Enciendo la aplicación de navegación que me acompañó durante los pasados meses para ver el mapa del Caribe y empiezo a colocar encima de la mesa la proyección de los próximos derroteros. La cadena de las Antillas que conforman el Mar Caribe se extiende desde los Cayos de Florida al norte, hasta la costa sudamericana de Venezuela y Colombia al sur. El goteo de islas como un collar de perlas de esas que robaban los piratas, encierran un mar interior. El Caribe es un mar pequeño comparado al Mediterráneo, pero tiene algunos puntos en común con el gran lago interior de donde he partido y en donde he aprendido realmente a navegar.
No sé aún cuál será mi recorrido futuro ni tampoco quiero fijarlo demasiado desde este lado del Atlántico. Debo regresar al Clinamen para volver a ponerme en sincronía. Cuando desembarqué en la isla de Guadalupe, rápidamente la tierra y sus asuntos urgentes me absorbieron física y espiritualmente. No tuve tiempo de agradecer como se merece a mi compañero Clinamen y ya me estaba yendo. Hoy me siento en deuda con él y pienso muy seguido en cuándo volveré a estar en comunión con él y recordar nuestras andanzas recientes.
Desde aquí, en seco, demasiado vestido y perfumado, siento un desfase con el mar, con mi barco y con todo lo recientemente vivido, disfrutado y también sufrido.
Desayuno frente al mar pero mirando al sur y a unas olas mediterráneas que me vieron zarpar hace un par de meses hacia una aspiración de lejanía, de alejamiento y de aventura. Ver desde la terraza las ondas que conforman las rompientes que vienen a mojar la arena testigo de mi sueño ya concretizado me enriquece la mañana.
En este día luminoso debo volver a la oficina y ocuparme de los nuevos proyectos profesionales, así como de temas mucho menos glamurosos. Desearía perderme con esa espuma y que me lleve lejos de estas playas, pero debo pensar en forma más realista y concreta, «terre à terre», como dicen los franceses. Pienso en el mar y en todo lo que se ha escrito por y sobre él.
¿Qué es el mar?
El mar es un azar
¡Qué tentación echar una botella al mar!
Mario Benedetti escribió hermosos versos que me atrevo a reproducir en dos partes, una aquí al principio y otra, al final de este texto, para aquél lector que hubiera soportado mis reflexiones.
Botella al Mar
Mario Benedetti
Pongo estos seis versos en mi botella al mar
con el secreto designio de que algún día
llegue a una playa casi desierta
y un niño la encuentre y la destape
y en lugar de versos extraiga piedritas
y socorros y alertas y caracoles.
Cualquier viaje siempre debería ir acompañado de poemas, no en vano desde el primer caminar del hombre la presencia del bardo, del trovador es incuestionable. El poema ha viajado siempre. Lo hizo primero con Homero. Y así se registró la historia para siempre. La rima es la música de la memoria. Recordamos poemas. La poesía es también el lenguaje del alma, sin ella el hombre no puede expresar lo intangible. Aquello que no somos capaces de articular con sintaxis rígidas, con gramáticas ordenadas. Si la lingüística es álgebra matemática, la poesía son los números irracionales, los que se alejan de la norma, los que se hacen un hueco allí donde no queda espacio.
La poesía es también la lengua con la que habla el mar. Ya lo sabían los poetas. Lo sabía Mario Benedetti, Pablo Neruda, Rafael Alberti.
Domingo 1 de mayo, después de haber visto fugazmente al Atlántico en la cornisa cantábrica y asturiana.
Se acabó el primer viaje y los pensamientos van y vienen. Las últimas horas de navegación fueron duras. El mar no da tregua y el cansancio no admite la perdida de concentración. Mi espíritu estaba consagrado a la hazaña y a la concreción del sueño. Hoy estoy en tierra y pienso en aquéllos días y en mi barco que me espera fiel en su muelle. Pero no puedo dejar de volver una y otra vez la vista atrás. Lo que he dejado tras de la popa del Clinamen. Ese mar sin paliativos, indiferente. Esa incertidumbre sobre el poder, querer, desear y lograr. Quizás, quizás, ese gran quizás que me inundaba hasta ver la Desirade y al fin gritar: «¡lo logramos!».
