QUINTA ETAPA: ¡TIERRA!

No estamos aquí por la estética. Los que crean que la navegación solitaria se resume a un mero placer contemplativo, no han comprendido nada. El goce estético existe, cierto. Cada minuto puede ser un éxtasis de amaneceres, de atardeceres, de mar de infinitos azules, blancos y grises. Incluso los sargazos en su insistencia por acompañarme tienen algo de belleza fractal. Esa capacidad de la naturaleza por ramificarse y por perpetuarse bajo fórmulas matemáticas. El número Phi o la proporción áurea.

Pero no estamos aquí por la estética; la belleza que nos rodea en el océano es algo que no nos sorprende. Nos abarca. El mar es belleza en estado primigenio, brutal y sin paliativos. En tierra apenas quedan lugares que no hayan sido manipulados, dibujados y construidos por la mano del hombre. Algunos bosques en la Patagonia, alguna zona de la selva Amazónica, pero poco más.

En el océano el Hombre es nada, insignificante. Ni un demiurgo de segunda. La acción humana es sólo contaminadora. Pero incluso la contaminación acaba siendo devorada, ingerida y regurgitada por el océano. Él lo digiere y absorbe todo.
Punteo GPS a las 19:00 UTC del miércoles 30 de marzo del 2016.
15º 58.724′ N y 55º 52.594′ W – Rumbo 265º, Viento estabilizado desde hace ya varias horas entre 14 y 21 Knts. Sigue totalmente de Este. Olas de 1-1,5 metros. El Génoa atangonado me permite tomar un rumbo casi de empopada total y la velocidad es algo menor pero más estable. Velocidad 6,5-7 Knts. Distancia a destino 322 Nm. 148 millas realizadas en 24 horas. Seguimos con una buena marca de promedio y la calma chicha no parece estar destinada a tocarme en esta travesía.
No creo estar aquí sólo por lo contemplativo. Florence Arthaud es uno de mis ídolos marinos por ser mujer, por su gran valentía y por su audacia ejemplar. «Flo» decía algo que he recordado una y otra vez durante esta travesía: “Mirar al mar! No tener otro deseo que mirar al mar. Y a fuerza, a fuerza de hacerlo, si lo miras a los ojos, es seguro que un día irás a por él”. Es esa acción de mirar al mar con ansia de tomarlo y dejarse tomar por él. Una observación que lleva en sí misma la decisión de vivir el mar en su máxima intensidad. Eso es la razón por la que estoy aquí, no por la estética, sino por la vida, por la intensidad de vida. De ahí que los momentos más difíciles e intensos fueran los que más emoción me provocaron, hasta el punto de hacerme llorar más seguido de lo que nunca había hecho en mis años pasados. Ni tan sólo de niño lloré de este modo, entonces –como ahora- solía ser protestón pero no llorón.
De alguna manera mi decisión de poner punto final a esta primera etapa del viaje -que ha de llevarnos al Clinamen y a mi a dar la vuelta al mundo – en Pointe-à- Pitre, en la isla francesa de Guadalupe, es un debido homenaje a Florence. La «Novia del Atlántico», la magnífica capitana, muerta en accidente de helicóptero en Argentina hace justo un año en marzo 2015. Aunque parezca mentira, su muerte me afectó personalmente un poco por ciertas coincidencias que en determinadas circunstancias le interpelen a uno. Nació en Boulogne-Billancourt donde viví los últimos años en París pero murió en Argentina, donde yo nací. Triunfa como navegante confirmada justo cuando yo llego a Francia y empiezo a conocer cada personaje público, especialmente de la náutica. Se hizo mi preferida desde el primer momento.

Con tan sólo 21 años participó por primera vez en la Route du Rhum, que une Saint-Malo con la isla de Guadalupe, cada cuatro años, en una carrera ya mítica. Quedó en onceava posición. La gana en 1990, tras catorce días, diez horas y diez minutos de navegación. Es la primera mujer en hacerlo. Indomable, única, libre. Su biografía me acompaña en el Clinamen, como amuleto esencial. “El temor a la muerte es para mí el único verdadero terror posible. ¿De qué nos podemos asustar sino? ¿De perder un avión, una cita? ¿De la falta de dinero? La vida es un regalo, hay que vivirla plenamente y creer en su destino”. Vivir el mar requiere esa visión de entrega total. Relativizar, dar importancia a lo que realmente la tiene. De priorizar y de reconocer, es decir de volver a conocer aquello que creíamos saber. La amistad, el dolor, la responsabilidad, el amor, la paternidad, el sacrificio, la resistencia, el trabajo, la filosofía, la pasión, la música. Todos esos conceptos dejan de tener el mismo sentido que tenían previamente, porque los has re-conocido. Ese es el sentido de renacer, que te permite la navegación solitaria. Cada vez que dejé ir mi emoción hasta el llanto o el grito primal fue reconociendo alguno de esos valores que nos parecen tan básicos.
Uno de los hechos más extraños de esta parte de la travesía es el silencio de los delfines. No han vuelto a aparecer desde que salí de Cabo Verde. Me había acostumbrado a su presencia. Será porque la navegación se ha vuelto algo más tranquila, o sencillamente porque yo ya he aceptado la Serendipia absoluta de este viaje y lo extraordinario es que no pase nada, aunque ya me había acostumbrado a que siempre hubiera algún suceso inesperado, o una dificultad a resolver o un momento mágico a aprovechar.
Me visitan peces voladores que insisten en complementar mi dieta. A pesar de ciertas acusaciones infundadas que recibo desde tierra, puedo asegurar que los ejemplares que llegan a mi plato, se suicidan en cubierta. Agregaría que las criaturas del mar están a salvo conmigo. Soy un navegante aceptable, quizás. Pero soy un pésimo pescador, afortunadamente para el equilibrio biológico de los mares.

El Clinamen va devorando millas gracias a unos alisios perfectos que nos propalen a gran velocidad. Cada día que pasa, la certeza del final me tiene por un lado acongojado y por otro excitado. ¿Será cierto que lo habremos conseguido? Cruzar el Atlántico en solitario
por momentos me parece que no fue para tanto. Aunque no sea nada comparado con otras aventuras mucho más extremas, ésta es la que yo puedo contar, la que yo puedo compartir escribiéndola y escribiéndomela.
Dicen que la tierra antes de verla se hace presente. Cuando faltaba casi la mitad empezaron apareciendo sargazos, aislados primero, después en forma muy regular. Quizás por ser el principio de la primavera, las primeras aves que vi fueron golondrinas que venían en sentido contrario. Ellas también deben haberse alegrado de un encuentro en la mitad de su formidable trayecto.
Punteo GPS a las 19:00 UTC del jueves 31 de marzo del 2016.
16º 01.980′ N y 58º 30.468′ W – Rumbo 275º, Con un viento estable de alrededor de 18 Knts. corregí el rumbo ligeramente hacia volver a colocarme en el paralelo 16. Olas de 1 metros, ideal. Velocidad 6,5-7 Knts. Distancia a destino 170 Nm. 152 millas realizadas en las últimas 24 horas. Excelente regularidad.
¡Y llegó el día, el momento que esperaba! Volvieron los delfines, los primeros que me visitan desde hace tantos días. Los primeros que vienen seguramente del Nuevo Mundo, aquél al que se le llamó América. Quedan 160 Millas náuticas (la distancia entre Port Ginesta e Ibiza). ¡Tierra! ya no es un destino, es la realidad que se me aproxima. Con todo su peso. La realidad es París, es Barcelona, es la familia, los amigos, las responsabilidades profesionales, todos mis colaboradores en los distintos emprendimientos en que participo que ya empiezan a ser un número abultado. Nada de esa realidad cabe en el Clinamen, o quizás sí pero cabe sólo para acompañarme discretamente, respetando los silencios que se nos imponen, sabedores somos, mi realidad y yo, de que ahora sólo importa llegar a puerto y procurar hacerlo bien.
¿Por qué la soledad no está presente en mi navegación solitaria? Para mí, la soledad no se vive en el océano, en 11 metros de eslora por 3 de ancho que no paran de moverse de un lado para otro. No estoy solo, ni me siento solo. Ni un segundo de esta travesía he pensado en la soledad en estos términos. Las historias de soledad duras, sufridas, son aquellas en las que alguien no tiene con quién comunicar, con quién hablar, con quién compartir. Afortunadamente no es este mi caso. Estoy solo en el Atlántico, pero no estoy realmente solo. He podido comunicar y compartir mi experiencia con decenas de personas.
Aunque pueda sorprender, los franceses siempre han sido unos entusiastas de la historia de Robinson Crusoe. Jean-Jacques Rousseau no permitía que su alumno Emile leyera otra obra que no fuese la de Daniel Defoe. Esa obra tiene hoy ribetes discutibles. Pero el concepto “soledad” tiene un antes y un después del fenómeno Crusoe. Hay quien dirá que las tecnologías impiden el aislamiento absoluto. Es cierto. Ningún recodo del mundo está mudo. La comunicación llega a todas partes. Somos animales sociales, sin comunicación agonizamos. Pero la tecnología no es comunicación. Es lo que decimos sí, pero sobre todo cuenta a quién se lo decimos. Es tener a quién hablar. La verdad no está en el qué, ni en el cómo, sino en el quién.
Quedan menos de 60 millas. Ya no hago punteos intermedios. La regularidad y el buen augurio de mis delfines protectores me han inflado el ánimo. La emoción empieza a apoderarse de mi y no me permite encontrar las palabras. Me saldrían a borbotones miles de imágenes, de sensaciones. El cuerpo me recuerda golpes y arañazos, huellas. Estoy magullado, pero no siento físicamente el cansancio. La adrenalina es una droga poderosa, sin duda. La serotonina que mi cerebro debe estar liberando me tiene en estado casi de éxtasis.

