04/02/2017

El balcón daba sobre una de las principales avenidas de Buenos Aires, el niño apuraba sus tareas escolares para poder ir a ver el mar, su mar. Por su corta estatura apenas si podía apoyarse en la baranda. Sus manos en las mejillas y los codos clavados en el borde. El río mar, tras las vías del tren, lo esperaba cada día. Soñar con irse navegando era una actividad tan necesaria como dormir o comer.
Un día en la revista Billiken, semanario entre educativo y recreativo destinado a los niños, apareció un largo artículo sobre un lugar de leyenda, una de las últimas fronteras de la naturaleza, las islas Galápagos. Fotos de iguanas gigantes, de tortugas masivas, lobos y elefantes marinos, ballenas y aves de más de dos metros de envergadura ilustraban el artículo que explicaba la diversidad existente. Era el mismísimo paisaje donde Darwin había concluído la teoría de la evolución de las especies.
El niño quería ser navegante, expedicionario y luego de esta lectura, arqueólogo, antrópologo, biólogo, científico. Cualquier camino que lo llevara a explorar el mundo y sus maravillas le atraía naturalmente desde ese balcón eterno. El río no era un río sino un ancho mar donde se esparcían a diario los sueños de descubrimientos.
¿Cuántas fantasías de la infancia son precursoras, anunciadoras de los destinos de adultos?
Si sus padres le hubieran hostigado, como le sucedía a muchos de sus compañeros, con adelantar tareas, con hacer esto o aquello, sin dejarlo disfrutar de esos instantes de ocio, imposible hubiera sido soñar con el mundo a explorar. Estos momentos secretos de observación onírica serían completados con todas las lecturas posibles sobre las expediciones antiguas y no tanto. Los viajes de la balsa Kon-Tiki y de la Ra, conmovían el espíritu aventurero y casi fantasioso del joven.
En la escuela primaria estudió la geografía del Imperio Británico, normal en una British school. Aprendió sobre el Lejano Oriente, Australia y las islas del Pacífico, pero nada de la más cercana América ni de los expedicionarios ibéricos. Algo quizás de los navegantes portugueses y las colonias mercantes que formaron parte del sistema de comercio inglés, pero su deseo íntimo era saber más de las islas de las iguanas gigantes, la última tierra de dinosaurios vivientes. Los expedicionarios y piratas ingleses no habían incursionado por esa zona del Pacífico y por ello no tenían mayor interés en dar esa parte de enseñanzas. Con sus aires universales, la educación británica parece muy abierta pero finalmente solo lo es para describir el mundo de su expoliada Comunidad Británica. Las grandes civilizaciones de América precolombina, las culturas originales de Africa y Asia no formaban parte de la educación. Para mayor gloria de los orígenes vikingos, en esos bancos anglófilos antes que hablar de Colón, se dedicaba todo un capítulo de historia a los viajes de Erik, el Rojo y el descubrimiento de Terranova. Ni una palabra sobre los pueblos originarios que habría encontrado.
Por suerte, para su mejor educación y sus anhelos crecientes, los padres le propusieron hacer la secundaria en el Colegio Nacional, de orientación mas enciclopédica y con una de las mejores bibliotecas de la ciudad y del país. La primera vez que la visitó fue durante la visita de protocolo que se ofrecía a los candidatos al examen de ingreso al distinguido establecimiento. Nomás entrar al templo de lectura, le pareció que estaba soñando. Le contaron que en ella se encontraban libros de gran valor, piezas originales y manuscritos de casi todos los grandes escritores argentinos y de lengua hispana. Los oídos se le irguieron cuando la profesora que los acompañaba explicó que también podían estudiarse mapas antiguos, cartas marinas y diarios ilustrados de algunos navegantes que llegaron a América. En ese mismísimo instante decidió que aquí continuaría sus estudios, que poder estudiar en esta iglesia del saber justificaba por mucho, el sacrificio de preparar aquel exigente examen y sacudirse la excesiva influencia anglófila.
