada le servía quejarse, sino más bien aceptar que lo que le estaba sucediendo era una cadena de acontecimientos que lo llevarían adónde tenía que aterrizar. En esos instantes críticos, las ganas de maldecir, los pensamientos negativos y el pesimismo le consumirían energía. No se lo podía permitir. Tenía que mantener la confianza, tenerse fe y seguir apostando por la nueva orilla.

Remaba por más de una hora sin cesar y descansaba durante 15 minutos, intentando medir si las condiciones le seguían siendo favorables. Creía que sí, porque al promediar el día, la tierra se le hacía cada vez más grande, la isla a la que se acercaba parecía menos escarpada que Fatu Hiva, de dónde venía.

Todavía le resultaba lejana, pero esperaba lograr llegar antes del atardecer. Se le haría muy duro volver a pasar una noche de frío y humedad en el mar. Con el agravante de que acercarse a la costa rocosa y accidentada de una isla volcánica, en plena oscuridad, podía ser sumamente peligroso.

Después de remar casi 2 horas y media sin descanso, alcanzó a divisar una playa o una zona más baja del paisaje, que parecía corresponderse con un buen lugar para intentar desembarcar. Se le iba desvaneciendo la luz, tenía que asegurar la dirección de su remada.

El sol se puso por el lado de la isla, pero todavía tenía casi una hora de luz para apreciar si el terreno adonde estaba acercándose era apropiado.

Entró en la bahía con brazadas casi desesperadas, como si estuviera corriendo una carrera, y con una mezcla de entusiasmo, de seguridad de sentirse a salvo y de ansiedad por tocar la tierra.

Se tiró del bote casi 20 metros antes de llegar a tocar la orilla. Quería tocar el fondo con los pies, asegurarse que esta nueva aventura, totalmente imprevista e indeseada, había llegado a su fin.

Cuando posó finalmente sus pies en la playa, ya fuera del agua, se desvaneció por completo. Estaba exhausto, pero feliz. No podía más físicamente, y al mismo tiempo su cabeza le decía que corriera, que gritara agradecido, pero no pudo levantarse.

Se quedó cabeza arriba, un buen rato, recuperando energías y observando cómo las nubes, que lo habían estado acompañando durante toda la travesía, se iban esfumando y descubriendo una noche estrellada y luminosa.

Poco a poco vio aparecer, como saliendo del mar que le había sido benigno, una esfera entre rojiza y amarillenta. Una luna llena generosa le venía a acompañar y a guiar en la nueva tierra por descubrir. Cuando ya estaba a 45 grados del horizonte la luminosidad era suficiente y Xin Ping sintió que le estaba indicando el camino por seguir.

Se reincorporó por completo. Buscó dónde poner a salvo el bote y sintiendo un poco de hambre buscó un coco que no estuviera muy alto y que le pareciera suficientemente maduro. Al encontrarlo y descolgarlo se dio cuenta que no tenía cuchillo o machete para abrirlo. Se las tuvo que ingeniar con una piedra medio filosa con la que hizo primero un orificio en el fruto y así accedió, sin derrochar, al jugo o agua del coco.

Al beber el líquido tan gustoso y sabroso, se sintió revivir, sobretodo después del día agotador que había sufrido sin comer ni beber nada.

Con el fruto ya vaciado de su agua, buscó cómo quebrarlo en partes para llegar a su pulpa blanca, central.

Xin Ping recordó todos los platillos con pulpa de coco o leche de coco que su madre le solía cocinar.  También se acordó de su amada Lea, ella sabía cómo hacer un riquísimo arroz con pescado crudo y leche de coco. Cuando debían estudiar durante dos o más días seguidos, era muy sencillo preparar una gran cantidad de arroz blanco, una salsa con la leche de coco y a último momento agregarle el pescado cortado en cubos, sirviéndose porciones, según el hambre que tenían. Era un plato sumamente rico y práctico cuya preparación no los distraía mucho tiempo de sus estudios.

Logró apañarse un refugio con hojas de palmera para pasar la noche, pero pese al cansancio, los recuerdos lo habían desvelado. La luna era su compañera solidaria. Se sentía cerca de Lea al evocarla en sus pensamientos y los pensamientos positivos le devolvieron la esperanza pese a la situación tan frágil y desesperada en la que se encontraba.

Xin Ping se sentía afortunado de haber sobrevivido una y otra vez, no podía sentirse mal, debía honrar a su suerte que le daba una nueva oportunidad trayéndolo sano y salvo a una nueva playa. Contemplando las estrellas y la luna brillante, protectora, Xin Ping fue adormeciéndose en paz, con la seguridad de que en la mañana comenzaría una nueva etapa.

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Al amanecer despertó con muy buen ánimo. Se aseguró de dejar el bote bien escondido antes de alejarse de la playa en la que había desembarcado.

Al aclarar el día, se dio cuenta cuán estrecho era el paso por el que había penetrado a la pequeña bahía. Por la falta de luz y la ansiedad de llegar a la orilla, la noche anterior no había percibido los escollos rocosos que había sorteado para llegar a la playa.

Sintió una vez más que tenía su destino por delante y que recibía una nueva oportunidad.

