¡Tierra…!

Nadie está aquí por la estética. Aquellos que piensen que nos aventuramos en el mar aunque sea remotamente, los que crean que la navegación solitaria se resume en cuestiones de estética, no han comprendido nada. El goce estético existe, cierto, cada minuto puede ser un éxtasis de amaneceres, de atardeceres, de mar de infinitos azules. Incluso los sargazos en su insistencia por acompañarme tienen algo de belleza fractal. Esa capacidad de la naturaleza por ramificarse y por perpetuarse bajo fórmulas matemáticas. El número Phi o la proporción áurea. Pero no estamos aquí por la estética, la belleza que nos rodea en el océano es algo que no nos sorprende. El mar es belleza en estado primigenio, brutal y sin paliativos. En tierra apenas quedan lugares que no hayan sido manipulados, dibujados y construidos por la mano del hombre. Algunos bosques en la Patagonia, lugares recónditos de los fiordos, chilenos, noruegos o los de Alaska, pero poco más. En el océano el hombre es nada. Ni un demiurgo de segunda. La acción humana es sólo contaminadora. Pero incluso la contaminación acaba siendo devorada, ingerida y regurgitada por el océano. 

No creo estar aquí por lo contemplativo. Florence Arthaud decía algo que he recordado una y otra vez durante esta travesía: “¡Mira al mar! No tener otro deseo que mirar al mar. Y, a fuerza de hacerlo, si lo miras a los ojos, es seguro que un día irás a por él”.  Es esa acción de mirar al mar con ansia de tomarlo. Una observación que lleva en sí misma la decisión de vivir el mar. Eso es la razón por la que estoy aquí, no por la estética, sino por la vida.  

De alguna manera mi decisión de poner punto final a  esta primera etapa del viaje -que ha de llevarnos al Clinamen y a mi a dar la vuelta al mundo a vela-  en Pointe-à- Pitre, en la isla francesa de Guadalupe, es un homenaje debido a Florence. La novia del Atlántico, la magnífica capitana, muerta en accidente de helicóptero en Argentina hace unos años.  Con tan sólo 21 años participa por primera vez en la Route du Rhum, que une Saint-Malo con la isla de Guadalupe cada cuatro años en una carrera mítica. Queda en onceava posición. La gana en 1990, tras catorce días, diez horas y diez minutos de navegación. Es la primera mujer en hacerlo. Indomable, única, libre. Su autobiografía me acompaña en el Clinamen, como amuleto esencial. “El temor a la muerte es para mí el único verdadero terror. ¿De qué nos podemos asustar sino? ¿De perder un avión, una cita? ¿De la falta de dinero? La vida es un regalo, hay que vivirla plenamente y creer en el destino”. Vivir el mar requiere esa visión de entrega total.  Relativizar, dar importancia a lo que realimente la tiene. De priorizar y de reconocer, es decir de volver a conocer aquello que creíamos saber. La amistad, el dolor, la responsabilidad, el amor, la paternidad, el sacrificio, la resistencia, el trabajo, la filosofía, la pasión, la música. Todos esos conceptos dejan de tener el mismo sentido que tenían previamente, porque los has re-conocido. Ese es el sentido de re-nacer, que te permite la navegación solitaria.  

Uno de los hechos más extraños de esta parte de la travesía es el silencio de los delfines. No han vuelto a aparecer desde que salí de Cabo Verde. Me había acostumbrado a su presencia. Será porque la navegación se ha vuelto algo más tranquila, o sencillamente porque yo ya he aceptado la Serendipia absoluta de este viaje y lo extraordinario es que no pase nada. 

Me visitan peces voladores que insisten en complementar mi dieta. A pesar de ciertas acusaciones infundadas que recibo desde tierra, puedo asegurar que los ejemplares que llegan a mi plato, se suicidan en cubierta. Las criaturas del mar están a salvo conmigo. Soy un navegante aceptable, quizás. Pero soy un pésimo pescador, afortunadamente para el equilibrio biológico de los mares.
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El Clinamen va devorando millas gracias a unos alisios perfectos que nos propalen a gran velocidad. Cada día que pasa la certeza del final me tiene por un lado acongojado y por otro excitado. ¿Será cierto que lo habré conseguido? Cruzar el Atlántico en solitario…ahí es nada. Aunque no sea nada comparado con otras aventuras, ésta es la que yo puedo contar, la que yo puedo compartir escribiéndola y escribiéndomela. La de un barco y un capitán nacidos en Buenos Aires, pero que ya de adultos adoptaron la bandera francesa. Comparten mucho más que esa identidad básica, ahora comparten la odisea más importante de sus existencias.
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Dicen que la tierra antes de verla se hace presente. Vuelven los delfines, los primeros que me visitan desde hace días. Quedan 160 Millas náuticas  (la distancia entre Port Ginesta e Ibiza). Tierra ya no es un destino, es la realidad que se me aproxima. Con todo su peso. La realidad es París, es Barcelona, es la familia, los amigos, las responsabilidades. Nada de esa realidad cabe en el Clinamen, o quizás sí pero cabe sólo para acompañarme discretamente, respetando los silencios que se nos imponen, sabedores somos, mi realidad y yo, de que ahora sólo importa llegar a puerto. 

