Historia de Mar y Desierto

Hacía ya diez días que cabalgaba por el desierto. Tenía un rumbo fijo. El GPS, alimentado por energía solar le indicaba que estaba siguiendo la ruta prevista. 
Había calculado correctamente los víveres y no sufría de mayores inquietudes. La yegua de impecable raza árabe, le garantizaba la resistencia al medio que sólo tiene esta especial clase de equinos. Reyes de su especie. La elegida había sido una princesa de máxima negrura. Según sus cálculos, le quedaban 4 días más para llegar al destino previsto, una aldea beduina, la primera al oeste de su punto de partida.
Si no sucedía nada anormal o imprevisto, habría cumplido con su promesa. Todos los problemas de la preparación habían quedado atrás, en la ciudad abandonada. El desierto había sido generoso con él, le había permitido descubrir su monotonía aparente, su belleza sutil, poco evidente para el ojo del recién llegado o para los ojos del insensible. El desierto lo había acogido en su seno y le permitía dejar en sus arenas la huella de una infinita hilera de pasos regulares.

Ese día la fuerza del sol brillaba sobre el silicato de los granos medio rojizos de forma diferente. Lo hipnotizaba. Se sentía incómodo. Pensó que quizás podía estar insolándose. Abrió una de las mochilas laterales que colgaba de la montura. Sabía que en alguno de los bolsillos interiores llevaba la crema protectora. Simultáneamente pensó en regalarse un trago de la cantimplora con agua. Ambas operaciones por separado no suponen ningún riesgo. Pero cuando se combinan en un sólo movimiento pueden resultar algo peligrosas.  Estaba medio en equilibrio, con poco margen de maniobra si algo ocurría. Era sólo cuestión de segundos, pero unos segundos bastan para cambiarle la vida a uno. En un segundo tu vida cambia para siempre. 

Una víbora se cruzó en el trote del caballo asustándolo. Repentinamente, el corcel desequilibra al jinete. En un gesto instintivo, éste se agarra a la cabalgadura no sin evitar un violento balanceo de la cabeza que golpea de mala manera en el animal tenso y asustado. Entre la sofocación, el aturdimiento y el shock emocional, el jinete padece un síncope vasal, como un desmayo. La pérdida de conocimiento lo sume en una suerte de aturdimiento. Lo deja en el limbo de la realidad de los sentidos. Ese lugar onírico donde verdad y sueño se entremezclan dejándole a uno sumergido en un mundo lleno de metáforas extrañas. 

El día había amanecido enrarecido y el brillo del sol en las olas me encandilaba provocándome renovado sueño y distracción. Sabía que me estaría por dormir, pero no confiaba en ese oleaje, y debía permanecer cerca del puesto de mando por si el piloto automático se soltaba. Por las dudas, tomé el bote de crema protectora para proteger la piel en caso de que me quedara dormido, casi desnudo como estaba. Para pasarme la crema, me saqué el chaleco y el arnés de seguridad al que estaba atado. En ese preciso instante una ola cruzada de por lo menos 4 metros desestabiliza el andar portante del barco, desequilibra la botavara y me hace trastabillar violentamente hacia adelante. El bote de crema sale volando por los aires y mi cuerpo es despedido hacia el mar. Por milagro logro aferrarme a los cables del borde y me quedo colgando por la borda.  En esa posición no iba a resistir muchos minutos. 

Un hilo de acero me mantenía de este lado de la historia. Si cedía o si mis brazos no aguantaban, ya nada más podría contar, ni tampoco esta escena habría jamás existido puesto que ningún relator podría evocarla. Historia que no se cuenta es historia muerta. 

Un cable, un instante, una ráfaga, una ola, un golpe. No se necesita mucho más para acabar con la tremenda complejidad de una vida. Es más fácil destruir, abandonar, echar al olvido que construir, vivir o intentar ser feliz. Si la desesperanza se hubiera aferrado en mí, no necesitaba mucho poder de convencimiento para ganarme la partida. El instante estaba a su favor, ya casi no me quedaban fuerzas ni posibilidades de continuar.

