¡Ay, qué me faltarían puntos de exclamación para describir el intenso momento de felicidad que acabo de sentir! Como una revelación, de una intensidad que sólo en esta clase de trance puede uno vivir.
Trataré de describirla, aunque la emoción me da la impresión que me dificultará la expresión justa. Las emociones nunca fueron la mejor compañía de la prosa, de la poesía quizás sí, pero la prosa intensa tiene peligros que intentaré sortear.
Estaba plácidamente acostado en el suelo de la bañera, desnudo, con bronceador y la excelente biografía de Colón de Salvador de Madariaga como excusa para disfrutar a ras del mar del bamboleo incesante causado por las olas.
De fondo, había puesto un CD del mejor jazz, creo que sonaba en ese momento Ella Fitzgerald cantando «How High the Moon». Me gustó la coincidencia porque anoche había tomado una foto de la luna llena, alta, plantada por popa iluminando esas estelas en la mar que ya forman parte del pasado reciente, de las aguas que quedan detrás.
Tomé el iPhone para volver a ver la foto y me percato que había recibido nuevo mail del amigo parisino que ya me había sorprendido con Roland Barthes hace unos días.
Esta vez su mail, a parte de la ingeniosidad habitual, me aportaba una inmensa profundidad a las emociones que estaba sintiendo en esas últimas horas. Me cita a Hegel en una de las frases que más comparto con el filósofo alemán: «La Libertad no nos viene dada, se conquista.»
¡Ay, mi Manulito! Si tú supieras que a mis 18 años salí de mi casa familiar repitiéndome esa misma frase de Hegel, al que recién había conocido, para conquistar esa libertad que desde entonces no puedo escribir más que con mayúscula.
El amigo, me escribe también que somos siempre responsables de nuestra propia vida. Pero lo más sorprendente es cuando me dice que debo estar reconociendo la inocencia de la infancia al extasiarme delante de las cosas simples como ver volar a los peces o zambullirse a los pájaros en el mar. ¡Así es, Amigo! Ayer mismo, al atardecer me sobrevolaron tres golondrinas, que siguieron mi estela durante un buen rato, sin mayor sentido que el de acompañarme. Luego tuve el espectáculo mudo del ballet de peces voladores, unos saltando por babor, otros respondiendo por estribor, grandes saltos, vuelos bajos, cortas apariciones, largos recorridos impresionantes. Una fiesta de la naturaleza que precedía a un atardecer anaranjado. Mi reflexión, por la noche, al recibir el regalo de la luna fue que la vida es maravillosa, pero que uno debe ir a buscarla para encontrarla, no viene sola.
Compadezco a quiénes la vida les ha regalado todo, a quiénes sin esfuerzo todo les cayó ofrecido y en el mejor de los casos logran sostener con relativo mérito la herencia que les fue obsequiada por el beneficio de la cuna. Yo, estoy aquí porque me la he currado, pienso para mis adentros.
Y con esos pensamientos volando por mi mente me fui a dormir anoche, zarandeado por las olas después de haber trimado de la forma más equilibrada al fiel Clinamen.
Después de leer el mensaje del amigo, esta mañana, me digo que la reflexión de hoy no puede ser otra que sobre la Amistad. Ayer tuve regalos de la Naturaleza, hoy toca que me regocije con la felicidad de sentir a través de algo simple como unas palabras justas, la buena visión que a la distancia solo puede tener un amigo. Gracias a la Vida, canturreo en un instante a Violeta Parra, interrumpiendo el fondo de jazz ambiente. Dejo el teléfono a buen resguardo para disfrutar unos minutos de no hacer nada más que contemplar el entorno magnífico que me rodea y gozar de este momento de comunión espiritual.
En ese instante, las olas, que por la mañana creía que se habían allanado un poco (tan solo medían metro y medio incluso muchas de ellas tan sólo un metro), de repente me parecen más blancas y vigorosas. Me yergo pensando que debe ser la sensación dada por estar acostado en el fondo de la bañera.
En ese preciso momento, diviso a una ola que viene detrás de otra, más espumosa que lo habitual, imponente. El Clinamen parece ponerse ligeramente de costado por acción de la primera y la segunda, fabulosa, amenaza desde su impresionante altura de 3 metros medidos desde el valle de la ondulación. Me mantengo confiado en mi cabalgadura y concentrado en el espectáculo. La terrible masa perseguidora ya es todo burbujeo blanco, acercándose más veloz que nuestros 8 nudos. Siento el terrible impacto contra un costado del casco. La otra mitad de la ola nos sobrepasa e inunda por el otro. El maravilloso Clinamen aguanta el cimbronazo por la aleta de estribor cuando la otra parte de la onda parece querer invadir su babor arremetiendo cientos de litros en una trepada incesante. El navío, sale indemne del trance, orgulloso. Siento que me observa desde su magnífica rueda de metro y medio en la que yo veo dibujado su rostro feliz. Estoy nuevamente en estado de éxtasis emocional. ¡Qué maravilla, me faltan palabras para describir mejor el instante de vida!