Punteo GPS a las 19:00 UTC del viernes 01 de abril del 2016. ¡Quizás sea mi último punteo del Diario de a Bordo!
16º 12.253′ N y 60º 58.233′ W – Rumbo 270º, Viento estable algo más suave entre 12 y 18 Knts. Sigue de Este. Olas de 1,5 metros. Velocidad 6-6,5 Knts. Distancia a destino 35 Nm. 142 millas en 24 horas. Llegaré de noche cerrada, espero que con el plotter detallado con el que cuento, consiga entrar bien en el puerto y encontrar la Marina de Bas-du-Fort.
Ya puedo escuchar la radio de Guadalupe. El Creole, ese lenguaje que es más música que palabra, no tardará en resonar en el Clinamen.
Me siento redimido. Simbólicamente liberado de sufrimientos y debacles. Como si todo hubiera sido un cómodo y fácil viaje al otro lado. Cuando amarre el Clinamen en el puerto de Point-à-Pitre la redemptio habrá sido absoluta. Eso no significa que no vuelva a sufrir, a errar, a fracasar. Eso significa que ya no seré el mismo que antes sufría, erraba o fracasaba. Ya lo he dicho, vuelvo siendo yo, pero más yo que antes. Empiezo a ser consciente de que esta primera etapa llega a su fin y las lágrimas no cesan de recorrer mis mejillas sin motivo particular. No encuentro las palabras. Se me escapan. No quiero dejar de llorar y apenas puedo escribir.
La Desirade, ahí está mi primera tierra a la vista. Un islote de 11 kilómetros de largo por dos de ancho, habitada por 1700 personas. Las Antillas en estado puro. Mi primera tierra desde Cabo Verde. El objetivo del deseo. Grito como un poseso. Lanzo exclamaciones a los dioses, a los delfines, a las sirenas, a los pobres pescados voladores, a las gaviotas, a los sargazos, a las olas, al viento y al mar.
Voy dejando atrás el océano, para entrar en un mar humano, habitado, surcado por coches, no navíos, por personas, no delfines protectores. El océano se acaba donde empieza el hombre. Esa es la frontera por la que mi barco y yo hemos navegado y que estamos por volver a cruzar.

Suenan las canciones de Paolo Nuttini, este cantante escocés que descubrí poco antes de zarpar. No he hablado de la música que me ha acompañado durante la travesía. La mayoría fueron artistas que descubrí recientemente o bien algunos clásicos. Algunos temas me recordarán siempre ciertos momentos claves. Uno que me resonó profundamente porque apareció en un momento de reflexión particular fue el «True To Myself» de Ziggy Marley.
Son las 02.14 UTC del sábado 2 de abril cuando atraco el Clinamen en el puerto de Pointe-à-Pitre, solo, en la oscuridad, sin ninguna clase de presencia porque ya nadie responde en el canal 9 de la radio VHF, ni en el teléfono de Capitanía. Durante dos semanas he viajado por el mar sin hombres. Por el mar como destino. La aventura llega a su fin momentáneo. Es tan importante estar preparado para zarpar como preparado para atracar. Es tan complicado salir como volver. Quizás en este momento diría que es mucho más complicado regresar. Seguro que es infinitamente más complejo poner el primer pie en tierra firme, que liberar el barco del muerto e izar la vela mayor por primera vez. Empiezo a ser consciente de lo que he conseguido y al mismo tiempo no acabo de comprenderlo en las consecuencias que me acarreará.
Sufro un cierto cosquilleo en mi oído interno. Mi cuerpo se había acostumbrado al mar, y ahora empieza el difícil aprendizaje de la tierra firme. Camino titubeante, pensándolo, mis pasos me parecen inciertos. Empiezo a darme cuenta que me sucede lo mismo que a Florence Arthaud: puede que sufra cuando no navegue.

CUARTA ETAPA: EN MITAD DE NINGUNA PARTE

La noche del miércoles, tras el golpe y el enorme susto que sucedió en la mañana, fue inquieta, movida, pero no tuve nada que lamentar. El mar se ha ido calmando y al menos me dejó descansar. Aunque con interrupciones, pude conciliar unas buenas siete horas de sueño. El récord absoluto de la travesía. Las necesitaba después de lo que había pasado. Navegando no se suelen dormir más de tres a cuatro horas seguidas, pero te sientes igual como cuando en tierra duermes seis u ocho. Haber dormido esa noche siete horas, era como si en la cama normal me hubiera aplastado durante doce horas de un tirón.

Ya descansado, el ánimo regresa. Aunque las olas enormes siguen inquietándome e incomodándome periódicamente, la situación en general vuelve a ser «soportable».

Punteo GPS a las 12:20 UTC del jueves 24 de marzo del 2016.
16º 52.460′ N y 40º 16.130′ W – Rumbo 290º, Viento con tendencia a bajar hacia 20 Knts. Fuerte oleaje aún de 2 metros y más. Velocidad muy oscilante alrededor de 6 Knts. Distancia a destino 1242 Nm. En las últimas 17 horas hemos realizado 104 millas. Buen promedio absoluto de 6,1 Knts de distancia directa, o sea descontados los desvíos por bordos.
Punteo GPS a las 22:20 UTC del jueves 24 de marzo del 2016.
16º 21.100′ N y 41º 03.000′ W – Rumbo 245º, Viento más suavizado alrededor de 20 Knts. Ola todavía fuerte marejada de arrastre. Velocidad promedio de 6 Knts. Distancia a destino 1189 Nm. Mal promedio en las últimas horas al hacer un bordo hacia el Sur. No es muy favorable.
Por primera vez cruzo a un barco, pero no llego a saber bien de qué tipo de barco se trata porque sólo le divisé las luces muy a lo lejos. Según el plotter, me pasó a alrededor de 3 millas de distancia. Iba a motor, a unos 13 nudos.
Punteo GPS a las 09:00 UTC del viernes 25 de marzo del 2016.
15º 39.595′ N y 41º 50.750′ W – Rumbo 250º, Viento entre 15 y 20 Knts. El oleaje se ha atenuado sensiblemente, no llega a estar allanado, pero es una marejadilla muy llevadera entre 1 y 1,5 metros. Velocidad 6-6,5 Knts. Distancia a destino 1138 Nm. La noche no fue muy buena en avance pero al menos he podido descansar bien.
Con los vientos más calmados, me dedico la mañana a hacer un poco de mantenimiento y sobre todo, decido bajar por completo la Vela Mayor para reacomodar las fajas de los sables. Los sables son unas varillas que se colocan en forma horizontal en la Vela Mayor para darle cierta rigidez en su curvatura, para que no ondule como si fuera un pañuelo agitado, sino que se hinche con buena forma. El trabajo que me hicieron de reparación en Cabo Verde había repasado todas las costuras de la Vela, pero no habían retocado las fajas que contienen los sables. Obviamente al quedar esa zona como único punto frágil, por ahí es por donde se comenzó a hacer un esfuerzo inhabitual. Esta vez, habiendo comprado las agujas de coser apropiadas y el hilo acorde con el tejido especial de velamen, y, aprovechando que las condiciones eran por primera vez, más bien tranquilas, intento las reparaciones atado con el arnés a la botavara, pero de pie o sentado con toda la vela desplegada sobre cubierta. La postura es incómoda y toda la operación muy dificultosa. Me acuerdo mucho de mi abuela cuando cosía siempre con un dedal en su dedo ¡Cómo me hubiera venido bien ese dedal, Abuelita!
Punteo GPS a las 18:00 UTC del viernes 25 de marzo del 2016.
15º 24.783′ N y 42º 34.790′ W – Rumbo 290º, Viento suave alrededor de 15 Knts. El rumbo muy al sur nos llevó a perder velocidad y avance. Después de todas las reparaciones vuelvo a poner el rumbo más hacia el paralelo 16. La ola sigue de suave marejadilla bien orientada. Velocidad entre 6,5 y 7 Knts. Distancia a destino 1096 Nm. En previsión de la noche y, después de haber cambiado el rumbo, prefiero igualmente subir hasta un rizo la Vela Mayor y el Génoa sólo desplegado a 3/4. Decido esperar acontecimientos por si es necesario optar por una solución diferente.
Nací en Buenos Aires, frente al Río de la Plata, que los conquistadores españoles llamaron Mar Dulce, sencillamente porque tiene apariencia de mar, pero es de agua dulce. En mi infancia ése fue mi Mar. Lo veía desde el balcón del apartamento familiar y soñaba con surcarlo algún día. No era el mar, pero era mi puerta hacia él. Cuando de niños estábamos de vacaciones en algún lugar a orillas del mar, no salíamos del agua hasta que los sándwiches de milanesa completa o la reiteración de gritos y urgencias no nos imponían el fin del día de mar.
Pero fue cuando empecé a leer las historias de descubrimientos, de los grandes navegadores, la magnífica historia del Infante Enrique de Portugal, Enrique el Navegante, y más tarde a Dove, la aventura del primer adolescente que se lanzó a dar la vuelta al mundo en solitario con escasos 16 años y un Sloop de apenas 8 metros, que comprendí que si algo en esta tierra me fascinaba era el Mar.
Pero, por increíble que parezca, mis dos aspiraciones mayores: vivir en el mar y desarrollar mi creatividad, quedaron siempre postergadas. Eran vistas por mi espíritu como frutos del Paraíso que no podría acceder si no estaba dispuesto a entregarme enteramente a ello. Y ahora al encontrarme en este absoluto medio del mar, escribiendo y soñando con seguir haciéndolo, no podía dejar de evocar esa conciencia íntima y profunda de encontrarme en el medio de la vida.
Para mayor coincidencia, ese mismo día, recibí un mail de un amigo parisino en el que me cita a Barthes cuando hablaba de una etapa en el medio del camino de la vida, que no forzosamente corresponde con lo temporal sino en ese momento que separa nuestra vida en esa sucesión de lo cotidiano y otra en la que aspiramos al camino de la creatividad. No podía haber visto mejor el sentido de este Viaje del Clinamen.