Durante el primer año de escuela, las jerarquías le jugaron un mal paso. Los alumnos del primer año no tenían acceso a los libros antiguos ni a las piezas raras. Lo máximo que pudo un día acercarse a su sueño escondido fue cuando estando la sala llena, lo autorizaron a sentarse en el fondo, casi al lado de un gran Globo Terráqueo, con dibujos de la tierra tomados de los mapas antiguos. Esa clase de globos debían tener los grandes navegantes, se dijo, dejándose llevar por sus ganas de tocarlo y de recorrer las orillas dibujadas a mano alzada, la increíble precisión de los descubridores de Nuevos Mundos. Miró por encima de los hombros del compañero que estaba enfrente y no vio a ningún bibliotecario cercano. Todos los demás estudiantes estaban absorbidos por sus lecturas y resúmenes y le parecía que nadie prestaría atención a el. Se puso sigilosamente de pie, su modesta estatura le beneficiaba en estos casos para pasar desapercibido. Dio varios pasos hacia atrás sin dejar de mirar al frente, pero casi cuando lo iba a tocar, se dio vuelta hacia su ansiado globo y se encontró a pocos centímetros del Señor Ramírez, uno de los mas temidos celadores, especie de vigilantes de la disciplina férrea, casi militar, impuesta por la dictadura gobernante. El grito que le pegó la inculta bestia dejó primero en evidencia su falta de cultura, su adoctrinamiento sin consideración por el lugar sagrado en el que lo habían puesto en funciones. En un recinto de esta índole no se habla fuerte ni para amonestar a alguien. En segundo lugar, mostró la falta de respeto que esa clase de individuos tiene por el saber, el estudio y en general las mentes libres. ¿Qué podría argumentarle ese niño indefenso acerca de su sueño por tocar simplemente, tan solo unos instantes, una réplica de un globo terráqueo que le permitía viajar en un túnel imaginario a través de los siglos? ¿Qué podría comprender este ser insensible de los sueños infantiles, de la magia de la geografía, de los misterios de la historia, de los enigmas del pasado?
Recibió el máximo castigo que podía infligírsele por tan insignificante infracción como ponerse de pie y pretender desplazarse sin autorización. Haber confesado que solo quería acercarse al magnífico Globo surtió un efecto agravante. Le dictaminaron prohibición de asistir a la biblioteca durante los próximos dos trimestres. Así de desmedidos e incomprensibles eran las autoridades de facto de ese triste período en la historia de aquella benemérita institución.
Al año siguiente estudiarían historia y geografía de América y seguro que podría pedir una autorización especial para consultar alguna obra especial, al menos estudiar de cerca el globo, y hasta solicitar la vista de algún mapa antiguo o carta marina. Crecer tejiendo ilusiones es propio de las edades tempranas, normal en un espíritu inquieto y aventurero.
La adolescencia fue formando el temple del joven y obviamente empezaron las fiestas y los primeros noviazgos. Antes de cumplir quince años comenzó a frecuentar una niña rubia y delicada que sonaba con ser bióloga marina. Aún no habían comenzado a estudiar esas materias científicas y ya estaba ella decidida a seguir los pasos de su admirado Comandante Cousteau. Era muy bonita y agradable, suave y hasta de apariencia frágil, pero con gran carácter y bien afirmada en sus convicciones. Pasaban horas charlando y viéndose juntos en un paraíso tropical estudiando la fauna marina y explorando el mundo, como Cousteau y su equipo expedicionario. Coleccionaron durante meses los fascículos semanales de “El extraordinario mundo del Comandante Cousteau”. No se perdieron ninguna de las películas del célebre marino. Sobre todo la que trataba sobre las islas míticas, las Galápagos, el archipiélago de todos los misterios, de todas las promesas, las aventuras por avenir. Algun día irían allí y quizás pudieran encontrar forma de trabajar y explorar hasta sus más remotos rincones. Cada parcela, cada roca y arrecife encierra la historia misma de nuestro planeta.
Pasaron varios años antes que el mapa de su vida volviera a apuntar a ese destino de fantasías y aspiraciones donde el tiempo se suspende entre el presente, el pasado y el futuro.