Porque la soledad no es la navegación solitaria. La soledad no se vive en el océano, en 11 metros de eslora por 3 y pico de ancho, que no paran de moverse de un lado para otro. Yo no estoy solo, ni me siento solo. Ni un segundo de esta travesía he pensado en la soledad en estos términos. Las historias de soledad duras son aquellas en las que alguien no tiene con quién comunicar, con quién hablar, con quién compartir. Afortunadamente no es este mi caso. Estoy solo en  el Atlántico, pero no estoy solo. 
He podido comunicar y compartir mi experiencia con decenas de personas. 

Aunque pueda sorprender, los franceses siempre han sido unos entusiastas de la historia de Robinson Crusoe. Jean-Jacques Rousseau no permitía que su alumno Emile leyera otra obra que no fuese la de Daniel Defoe. Personalmente detesto esa obra.  Creo que lleva implícito un mensaje que justifica la ética capitalista, así como del derecho de los europeos para hacer valer su supuesta superioridad moral y ética sobre el resto de pueblos. Pero el concepto “soledad” tiene un antes y un después del fenómeno Crusoe. Hay quién dirá que las tecnologías impiden al aislamiento absoluto. Es cierto. Ningún recodo del mundo está mudo. La comunicación llega a todas partes. Somos animales sociales, sin comunicación agonizamos. Pero la tecnología no es comunicación. Es lo que decimos sí, pero sobre todo es a quién se lo decimos. Es tener a quién hablar.  La verdad no está en el qué, ni el cómo, sino en el quién. 

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Menos de 60 millas. La emoción no me permite encontrar las palabras. Me saldrían a borbotones miles de imágenes, de sensaciones. El cuerpo me recuerda golpes y arañazos. Estoy magullado, pero no siento físicamente el cansancio. La adrenalina es una droga poderosa, sin duda. La serotonina que mi cerebro debe estar liberando me tiene en estado casi de éxtasis. Escucho la radio de Guadalupe. El criollo, ese lenguaje que es más música que palabra, ya resuena en el Clinamen.

Me siento redimido. Simbólicamente liberado de sufrimientos y debacles. Cuando amarre el Clinamen en el puerto de Point-à-Pitre la redemptio habrá sido absoluta. Eso no significa que no vuelva a sufrir, a errar, a fracasar. Eso significa que ya no seré el mismo que antes sufría, erraba o fracasaba. Ya lo he dicho, vuelvo siendo yo, pero más yo que antes. Empiezo a ser consciente de que esta primera etapa llega a su fin y las lágrimas no cesan de recorrer mis mejillas. No encuentro las palabras. Se me escapan. No quiero dejar de llorar y apenas puedo escribir.  

La Desirade, ahí está mi primera tierra. Un islote de 11 kilómetros de largo por dos de ancho, habitada por 1700 personas. Las Antillas en estado puro.  Mi primera tierra desde Cabo Verde. El objetivo a tocar. Grito como un poseso. Lanzo exclamaciones a los dioses, a los delfines, a las sirenas, a los pobres pescados voladores, a las gaviotas, a los sargazos, a las olas, al viento y al mar. Voy dejando atrás el mar, para entrar en un mar humano, habitado, surcado por navíos, por personas. El océano se acaba donde empieza el hombre. Esa es la frontera por la que mi barco y yo hemos navegado. 

Suenan las canciones de Paolo Nuttini. No he hablado de la música que me ha acompañado durante la travesía. Muchas horas de todo tipo, que conjugaba según el estado de ánimo.  

Son las 05.14 CET del sábado 2 de abril cuando atraco el Clinamen en el puerto de Point-à-Pitre (casi medianoche, hora local).  Durante dos semanas he viajado por el mar sin hombres. Por el mar que es destino. La aventura llega a su fin momentáneo. Es tan importante estar preparado para zarpar como preparado para atracar. Es tan complicado salir como volver. Quizás diría que es mucho más complicado regresar. Seguro que es infinitamente más complejo poner el primer pie en tierra firme, que liberar el barco del muerto e izar la vela mayor por primera vez. Empiezo a ser consciente de lo que he conseguido y al mismo tiempo no acabo de comprenderlo. 

Sufro un cierto desequilibrio por el vaivén de mi oído interno. Mi cuerpo se había acostumbrado al mar, y ahora empieza el difícil aprendizaje de la tierra firme. Camino titubeante, mis pasos me parecen inciertos. Empiezo a darme cuenta que me sucede lo mismo que a Florence Arthaud: yo también sufro cuando no navego.

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