Punteo GPS a las 00:00 UTC del sábado 26 de marzo del 2016.
15º 30.430′ N y 43º 15.800′ W – Rumbo 290º, Viento moderado de entre 15 y 20 Knts. con algunos sobresaltos, algunas ráfagas racheadas. El oleaje es razonable, no muy acentuado. Velocidad 6,5-7 Knts. Distancia a destino 1056 Nm. Volvemos a realizar buen promedio con las últimas 40 millas efectuadas en 6 horas, lo que nos da 6,7 Knts. Excelente.
Punteo GPS a las 08:30 UTC del sábado 26 de marzo del 2016.
15º 39.005′ N y 44º 11.860′ W – Rumbo 290º, Viento reforzado entre 18 y 21 Knts. La ola también ha subido nuevamente a los 2 metros. Velocidad 6,5-7 Knts. Distancia a destino 1000 Nm. ¡Muy buen avance durante la noche! En 8,5 horas recorremos 56 millas lo que nos da un promedio absoluto de 6,6 nudos.
Hoy hay desayuno especial para festejar la marca de las 1000 millas restantes. Huevos, frijoles y arroz, típico desayuno caribeño.
Punteo GPS a las 18:30 UTC del sábado 26 de marzo del 2016.
15º 50.763′ N y 45º 18.202′ W – Rumbo 290º, Viento moderándose entre 15 y 20 Knts. El oleaje también algo atenuado entre 1,5 y 2 metros. Velocidad 6,5-7 Knts. con ciertos momentos más bajos. Distancia a destino 936 Nm.
Empiezo a observar cada vez mayor presencia de sargazos en el mar y algunos de ellos directamente enrollados en el hydrogenerador. Espero que su presencia no sea un motivo más de preocupación.
Al atardecer me sobrevuelan tres golondrinas, que siguen mi estela durante un buen rato, sin mayor sentido que el de acompañarme. Luego un espectáculo de ballet mudo de peces voladores, unos saltando por babor, otros respondiendo por estribor, grandes saltos, vuelos bajos, cortas apariciones, largos recorridos, impresionantes. Una fiesta de la naturaleza que precedía a un atardecer anaranjado. Mi reflexión, por la noche, al recibir el regalo de la luna fue que la vida es maravillosa, pero que uno debe ir a buscarla para encontrarla, no viene sola.
Compadezco a quienes la vida les ha regalado todo, a quienes sin esfuerzo todo les cayó ofrecido y en el mejor de los casos logran sostener con relativo mérito la herencia que les fue obsequiada por el beneficio de la cuna. Yo, estoy aquí porque me la he currado, pienso para mis adentros.
Por la noche observo que tengo poca batería. Efectivamente, el hydrogenerador está atascado de algas en su hélice y ya no puede girar y generar como es de esperar. Es muy peligroso intervenir en él con la noche caída. Esperaré hasta que amanezca.
Punteo GPS a las 00:00 UTC del domingo 27 de marzo del 2016.
15º 53.395′ N y 45º 52.900′ W – Rumbo 290º, Viento entre 18 y 20 Knts. Velocidad 6,5-7 Knts. Distancia a destino 902 Nm. Una marca sobre 24 horas muy buenas de 154 millas.
Hoy es Domingo de Pascua y la Madre Naturaleza me obsequia para el almuerzo Pascual con dos pescaditos voladores. Están bastante frescos al despertar, aunque ya muertos sobre la cubierta, por lo que no tengo escrúpulos en ofrecérselos a la sartén.
Como es de rigor y más que merecidamente, llamo al mediodía a mi madre que se emociona al escuchar mi voz. Ha estado siguiendo las crónicas, pero obviamente que el contacto directo le permite apreciar mucho mejor la vitalidad y el buen humor que aún me quedan a esta altura de la travesía. También a mí me da mucho gusto haber hablado con ella.
Punteo GPS a las 20:25 UTC del domingo 27 de marzo del 2016.
16º 03.313′ N y 48º 10.390′ W – Rumbo 285º, Viento entre 15 y 18 Knts. Ola entre 1 y 1,5 metros. Velocidad 6-6,5 Knts. Distancia a destino 770 Nm.
Hoy es Lunes de Pascua. Feriado en Francia y en Cataluña. Es un muy buen día de navegación, desde la noche hemos realizado 132 millas y nos mantiene en el promedio absoluto de 6,43 Knts.
Ayer tuve regalos de la Naturaleza, hoy toca que me regocije con la felicidad de sentir a través de algo simple como unas palabras justas, la buena visión que a la distancia solo puede tener un amigo. Gracias a la Vida, canturreo en un instante a Violeta Parra, interrumpiendo el fondo de jazz ambiente. Dejo el teléfono a buen resguardo para disfrutar unos minutos de no hacer nada más que contemplar el entorno magnífico que me rodea y gozar de este momento de comunión espiritual.
En ese instante, las olas, que por la mañana creía que se habían allanado un poco (tan solo medían metro y medio incluso muchas de ellas tan sólo un metro), de repente me parecen más blancas y vigorosas. Me yergo pensando que debe ser la sensación dada por estar acostado en el fondo de la bañera.
En ese preciso momento, diviso a una ola que viene detrás de otra, más espumosa que lo habitual, imponente. El Clinamen parece ponerse ligeramente de costado por acción de la primera y la segunda, fabulosa, amenaza desde su impresionante altura de 3 metros medidos desde el valle de la ondulación. Me mantengo confiado en mi cabalgadura y concentrado en el espectáculo. La terrible masa perseguidora ya es todo burbujeo blanco, acercándose más veloz que nuestros 8 nudos. Siento el terrible impacto contra un costado del casco. La otra mitad de la ola nos sobrepasa e inunda por el otro. El maravilloso Clinamen aguanta el cimbronazo por la aleta de estribor cuando la otra parte de la onda parece querer invadir su babor arremetiendo cientos de litros en una trepada incesante. El navío, sale indemne del trance, orgulloso. Siento que me observa desde su magnífica rueda de metro y medio en la que yo veo dibujado su rostro feliz. Estoy nuevamente en estado de éxtasis emocional. ¡Qué maravilla, me faltan palabras para describir mejor el instante de vida!
Retomando la calma de las siguientes ondulaciones de apenas dos metros, ya un clásico al que nos hemos habituado, mis reflexiones son de puro agradecimiento. Recuerdo el pensamiento que tuve hace unos días tras el incidente con la botavara: las olas son como la vida. Hay pequeñas, grandes, cortas, largas, de todos los colores, pero sobre todo las hay suaves, que nos acarician y nos mecen en los momentos agradables, de disfrute, como las hermosas olas que me habían dado tanto placer al acompañarme en alguna playa, mientras hacía el amor con mi Sirena. Otras, en cambio, te azotan con tanta violencia que parecería que han surgido del fondo del océano exclusivamente para golpearte.
La gran ola ha pasado y puedo volver a sentir la tranquila ondulación a la que el trimado obedientemente venía acostumbrándonos. Mi corazón está lleno. ¡Me siento vivo! ¡Para eso estoy aquí! repito como cuando me emocionaron los delfines en forma tan ingenua e infantil. ¡Para eso es que vivimos! Sentir la proximidad de la muerte nos hace más fuertes y prudentes. También más amantes, más sensibles y comprensivos. Más humanos, más cerca de la Naturaleza.
Punteo GPS a las 17:00 UTC del lunes 28 de marzo del 2016.
16º 04.171′ N y 50º 25.860′ W – Rumbo 270º, Viento entre 15 y 18 Knts completamente de Este. Netamente de empopada. Logro poner las velas en Orejas de Burro, o sea una para cada lado. No es muy estable pero la ola como se modera a aproximadamente a 1 metro y se hace manejable. Velocidad 6,5-7 Knts. Distancia a destino 640 Nm.
Las Orejas de Burro están bastante irregulares hasta que se me ocurre la idea de usar el Tangón del spinnaker para retener el Génoa. Aunque éste quedará muy abierto, iba a evitar que estuviera flameando tanto y perdiendo eficacia en el trimado. La operación no es sencilla de realizar y corro contra el tiempo porque no quiero que estas maniobras de proa las tenga que llevar a cabo sin luz diurna. Finalmente como a las 20:00 Hs UTC he logrado estabilizar el trinado con el Génoa atangonado.
Pego un grito de felicidad y de orgullo merecido.
Punteo GPS a las 00:45 UTC del martes 29 de marzo del 2016.
16º 00.850′ N y 51º 19.560′ W – Rumbo 290º, Viento muy variable e inestable entre 15 y 22 Knts. Totalmente de Este. Olas de 1,5 metros. Con el Génoa atangonado me pongo ligeramente de Aleta y la velocidad sube casi ideal. Velocidad 7,5-8 Knts. Distancia a destino 588 Nm. 156 millas realizadas en 24 horas. Buena marca, nuevamente con 6,5 Knts de promedio absoluto.
Punteo GPS a las 09:00 UTC del martes 29 de marzo del 2016.
16º 06.800′ N y 52º 14.750′ W – Rumbo 295º, Viento intenso de 20 Knts. tendencia a empopar viniendo del Este. Velocidad 6,5 Knts. Distancia a destino 535 Nm.
Punteo GPS a las 19:00 UTC del martes 29 de marzo del 2016.
16º 06.189′ N y 53º 21.990′ W – Rumbo 295º, Viento de Este moderado entre 15 y 20 Knts.
Sigo con el Génoa atangonado que se comporta más estable y puedo aprovechar el rumbo de puro Oeste al tener, ahora sí, el alisio bien de Este. Velocidad muy variable entre 6-7,5 Knts. Distancia a destino 470 Nm. 65 millas recorridas en las últimas 10 horas. Ya empiezo a sentir el final del viaje. Las previsiones meteorológicas son positivas, con condiciones equivalentes hasta la llegada. Previsiblemente, si logramos mantener el rumbo y la velocidad llegaremos en la noche del 1 de abril.
Espero grabar en mi mente todas estas emociones que mi corazón está sintiendo, que no me lo olvide cuando, ya de regreso en tierra, tenga que lidiar contra lo cotidiano, lo desagradable y contra los nefastos seres que nos corrompen el espíritu a veces encubiertos, otras veces violentamente opuestos.
Termino de escribir la frase y lloro. Lloro de la alegría y de la emoción que me procura poder escribir todo esto. Nunca lloré tanto como en esta travesía. Nunca me sentí tan vivo, tan feliz de estar viviendo lo que vivo, con sus momentos altos y bajos. Esta capacidad de llorar y emocionarme sin límites es lo mejor que me está ofreciendo este Viaje. El mejor aprendizaje posible. Gonzalo se habrá encontrado con Gonzalo, pero lo ha hecho para poder regresar mucho más que el Gonzalo que se fue.