Decía Claudio Magris, autor del Infinito Viajar que inspiró el nombre de mi página web, al que tuve el gusto de saludar en ocasión de la Sant Jordi en Barcelona, que para él “el dolor más grande ante la muerte es que el mundo prosiga su marcha indiferente al que se muere”. El océano posee esa indiferencia. Una cualidad innata de intemporalidad. El viaje del mar es siempre infinito. Y esa atemporalidad es pura indiferencia.
En estas últimas dos semanas me sumergí de nuevo en el mar humano. He abandonado el mar ajeno al hombre, el océano, inhabitable, indomable. Ya he vuelto a entrar en aguas que son caminos, trazos dibujados entre un lugar y otro. Un mar lleno de palabras, de lenguas, de historias, de noticias, de guerras, de conflictos, de esclavos, de políticos, de revoluciones, de decepciones. El mar de los hombres es un mar muy distinto al que viví durante dos meses con mi travesía. La indiferencia aquí es casi imposible. Para bien o para mal, nos inunda, nos rodea y apabulla. De ahí que éste sea el mar sobre el que más se ha escrito.
Todo con quién evoco mi viaje, mi hazaña personal, mi situación presente, termina preguntándome cómo sigue la aventura o si aquí se acaba y que vuelvo a una vida más conforme y confortable.
Recuerdo a mi barco que me espera fiel en su muelle y al Mar Caribe que tanto soñé y deseé, pero que dejé apenas 24 horas después de alcanzarlo.
Recuerdo esos días en los que escribir no era un lujo entre maniobras, sino una tarea más que importante, consuetudinaria al navegar, pensar y plasmar todo ello en textos en los que testimoniar lo vivido y lo sentido.
Quizás sea preciso diferenciar muy claramente entre las distintas situaciones en las que se toma la pluma. Claro que, a veces, del compromiso moral surge una gran literatura. Diría incluso que esto sucede con suma frecuencia. Basta pensar en Dante o en otros escritores formidables de nuestra época. La literatura tiene sus propias leyes, y esas leyes no deben ser sacrificadas a la moral. Si pretendo escribir algo que corresponda a la verdad y tengo la sensación de que esa escritura tendrá consecuencias negativas para un ser humano, debería renunciar a escribirlo, pero lo que no puedo hacer es alterar la escritura, la verdad. ¿Cuánto hay de verdad en todo lo que he escrito? He hablado de delfines, de sirenas, del Corto Maltés, de las razones que me han llevado hasta aquí, de las razones que me devolverán al mar una y otra vez. Alguien podría decir que son sólo ornamentos a la historia real que he vivido. ¿He contado la verdad? ¿toda la verdad?
No he escrito que durante cuarenta y cuatro días la tensión y el esfuerzo físico ha sido supremo. Todo lo que he hecho, desde lo más fisiológico a lo más sublime, ha sido realizado en tensión extrema, ante la indiferencia del océano. Pero ¿a quién interesa a la postre el detalle cotidiano, real y casi doloroso? ¿Lo escatológico es literatura? ¿el dolor continuo? ¿Cuánta verdad hay en lo que escribo, si elijo algunos temas y obvio otros?
Encontrar la voz literaria es también un viaje, y es igualmente un viaje infinito.
En estos menesteres soy un novicio y el tanteo entre verdad y literatura me es aún incierto. En ese sentido, estimo mucho a Ernesto Sábato, que en una época se ocupó de los «desaparecidos». Durante años renunció a su labor literaria para buscar a esas personas, para investigar cómo y dónde estaban. Pero Sábato es también el autor de «Sobre héroes y tumbas», que desciende a lo profundo, a los abismos, a las tinieblas del inconsciente y del mal. Y para ello estableció de manera muy honesta una diferencia entre dos mundos, dos tipos de escritura, la diurna y la nocturna.
Navegando, esta distinción es también fundamental. Navegar de día o navegar de noche son dos mundos que no tienen nada que ver. Como en la escritura. Sábato, cuando estaba sumergido en sus profundidades nocturnas había descubierto que dos más dos eran cuatro, aunque también podían ser seis o diez, y que resultaba poco importante cuánto sumaban en realidad, ya que, cuando se regresa a la superficie, al día, ese «saber» no representa una ventaja.
