Dice la mitología cristiana que a Dios lo rodean los ángeles que para todo están a su servicio.
Cuenta Jorge Luis Borges en El libro de las Bestias que, según la mitología de los egipcios, Abtu y Anet son dos peces idénticos y sagrados que van nadando ante la nave Ra, dios del sol, para advertirlo contra cualquier peligro. Durante el día, Ra viaja por el cielo, del naciente al poniente; durante la noche, bajo tierra, en dirección inversa. Esos peces protectores no se dice que eran delfines, pero podemos imaginarlo, o serían sus ancestros.
Recordé esta secuencia mitológica cuando en los días pasados, cada mañana me venía a saludar un delfín, a veces por babor, otras por estribor, pero siempre era uno solo quién daba el saludo. Los primeros días de esta travesía fue habitual encontrarme con dificultades durante la jornada, el clima en la Europa meridional se enrareció justo en los días previos a mi partida. Cada día, cuando el peligro o la dificultad habían pasado, ya no era uno sino dos o más delfines que se mostraban para reconfortarme y debo reconocer que lo hacían íntimamente.
En las dos primeras veces, me halagó la coincidencia porque realmente es un momento fuerte la de encontrarse navegando de forma apacible rodeados por estos maravillosos seres.
Cuando comenzó a tornarse una costumbre, los esperaba en forma casi supersticiosa.
Pero ante mi última gran dificultad, cuando por segunda vez se me rajó la vela por su costura y tuve que cambiarla por la más difícil de Kevlar, y ésta última se me atrancó en la rendija del mástil, pensé que mi esperado viaje se acabaría aquí. Me sentí abatido. Había acumulado no sólo cansancio sino constantes llamados de atención, gritos de disuasión, oído los cantos de sirenas que me intentaban seducir para que abandonara esta aventura liberatoria e incluso sustos reales, con dos caídas que sin la seguridad del arnés me hubieran encontrado a la merced del océano.
Me senté en cubierta desarmado, desalmado, desesperado. No podía creer que mi sueño por el que había luchado tanto se acabara por una tontería así.
De repente, se me ocurrió una solución tan simple como tonto había sido el problema. Como la vela es de Kevlar, al ser una tela contra un metal, lubricándola con un aceite no muy agresivo, podía llegar a bajarla poco a poco y al menos salirme de esta situación de impasse.
El extraordinario aceite de oliva fue mi salvación. Con cuidado de no manchar la vela, puse en la relinga y tratando de que penetrara en la encina del mástil.
Di un primer tirón, la vela ni se movió. Pero algo debo haber sentido para poner toda mi energía y con un grito de guerra tirar con todas mis fuerzas hacia abajo. Ahí el tejido cedió un escaso centímetro. Escaso, pero bienaventurado. Tiré más y más y al primero le siguió otro y luego tres y cinco hasta que la aceituna se convirtió en la fruta del paraíso, liberándome de esta calamidad.
Grité y largué una carcajada al cielo. No lo podía creer, lo había logrado. Él viaje podía continuar.
Pero lo mejor estaba al llegar. Es un sentimiento raro expresarse tan efusivamente cuando uno se sabe solo y que no está demente, o eso aún se cree. Por ello, con una sonrisa de oreja a oreja, con honda satisfacción, miré a mi alrededor como buscando a un cómplice o a un espía que estuviera escuchándome.
¡Cuál fue mi sorpresa cuando vi al instante aparecer a mi delfín matinal, juraría que el mismo de siempre, viniendo a saludarme, a felicitarme! ¡Qué va, no viene a loarme sino a indicarme que él siempre está ahí, protegiéndome, guiándome! Como un niño, embargado de emoción rompí en un llanto desconsolado. No podía dejar de llorar, viéndolo sonreír y zambullirse hacia la proa, mostrándome que estaba en el buen camino y que debía seguir creyendo en mí y en mi nave, en mi Clinamen. Cuando comencé a controlarme, el resto del grupo llegó para que la hazaña se pudiera convertir en fiesta. Clinamen y su Capitán estaban rodeados, escoltados por una tropa de felices y efusivos delfines.
Cuánta emoción me está regalando este viaje hacia el fondo de mis sueños.
Regresé a la cabina, me senté y empecé a escribir.
¿Por qué necesito escribir? Aquí está la cuestión que ya no puedo evitar. Es un asunto que no concierne al mundo, pero que me concierne. Soy mi escritura, sea lo que sea. «Soy mi escritura», la evidencia vulgar para algunos, sorprendente para otros y para mí absoluta. Sin embargo, si analizo mi memoria de los años pasados, entiendo que dar respuesta a esta pregunta forma parte de mi transformación, de mi clinamen personal.