TERCERA ETAPA DEL MUNDO A VELA: OCÉANO, AL FIN…

Con cierta prisa, porque se me había hecho tarde -más tarde de lo deseado- me dirijo al puerto de Mindelo decidido a partir. La ventana meteorológica es muy favorable para el fin de semana y después de las angustias pasadas en toda la primera parte de esta travesía, quiero regalarme una etapa más agradable como navegante.

Zarpo como ya es mi costumbre, de noche cerrada. Esta vez reconozco que la decisión no es muy acertada. He estado trabajando arduamente, y no he podido abastecerme de suficiente fruta fresca. Apenas si pude comprar algo, de noche, antes de zarpar y las piezas eran pocas y de mala calidad. Esa falta de fruta fresca la llevo lamentando desde entonces. Una lástima ya que el mercado de Mindelo era una orgía de colores y olores, frutas de gran variedad y aspecto delicioso.

Salgo del puerto a las 2:00 UTC. La travesía por la bahía de Mindelo -nuevamente en la oscuridad como cuando llegué- se me hace larga hasta que consigo salir de la influencia de la isla. Navego toda la noche cruzando y luego bordeando la isla de Santo Antão. Sabía que esta isla era más alta que la de Sao Vicente y lo sufriría al navegar por su costa sur. Posee la cima de su volcán más alta, el Tope de Coroa, que culmina a casi 2000 metros. A 1979 metros para ser precisos. La consecuencia de esta orografía es determinante para el viento. Una vez se sale del Canal de São Vicente y se enfila la costa de Santo Antão, el viento cae abruptamente de los 25-30 nudos del canal a 5 nudos apenas.
Tengo que poner motor durante esa parte y así puedo aprovechar para dormir esas horas. Consigo unos momentos para escribir: el Mar es la inmensidad, lo inconmensurable. Todo es mar. El arroyo en la montaña está compuesto de gotas de agua que inevitablemente terminarán en el mar. Es el origen de la vida y el fin último.
Nos dicen que provenimos de polvo y que como polvo terminaremos. Pero todo polvo termina en el mar. Si en nuestro planeta Tierra no hubiera agua, la vida sería imposible. Polvo, minerales, es lo que compone cualquier astro en el Universo, sin embargo sólo la existencia del agua determina que en ellos la vida sea posible. Y el agua primera se llama Mar.
La primera y la última.
Saben aquellos con quiénes he hablado del tema, que muera donde muera, quisiera que mis cenizas se esparzan en el mar, o que sencillamente dejen mi cuerpo en el fondo marino. Si directamente tengo la suerte de morir en el mar o en mi isla cercada de él, le ahorraré esfuerzos a mis herederos y a la naturaleza.
Me despierto con un zarandeo violento, algo sumamente extraño cuando se marcha a motor. Me levanto cansado y confuso y veo que el viento estaba de frente y era de 20 nudos. Pensé que el piloto automático se habría saltado y que estaríamos navegando en sentido opuesto. Al ver el rumbo y el piloto en sus posiciones correctas, comprendo que la orografía de la isla y la alta cima, desvían el rumbo del Clinamen. El viento que en principio era un viento Noreste se transforma en un viento Noroeste, incluso en algunos momentos, el viento llega directamente del Oeste.
Pasada la isla, la navegación se normaliza y el viento se estabiliza con una dirección de Noreste y una velocidad importante, de 20-25 Knts. Gran nubosidad y fuerte oleaje acompañan mi salida al océano.

Primer punteo GPS a las 18:20 UTC del sábado 19 de marzo del 2016.
16º 45.760′ N y 26º 43.030′ W – Rumbo 280º, Viento fuerte de 20-25 Knts (nudos) con ráfagas de hasta 28. Fuerte oleaje de 2 metros y de través, lo que hace muy incómoda la navegación. Velocidad media 8 Knts con puntas a 9-10 Knts. Distancia a destino 2014 millas náuticas.
Ya estoy en el océano. La nostalgia del mar, el sueño por cumplir y el deseo de lograr la armonía con la naturaleza y con mi vida, me han traído hasta ese momento. El efecto de este viaje a través del laberinto de mi identidad será  la culminación de mi biografía. ¿Cuántos viajes encierra un solo viaje? El infinito viajar es entregarse a la relatividad de la verdad, a mi verdad, la misma que intento plasmar en estas líneas. Un relato definitivo que para mi determina la frontera entre la utopía y el desencanto. Este viaje es mi frontera. Entre el que he sido y el que seré. Una frontera definitiva espero. Una frontera que es vital y física. Nuestra vida humana siempre se desarrolla en el medio, entre un origen y un fin. Hace días que vengo reflexionando sobre el sentimiento de estar en medio del mar, de puro mar alrededor. Todo mi mundo no-mar es el espacio de 11 metros de largo por apenas 3 metros de ancho, que constituye mi Clinamen.
Desde la mañana había reducido la vela con un rizo y al notar que el viento no iba a disminuir decido que antes de que anochezca es más seguro pasar al segundo rizo. Como además la Vela Mayor había sido recién repasada en sus costuras, era conveniente no forzarla de inmediato hasta no comprobar que todo estuviera bien.
La maniobra para tomar el segundo rizo es perfecta. Como todavía las condiciones son muy razonables, puedo preparar bien y anticipar cada paso de los que voy a dar, ensayar primero en mi cabeza, una y dos veces la maniobra. El resultado lo noto de inmediato. Apenas hemos perdido un poco de velocidad, pero en cambio puedo compensar ganando algunos grados en mi ruta.
Punteo GPS a la 01:40 UTC del domingo 20 de marzo del 2016.
16º 48.220′ N y 27º 40.086′ W – Rumbo 285º. Sigue el viento fuerte de 22 a 25 Knts (nudos) con ráfagas de hasta 30. Fuerte oleaje de 2 metros. Velocidad media 7,5-8 Knts. Distancia a destino 1958 Nm.
El día amanece medio grisáceo, pero se va despejando. Las condiciones permanecen estables, el viento es fuerte, intenso pero al menos puedo comenzar a relajarme, de momento no me acechan grandes cambios o catástrofes. Como se me había anunciado, la ventana meteorológica es muy favorable para avanzar bien.
Tomo un punteo a media tarde: la distancia recorrida en 24 horas es de 180 millas náuticas. Un récord como velocidad media sobre un día completo.

Punteo GPS a la 19:30 UTC del lunes 21 de marzo del 2016. 16º 38.081′ N y 32º 55.996′ W – Rumbo 280º. Viento fuerte no siempre muy regular entre 15 y 25 Knts. Marejadilla. Velocidad media entre 7-9 Knts con mucha variación. Llevo aún tomados los 2 rizos pero desplegado la totalidad del Génoa. Distancia a destino 1655 Nm. Segundo día consecutivo navegando con la buena marca de 180 millas en un día.
La noche es relativamente tranquila. Puedo escribir y ponerme al día con correos retrasados. La relativa tranquilidad  también me permite leer, cosa que no había tenido demasiadas oportunidades de hacer hasta ese momento. Ahora sí que me siento en el Atlántico con sus alisios.
Escribo sobre el Mar, el mar que desde hace ya muchos días, semanas, me rodea, me envuelve, zarandea, pero también transporta, protege, me acoge en su seno, me da aire y libertad y un sentido a mi vida renovado.
Es noche cerrada y me dedico a la escritura nocturna, esa que Claudio Magris, define como la más subjetiva, la más extraña, quizás la más automática. Como si fuera otra persona la que guía mis dedos. Un yo desenvuelto y de una lucidez que me es, a veces, desconocida. Escribir y navegar. No sé dónde empieza el primero y dónde acaba el segundo.
Quiero reflexionar profundo en su profundidad, pero cómo hacerlo sin evocar el más bello poema que de él se haya escrito, al menos en nuestra lengua castellana. Cedo el honor al poeta para que me acompañe en estas reflexiones. Mi osadía será hablar después del genial chileno.
EL MAR
de Pablo Neruda
Necesito del mar porque me enseña:no sé si aprendo música o conciencia:no sé si es ola sola o ser profundoo sólo ronca voz o deslumbrantesuposición de peces y navíos.El hecho es que hasta cuando estoy dormidode algún modo magnético circuloen la universidad del oleaje.No son sólo las conchas trituradascomo si algún planeta temblorosoparticipara paulatina muerte,no, del fragmento reconstruyo el día,de una racha de sal la estalactitay de una cucharada el dios inmenso.
Lo que antes me enseñó lo guardo! Es aire,incesante viento, agua y arena.
Parece poco para el hombre jovenque aquí llegó a vivir con sus incendios,y sin embargo el pulso que subíay bajaba a su abismo,el frío del azul que crepitaba,el desmoronamiento de la estrella,el tierno desplegarse de la oladespilfarrando nieve con la espuma,el poder quieto, allí, determinadocomo un trono de piedra en lo profundo,substituyó el recinto en que crecíantristeza terca, amontonando olvido,y cambió bruscamente mi existencia:
di mi adhesión al puro movimiento.

