¿Qué importancia tiene la última escala para el navegante si no es porque es allí donde comienza verdaderamente su travesía? La congoja, el track, el sentimiento de salto al vacío, todo eso se da ya en tierra, pero no se da en cualquier lugar de tierra firme, sino en aquella que le sirve al navegante de último muelle.
Aprovisionar todo lo necesario, preparar bien su nave, ultimar todos los detalles, incluso preparar los ánimos de la tripulación, incluso para un navegante solitario, es una tarea que conlleva su pequeño rito. Santa Cruz de Tenerife, no acababa de reunir las condiciones para ser la última escala. El puerto no es muy acogedor y menos si lo vives con las urgencias y tensiones típicas de las últimas horas en tierra. Me debía a mi mismo una última etapa terrestre diferente, un desenlace distinto para despedirme de la tierra conocida, para ir en busca de lo ignoto. Cualquier navegación en solitario es una exploración. Lo es del mar y lo es de uno mismo.
Llevo leyendo el Diario de a Bordo de Cristóbal Colón desde antes de zarpar. Desde el principio de mi Proyecto Atlántico, me dije que tomaría el rumbo de los vientos, como hizo Colón. ¿Qué mejor homenaje al Almirante que recorrer también sus últimos pasos antes de embarcarse hacia ese Océano Magno? El libro fue el regalo que robé a mi padre en mi último aniversario. Leyéndolo en alta mar reconozco que era preciso que fuera él quién me proporcionara esa lectura.
La última noche en Santa Cruz de Tenerife, mientras aún merodeaba por el puerto, hice uno de esos encuentros típicos de los viajeros en la terraza de la marina. Un personaje belga, del que desconozco su nombre, en una hora de charla, me convenció de que mi última pisada en tierra firme debía darla en la Gomera. La Serendipia es encontrar aquello que no esperas encontrar y yo llevo encontrándome con lo inesperado desde que decidí emprender esta aventura. Así pues, al igual que el Almirante decidió en tres de sus cuatro viajes que su última escala tuviese lugar en la isla de la Gomera, me decido por poner rumbo a la más occidental de las islas canarias.
La travesía entre las dos islas fue nocturna a propósito, para no retrasarme un día más y al mismo tiempo darme la posibilidad de recorrer un poco los alrededores de ese pequeño puerto bien acogedor, según me lo habían descrito. A su vez, esas horas de navegación me permitieron percatarme de los desarreglos aún persistentes para tener la chance final de estar a punto al zarpar definitivamente.
El puerto de San Sebastián de la Gomera cumplió en parte con las expectativas, decepcionándome por el lado del recuerdo de Colón, pero sorprendiéndome muy agradablemente en todo lo demás. La Casa de Colón en definitiva es más simbólica que real, ya que fue construida varios siglos después, en el solar donde hubo otro hospedaje donde el navegante parece ser que habría pernoctado. Sin embargo la Villa, el trato amable de los gomeros y la alta presencia de venezolanos y cubanos, ofrece al visitante un momento más reconciliador que el barullo mundano y turístico santacruceño.
Me interesé primero por la historia y las costumbres del lugar como hago siempre de ley. Comprender el origen de lo que se nos presenta, nos permite apreciar mejor lo que vemos y así poder vivirlo realmente en todo su alcance. ¿Qué sentido tendría pisar y pretender admirar monumentos si desconocemos el por qué, el cómo?
Si en la Gomera, todas las construcciones son relativamente modernas –las más antiguas- datan del siglo XVII, es porque esta pequeña isla fue muy maltratada por los saqueos de los corsarios ingleses y holandeses, aunque siendo el último y más terrible el de la invasión berberista de 1618 que arrasó con todo el poblado habitado por los gomeros menos la Torre del Conde y los muros de la iglesia.
Se siente la resistencia gomera, desde la naturaleza de la isla, hasta en el propio clima duro. La peculiaridad llega incluso al lenguaje. Los gomeros han preservado la curiosa forma de comunicación conocida como el “silbo gomero”. El lenguaje silbado emplea seis sonidos, dos de ellos vocales y los otros cuatro consonantes, y puede llegar a expresar más de 4.000 conceptos. Como ocurre en otras formas silbadas de lenguajes tonales, el silbo gomero funciona manteniendo aproximadamente la articulación del habla ordinaria. Los hablantes de silbo procesan el lenguaje en su cerebro de la misma manera que un lenguaje hablado usando las mismas áreas lingüísticas del cerebro usadas para procesar frases en castellano.