Recorrió la playa hasta que encontró nuevamente un sendero de animales. La senda se agrandaba hacia el interior de la isla y muy rápidamente llegó a un claro en la naturaleza donde encontró rastros de cabras o cerdos salvajes.

Empezó su exploración en busca de algo para comer y con el propósito de descubrir si había algún poblado cercano.

¡Se encontró con tanta fruta, de todas formas y colores! No podía más que admirar la sobreabundancia que la naturaleza ofrecía en este lugar inesperado.

Después de caminar durante una hora, la senda había casi desaparecido y se tenía que abrir paso por entre una vegetación densa. No se sentía muy seguro, no sabia donde estaba yendo. Sin embargo, continuó con empeño, convencido de que era siempre hacia adelante que debía avanzar.

Por momentos le parecía estar siguiendo una senda, pero sin entender por qué, ésta de repente desaparecía como tal. Sólo una ilusión le permitía seguir, confiaba que el camino se le iría aclarando hacia delante. Su intuición le marcaba la dirección por dónde debía pasar, pero era mayor la ilusión que la realidad.

Así, se abrió paso durante otra hora, pero ahora no tenía otra opción que subir una colina que se veía bastante escarpada.

Ascendió y a una cierta altura le pareció haber llegado a la cresta. Buscó un claro entre la vegetación y alcanzó a ver desde ahí el mar. Se dio cuenta que había trepado mucho. Debía estar en la parte más alta de la isla.

Caminó un tiempo hasta encontrar un paso hacia lo que le parecía configurarse como un valle. Sintió mejores condiciones para caminar, a medida que se topaba con rastros de animales. Incluso llegó a sentir movimientos en la vegetación de algún animal de tamaño medio como cabras, un jabalí o cerdo salvaje, pero sin llegar a distinguirlos. Todavía la vegetación era bastante cerrada.

Al descender hacia el valle halló finalmente un amplio camino con indiscutibles huellas humanas, no era solamente un rastro formado por el paso de animales. Su intuición le continuó guiando el rumbo y pronto vió árboles frutales. Había mangos, árboles de uru – también llamado árbol de pan – y hasta bananos. Sentía claramente que debía estar acercándose a una población.

Como en la isla de Fatu Hiva, su propósito era acercarse con sigilo sin dejarse ver de inmediato.

No encontró ningún caserío o poblado, pero sí un cobertizo que debía servir para quién viniera a ocuparse de recolectar los frutos de la tierra.

Exploró la zona con cuidado, tomándose el debido tiempo y las precauciones para no ser descubierto por sorpresa.

No encontró a nadie y se atrevió a entrar en la precaria cabaña. Había un catre y un rincón que oficiaba de cocina. Salió rápido, por miedo que regresara el ocupante.

Esperó que llegara la noche para volver a entrar en la cabaña sin recelo. Pasó su primera noche en algo parecido a una cama. Durmió en el catre estando a cubierto, todo un lujo para Xin Ping.

Al despertar por la mañana, el sol ya estaba alto, debía haber dormido casi 12 horas. Necesitaba físicamente ese descanso, su cuerpo se lo pedía, ahora que se sentía a salvo, en tierra firme.

Se quedó en la zona durante 2 días, descubriendo los alrededores, pero regresando a dormir al cobertizo. Los animales se acercaban cada vez con menos miedo y pudo servirse algunos huevos de gallinas, pero no pudo cazar porque no disponía de cuchillo o utensilio para faenar, limpiar y despedazar a la presa. Además, estando solo y previendo tener que volver a esconderse en caso de que llegara un poblador, no quería tener que abandonar la carne y desperdiciarla. Le conformaba de sobra la dieta de frutas y unos pocos huevos frescos.

Con fuerzas renovadas, se atrevió a seguir su exploración más allá del fértil valle. Volvió a subir un monte, pero ahora ya por un camino que debía llevarlo seguramente a un poblado.

Al cabo de 3 ó 4 horas de marcha volvió a percibir una extraordinaria vista del mar azul. Dedujo que estaría frente a la costa oeste de la isla. En una curva del camino, se encontró súbitamente con un campesino que subía a lomo de una mula y llevaba 3 caballos de tiro. Seguramente, le servían para transportar las frutas y los animales que recogería del lugar de dónde venía.

Le sorprendió que lo saludó con cierta indiferencia y sin interesarse en saber de dónde venía. Xin Ping se sintió aliviado porque al menos ese encuentro fugaz, le confirmaba que los lugareños no parecían conducirse con enemistad o agresividad hacia los extraños a la comunidad local.

Xin Ping bajó hasta una aldea al borde del mar, pero prefirió no entrar. Como se sentía descansado y ya no sentía hambre, prefirió seguir buscando otro refugio menos expuesto.

Antes de la bajada al pueblo, el camino se desviaba en dirección al norte, bordeando la costa desde arriba. Le impactó la belleza de la vista. Desde lo alto, el mar, que hasta hace poco había sido la mayor amenaza a su supervivencia, se desplegaba con toda su belleza y daba la ligera impresión de ser calmo e inofensivo.