Punteo GPS a la 11:00 UTC del martes 22 de marzo del 2016.
16º 40.742′ N y 34º 48.610′ W – Rumbo 290º. El viento y el oleaje siguen fuertes e irregulares de 20 a 30 Knts. Ya nos hemos acostumbrado a esta fuerza del viento y terminamos por encontrar nuestra estabilidad. Lo que he modificado desde anoche fue que reduje el Génoa para no tener sorpresas. Velocidad media 7-9 Knts. Distancia a destino 1548 Nm.
Parece que este viaje es un delicado encaje de equilibrios. Voy encontrando esas rendijas que me permiten acertar maniobras, pulir el gesto. Navegar es una danza que se desarrolla entre mi Clinamen y yo. Las piruetas que hacemos, los gestos de dolor, los golpes, las caricias y esa completa complicidad, cuando su movimiento y el mio, acompasados, nos permiten llegar al éxtasis. Como los derviches sufíes de Estambul, bailando con el Clinamen, que en griego significa giro, me permito rozar con la punta de los dedos las olas del mar.
Punteo GPS a la 00:00 UTC del miércoles 23 de marzo del 2016.
16º 39.735′ N y 36º 22.132′ W – Rumbo 290º. Viento y oleaje aún fuertes pero sobre todo muy variables de 20 a 25 Knts con rachas. Velocidad media 6-8 Knts. Distancia a destino 1458 Nm.
Me despierto en medio de la noche, como a las 04:15 con cierto presentimiento de cambio atmosférico. En efecto, hay un viento remolón. En pocos minutos siento que el cielo se ennegrece en medio de esa penumbra de grises. Como en un Turner. El viento comienza a soplar en un sentido, luego en otro, estamos bajo una pequeña tormenta. Con velas muy abiertas siempre es peligroso y traicionero por las trasluchadas y las aceleraciones intempestivas. Se pone a llover y el frente nos pasa por encima. Tras una hora se aleja. Pero aún lo puedo ver delante nuestro. Aminoro un poco nuestra marcha para dejarlo alejarse y modifico el rumbo más al Noroeste para pasar más claramente por su costado. En cuanto me acerco ligeramente veo como el anemómetro sube aceleradamente mostrando la aspiración ejercida por el frente climático.

Tomo el camino de la prudencia. Maniobro atentamente todo lo que puedo para evitarlo, dejando un par de golpes en todo ello. No se trataba de ir más rápido sino de llegar mejor. La prudencia en el mar no es una opción.
Se suceden varios frentes del mismo tipo y cada vez se me presenta el mismo escenario: los vientos giran, las olas crecen y hacen que el piloto automático no pueda mantener el control. Tengo que quedarme a la rueda (timón) toda la noche hasta las 08:30, que es cuando el viento comienza a estabilizarse entre 23 y 26 Knts. Estoy exhausto. Pongo un rumbo más nórdico, como para permitirme descansar, desayunar y recuperar algo de fuerzas.
La mañana también es muy complicada. Después de desayunar recibo mails con noticias tristes y complicaciones desde tierra. Estoy bastante cansado tras lo que he tenido que lidiar durante toda la noche en vela y ahora me cae este baldazo.
Se abre un claro de sol y me digo que lo más sano sería tomar algo de sol, relajarme, quizás dormirme un rato en esas circunstancias agradables. Me saco el arnés de seguridad para ponerme bronceador y en ese preciso instante una ola se cruza, desestabilizando el andar normal. El barco se pone muy rápidamente de través, trasluchando la botavara y yo salgo despedido por los aires. Mi instinto de vida me permite aferrarme a los cables periféricos y aunque ya tengo las piernas colgando en el agua, puedo recuperarme a bordo con todas las fuerzas que me quedan. Estoy en total estado de shock.
Un instante, una distracción, la mente ocupada en otros asuntos, perturbada y toda la aventura se podía haber terminado como el pote de crema, en el agua. La noche anterior, en el momento que describiría como de mayor bajón emocional de esta travesía, había salido a cubierta a gritar a las olas. Las increpé a ellas directamente: ¿por qué tenían tal grado de rencor conmigo, por qué ese ensañamiento? Había llegado hasta aquí sin haberle robado nada a nadie y jugándome mi piel, no la de ningún otro individuo!
Tras recuperar el aliento pienso en lo corta que es la vida cuando de un golpe de ola se nos termina, cuando queremos pensar que no nos ha llegado el momento, que no nos lo merecemos. Últimamente varios episodios de ictus ocurridos a personas que me rodean, me han hecho pensar lo mucho que me conmovió la muerte temprana de quién fue mi primer «mejor amigo» de la infancia. Ocurrió súbitamente, como no puede ser de otra manera cuando uno apenas ha despegado de los 40 años. Dejó detrás de él un amor no resuelto, sufrimiento en sus seres queridos y enojos en los que otrora fueron sus amigos y que no habían llegado a hacer las paces con él. Pero le llegó su ola, su muro persiguiéndolo y no tuvo cabalgadura suficiente para proteger su cerebro.
Los nervios a flor de piel y mi cabeza concentrada en temas tristes, habían sido los culpables de no haber sentido el movimiento de balanceo previsor. Siempre siento cuando el barco va a cambiar de dirección, esta vez mi mente me tenía anestesiado, me jugó una mala pasada que podría haber sido mortal. Lanzo otro grito de los que este mar que me rodea se está acostumbrando a escuchar. ¡Coño, pero si vengo respetando todas las consignas de seguridad, en el segundo que me distraigo y que hago una operación no atado casi me tiras al agua! Todo esto no podía terminar en forma tan estúpida.
El mismo pensamiento me vuelve una y otra vez: las olas son como la vida, nos muestran que en un instante todo puede cambiar de forma, de sentido, de vigor. De allanadas pueden convertirse en monstruos, y, en un instante único de violencia e injusticia, llevarnos con ellas sin ninguna explicación.
Punteo GPS a la 19:00 UTC del miércoles 23 de marzo del 2016.
16º 44.510′ N y 38º 21.384′ W – Rumbo 240º. Cambio esta tarde hacia un rumbo más de Sur para probarlo y con él ansío cambiar un poco mi suerte. Hoy es el día más negro desde un punto de vista anímico. Me siento cansado, algo abatido y desconsolado. Algo tiene que cambiar. El viento y el oleaje se mantienen fuertes de 20 a 25 Knts. Velocidad muy oscilante entre 5-8 Knts. Distancia a destino 1346 Nm.
Vuelvo a pensar en el poema de Pablo Neruda. El desencanto es mejor dejárselo a los poetas. Necesito del mar porque me enseña. Me lo repito una y otra vez. Me lo grabo en mi mente y me aferro al verso como me había aferrado al mástil del Clinamen ante el canto de las sirenas de los infortunios; me aferro al verso como me había aferrado antes a los delfines y su proverbial habilidad por darle un sentido a este viaje, Necesito del mar porque me enseña. Para eso estoy aquí.

SEGUNDA ETAPA: CABO VERDE

Diario de a Bordo de un viaje en solitario, una aventura llena de delfines, con el mar y el viento como banda sonora. Sigue las coordenadas de un sueño.

Punteo GPS a las 08:20 UTC del Viernes 11 de marzo. 25 N 25.117 y 22 W 05.739 – Rumbo 225- Viento débil 10 Knts NE – Velocidad 4,5-5 Knts (con sólo el Génoa).

Océano Atlántico entre Islas Canarias y Archipiélago de Cabo Verde. Duermo toda la noche inquieto porque navegando lento y sólo con una vela, me pregunto qué opciones debo activar a partir del amanecer. El barco con el Génoa como único propulsor no se encuentra equilibrado y zarandea, cabeceando demasiado para permitirme un descanso como necesitaría por la tensión acumulada.
En mi duermevela pienso que no me cuesta acostumbrarme al constante azul, al azul-verdoso, al grisáceo que me rodea desde ya un mes. El mar dicen que adquiere el color en función de la profundidad y del plancton. Como el desierto, el mar nunca es el mismo, aunque siempre sea el mismo mar. El que cambia es quién lo navega. Y como el mar, no todos los días lucimos el mismo color. He salido de la Gomera creyendo no volver a pisar tierra hasta las Antillas. Estaba muy ansioso de verme ya la cara a solas con ese infinito horizonte al que apuntar casi en línea recta hacia el W, el Oeste, enfilar al Poniente y coleccionar atardeceres. Pero el destino tiene su propia gramática y su propia carta de navegación.
Desde de la rotura de la Vela Mayor avanzamos poco y con viento flojo y debilitándose. Debo encontrar una solución adecuada y tomar las decisiones apropiadas. El intento de arreglo de la vela, con el oleaje que nos zarandea constantemente, resulta impracticable. Antes de tomar las decisiones de gran envergadura debo intentar una reparación con el material que tengo, pero debo arriar la vela y llevármela a la cabina. Sólo trabajando en seco y estable, por más incómodo que sea, podré hacer una labor razonable. Me lleva casi todo el día la maniobra: el remiendo, lo más prolijo posible, y el volver a trimar la vela en su lugar definitivo. Son las 18 hs UTC y me siento orgulloso del trabajo efectuado, veremos cómo se lo aguanta, ¡hay que pensar que nos quedan por delante 2.400 millas!

Punteo GPS a las 20:20 UTC del Viernes 11 de marzo 24 N 47.400 y 22 W 37.900 – Rumbo 225- Viento débil 5-10 Knts NE – Velocidad 4,5 Knts (con Vela Mayor + Génoa). Distancia total a Destino 2.388 Nm
Hay poco oleaje que porte favorablemente, el viento es muy variable y débil, por ello la velocidad no llega a estabilizarse. A las 21 horas decido poner el motor para apoyar un poco el andar porque ya hemos perdido mucho tiempo en el último día y medio y sin suficiente velocidad el hidrogenerador no carga suficiente las baterías. Si pongo las luces de navegación, agregadas a la nevera que durante todo el día había mantenido apagada, corremos serio riesgo de que nos quedemos sin energía suficiente. Aprovecharé para hacer una cena con muchas verduras. Hoy el almuerzo, por el intenso trabajo, fue solamente de Jamón de Jabugo, queso y una cerveza Quilmes! Hay que tratar correctamente al personal…
Me decidí por hacer un risotto con verduras y auténtico parmesano que salió muy bueno. Añado una copa de vinito Malbec, necesaria satisfacción para contrarrestar las decepciones de los últimos días. Después de cenar, la vuelta de rutina para constatar que todo siguiera bien y ¡oh, sorpresa! ¡La reparación de la vela no aguantó! Nuevamente se estaban desprendiendo los remedios plásticos por la excesiva tensión que soportan.
Debo arriar la vela en plena noche. Al acabar la maniobra regreso a la cabina y decido no decidir nada hasta la mañana siguiente. La única medida que me siento capaz de tomar es la de poner un rumbo más al sur, por si, finalmente, como presiento, decido dirigirme a Cabo Verde para reparar la Vela Mayor antes de continuar. El sábado por la mañana amanece sumamente tranquilo, con poco viento. Enciendo el motor tras decidir cambio de rumbo. Nuevo destino: Cabo Verde, isla de San Vicente, puerto de Mindelo, donde me comunican desde mi base que hay una Marina con todos los servicios disponibles. Es la más sabia opción.