Estoy convencido que este periplo atlántico me es metamórfico, no por que me vaya a transformar en coleóptero, pero sí por la íntima relación con el sueño que se va cumpliendo y lo que estoy viviendo con los delfines. Mis protectores, las únicas almas que me acompañan en el mar. Quizás sean los animales más humanos que existan, y quizás lo sean porque llevan siglos haciendo compañía al navegante, que quizás sea el menos humano de los tipos de humanos que existe. Entre el marino y el mar la frontera es casi inexistente, donde empieza el mar y donde termina un navegante no siempre es evidente. El delfín es el guardián de esa frontera, el símbolo totémico del tránsito, del cambio, de la metamorfosis, del Clinamen. En plena emoción, subyugado, juro que pensé en que quizás me llamaban para irme con ellos. Esa distancia de menos de un metro entre mis pies y su lomo ondulante era todo el precipicio al que una parte de mi alma aspiró por un instante. Asumo el relato milenario y hago de los delfines, a quienes va dedicado este post, mis Abtu y Anet particulares, las criaturas que aparecen para protegerme, para salvarme, para acompañarme. Lo han hecho en cada momento que la travesía se ha vuelto angosta, difícil, desesperante. A cada frustración, allí estaban, nadando a mi lado, brincando entre las olas recitando el mensaje del mar: quédate, no huyas, con su sonrisa perenne parecían decirme: Aguanta. Resiste. Esto es el mar.
La simbología del delfín es arcaica y se retrotrae a la memoria oral de los pueblos del mar. En muchas esculturas griegas, el delfín se asocia con Atargatis, la diosa madre que nutre la vida y recibe a los muertos antes de la reencarnación. En mitos posteriores, sobre todo en la literatura romana, es el delfín quién lleva las almas a las «Islas de los Bienaventurados”. Alrededor del Mar Negro se han encontrado imágenes de delfines en las manos de los muertos, presumiblemente para asegurar la seguridad de su paso a la otra vida. Tomados en su conjunto estas referencias parecen apuntar a una asociación más profunda con los procesos de la vida, la muerte y el renacimiento, tal vez vinculadas a la capacidad del delfín para respirar el aire por la boca, como los humanos y vivir en el asfixiante y aterrador mundo bajo las olas, lugar que podría ser fácilmente identificada con el reino de los muertos. Sea cual sea el simbolismo exacto, es evidente que el delfín está íntimamente involucrado con los fundamentos de la existencia humana. Si el delfín está implicado de alguna manera en la transición entre este mundo y el otro no es sorprendente encontrar que también se asocie con Dionisos, que muere y vuelve a nacer de nuevo cada año en su papel como el dios de la vegetación, y que también era adorado en Delfos, el templo de Apolo, también íntimamente relacionado con los delfines, de ahí la etimología de Delphi. Algunos autores hablan de delfines que desaparecen cada invierno, tal vez esto explica el nombre de la constelación de Delphinus, el delfín, que en Grecia no puede ser vista entre los meses de noviembre y mayo. Aún hoy para muchos griegos, matar a un delfín es un crimen atroz porque los delfines fueron una vez humanos y conservan características humanas tales como el cuidado de sus crías y la sociabilidad. La imagen de los delfines rescatando a los marineros o poniendo seres humanos a salvo se repite una y otra vez en la mitología y el folclore. Según Plutarco, por ejemplo, un nativo de la isla griega de Paros encontró una vez a unos pescadores a punto de matar a algunos delfines que habían capturado, y tuvo que negociar su liberación. Algún tiempo después, mientras navegaba entre Paros y la vecina isla de Naxos, volcó su barco en una tormenta. De la tripulación, sólo él sobrevivió, rescatado por un delfín que lo llevó en su lomo a la costa cercana.
Estas historias introducen otro de los importantes rasgos mitológicos de los delfines. Están situados por encima de otros animales, no sólo porque son amigables con los seres humanos, sino porque tienen un sentido de la moral y el honor.
Cada cambio requiere su ritual. El mío es la escritura. Inicié este viaje para poder escribir, para poder ser mi escritura. Estos animales míticos que me acompañan me lo recuerdan casi a diario. Son los instrumentos de esa transformación, están ahí para recordarme qué hago yo en medio del Atlántico. Estos delfines quizás sean el alma del mar, los guías de otros mundos. Para mi son el recuerdo constante de que entre el ser humano y la naturaleza no hay frontera. Que un día se es delfín y al otro, navegante solitario. Escribo para recordármelo.
punto de matar a algunos delfines que habían capturado, y tuvo que negociar su liberación. Algún tiempo después, mientras navegaba entre Paros y la vecina isla de Naxos, volcó su barco en una tormenta. De la tripulación, sólo él sobrevivió, rescatado por un delfín que lo llevó en su lomo a la costa cercana. Estas historias introducen otro de los importantes rasgos mitológicos de los delfines. Están situados por encima de otros animales, no sólo porque son amigable con los seres humanos, sino porque tiene un sentido de la moral y el honor. humanos, sino porque tiene un sentido de la moral y el honor.humanos, sino porque tiene un sentido de la moral y el honor.humanos, sino porque tiene un sentido de la moral y el honor.
Mitos y leyendas que se repiten una y otra vez. Delfines, cambio, salvación. Cada metamorfosis requiere su ritual. El mío es la escritura. Inicié este viaje para poder escribir, para poder ser mi escritura. Estos animales míticos que me acompañan me lo recuerdan casi a diario. Son los instrumentos de esa transformación, están ahí para recordarme qué hago yo en medio del Atlántico. Estos delfines quizás sean el alma del mar, los guías de otros mundos. Para mi son el recuerdo constante de que entre el ser humano y la naturaleza no hay frontera. Que un día se es delfín y al otro, navegante solitario. Escribo para recordármelo. Y ya no podré dejar de hacerlo, como tampoco podría acabar este Infinito Viajar si no es acompañado, protegido, por mis ángeles…mis delfines.