Una isla en París – París. Île Saint Germain 10 de abril de 2016

La palabra Pecio, que evidentemente tiene una significación importante para cualquiera que haga de la mar su obsesión, tiene una etimología muy interesante. La denominación común dice que son los restos de un artefacto o nave, fabricado por el ser humano, hundidos total o parcialmente bajo una masa de agua. Pecio, del latín posclásico, pecia o petia, o en bajo latín pecium o petium, tiene un significado más importante: fragmento o pieza rota. Es lo que queda, lo que testimonia de algo que fue alguna vez un objeto o un algo entero. Es lo que nos habla.
Si fuera capaz de responder simplemente a la pregunta ¿cómo estás? Diría que me siento un pecio. Pero debería añadir toda la explicación etimológica anterior y diferenciar el latín posclásico  del bajo latín, para no asustar a mi interlocutor. No me siento hundido, pero sí como el fragmento de un todo. Un fragmento de un todo varado, de momento, a orillas del Sena.
La realidad no se despliega paulatinamente. Aterrizas en París y se te desploma en los brazos que aún están ocupados recuperando maletas. De golpe. Toda ella se te precipita encima y en menos de 24 horas el mundo, que ha aguardado durante dos meses mi regreso, me habla sin parar, me zarandea, me obliga a reestructurar el pensamiento, a activar zonas neuronales que se habían quedado mudas. La realidad me obliga a pensar distinto, a hablar distinto, a ver distinto.
Hago listas. En un intento de ordenar el presente de indicativo en el que vivo, establezco un orden de prioridades, jerarquías. Intentaré continuar escribiendo en tierra, no sé si los temas cambiarán, si mi estado expresivo se verá alterado a punto de modificar mi escritura. Estas notas que tomo son lo máximo que consigo por el momento. Anoto en primer lugar: dos horas diarias para escribir. Desiderátum. Ese tiempo que de momento no consigo recuperar como dedicación exclusiva.
Dos horas. Debería empezar a organizar la continuidad de mi Diario de a Bordo. Recupero lo escrito hasta ahora durante estos últimos dos meses. En la tablet se confunden los artículos, los borradores, las cartas. Lo práctico que es para escribir se ve empañado con lo poco estructurado que siento esta herramienta para archivar, ordenar y categorizar. En el blog, se me confunden las fechas, los momentos de escritura, de génesis de cada artículo. En mi memoria se entremezcla todo. Empiezo a releerme como si leyera a otro, una aventura ya ajena, de un tipo sin embargo que me parece haber conocido. Pienso que en definitiva no es tan falta de verdad esa sensación, ya que me siento otro Gonzalo y aquí en tierra, más aún.
Antes de sentarme en esta mesita al sol en una terraza, venía caminando por los senderos agrestes de este parque isleño en medio de una urbanidad aplastante y ciertas emociones surgieron como espuma desprendiéndose de las olas. Empecé a llorar mientras caminaba y cruzaba gente. Esa capacidad de emocionarme que se liberaba fácilmente en la soledad de mi Clinamen, es la primera vez que la siento surgir naturalmente y sin provocación en medio de la «civilización». Me siento raro en este instante, pero afirmo y confirmo mis intenciones. Haga lo que haga en el futuro próximo, no debo permitir que la nueva realidad terrestre se lleve por delante a la sensibilidad que ha florecido en mí.
¿Por qué escribo? Con el fin de recordar, por supuesto, pero exactamente ¿qué es lo que quiero recordar? ¿Cuánto de lo recordado realmente pasó? ¿Sólo algunos hechos? ¿sucedieron exactamente así o hubieron detalles y matices que no relaté? ¿Por qué escribo un diario? Es fácil engañarse a sí mismo en todas las respuestas. El impulso de escribir las cosas es peculiarmente compulsivo, inexplicable para los que no lo comparten. Supongo que la necesidad empieza o no empieza en la cuna. Yo me he sentido obligado a escribir las cosas desde que tenía cinco años. A ver el mundo a través de las palabras que proyectaba primero en unos cuadernos, después en una pantalla tiritante, en un teléfono móvil, y de nuevo a veces en unos cuadernos. Los poseedores de cuadernos privados son una raza completamente diferente, organizadores solitarios y resistentes de las cosas, descontentos ansiosos. Quizás diría que esa necesidad de escribir la sufrimos los que al nacer ya llegamos a este mundo con algún presentimiento de pérdida, un poco como coleccionistas de recuerdos y palabras.
En un momento compré una pequeña grabadora de mano para poder dictar lo que no tenía tiempo de escribir por la intensidad de mi vida profesional. Fue un fracaso. Los pensamientos mentales no se organizan igual que la escritura. Y luego transcribir los dictados no me resultó más genuino y útil que retomar las notas escritas sobre papel, o las frases sueltas pescadas y subrayadas en libros leídos con ardor. Desde que cayó en mis manos un iPhone, me hice adicto de la aplicación de Notas y el dictáfono quedó para siempre en un cajón.