Esa visión pacífica lo llevó a buscar una bajada hacia una playa que le sirviera de abrigo durante unos días. Fue recorriendo varias ensenadas sin mayor éxito, ya que no tenían la suficiente vegetación que le permitiera refugiarse.

Por la tarde, se salió del camino, bajando por una suerte de quebrada que terminó abriéndose en un pequeño valle y volvió a maravillarse. No era muy grande en extensión, pero inmediatamente entendió, al observar los vegetales y los árboles frutales, que debía haber habitantes que lo explotaran por su fertilidad.

Lo recorrió hasta llegar a la costa y se encontró con una hermosa playa de arena blanca, unas aguas turquesas y un frente paralelo a la playa de unos 100 a 200 metros cubierto de palmeras desbordantes de cocos. Era una playa más grande y abierta que la primera en la que había desembarcado y estaba mejor orientada hacia la puesta del sol y de espaldas al viento dominante. Era un muy buen lugar para vivir, le extrañó que no hubiera nadie que la habitara en forma permanente. Xin Ping sintió que estaba en el mero paraíso.

Al centro de la línea costera se encontró con una casilla en estado semi abandonada, pero dónde seguramente pararía quién viniera a ocuparse de la producción y la recolección de las frutas y vegetales.

Se acercó con respeto, pero ya sin el miedo de los primeros días. Igualmente se movía con la prudencia debida.

Estaba vacía. Confirmó que no parecía estar habitada permanentemente sino como refugio ocasional, como la primera, en el valle interior dónde pudo descansar un par de días al llegar a la isla.

Decidió aprovechar esta circunstancia e instalarse unos días, mientras no apareciera nadie que le reclamara algo o que lo echara del lugar. Aquí gozaría de un nuevo descanso, tendría de sobra para alimentarse y vería si había gente o actividad alrededor. De todas maneras, debía comportarse siempre con precaución sabiéndose clandestino.

Pasaron 4 días sin ninguna novedad. Fueron días en los que Xin Ping empezó a sentirse a gusto en el lugar, había hecho un reconocimiento del área, y de las distintas zonas de producción. Llegó a la conclusión que ese lugar debió haber sido explotado racionalmente en otra época, pero que ahora aparentaba estar abandonado o ya no bajo un sistema productivo sino de simple recolección, sin mayores cuidados.

En la zona del palmar, de los cocoteros, se encontró con una gran sorpresa, una extraordinaria especie rara de palmera con dos cabezas. La descubrió un día en que soñando con el paraíso en el que había recalado, se imaginaba llamando a su añorada Lea y ella lograba tomarse un avión y luego un barco y llegaba a reencontrarse con él. Estaba en esa ensoñación, caminando por la playa solitaria cuando levantó la vista y vio esa palmera cuyas dos cabezas parecían estar formando un corazón.

Se acercó hacia ella para verla más de cerca y encontró en su tronco una carta como encajada, como si alguien hubiera dejado un mensaje a otra persona.

La abrió e intentó leerla, pero no estaba escrita en inglés por lo que le fue imposible entender lo que rezaba su texto. Lo que le pareció reconocer es que tenía una forma de poesía. Se imaginó que debía ser un poema de amor y que debía tener un destinatario o destinataria que debía pasar a recogerla.

Decidió volver a colocarla dónde la había encontrado y ver si alguien la viniese a buscar.

Al día siguiente vio un barco fondear en la bahía, frente a la playa. Se parecía al velero del navegante que le había salvado la vida, pero desde la playa avistó una pareja a bordo. La embarcación se quedó en el mismo lugar un par de días y en ningún momento se aventuraron más allá de la línea de playa.

Xin Ping los veía nadar alrededor del barco, salir a bucear por la costa, entre los arrecifes de la bahía y cuando llegaban a la playa, era para echarse un rato en la arena caliente, pero no se quedaban mucho en tierra.

Pasó más de una semana sin volver a ver otras personas. Xin Ping estaba a gusto, disfrutaba de los días de paz después de tanto ajetreos y riesgos reales por los que había pasado.

A los doce días de su estancia en lo que ya casi consideraba como su nueva casa, vio llegar un nuevo velero. Fondearon y casi enseguida vio bajar en un bote similar al que él había usado para llegar a la isla, a dos mujeres.

Parecían venir decididas a buscar algo. Xin Ping tuvo cierto temor de que conociendo el lugar fueran las dueñas de la propiedad o algo por el estilo.

Se escondió cerca de la palmera mágica entre los arbustos.

Con su dinghy, las dos mujeres llegaron a la playa. Lo remontaron un poco sobre la arena y lo ataron. Se metieron entre los arbustos y fueron directamente al pie de la particular palma.

Xin Ping alcanzó a ver cómo fueron a buscar la carta, le pareció que habían venido específicamente a ello. Estaban leyendo la carta y Xin Ping se desequilibró e hizo un ruido entre el follaje que llamó la atención de las navegantes.

Ellas sorprendidas gritaron hacia él, “¿Quién anda ahí?”

Xin Ping decidió mostrarse e intentar explicarles quién era y cómo había llegado hasta allí. Siendo navegantes, quizá hablaban algo de inglés y se podrían comunicar mejor.