Punteo GPS a las 17:20 UTC del Sábado 12 de marzo 23 N 30.521 y 23 W 19.782 – Rumbo 200- Viento casi inexistente 3-5 Knts – Velocidad 6 Knts (con Motor). Distancia a Mindelo 406 Nm Distancia total a Destino 2.520 Nm (recalculada por el desvío obligatorio).
Antes del anochecer pruebo de subir la vela de fortuna que no es menos que la mejor vela, la de competición, en tela de Kevlar. Pero tiene un inconveniente: la maniobra en solitario es muy dificultosa y arriesgada. Este motivo me impide pensar en continuar sólo con ella hasta destino. Si hubiera estado a mitad de camino, obviamente hubiera asumido esa dificultad, pero teniendo la opción Cabo Verde, sé que he tomado la mejor decisión posible. Los tres días desde mi posición de avería hasta Mindelo, la segunda ciudad más importante del archipiélago de Cabo Verde, capital de la isla de San Vicente y el puerto al que quiero llegar, son de navegación tranquila. Apenas viento hasta acercarme a las islas. El blanco amenazante, el de las nubes sospechosas y la espuma agitada, desaparece.
Punteo GPS a las 09:40 UTC del Domingo 13 de marzo. 22 N 32.200 y 23 W 39.360 – Rumbo 202- Viento débil 8-9 Knts NE – Velocidad 3,5-4 Knts. Distancia a Mindelo 346 Nm Distancia total a Destino 2.460 Nm.
Domingo sin novedades. Intento pescar, pero no lo consigo.
Punteo GPS a las 21:30 UTC del Domingo 13/03 21 N 41.210 y 23 W 52.498 – Rumbo 202- Viento débil 10 Knts NE – Velocidad 5 Knts. (en orejas de burro) Distancia a Mindelo 293 Nm Distancia total a Destino 2.408 Nm
Por la mañana del lunes, el viento parece regresar en la medida en que nos acercamos a Cabo Verde. Los problemas parecen haberse evaporado. Una mañana perfecta de navegación. Hay una marejadilla poco molesta.
Punteo GPS a las 08:20 UTC del Lunes 14 de marzo. 20 N 49.098 y 23 W 59.235 – Rumbo 195 – Viento suave 11-12 Knts NE – Velocidad 5-6 Knts. Distancia a Mindelo 241 Nm Distancia total a Destino 2.355 Nm.
Día de gran tranquilidad, por primera vez en el viaje desde la salida del prólogo en la Península que no navegaba relajado. Me da tiempo a pensar, algo que he podido hacer escasamente durante los días anteriores, mientras continuo mi diálogo rumiante conmigo mismo y con los que se quedaron en tierra. Las nuevas tecnologías impiden la soledad absoluta. Pero tampoco es lo que deseo.
Las islas remotas tienen un magnetismo fuera de lo común. Son pedazos de tierra aislados que fueron imaginados antes que explorados. Finalmente siento que estoy feliz del acontecimiento que me obliga a desviarme. Me permitirá explorar mi carta de islas. Intento pescar. De nuevo sin éxito.
La navegación continua con una tranquilidad plomiza a pesar de los cargueros que se distinguen a ojo y que provocan un concierto de pitidos de la alarma AIS que insiste en recordarme que no estoy solo. Los cargueros me dan a entender que, al menos, estoy en el buen camino, en la ruta directa hacia el sur o el oeste. A medida que me acerco y pienso adonde llegaré, me doy cuenta que no venía preparado para esta parada y por ello no preví ninguna carta, ni programa.

Punteo GPS a las 14:00 UTC del Lunes 14 de marzo. 17 N 59.211 y 24 W 38.240 – Rumbo 235 – Viento débil 5-10 Knts NE – Velocidad 4 Knts. (en orejas de burro) Distancia a Mindelo 68,5 Nm Distancia total a Destino 2.182 Nm
El lunes pasa sin pena ni gloria, día medio gris, sin calor pero tampoco fresco, hasta que al atardecer apareció una numerosa manada de delfines. Por la proximidad con Mindelo, decido ofrecerme una cena ligera pero elegante, crema de bogavante y cigalas con un par de vasos de vino canario.
A pocas horas de divisar tierra se me hace de noche cerrada y me encuentro navegando a ciegas. Es la navegación más peligrosa que existe, también la más arcaica y que continúan realizando los pescadores, sobre todo los artesanales. No me acompañan las estrellas, aunque sí el sónar, pero de nada me sirven el resto de parafernalia moderna. La oscuridad en el mar no deja lugar a ningún otro color y debo recobrar la pericia de los viejos navegantes. Agudizar la mirada, diferenciar los contrastes entre los distintos negros y grises. Lo más difícil es controlar la ansiedad de topar con algo que no hubiera divisado más que a último momento o ni siquiera hasta el impacto

A las 02:30 UTC llego a la bocana del puerto de Mindelo, pero hay muy poca y mala señalización para poder encontrar la Marina. No atienden por la radio ni por el teléfono. Me voy aventurando hasta llegar a divisar unos mástiles en el fondo y me acerco, amarrando solo en el pontón de la gasolinera. Son las 04:00 y estoy contento de haber llegado de descansar sobre una cama que ya no se mueve en todos los sentidos… Hemos llegado.
Cabo Verde. ¿Qué sé yo de Cabo Verde al despertar? Apenas nada. Cesária Évora. La voz dulce y los pies descalzos, la artista auténtica y torturada. Las baladas criollas, suaves, nostálgicas, esa música que acaricia y te enseña a apreciar la saudade. Poco más. Las letras rítmicas, las palabras que te rasgan el alma. Es dulce morir en el mar, cantaba
mi preferida, por razones que no explicaré.
Es dulce morir en el marLas ondas verdes del mar
La noche en que no vinoFue triste para míLa barcaza volvió solaUna noche triste fue para mí
Es dulce morir en el marLas ondas verdes del mar
La barcaza navegó, noche eraLa madrugada no ha regresadoMarinero hermosoLa sirena del mar se lo llevó
Es dulce morir en el marLas ondas verdes del mar
Es dulce morir en el marLas ondas verdes del mar
La olas del mar verde miel

Lo primero que me sorprende al llegar a Cabo Verde es la luz, intensa, como lo es siempre en el trópico. Una luz que no admite matices. Los colores aquí están todos en su lugar. Lo áspero del terreno. Volcánico, sí, pero duro. Una tierra que no parece amable. A quien camina sus islas, los pies se le desuellan. Llevaba Cesária Évora las plantas de los pies abiertas, «pisadas», como ella decía tras cincuenta y cinco años caminando descalza, del puerto de Mindelo a otros puertos. Cabo Verde: nueve islas, a 300 millas de tierra firme, océano Atlántico, noroeste de Senegal, un millón cuarenta mil almas, setecientos mil caboverdianos en la emigración, nueve dialectos criollos que quedaron del portugués azotado por los vientos, confundido con el canto de los pájaros. Fue colonia portuguesa, independiente en 1975, país agrario y pesquero, castigado por el tiempo y la sequía. La voz de Cesária Évora tenía el olor de Cabo Verde en su piel oscura y su sonrisa fácil y amplia.

Me sorprenden las personas. Al contrario de la tierra que habitan, las gentes de Mindelo, los caboverdianos, me reconstruyen la imagen de la felicidad. Esa de la que tanto he hablado a mi escudero, mi Clinamen, en nuestras horas de charlas nocturnas. Lejos de todo, lejos de todos, sin prisas, sosegados, esperando poco, porque poco hay que esperar, anhelando poco, porque poco hay que anhelar, ambicionando lo justo. Una buena pesca, un buen lugar bajo el sol, el verde del mar. La felicidad se destila por el desapego, la lejanía. Será que es más fácil ser feliz –o aparentarlo- en medio del Atlántico, que hacerlo en París o Barcelona. Me quedan más de 2100 millas para dilucidarlo. Estas islas que han sido siempre refugio para los marinos, también eran la base en el tráfico de esclavos. El caribe africano, como Haití, rezuma también esa tristeza por el desarraigo. ¿Será que la felicidad tiene que ver con aceptar el destino que toca, con no provocar a los oráculos, con cierta mansedumbre de espíritu? O ¿será que se han liberado de la ansiedad de ser felices a toda costa? No quiero asociar la mansedumbre con la felicidad, tampoco con la resignación. Siento en esta gente un sentido de la dignidad. Quizás sea eso la felicidad.
Decido concederme la oportunidad de caminar la isla, de conocer a sus gentes. Acariciar, si me dejan, una minúscula parte de sus secretos. Como ya hice en La Gomera, pateo las calles y los caminos porque es con los pies que se conoce la tierra. Al otro lado de la isla, camino solo por un sendero al lado del mar. Camino descalzo. Arena y rocas. Diez kilómetros bajo el sol mientras, por mi mente, van pasando hilvanados a su antojo miles de pensamientos. Los elijo al azar: “uno no deja de navegar por pisar tierra; uno no deja de viajar por atracar en un puerto. El infinito viajar es una actitud, no un medio de transporte. Es absorber al “otro”. Siempre he pensado que las historias ajenas son más interesantes que la mía, de ahí que me apasione la literatura y en cambio me sorprendo cuando me incitan a contar mis anécdotas, que es verdad colecciono miles. Para entender el mundo las ciencias son imprescindibles, para comprenderlo, la literatura es esencial. Viajamos mientras leemos, viajamos mientras conocemos al “otro”, mientras nos ponemos en su lugar. El viajar infinito es la compasión infinita, porque todo lo que nos rodea dejará de existir «algún día».