Al llegar de noche a Pointe-à-Pitre reconocí una casualidad que probablemente no fuera tal. En cada una de las etapas de este viaje zarpé de noche y arribé con el sol caído. No fue una propuesta consciente pero una realidad que se dio en cada caso. Cómo entender esos fenómenos que se repiten significando.
Navegar de noche y navegar de día.
El mar de día y el mar de noche.
¿Qué es el mar de donde vengo?
¿Qué es el mar adonde vuelvo?
Tras dos meses navegándolo no obtengo respuesta.
¿Qué es en definitiva el mar?
¿por qué seduce? ¿por qué tienta?
suele invadirnos como un dogma
y nos obliga a ser orilla.
Nadar es una forma de abrazarlo
de pedirle otra vez revelaciones
pero los golpes de agua no son magia
hay olas tenebrosas que anegan la osadía
y neblinas que todo lo confunden.
El mar es una alianza o un sarcófago
del infinito trae mensajes ilegibles
y estampas ignoradas del abismo,
trasmite a veces una turbadora,
tensa y elemental melancolía.
El mar no se avergüenza de sus náufragos,
carece totalmente de conciencia
y sin embargo atrae, tienta, llama,
lame los territorios del suicida
y cuenta historias de final oscuro.
¿qué es en definitiva el mar?
¿Por qué fascina? ¿por qué tienta?
es menos que un azar, una zozobra,
un argumento contra dios,
seduce por ser tan extranjero y tan nuestro,
tan hecho a la medida
de nuestra sinrazón y nuestro olvido
es probable que nunca haya respuesta
pero igual seguiremos preguntando
¿qué es por ventura el mar?
¿por qué fascina el mar? ¿qué significa
ese enigma que queda
más acá y más allá del horizonte?
Si ni tan siquiera Mario Benedetti consiguió respuesta, a este modesto marino no le toca otra que continuar preguntándoselo, que continuar navegando, que continuar escribiendo.
Escuchar a Mario Benedetti recitando su poema corto Botella al Mar
https://m.youtube.com/watch?v=SXNg9Mv0jLw&time_continue=15&ebc=ANyPxKpOPyg0lRSqfhu7YKlJvhg7__P7xXoo6wycBsaPZN0f5HXCEERKjb3ILmdFZZLwLPZQfTbb
Y también tiene la otra versión larga, que se puede también escuchar por su propio autor:
http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/botella-al-mar–0/audio/
El mar es un azar
¡Qué tentación echar una botella al mar!
Poner en ella por ejemplo
un grillo, un barco sin velamen, y una espiga
sobrantes de lujuria, algún milagro
Y un folio rebosante de noticias
Poner un verde, un duelo, una proclama,
dos rezos, y una cábala indecisa
El cable que jamás llegó a destino
Y la esperanza pródiga y cautiva
El mar es un azar
¡Qué tentación echar una botella al mar!
Poner en ella por ejemplo un tango
que enumerara todos los pretextos
para apiadarse a solas de uno mismo
y quedarse en el borde de otro sueño
Poner promesas como sobresaltos
Y el poquito de sol que da el invierno
y un olvido flamante y oneroso
y el rencor que nos sigue como un perro
El mar es un azar
¡Qué tentación echar una botella al mar!
Poner en ella por ejemplo un naipe,
un afiche de Dios, el de costumbre,
el tímpano banal del horizonte
el reino de los cielos y las nubes
Poner recortes de un asombro inútil,
un lindo vaticinio de agua dulce
una noche de rayos y centellas
y el saldo de veranos y de azules
El mar es un azar
¡Qué tentación echar una botella al mar!
Pero en esta botella navegante,
sólo pondré mis versos en desorden
en la espera confiada de que un día
llegue a una playa cándida y salobre
y un niño la descubra y la destape
y en lugar de estos versos halle flores
y alertas y corales y baladas
Y piedritas del mar y caracoles
El mar es un azar
¡Qué tentación echar una botella al mar!