Los Alisios son los Famosos Vientos. Las mayúsculas como uso y abuso. Son Mis Vientos. Constantes, suaves y previsibles, pero que pueden deparar sorpresas. Comportan el equivalente metereológico del fenómeno llamado Clinamen (desvío imprevisible y libre del movimiento lineal y predecible de los átomos). Sus patrones de predictibilidad nos reconfortan. Tengo una amiga que insiste en repetirme que nuestro cerebro está programado para reconocer patrones, que gracias a ellos se puede programar una cosecha, un viaje, una civilización, una vida. Yo le añado o corrijo, que una vida allanada con patrones, no es vida. Que a ello hay que sumar lo incierto, el aventurarse en el territorio donde los acontecimientos los dibujas tú. Como las líneas de la mano del Corto Maltés, que fueron redibujadas por el marino para que definieran un futuro diferente. Como mi propia mano izquierda, la de las brujas, que con sólo un año de vida, la puse accidentalmente al fuego, quizás para que nadie pudiera jamás leer mi destino. Decía Umberto Eco que “cuando quiero relajarme leo a Engels, cuando quiero algo serio leo a Corto Maltés”. No podría estar más de acuerdo. El Corto es el marino por excelencia. Como Melville o Jack London, Eco le reconoce esa cualidad esencial de verdad absoluta al personaje de ficción.
A los 84 años nos ha dejado Umberto Eco. Creo que navegaba por Alborán ya camino de Tarifa, cuando me comunicaron su muerte. Curiosa sensación de orfandad cuando se nos muere un autor imprescindible. Esos autores que reconocemos en nuestra vida por ser una constante. Como los Vientos Alisios. El último gran intérprete de la palabra. Umberto Eco lo vio todo, lo leyó todo, lo escuchó todo, todo lo interpretó.
Habló de la historia de las religiones, hizo grandes estudios sobre literatura comparada, fue un extraordinario filólogo que incluso investigó sobre el esperanto y las lenguas perdidas. Ahondó en la historia de la escritura, en lo imaginario y simbólico, la historia de los espejos, de los laberintos, de las ciudades invisibles. Era un sabio que conocía todas las cosas simulando que las ignoraba para seguir aprendiendo. Y esa es la clave. Umberto Eco nunca atropelló a nadie con su infinita sabiduría. Es el Maestro por excelencia para los que arrogamos nuestro modesto saber para hacernos un minúsculo espacio en el interés del prójimo.
Miro la biblioteca que me acompaña, mientras aún pretendo hablar de los vientos que me esperan, y con los que pretendo cabalgar mi océano, el Atlántico. Thomas Merton decía haberse vuelto católico leyendo la historia de la apostasía de Joyce en El retrato del artista adolescente. Pero yo no me fío de los autores, que a menudo mienten. Me fío sólo de los textos. De ahí que los libros sean tan necesarios como los vientos.
Recuerdo haber leído la Balada del Mar Salado, en París. Hugo Pratt tiene la culpa de la existencia de muchos otros Hugos, por devoción y admiración. Me sorprende leer en el prólogo que Eco (era de prever que Hugo Pratt y Umberto Eco fuesen íntimos) hace de la obra, una reflexión sobre personajes que leen otros libros. En cierto momento, dice Eco, Pandora aparece dulcemente apoyada en las obras completas de Melville, y Caín lee a Coleridge, autor de otra balada, la «del Viejo Marinero». Y además la lee en traducción italiana y la encuentra, con Melville, a bordo de un submarino alemán (forma parte de la biblioteca de Slütter, que dejará en Escondida, después de su muerte, también un Rilke y un Shelley). Sí se calcula que Cráneo discute sobre mitología maorí y sociopolítica melanesia con la seguridad de una Margaret Mead, hay que decir que los personajes de Pratt son mucho más cultos que él. Vaya y pase con Cráneo, que era un chico trabajador, pero aquí lee incluso un bellaco como Rasputín, y en francés.
Con el Corto de la Balada es con quién me identifico y me debo mi también postergada visita a Malta. En esa aventura, el Maltés, todavía se está buscando: ignora su biografía (aparece, de repente, encadenado en medio del mar), incierto de la propia psicología; y de su rostro, él y Pratt saben poco todavía, lo van esbozando de viñeta en viñeta, a medida que la historia procede, de pocos rasgos esenciales a un entramarse de arrugas interrogativas. En la Balada, los mapas contradicen a las palabras, se interseccionan los paralelos, el atlas se reduce a un mapa vacilante, y así casi todos podríamos izar la Mayor templados por los Alisios.
Rebuscando por la librería que me acompaña, me topo con Cortázar y su cuento Vientos alisios. Un cuento de amor y de finitud, como todo cuento de amor trágico que se precie. Vientos alisios es otro juego, o la imposibilidad de otro juego, es el cansancio y la pérdida, la incapacidad para renovarse o para admitir el conformismo, sea como sea que lo mires. Si ya no sabes ser otro, vives del cálido viento del pasado. Si ya no sabes ser otro, no eres capaz de mirar sorprendido a quien te ama, no eres capaz de valorar los infinitesimales cambios -que sí existen- en la persona amada y entender que siempre es un progreso el amor.
Y si te hundes en ti no ves al otro sino desdibujado bajo la rutina, si no fuerzas con sentimiento la mirada no ves al otro sino anclado en las mismas arrugas y en los mismos gestos… ya tan tediosos. Y si te decides a acabar contigo no ves en el otro sino a la imagen exacta de tu fracaso, de tu decepción, de tu despeño en lo imposible y lo indetectable.
Y si es así, el viento cálido se enfría terriblemente y te empuja y te acaba. Nos acaba, nos termina.
Y en todo esto, me quedé sin hablar de vientos, hablando de libros, de libros sobre libros, de personajes de ficción que son reales, justamente porque ellos también leen libros.
Los vientos alisios me esperan ahí fuera. El Corto me espera en los próximos puertos adonde he de recalar. Si destino tuviera, prefiero no conocerlo, navegarlo es hacia dónde quiero ir, adonde los invito a venir.
Los vientos alisios me esperan ahí fuera. El Corto me espera en los próximos puertos adonde he de recalar. Si destino tuviera, prefiero no conocerlo, navegarlo es hacia dónde quiero ir, adonde los invito a venir.