Al promediar la tarde y haber visitado los puntos de interés histórico puntual del pueblo, me invadió un sentimiento de escasez respecto a las expectativas que se me generaron en el encuentro nocturno con el belga desconocido. Tan es así que la señora que me atendió en la oficina de información turística, me comprendió a la primera: no podía irme sin haber visitado el Parque Nacional del Alto de Garajonay, “Si no lo visita es como si usted no hubiera venido a esta isla” me respondió muy acertadamente. Y como no se puede ser buen marino si no se acepta cambiar el rumbo y adaptarse a las circunstancias, aún en tierra, cambié mi agenda de partida y en lugar de zarpar a la mañana siguiente, decidí que me tomaría el día para hacer esa excursión al corazón de la isla ¡Qué magnífico es sentir que uno ha tomado la mejor decisión, sin ambigüedades!
La noche antes de la excursión imprevista, me ofrecí mi última cena, en La Salamandra, un restaurante que no me defraudó. Gran momento gastronómico con un milhojas de berenjenas de entrante y una ventresca de atún a la brasa, cocinada sencillamente en su mejor punto. El vino, un buen tinto canario, para acompañar, suave y agradable.
Por la mañana apuré todos los aprestos para dejar a Clinamen listo antes de tomarme la Guagua de la línea 1 que une San Sebastián con el Valle Gran Rey. Corrí, como siempre, para reunir una actividad con otra. Ahora el marino debía vestirse de caminante.
Cuando la guagua inicia la ruta ascendente, se siente claramente la personalidad volcánica y resistente de la isla. El carácter gomero se ve enraizado en su topografía. Antes de llegar al centro de la isla, donde me bajaría, penetramos en las nubes que cubrían la cima. Este mar de nubes es generado por los vientos alisios que condensan el vapor de agua en las hojas de los árboles generando lo que se conoce como lluvia horizontal. Al bajar de la guagua, el frío y la poca visibilidad me sorprendieron por lo inesperado. La caminata realizada más aún.
La Serendipia que no cesa.
La ascensión hasta el Alto de Garajonay, punto culminante a 1487 metros, está muy bien cuidada y es muy interesante apreciar la vegetación cambiante hasta la cima. En Garajonay se pueden encontrar fayas, brezos, laureles, helechos, que presentan endemismos típicos del desarrollo en un entorno aislado y benigno. Entre tanta contemplación vegetal, durante el descenso, me perdí prodigiosamente porque me salí de la ruta habitual para toparme con unas zonas de cultivos y de aldeas. Allí pude observar las formas de producción estoica y sufrida, pero persistentes y rebeldes. Todo el paisaje estaba matizado entre vegetación que parecía haber sido quemada y nuevos brotes o plantaciones. Al regresar al puerto me enteraría que en 2012 había ocurrido el mayor desastre natural, un incendio que acabó con gran parte de la superficie del parque y de sus alrededores.
La capacidad regenerativa y combativa de esta naturaleza gomera tiene su explicación en esa nube permanente que los vientos alisos regalan a la isla. La lluvia horizontal –esa precipitación persistente que no sucede de arriba abajo sino por la absorción del tejido vegetal de las gotitas en suspensión- me provocó una sensación de frío como todavía no había sentido en el mar, justo en una tierra ya cercana al trópico, esencialmente porque no lo había previsto. El frío en la Gomera también formaba parte de mi Serendipia. Sin embargo, la satisfacción al volver al barco y contarle a Clinamen las andanzas de este capitán caminante me hicieron recordar las inolvidables estrofas
del poeta Antonio Machado, que canta mi catalán preferido, Joan Manuel Serrat: todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar. Pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar. … Caminante no hay camino, se hace camino al andar, al andar se hace camino y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, sino estelas en la mar!
Borrador
La Gomera, la tierra y el mar
Qué importancia tiene la última escala para el navegante si no es porque es allí donde comienza verdaderamente su travesía, antes mismo que haya tomado la mar.
La congoja, el track, el sentimiento de salto al vacío, todo eso se da ya en tierra, pero no es cualquier lugar de tierra firme sino aquélla que le sirve de último muelle.
Aprovisionar todo lo necesario, preparar bien su nave, ultimar todos los detalles, incluso preparar los ánimos de la tripulación, hasta para un navegante solitario es una tarea que conlleva su pequeño rito.
Santa Cruz no me disponía para ser la última escala. Un puerto no muy acogedor, vivido con urgencias y tensiones, me debía de encontrar otro desenlace para ofrecerme los instantes póstrimos terrestres.
Leyendo a Colón en su Diario de a Bordo, recuerdo que su última escala la hizo en tres de sus cuatro viajes en la isla vecina de La Gomera. Esa misma noche hice uno de esos encuentros típicos de los viajeros en la terraza de la marina. Un personaje belga que no me dijo su nombre, pero en una hora de charla me convenció de que mi última pisada firme la daría en La Gomera. Desde el principio de mi proyecto Atlántico me dije que tomaría el rumbo de los vientos, como hizo Colón. ¿Qué mejor homenaje al Almirante que recorrer también sus últimos pasos antes de embarcarse hacia ese Océano Magno?
La singladura fue nocturna, a propósito, para no retrasarme un día más y al mismo tiempo darme la posibilidad de recorrer un poco los alrededores de ese pequeño puerto bien acogedor, según me lo habían descrito.