Otra ola compensatoria reequilibra el andar del barco y con su inercia puedo aprovechar esos micro segundos, micro momentos de vida en los que la fuerza vital se sobrepone a toda la emoción y las incapacidades reales o potenciales para ejercer su derecho a luchar y vencer. 
Logro pasar el codo derecho y luego el izquierdo, al tiempo que mi cuerpo trepa hacia la borda pudiéndome apoyar un poco más sobre la segura cubierta. 

No sé si duró un minuto o media hora, porque lo que pasó fugazmente por mi mente fue el transcurso de los últimos 48 años. ¿Cuánto pueden tardar 48 años de vivencias para pasar por las células cerebrales que registran las memorias? ¿Son las memorias las que pasan, o es el fluido eléctrico ínter celular, esa sinapsis tan suya, tan particular, la que comunica a una velocidad que es sin duda más rápida que la luz? ¿por qué recordamos unas cosas y no otras? ¿Quién selecciona los recuerdos? ¿lo hacen las neuronas sin mi consentimiento?

No lo podía creer, no lo podía creer, me repetía una y otra vez.
Sentía bronca por lo ocurrido.
Regocijo por estar aún con vida.
Alivio de estar a salvo y recordando lo que acababa de suceder, como si hubiera sido una película de esas imposibles en las que sólo el apuesto y nunca despeinado héroe sale airoso y a tiempo para prenderse un cigarrillo.

¿Cuántas veces decedemos y volvemos a nacer en el transcurso de una vida?
En el vientre materno experimentamos una vida que nada tiene que ver con el exterior. 
Al nacer, morimos como embrión, como potencia, como semilla, pasamos de proyecto a realidad, de virtual a existencial.

Mi relación con el agua siempre fue de una intensidad abrumadora.
Nací bajo el signo de Acuario que todos pensamos que es un signo de Agua y sin embargo es de Aire. Acuario es quién vierte el agua, pero es un símbolo de aire. Lleva en sí la creatividad, la imaginación, así como el vigor y la fuerza del viento.

Aunque no crea mucho ni en lo esotérico ni en lo religioso, en los momentos álgidos, todos esos pensamientos se suceden como flashes. Es difícil determinar si de repente creemos en lo que habitualmente denostamos o es un auxiliar mental para apoyar nuestra existencia, en duda eterna.
¿Qué medio era el responsable de lo que me acababa de suceder, el agua, el mar con su ola, que quería o podría haberme engullido? ¿o el aire, creador de los vientos y forjador de esas olas gigantes y cruentas? Sin viento, la mar está calma. Pero sin viento no avanzamos.
¿Qué significa para mí navegar? ¿Surcar los mares, desplazarme por las violentas aguas, o recibir, controlar, manejar los vientos, el aire, que lleva en su etérea realidad todo lo que existe?

Simbólicamente soy un perfecto acuario. Aire, que pasa a veces con calma, otras con brío y sin duda roza alguna violencia cuando las condiciones lo presionan al máximo. Aire sobre el agua, ofreciendo el agua como fluido vital, pasando por sobre ella para justificar su existencia y darle el valor como elemento. Pero el agua es un vertido que el aire porta, contiene. La ofrece con generosidad para que quiénes la necesiten la obtengan y aprovechen su medio natural.

A los cuatro años de edad, jugando junto al río, caí al agua sin haber aprendido aún a nadar. Me ahogué en el río. Ese día aprendí que no era anfibio, que nuestros pulmones no están preparados para respirar nada más que aire. Aunque vivimos nueve meses en un medio acuoso, nacemos respirando naturalmente el aire, esa es nuestra primera muerte. Salir del agua protectora de la madre para encontrarnos con ese oxígeno extraño. Al agua no regresaremos jamás.  

Esa corta vida se fue al ahogarme, para siempre. Nunca se vuelve a una vida anterior. El curso es solamente hacia adelante. Los recuerdos son sólo memorias, las huellas de lo vivido hacen imposible una vuelta atrás. Se viven varias vidas en una sola. Todas ellas posibles, pero sólo una de ellas nos es real. Al menos así la percibimos. 