Regreso y me detengo en la lonja de pescado, en el mercado, en la exposición de Cesária Évora. Mientras me reparan la Vela, me dejo seducir por las historias que me cuentan, las voces que me hablan. No pretendía conocer Cabo Verde y hoy me pregunto si Cabo Verde no era la etapa necesaria de este viaje. Agradezco al Dios de las costuras que rompiera mi Vela Mayor, al Dios de las Hilaturas que me impidiese recoser el trapo. A los dioses del mar, a sus sirenas y tritones, les agradezco que me dejaran reposar en este pedazo de tierra. Todo viene del mar, y luego el mar parte las vidas y sólo a veces las devuelve. Trae riqueza y deja saudade. Del mar viene también la música de Cise, la reina de la morna.
Llevaré siempre conmigo a Cabo Verde y a sus olas de mar verde miel.

PRIMERA ETAPA: LA GOMERA

Hay muchas maneras de contar esta historia. El detalle de bitácora o Diario de a Bordo, los estados de ánimo que se suceden, mis encuentros con los delfines que me trastocan el alma, los percances, el mar y el viento. La vida hace a menudo ciertos ajustes de cuentas que no es aconsejable pasar por alto. Si encima se los hace a un navegante solitario, lo mejor que puedes hacer es comprender que el destino sucede en una cotidiana secuencia de tiempo, pero es en el Sueño, donde se vive realmente.

LA GOMERA, LA ÚLTIMA TIERRA
¿Qué importancia tiene la última escala para el navegante si no es porque es allí donde comienza verdaderamente su travesía? La congoja, el track, el sentimiento de salto al vacío, todo eso se da ya en tierra, pero no se da en cualquier lugar de tierra firme, sino en aquella que le sirve al navegante de último muelle.
Aprovisionar todo lo necesario, preparar bien la nave, ultimar todos los detalles, para un navegante solitario es una tarea que conlleva su pequeño rito. Llevo leyendo el Diario de a Bordo de Cristóbal Colón desde antes de zarpar. El libro fue el regalo que robé a mi padre días antes de mi salida. La historia de Colón hay que leerla en el mar. La visión del explorador que parte hacia tierras lejanas, la serendipia de encontrar aquello que no se busca. Desde el principio de mi Proyecto Atlántico, me dije que tomaría el rumbo de los vientos, como hizo el Almirante y al igual que él decidió en tres de sus cuatro viajes, que su última escala tuviese lugar en la isla de la Gomera, me decido por poner rumbo a la más occidental de las Islas Canarias. Formar parte de un viaje infinito imagino que supone formar parte de una continuidad en el mar.
Llego al puerto San Sebastián de la Gomera con tiempo para poder gozar un poco de la isla. Las expectativas se cumplen en parte. Siempre lo hacen
las expectativas. La Casa de Colón es más simbólica que real, ya que fue construida varios siglos después en el solar donde hubo otro hospedaje donde el navegante parece ser que habría pernoctado. Sin embargo el trato amable de los gomeros y la alta presencia de venezolanos y cubanos, ofrece al visitante un momento reconciliador.

Esta pequeña isla fue muy maltratada por los saqueos de los corsarios ingleses y holandeses, aunque siendo el último y más terrible el de la invasión berberisca de 1618 que arrasó con todo el poblado habitado por los gomeros. Pero aún hoy se siente la resistencia gomera desde la naturaleza de la isla, hasta en el propio clima duro. La peculiaridad llega incluso al lenguaje. Los gomeros han preservado la curiosa forma de comunicación conocida como el “silbo gomero”. El lenguaje silbado emplea seis sonidos y puede llegar a expresar más de 4.000 conceptos.
Al promediar la tarde me invade un sentimiento de escasez respecto a las expectativas. Tan es así que la señora que me atendió en la oficina de información turística, me comprendió a la primera: no podía irme sin haber visitado el Parque Nacional del Alto de Garajonay, “Si no lo visita es como si usted no hubiera venido a esta isla” me respondió muy acertadamente.
No se puede ser buen marino si no se acepta cambiar el rumbo y adaptarse a las circunstancias. Por ello, aún en tierra, cambié mi agenda de partida y en lugar de zarpar a la mañana siguiente, decidí que me tomaría el día para hacer esa excursión al corazón de la isla ¡qué magnífico es sentir que uno ha tomado la mejor decisión, sin ambigüedades!
La noche antes de la excursión imprevista, me ofrecí mi última cena en tierra, en La Salamandra, un restaurante muy recomendable vivo un gran momento gastronómico con un milhojas de berenjenas de entrante y una ventresca de atún a la brasa, cocinada sencillamente a su mejor punto. El vino, un buen tinto canario, para acompañar, suave y agradable.

En la mañana apuré todos los aprestos para dejar a Clinamen listo antes de tomarme la Guagua de la línea 1 que une San Sebastián con el Valle Gran Rey. Corrí, como siempre, para reunir una actividad con otra. Ahora el marino debía vestirse de caminante.
Cuando la guagua inicia la ruta ascendente, se siente claramente la personalidad volcánica y resistente de la isla. El carácter gomero se ve enraizado en su topografía. Antes de llegar al centro de la isla, donde me bajaría, penetramos en las nubes que cubrían la cima. Este mar de nubes es generado por los vientos alisios que condensan el vapor de agua en las hojas de los árboles generando lo que se conoce como lluvia horizontal. La ascensión hasta el Alto de Garajonay de 1487 metros, está muy bien cuidada y es muy interesante apreciar la vegetación cambiante en un entorno aislado y benigno. Durante el descenso y absorbido por la contemplación vegetal, me perdí prodigiosamente para ir a parar a unas zonas de cultivos y de aldeas. Allí pude observar las formas de producción estoica y sufrida, pero persistentes y rebeldes. Todo el paisaje estaba matizado entre vegetación que parecía haber sido quemada y nuevos brotes o plantaciones. Al regresar al puerto me enteraría que en 2012 había ocurrido el mayor desastre natural, un incendio que acabó con gran parte de la superficie del parque y de sus alrededores.
Regresé del paseo a las 16:45 y me dediqué a hacer el lleno del tanque de agua, asegurar que tuviera todos los otros aprovisionamientos como la bombona de gas suplementaria para cocinar. Salí del amarre a las 18 horas para cargar gasóleo. Debía completar el tanque y además llenar los bidones auxiliares que había utilizado para pasar Gibraltar.
Quería zarpar con los últimos rayos de luz.

Me quedaba ordenar todo el salón y mi camarote para salir conforme y no revuelto porque afuera soplaba lindo, todo lo desordenado valsaría irremediablemente. Revisé las velas y reajusté los risos de forma tradicional para que los cabos no estuvieran tan ajustados.
Al final, sólo me restaba por hacer la ronda de despedidas telefónicas. Momento como siempre muy emotivo, pero éste, que ya sabía que era el ultimísimo, lo sería aún más. Ser viajero no es algo que se precipite en uno. Lo fui con veinte años y melenudo, recorriendo el continente americano, lo ha continuado siendo de empresario, padre y de melena acortada por la responsabilidad, y ahora solo, continuo el camino. Como decía Eugenio Montejo, “solo trajimos el tiempo de estar vivos entre el relámpago y el viento”. Uno no viaja para enriquecerse, sino para desnudarse el alma.

LARGANDO AMARRAS
Como se oscurecía, a las 20 horas salí a motor a bravar el ventarrón de 25-30 nudos que se produce a la altura del puerto de San Sebastián. Mientras seguía despidiéndome de los míos con un hilo de voz tenue, cada vez más lejana.
Tras 5 millas náuticas a motor, a las 21:30 icé las velas de noche que era justo lo que quería evitar, pero las lágrimas derramadas bien valían ese desaire a la previsión…La Vela Mayor con 2 risas y el Génova desplegado sólo a medias.
Primer punteo GPS a las 0:21 del miércoles 9 de marzo del 2016.
27º 52′ 160″ N y 17º 27′ 492″ W – Rumbo 235º, Viento moderado suave de 13 Knts (nudos). Velocidad media 5-6 Knts. Noche espléndida, estrellada pero sin luna, con las solas luces lejanas de los puertitos de la isla de la Gomera.
Durante la noche me fui alejando de Gomera para poner en el horizonte de luces lejanas a la isla de Hierro.
A las 5:20, a la altura de la punta más al Sur tomé el segundo punteo GPS.
27º 34′ 400″ N y 18º 01′ 125″ W – Rumbo 255º. Viento moderado fuerte de 22 Knts. Velocidad media 8 Knts.