A su vez me permitió percatarme de los desarreglos aún persistentes para tener la chance final de estar a punto al zarpar definitivamente.
El puerto de San Sebastián de la Gomera cumplió con parte de las expectativas, decepcionándome por el lado del recuerdo de Colón, pero sorprendiéndome muy agradablemente en todo lo demás. La Casa de Colón en definitiva es más simbólica que real, ya que fue construida varios siglos después, en el solar donde hubo otro hospedaje donde el navegante habría pernoctado. Sin embargo la Villa, el agradable trato de los locales y la alta presencia de venezolanos y cubanos ofrece al visitante un momento más reconciliador que el barullo mundano y turístico santacruceño.
Me interesé primero por la historia del lugar como hago siempre de ley. Entender de dónde viene lo que existe nos permite apreciar mejor lo que vemos y así poder vivirlo realmente en todo su alcance. Qué sentido tendría pisar y pretender admirar monumentos si desconocemos el por qué de lo que está frente a nuestra presencia.
Si todas las construcciones son relativamente modernas, del siglo XVII en adelante es porque esta pequeña isla fue muy maltratada por los saqueos de los corsarios ingleses y holandeses, aunque siendo el último y más terrible el de la invasión berberisca de 1618 que arrasó con todo el poblado menos la Torre del Conde y los muros de la iglesia.
Se siente la resistencia gomera, aquélla que se escucha de los primeros aborígenes de estas tierras, desde la naturaleza de la isla hasta el propio clima duro, pero no desagradable.
Al promediar la tarde y haber visitado los escasos puntos de interés histórico puntual del poblado, tenía un sentimiento de escasez respecto a lo que me había ilusionado recoger en mi última parada. Aparentemente fui muy preciso en el sentido de mi pregunta para que la señora de la oficina de informaciones me dijera que no podía irme sin haber visitado el Parque Nacional del
Alto de Garajonay. Si no lo visita es como si no hubiera venido a esta isla, me respondió muy acertadamente.
No se puede ser buen marino si no se acepta cambiar el rumbo y adaptarse a las circunstancias. Por ello, aún en tierra, cambié mi agenda de partida y en lugar de zarpar a la mañana siguiente, me tomaría el día para hacer esa excursión al corazón de la isla.
¡Qué magnífico es sentir que uno ha tomado la mejor decisión, sin ambigüedades!
Por la noche me ofrecí mi última cena, en un restaurante recomendado, La Salamandra, que muy lejos estuvo de defraudarme, fue un gran momento gastronómico con un milhojas de berenjenas de entrante y una ventresca a a la brasa, cocida sencillamente a su mejor punto. El vino, un buen tinto canario para acompañar, suave y agradable.
En la mañana apuré todos los aprestos para dejar a Clinamen listo antes de tomarme la Guagua de la línea 1 que une San Sebastián con el Valle Gran Rey. Corrí como siempre para reunir una actividad con otra, el marino debía vestirse de caminante.
Cuando el autobús o guagua comienza a arpentar la ruta ascendente, se siente claramente el carácter volcánico y resistente del ambiente isleño. El carácter gomero se ve enraizado en su topografía. Antes de llegar al centro de la isla donde me bajaría, penetramos en las nubes que cubrían la cima. Al bajar de la guagua, el frío y la poca visibilidad me sorprendieron por lo inesperado. La caminata realizada más aún.
La ascensión hasta el Alto de Garajonay, punto culminante a 1487 metros, está muy bien cuidada y es muy interesante apreciar la vegetación cambiante hasta la cima. Luego en el circuito de bajada, me perdí prodigiosamente porque me salí un poco del parque protegido para llegar a unas zonas de cultivos y de aldeas. Ahí pude observar las formas de producción estoica y sufrida, pero persistente, rebelde. Con el agravante de que todo el paisaje estaba matizado entre vegetación que parecía haber sido quemada y nuevos brotes o plantaciones. Al regresar al puerto me enteraría que en 2012 había ocurrido el mayor desastre natural, un incendio que acabó con gran parte de la superficie del parque y de sus alrededores.
La capacidad regenerativa y combativa de esta naturaleza gomera tiene su explicación en esa nube permanente. Se la denomina lluvia horizontal porque es una precipitación persistente que no sucede de arriba abajo sino por la absorción del tejido vegetal de las gotitas en suspensión.
Me morí de frío como todavía no había sentido en el mar, justo en una tierra ya cercana al trópico, esencialmente porque no lo había previsto. Sin embargo, la satisfacción al volver al barco y contarle a Clinamen las andanzas de este capitán caminante me hicieron recordar aquéllas inolvidables y siempre presentes estrofas que canta mi catalán preferido, Joan Manuel Serrat. Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar. Pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar. … Caminante no hay camino, se hace camino al andar, al andar se hace camino y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, sino estelas en la mar!