Retomando la calma de las siguientes ondulaciones de apenas dos metros, ya un clásico al que nos hemos habituado, mis reflexiones son de puro agradecimiento. Las olas son como la vida, pienso. Hay pequeñas, grandes, cortas, largas, de todos los colores, pero sobre todo las hay suaves, que nos acarician y nos mecen en los momentos agradables, de disfrute, como las hermosas olas que me habían dado tanto placer al acompañarme en alguna playa, mientras hacía el amor con mi Sirena. Otras, en cambio, te azotan con tanta violencia que parecería que han surgido del fondo del océano exclusivamente para golpearte.
La gran ola ha pasado y puedo volver a sentir la tranquila ondulación a la que el trimado obedientemente venía acostumbrándonos. En la pantalla del iPhone, el mensaje aún iluminado, apenas unas gotas de salpicado, gracias a que instantes antes lo había puesto a salvo. Mi corazón está lleno. ¡Me siento Vivo! ¡Para eso estoy aquí! repito como cuando me emocionaron los delfines en forma tan ingenua e infantil. ¡Para eso es que vivimos! Sentir la proximidad de la muerte nos hace más fuertes y prudentes. También más amantes, más sensibles y comprensivos. Más humanos, más cerca de la Naturaleza.
Hace unas noches, en el momento que describiría como de mayor bajón emocional de esta travesía, las olas eran cortas, insistentes, desagradables. Salí a cubierta a gritarles. Las increpé a ellas directamente ¿Por qué tenían tal grado de rencor conmigo, por qué ese ensañamiento? Había llegado hasta aquí sin haberle robado nada a nadie y jugándome mi piel, no la de ningún otro individuo!
Recordé ese enojo y volví a acongojarme con el espectáculo de la mole matinal, viniendo por detrás, amenazante y yo confiado, que nada pasaría, que estaba en el lugar que me correspondía. Sentí nuevamente la violencia del golpe y pensé en lo corta que es la vida cuando de un golpe de ola se nos termina, cuando queremos pensar que no nos ha llegado el momento, que no nos lo merecemos. Últimamente varios episodios de ictus ocurridos a personas que me rodean, me han hecho pensar lo mucho que me conmovió la muerte temprana de quién fue mi primer «mejor amigo» de la infancia. Ocurrió súbitamente, como no puede ser de otra manera cuando uno apenas ha despegado de los 40 años. Dejó detrás de él un amor no resuelto, sufrimiento en sus seres queridos y enojos en los que otrora fueron sus amigos y que no habían llegado a hacer las paces con él. Pero le llegó su ola, su muro persiguiéndolo y no tuvo cabalgadura suficiente para proteger su cerebro.
Hace un par de días, durante esa jornada negra, yo mismo tuve la advertencia de otra ola que, sorpresivamente, golpeó el barco, cambió el rumbo y, al obligar a la botavara a trasluchar, me encontró indefenso. Justo en ese preciso instante me había sacado el arnés de seguridad para ponerme crema bronceadora. Salí despedido por los aires y apenas pude atraparme de los cables periféricos, quedando colgado con los pies ya en el agua. Todo mi instinto de vida me permitió regresarme a bordo bajo estado de shock, pero a salvo. Los nervios a flor de piel y mi cabeza concentrada en temas tristes, habían sido los culpables de no haber sentido el movimiento de balanceo previsor. Siempre siento cuando el barco va a cambiar de dirección, esta vez mi mente me tenía anestesiado, me jugó una mala pasada que podría haber sido mortal. Y lancé otro grito de los que este mar que me rodea se está acostumbrando a escuchar. ¡Coño, pero si vengo respetando todas las consignas de seguridad, en el segundo que me distraigo y que hago una operación no atado casi me tiras al agua! Todo esto no podía terminar en forma tan estúpida.
El mismo pensamiento me vuelve una y otra vez: las olas son como la vida, nos muestran que en un instante todo puede cambiar de forma, de sentido, de vigor. De allanadas pueden convertirse en monstruos, y, en un instante único de violencia e injusticia, llevarnos con ellas sin ninguna explicación.
Espero grabar en mi mente todas estas emociones que mi corazón está sintiendo, que no me lo olvide cuando, ya de regreso en tierra, tenga que lidiar contra lo cotidiano, lo desagradable y contra los nefastos seres que nos corrompen el espíritu a veces encubiertos, otras veces violentamente opuestos.
Recupero estado consciente y Ella Fitzgerald se está haciendo acompañar por el inolvidable Louis Amstrong: They Can’t Take That Away From Me. OH. NO!! THEY CAN’T!
Termino de escribir la frase y lloro. Lloro de la alegría y de la emoción que me procura poder escribir todo esto. Nunca lloré tanto como en esta travesía. Nunca me sentí tan vivo, tan feliz de estar viviendo lo que vivo, con sus momentos altos y bajos. Esta capacidad de llorar y emocionarme sin límites es lo mejor que me está ofreciendo este Viaje. El mejor aprendizaje posible. Gonzalo se habrá encontrado con Gonzalo, pero lo ha hecho para poder regresar mucho más que el Gonzalo que se fue.