Las Canarias van quedando lejos mientras pienso en mis sensaciones en tierra. Ya en el mar, con la memoria aún fija en la tierra, murmuro las inolvidables estrofas del poeta Antonio Machado, que canta Joan Manuel Serrat: todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar. Pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar. … Caminante no hay camino, se hace camino al andar, al andar se hace camino y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, ¡sino estelas en la mar!
Esto mismo lo cantaba al atravesar el puente de La Quiaca, en el Norte argentino, frontera con Bolivia, a los veinte años y una sensación de determinación de que nunca más regresaría a vivir en esa tierra que me había parido. Y así fue.
La mañana fue grisácea, me pregunto cómo toda esta humedad no cae y nutre el desierto del Sáhara vecino. Desayuno liviano con frutas primero y luego tostadas con aceite de oliva, del bueno. Ese verde y espeso. Por supuesto, los dos cafés habituales.
A las 18:20, después de un día sin mucha novedad, un típico día gris que me hace esperar ese Sur que voy pacientemente a buscar, hago un cálculo del recorrido de la primera jornada. Hemos hecho 125 Nm (millas náuticas) desde las 21:30 h., lo que me hace un promedio neto de 6 Knts de velocidad constante. No está mal. Para darse una idea, eso arrojaría un tiempo total del cruce de 19 días.
A las 21:20 llevamos recorridos en estas primeras 24 horas, 142 Nm lo que nos mantiene el promedio de los 6 Knts. Buena marca y es el reflejo de un día con altibajos en la calidad del viento, alternando buenas rachas y otros momentos de calma.
Punteo GPS: 26º 34′ 980″ N y 19º 10′ 600″ W – Rumbo 220º – Viento moderado de 15-20 Knts del NW
Velocidad de 6,5-7 Knts. Sobre la Ruta Lineal quedan 2600 Nm al destino de Point-à-Pitre, en la isla francesa de Guadalupe.
La cena de la noche fue frugal, unas quesadillas «combinadas» pero con jamón de jabugo y un aguacate canario bien maduro. No tengo mucha hambre ni ganas de cargar demasiado la digestión.
Punteo GPS a las 9:20 del Jueves 10 de marzo:
26º 06′ 500″ N y 20º 20′ 600″ W – Rumbo 260º – Viento suave 10-15 Knts NW – Velocidad 6-6,5 Knts. Distancia Lineal restante 2533 Nm
Los sonidos del Clinamen se repiten incansables. El martilleo del mar y del viento. Los crujidos de las costuras, las tensiones en los cabos. El aullido del viento racheado, la sonoridad espesa de la calma. Pablo Neruda, en su libro Residencia en Tierra, tiene un poema dedicado a El Fantasma del buque de carga, que en plena noche me recito:
“
y un olor y un rumor de buque viejo,de podridas maderas y hierros averiados,y fatigadas máquinas que aúllan y lloran,empujando la proa, pateando los costados,mascando lamentos, tragando y tragando distancias,haciendo un ruido de agrias aguas sobre las agrias aguas,moviendo el viejo buque sobre las viejas aguas”
Punteo GPS a las 18:20 del Jueves 10 de marzo después de arriada la Vela Mayor:
25º 48′ 040″ N y 20º 56′ 292″ W – Rumbo 250º- Viento suave 10-15 Knts N – Velocidad 4,5-5 Knts (con sólo el Génoa)
Distancia Lineal restante 2477 Nm

La Vela Mayor se rajó en una costura. Algo descrito así de simple, es un incidente de envergadura. Me invade una sensación plomiza. Los infortunios que no cesan. Intento una reparación de fortuna asido a la botavara, pero con el oleaje me es imposible reparar la Vela en condiciones. En 9 horas hemos hecho apenas 36 Nm, tras una noche en la que habíamos funcionado muy bien ya que en 12 horas desde las 21:20 a las 9:20 le habíamos restado 67 Nm al contador real de destino, que no tiene en cuenta los desvíos por bordos, sólo la distancia al punto final.
El incidente con la Vela Mayor nos va a perjudicar en el andar, pero sobre todo nos enseña el frágil límite entre el buen tiempo y el incidente que lo echa todo a perder. Intentando reparar la Vela con mucho movimiento de la botavara por culpa del oleaje, fui expulsado violentamente y caí muy mal contra el borde del barco, siendo sujetado in extremis por el arnés y el cable periférico de seguridad. Sin esas medidas de precaución hubiera ido al agua sin la menor duda. Este accidente me provoca una cierta desazón y agotamiento. Decido dejar las operaciones de reparación de la vela hasta la mañana siguiente cuando pueda abordarlas con nuevas energías y que tenga la oportunidad de terminar lo que emprendí. Si hubiese desmontado la vela en ese momento, nunca hubiera llegado a terminar el arreglo como para izarla antes de la caída de la noche. Decido que es mejor economizar esfuerzos y energías porque el agotamiento también es fuente de accidentes.
Decido ponerme a leer en el camarote para relajar a y dominar la bronca, presa aún de un enorme cansancio físico y la zozobra anímica. Finalmente me quedo dormido con música hasta pasadas las 23 horas. No había cenado y no tenía ganas de atarearme mucho en ello.
Cena simple de Sopa de sobre de Pollo con pasta y 2 tortillas mexicanas con Salmón Ahumado. De postre un alfajorcito triple Chimbote con un café.
Punteo GPS a las 0:20 del Viernes 11 de marzo:
25º 37′ 068″ N y 21º 29′ 108″ W – Rumbo 255º- Viento suave 15-16 Knts NE – Velocidad 4,5-5 Knts (con sólo el Génoa)
Distancia Lineal restante 2467 Nm

EL INFINITO VIAJE DEL CLINAMEN

Gonzalo Cruz (argentino de 52 años) es el Presidente de La Franco Argentine, empresa fabricante de dulce de leche con sede en Francia; pero Gonzalo Cruz es, además, el capitán del Clinamen, su inseparable velero desde 2011, con el que actualmente está dando la vuelta al mundo. La primera gran etapa, por lo mítica, es el Cruce del Atlántico, que realiza completamente en solitario, «como símbolo de la tenacidad y capacidad marítima del Capitán y que es, además, un reto personal», nos comenta. El recorrido empezó en Sant Feliu de Guíxols el 16 de febrero, siguió hasta Santa Cruz de Tenerife el lunes 29 y, actualmente, ya se encuentra en Cabo Verde… Gonzalo empieza su viaje y así nos lo cuenta.

Para muchos, pocas cosas son tan emocionantes como la idea de viajar y hasta soñar con ello ya emociona. La literatura está llena de historias de viajes, de sueños y de su coincidencia. Este Diario de a Bordo será el relato del engarce entre mi anhelo íntimo y aquello que el poderoso océano tenga a bien propiciarme con cariño o con crueldad.
Mi sueño original de viajar alrededor del mundo en un barco de vela tuvo lugar a los 12 años, después de leer Dove, la historia de un joven adolescente californiano que partió por el Pacífico y regresó varios años más tarde. Al cabo de esa lectura se fraguó mi obsesión: dar la vuelta al mundo navegando. Como sueño no era de lo más original ¿Quién no ha soñado con explorar los limites, conocer nuevos mundos, aventurarse en lo desconocido? El viaje como traslación de estados, de dónde estoy a dónde quiero estar. A los veinte, con una Argentina convulsionada, sentí el momento apropiado, para partir pero careciendo totalmente de medios, mi viaje iniciático me llevaría por tierra a recorrer durante casi tres años, primero el país de donde soy originario, luego el continente americano, para terminar recalando en Europa. Pero el mar seguía siendo inalcanzable, el verdadero sueño postergado.

Desde los juveniles años hasta la cincuentena se me fue pasando la vida. Intensa, emocionante, tierna también, pero muchas veces gris, decepcionante, monótona. El momento de emprender la gran aventura fue siendo postergado por mil razones, por mil excusas. Por la vida. Pero quizás ha sido lo mejor que me ha pasado. Esperar. Uno de los peligros de los viajes consiste en plantear las cosas en el momento equivocado, antes de haber tenido la oportunidad de construir la receptividad y la oportunidad necesaria y adecuada. Me he tomado mi tiempo para poder iniciar el viaje en el momento preciso en que debía suceder.
En el Clinamen la literatura abunda. Al embarcarme en este viaje, y más allá de lo necesario para poder cruzar el Atlántico a vela durante las previsibles tres, cuatro semanas, le dediqué un buen espacio de tiempo a decidir la compañía literaria. Dime qué libros lees y te diré quién eres. Si encima te los llevas en un velero de 11 metros navegando en solitario, los libros dejan de ser un mero pasatiempo para convertirse en objetos esenciales, como la bomba de agua, el mástil o el GPS.
A veces nos inundamos con consejos sobre dónde viajar, cómo hacerlo, las mejores opciones, buscamos ofertas. El navegante solitario poco puede competir y esperar en este terreno. Es un viaje épico, de supervivencia, de introspección. Es un viaje más hacia dentro que hacia fuera. No vas en busca de belleza, aunque sabes que cada momento vas a encontrarla. No vas en busca de lo pintoresco. Nada hay más ajeno al hombre que el desierto, el océano o el hielo. Ahí no somos nada. Y es esa nada, esa sensación de pequeñez, la que nos fascina a quienes nos aventuramos a cruzar meridianos y paralelos inhumanos.
Este Diario de a Bordo será un recorrido personal, y, si se me permite la osadía, una mirada filosófica, pero peculiar, al porqué de viajar. Una mezcla de pensamiento, de referencias, de historias propias y ajenas, junto a partes de información meteorológica, náutica y algunas aventuras gastronómicas. Una mezcla de teoría y de práctica. De anécdota y reflexión.
media

VIAJAR SOLO
El hogar no es necesariamente el lugar en el que mejor encontramos a nuestro verdadero ser. La vida cotidiana insiste en que no podemos cambiar, ya que ella no lo hace; lo doméstico nos mantiene atados a la persona que somos en la vida ordinaria, pero puede que esa persona no corresponda exactamente a lo que somos en esencia. El viaje ontológico también es mi viaje.
Si nos sentimos atraídos hacia un aeropuerto o una estación de tren, si hoy oso cruzar el Atlántico en solitario a bordo de un velero de 11 metros, es tal vez porque, a pesar del peligro, el aburrimiento posible, la desesperación o la soledad, de manera implícita sentimos que estos lugares aislados nos ofrecen un entorno material para una alternativa a la comodidad egoísta de un mundo arraigado en lo ordinario.
A los 12 años, ni tampoco a los 20 sabía cómo sería mi vida, cuántos hijos tendría, ni cuántas personas amaría, ni cuántos caminos recorrería. Sí sabía, empero, que algún día escribiría estas líneas. Que lo haría en un puerto, con poca luz, las velas listas, el mástil orgulloso y el casco seguro. A los 12 años sabía que ese niño que me dejé olvidado para crecer, tomaría el timón y zarparía como Dove, como la gaviota exploradora sin mayor límite que el infinito viajar.