La extraordinaria y joven Exda -la mujer que me cuidaba de niño- se arrojó instintivamente al río y pese a que tampoco sabía nadar, me mantuvo cerca del borde y revolviéndonos entre las aguas correntosas, nos permitió aguantar los minutos necesarios para que mi padre, alertado a gritos por los otros niños de la orilla, acudiera a nuestro rescate y nos extrajera con los pulmones ya cercanos a explotar.

Fue volver a nacer. El agua había envuelto y diluido la primera etapa de mi infancia. Empezaría un nuevo ciclo, aunque fuera muy pequeño para razonarlo, eso nunca se entiende, sólo se digiere. 
Años después, al realizar una terapia psicoanalítica, comprendería al revivir este proceso del ahogo y el posterior renacimiento, que los recuerdos impresos en mi mente a raíz de este episodio, eran muy parecidos entre los del vientre materno con su líquido amniótico y los de las aguas correntosas y envolventes.

Esta vez el agua sólo había podido tocar mis pies, el cable había ofrecido a mis brazos, a mi instinto, el último suspiro, la última oportunidad. Si cedía, el enorme océano lograría lo que años antes la corriente y las aguas marrones no habían podido obtener.

Nunca fui muy fuerte de brazos, toda mi fuerza reside en mi voluntad, mi mente siempre fue el mayor músculo con el que me repuse de todas las catástrofes y situaciones límites.
Al reponerme sobre la cubierta empecé a sentir los brazos doloridos, pero no lo podía creer, no lo podía creer, me repetía una y otra vez.

Antes de zarpar había escrito una extensa carta a mi padre explicándole el por qué de mi decisión de partir solo al Atlántico. Él había intentado disuadirme. A manera de respuesta, había evocado justamente los dos nacimientos anteriores, el natural debido a mi madre, el segundo gracias a su acudimiento salvador, y explicaba alegóricamente que este viaje iniciático era la búsqueda de un tercer nacimiento que no debiera más que a mí mismo, por eso debía ser en soledad. Lo que no imaginaba es que realmente viviría una experiencia tan límite, tan real entre la vida y la muerte.

Se despertó en una posición incómoda y casi en equilibrio sobre su cabalgadura. Estaba dolorido y confuso. El sol seguía pegando fuerte y raro. Había dejado caer la botella de agua, pero como no sabía cuánto tiempo había pasado inconsciente pensó que sería una locura volver a hacer el camino para buscar su ración diaria. Le quedaban 3 botellas, una por día.  Sencillamente se racionaría repartiéndolas en 4 jornadas.

Le preocupaba más lo que le había sucedido. Pese a estar a dos tercios del trayecto, estaba suficientemente lejos de cualquier población como para correr un riesgo mortal si  algo grave le sucedía. Cuando proyectó esta travesía solitaria, no faltó nadie que le advirtiera de los peligros del desierto.

Él estaba convencido de que una extraña fuerza interior le exigía esta clase de aventura, casi como un sacrificio bíblico. De joven, el cruce de la Patagonia, pasando una noche en plena estepa, a la intemperie, le había dado la fuerza espiritual de encontrarse y madurar, fue el fin de la adolescencia.

Recordaba vagamente un sueño en relación con el mar, una sensación de peligro y de resurrección. Nada muy preciso como cuando uno despierta por la mañana de un sueño que se interrumpe y le quedan impresiones oníricas que tienen algo de real y de etéreo al mismo tiempo.  Sentía un gran dolor en la nuca, pero no quería detenerse aún. Lo mejor sería cerrar los ojos aprovechando el paso ya tranquilo de su caballo e intentar dormir un rato.

Me había quedado dormido por el agotamiento después de remontar a la cubierta, sin poder moverme. Desperté y tuve como una alucinación. Me costaba entender si estaba aún soñando, despierto o qué me había pasado.