Al llegar a Guayaquil, decidido a embarcarse en cualquier barco que saliera para las lejanas islas del Pacífico, su compañera de viaje, Trine, recibió una muy mala noticia de un compatriota con el que había iniciado su viaje, vecino del pueblo danés de donde era originaria. Había caído enfermo en Quito, de paludismo y necesitaba la asistencia de su amiga para traducir y ayudarlo a conseguir su repatriación a Europa. Justo antes de conocer dicha noticia habían escuchado sobre una alternativa de cruzar a las islas bajo jurisdicción ecuatoriana, con barcos de pesca que, saliendo de Salinas, llegaban a acostar a las Galápagos para repostar provisiones y combustible. Se dieron esa última chance para cumplir con lo que sentía como un designio inevitable. La única otra forma de acceder era por avión y era extremadamente caro, imposible pagarlo ya que además las autoridades locales exigían boleto de ida y vuelta y tener una cantidad importante de dinero para asegurar su estadía. El objetivo administrativo era evidentemente el de filtrar los visitantes y era muy eficaz con la pobre parejita de jóvenes mochileros. Tanto había esperado este momento, encontrarse tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Sin un barco que los aceptara a bordo, imposible llegar a su meta. Si no se daba esa remota posibilidad, debía creer que no era más que un sueño infantil y debía forzarse a dejar de pensar en el o a pensar en regresar cuando fuera más adulto y pudiera justificar de recursos genuinos. Las expediciones científicas ya no estaban a su alcance porque al terminar su bachillerato se había definido por estudios literarios. Le interesaba más el origen y la evolución del Hombre y sus civilizaciones, pero no podía extraerse a la atracción de lo inconcebible, las muestras naturales de la vida prehistórica.
En la ruta a Salinas conocieron a una familia maravillosa, gran encuentro que cambió por completo el eje de esa visita. Fueron acogidos como miembros de la casa, por una ya numerosa y generosísima troupe familiar. La experiencia de esta acogida calurosa y fraternal fue tan fuerte en materia de valores humanos y de solidaridad, que dejaba aún más en obviedad que lo único que quedaba por hacer era auxiliar de la forma más básica y lógica al pobre Ralph, que se desvanecía en una mínima y áspera cama de un hospital quiteño, sufriendo en soledad.
Decidieron abandonar la búsqueda de un barco que los llevara a las islas para regresar al Ecuador montañoso, al centro de la tierra, los magníficos Andes, tan lejos y tan cerca del fabuloso mar y sus criaturas de otros tiempos.
Muchos kilómetros y meses después se encontraba en Europa decidiendo un nuevo cambio de rutas. Volver a América o quedarse un tiempo más en el Viejo Continente. Recibió una propuesta profesional que le permitía elegir quedarse, centrándose en Madrid. Dicha ciudad, en aquellos años 80, no era más que una pretensiosa capital con más aires provincianos que de ciudad cosmopolita. El cosmopolitismo se lo apropiaba su eterna rival, Barcelona, elegante e internacional, más cerca de Europa. Aceptó a regañadientes, sin saber muy bien que fuerzas lo llevaban a adoptar tal decisión. Una intuición, como muchas que lo habían guiado en los momentos claves de incertidumbre.
No quería vivir en el casco urbano que le parecía condensar todos los problemas de los que se había acostumbrado a prescindir durante los tres años de viajes alrededor del mundo. Tomó un periódico de anuncios y el más llamativo le propuso una oferta en una localidad a pocos kilómetros del centro madrileño. Su nombre no podía dejarlo indiferente, Galapagar se llamaba el pueblo serrano, camino a Collado Villalba. Consiguió como llegar hasta allí y todo le pareció puesto a medida para aprobar su decisión. Preguntó en un café del pueblo si conocían de alguna casa en alquiler y rápidamente estaba inquiriendo en el cine del pueblo por el dueño de un chalet que se había vaciado hacia pocas semanas. En esos años todavía la gente confiaba en el prójimo y lo que uno hablaba se respetaba. Apenas visitó la casa, le pareció que era exactamente lo que estaba necesitando para el proyecto en mente. Dio su palabra, firmó de inmediato un contrato que constaba de una página que recogía lo básico, mensualidades, día de pago y responsabilidades mutuas y arregló mudarse el fin de semana siguiente.
Corrían tiempos más ágiles, por no decir fáciles, en materia social. La gente de buena fe confiaba en otra gente de buena fe y los negocios o tratos se cuajaban con ánimos positivos.
Volvió a Madrid y no podía creer la suerte y paradoja de haber encontrado su nuevo destino en un pueblo con tal evocación a sus ansiadas y lejanas Galápagos. Algo tendría este pueblo que hiciera que allí recayera. Una nueva etapa comenzaba al asentarse en este viejo pueblo hispánico.
La localidad no era grande ni pequeña, todavía no tenía carácter de suburbio pero comenzaban a haber cada vez más personas que elegían radicarse allí, pese a que trabajaban en la capital.