El Clinamen seguía su rumbo fijado desde las nueve de la mañana. En la proa me pareció sentir una presencia. Desde lo sucedido hacía instantes más o menos largos, no podía determinar cuánto había pasado, mi espíritu se encontraba totalmente confundido. La sensación de proximidad con la muerte me había dejado en una tensión que me costaba entender y controlar.  ¿Había visto la silueta de una sirena pasar por detrás del mástil? ¿Me habría pegado un golpe y no reconocía bien lo que me había pasado? No hay nada rojizo en el mar y sin embargo tenía la impresión de haber despertado rodeado de rojo y acompañado de una silueta azabache.
Recuerdos de la niñez me hicieron viajar a Sevilla, aquella Feria en la que mis padres participaron como invitados en el stand de los Hermanos de Ginés, primos cantantes, con cierta popularidad en esa época. 

La sensación cercana con la mortalidad retrocedía mis pensamientos hacia la infancia, la imagen de esa madre morena y bella, que pese a su origen alemán había heredado el cabello azabache y lacio. Su juventud le permitía lucirlo largo hasta bien avanzada la espalda. Sentada de costado sobre un caballo árabe y toda vestida de rojo, parecía más andaluza que las andaluzas. Habían traído varias fotos de ese primer viaje a Europa pero la mayor impresión que me había quedado en la memoria era de las imágenes mudas de los rollos de film Súper Ocho que eran toda una novedad.

Volví a sentir una presencia en la proa y me corrió una sensación extraña de no saber dónde estaba, cómo me sentía y qué me estaba pasando. Estaba casi seguro de haber visto una figura de mujer con cabello lacio, muy negro y una sonrisa envolvente. No era un recuerdo, no se trataba de mi joven madre. Estaba allí pero mi cuerpo se resistía a moverse de inmediato. Necesitaba entender antes de cambiar mi posición y quizás espantar ese espíritu o imagen.
¿Y si en lugar de un recuerdo fuera una premonición? Ya me había sucedido en otras circunstancias de pensar en algo o en alguien y días después toparme con la persona o el paisaje sentido.

No podía tratarse de volver a mi madre, puesto que ya no tenía el pelo tan largo y su color había también variado. Tampoco conocía ninguna mujer que se pareciera y que pudiera estar recordando. Sentí cierta satisfacción de pensar que nos representamos a las sirenas rubias de ojos celestes, a imagen de la Sirenita de Copenhague y sin embargo esta presencia, sueño o alucinación era de una hermosa mujer de ojos y cabellos bien negros, muy alejada de los cánones escandinavos. 

Tomé conciencia que había música sonando y reconocí una de mis canciones preferidas de Eric Clapton, Wonderful Tonight. La presencia era cada vez más fuerte hasta que decidí ponerme de pie e ir a ver, para salir del letargo, entre imaginativo y onírico. Al llegar a la punta del Clinamen estaba todo normal, el oleaje se había calmado un poco o regularizado. Advertí la visita de una pareja de delfines rozando el casco. Uno mayor que otro, como si fueran madre e hijo. Se frotaban al barco alternadamente, jugando, acariciándolo. Cuando ella se alejaba un poco, el pequeño la alcanzaba a gran velocidad. Conmovido por la belleza del espectáculo me senté a admirarlos. No podía distraerme, hasta que fueron desapareciendo en el horizonte. Antes de hacerlo, ella regresó súbitamente para nadar a mi lado, sacó la cabeza y me pareció que me dedicaba una sonrisa, un saludo. Estaba mostrándome que era ella la presencia, el espíritu que me había protegido desde que había salido a esta aventura solitaria.

Al abrir los ojos, se sintió ya descansado y el susto se había disipado. Detuvo su caballo y desmontó para tocar el suelo y sentir el calor en la arena. El GPS le indicaba que estaban en la senda fijada y que por la noche llegarían al primer relieve que se acercaba. Allí podrían acampar y descansar a la luz de la luna. Estaba previsto que estuviera llena esa noche y el panorama de un cielo estrellado con luna llena en el desierto sólo es comparable a los cielos en pleno Atlántico. Recordó súbitamente el cruce oceánico que había realizado hacía un tiempo y entendió por qué había preferido elegir como cabalgadura una yegua azabache que le hizo pensar a la Sirena del Clinamen.

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