La casa estaba al borde de la población y poseía una vista envidiable sobre la Sierra de Navacerrada. Pocos vecinos y relativamente discretos, excepto por un par de madres de la residencia de enfrente que llamaban sistemáticamente a sus hijos por el balcón, gritando a cuatro vientos sus respectivos nombres, el más reiterativo, Jesuuuuuu!!
La parcela sobre la Calle Praderón estaba rodeada en dos de sus límites por terrenos aún vagos, pero eso no duró demasiado, ya que pocos días después de mudarse y de construir un invernadero en el fondo del terreno, el dueño de la propiedad colindante comenzó las obras de una casa que parecía importante por sus importantes fundaciones. Como era constructor, supo avanzar con sus obras en un tiempo record y cuando el joven salía un día de su invernadero, envuelto en su traje protector, vio que de un balcón lindante lo observaba una niña con atención especial. Sintió una mezcla de verguenza por su aspecto extraño y sucio, y de orgullo por sentirse ya adulto y trabajador, aunque tuviera apenas veintipocos años. Le dedicó una sonrisa de circunstancia y la niña ingresó rápidamente a su habitación.
Después de ducharse y cambiarse volvió a salir al jardín para ver si la niña lo seguía espiando. No la encontró y pasaron varios días en los que el balcón y la casa misma parecían vacíos. Cualquiera hubiera dicho que la mansión nueva estaba aun deshabitada. Sin embargo, mientras el joven trabajaba sus tinturas, sentía una presencia sobre sus espaldas, como si alguien lo observara trabajar en silencio.
Cada vez que salía del tinglado, dedicaba un vistazo hacia el balcón de donde el sospechaba que provendrían las miradas secretas. No encontraba más que una persiana cerrada.
Un buen día que salía cargado con hojas recién terminadas dejo de mirar, ya resignado ante la ausencia y escuchó una tos muy poco disimulada. No podía voltearse de inmediato sin correr el riesgo de que volviera a esconderse, por lo que hizo de cuenta que no había escuchado nada y siguió caminando hasta el garage donde ordenaba su stock de hojas secas para las decoraciones vegetales de interior. Las depositó sin hacer demasiado ruido y se volvió raudamente sobre sus pasos para ver si encontraba la figurita que lo tenía intrigado desde tantos días.
Estaba sentada, tranquila, ya sin verguenza ni ánimos de huir, sino de ser vista. Morena, cara redonda y ojos negros sublimes, picaros, atractivos. No era tan niña como le había parecido en la primera impresión sino una bella adolescente.
Le regaló una sonrisa y para el fue suficiente como saludó y confirmación de la presencia que sospechaba y lo acompañaba. Desde ese día su trabajo en el invernadero fue mucho más llevadero y se terminaba al llegar la hora del regreso de la escuela en el que estaba seguro de cruzar el saludo silencioso de su vecina intrigada e intrigante.
Muchos años pasaron cuando en un aeropuerto se iba a sentar en una mesa de un café y sintió que una mujer hacía el mismo gesto con la misma intención. En francés le dijo que podía ocuparla, el iría a sentarse a otra. Ella, con una gran sonrisa le respondió naturalmente en castellano que no veía ningún inconveniente en compartirla. Aceptó, impactado por su frescura y sus ojos color azabache.
El le pregunto de dónde era y grande fue su sorpresa cuando la mujer le contó que vivía en Madrid, en realidad cerca, en un pueblo de suburbios, en dirección a la sierra. Cuando mencionó el nombre de Galapagar, el no pudo contener la sorpresa y le respondió que lo conocía muy bien por haber vivido allí muchos años atrás. Le iba a contar la anécdota de la niña en el balcón que nunca había olvidado, cuando ella le preguntó a saco roto si el conocía las flores secas. Entendió que ella lo había reconocido. El le tomó de la mano y le preguntó su nombre.
Necesitaba saber una cosa más. ¿Sabía ella dónde se situaban las islas Galápagos? ¿Le interesaba hacer un viaje para visitarlas?
Sería en velero, varios días de navegación desde el continente. Sin planes precisos, solo el de ir y cumplir con un designio de vida, después verían. El destino, ese concepto de lo incierto, estaba abierto, indefinido, a la espera de esa conjunción estelar.
Si ella le respondía que si, no se dejarían más, seguirían el camino juntos.
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