Escribir un diario es la obligación de cualquier capitán. De cualquier navegante. Una bitácora diaria que permite recoger los hechos de la navegación, los punteos, las longitudes, las latitudes y las solitudes.  Aunque se pretendía como un expediente de hechos exacto, de factos precisos y casi matemáticos, me doy cuenta que los escritos con los que atraqué en Point-à-Pitre poseen un impulso completamente diferente. Mi realidad descrita se aleja de la actualidad. No posee ese instinto naturalista. Zola se me escapa. Será por mis orígenes, será por mi historia personal, pero envidio la capacidad del retrato preciso. Yo me veo retratando la realidad a golpes de color, encerrándola bajo capas y capas de pintura. Más Jackson Pollock que un detallista casi fotográfico como Antonio López. Mucho más Pollock con sus explosiones de colores superpuestos.
Siempre he tenido problemas para distinguir entre lo que pasó y lo que simplemente podría haber ocurrido o que pudiera imaginar suceder en dichas circunstancias. Y esa es la distinción que me importa.  ¿Cómo me sentía yo en la posición GPS de la Latitud 16º 05.686′ N y la Longitud 48º 09.994′ W? Eso sería lo más ajustado que puedo decir sobre lo que he escrito. Anotaba registros uno tras otros como mimbres de mi historia. Debo recordar lo que era ser yo en ese momento.
Es un punto difícil de admitir. Estamos educados en la ética que otros, cualesquiera otros, todos los demás, son por definición más interesantes que nosotros mismos; enseñado a ser desconfiados y desinteresados de nuestro propio relato. “Memento mori”, recuerda que puedes morir, le susurraban en los oídos del General que entraba victorioso en Roma. Ese mismo susurro se repite cada vez que el YO ocupa un lugar esencial en el papel en blanco en la pantalla limpia de palabras. Sólo los muy jóvenes y los muy viejos pueden contar sus sueños en el desayuno, detenerse en uno mismo, interrumpir con sus recuerdos las conversaciones ajenas. Se espera que el resto de nosotros, con razón, nos abstengamos de participar lo que se nos pasa por la mente. Si no, como tantas veces me ha pasado, pasas por un cronista autorreferencial y egocéntrico que todo lo lleva a sí, y eso molesta o incomoda. Sólo que al escritor no le queda más remedio que rasgar esa cortina de pudor, y lanzarse al vacío del yo. Una y otra vez. Si encima el escritor navega en solitario, no tiene alternativa.
¿Cómo era yo en Lat 16º 07.255′ N, Long 35º 55.419′ W?
Lo escrito me regala trozos de cuerda de la memoria demasiado cortos para usar, un conjunto indiscriminado y errático con significado sólo para mí. A partir de esos retazos rotos, de esos fragmentos, de esos pecios, he ido reconstruyendo la historia como herramienta de reconciliación para mí mismo y todas mis iteraciones. Se nos olvida muy pronto las cosas que pensamos que nunca podremos olvidar. Nos olvidamos de los amores y las traiciones por igual, olvidamos lo que nos susurraron y lo que gritamos, olvidamos quiénes éramos. Me asusta pensar que algún día pueda olvidar la historia que he vivido estas últimas semanas. Me aterra la obliteración. Me obligo entonces a recuperar el tiempo de la escritura. En un esfuerzo titánico, obligo a mi realidad a dejarme solo durante dos horas. Ella -la realidad- mientras, aporrea la puerta de mi espacio físico gritándome y exigiéndome. Sé que si no consigo este espacio de escritura, me devorará y olvidaré. No puedo permitírselo. Estoy obligado a aceptar la realidad, pero no a dejarme devorar por ella. La escritura será mi herramienta de rebeldía, de resistencia, de fuerza interior que tanto me costó conquistar y que ya no abandonaré por nada en el mundo.

París. Boulevard Saint Germain.
11 de abril de 2016
Este es mi punteo: 48°50.961′ N 2°21.081′ E.
Café El Sur. Ahí estoy varado. El pecio de una historia interrumpida momentáneamente. Recuperando fragmentos que la memoria se resiste en abandonar. Hay que escribir para no olvidar, pero sobre todo hay que escribir para vivir, para re-vivir de nuevo, para juntar las piezas, para darle un sentido a la historia que nos contamos a nosotros mismos para sobrevivir.
Comparto un mate con mi hijo mayor y siento que la Vida me ha sido favorable y los problemas por los que regresé de las Antillas tienen un peso muy inferior a su peso específico. Una sonrisa casi beata se instala en mi rostro y siento una radiación positiva rodearme. En los cristales se asoma nuevamente el sol que estaba ausente desde esta mañana. Al entrar un amigo al café, lo saludo y espontáneamente le propongo si no me acompaña hasta el Sena, me muero por un paseo al borde del agua. El Sena, el Mar de París. Siempre lo tuve a menos de 300 metros en «mi» París personal.
El paseo nos lleva por los Quais en dirección del este, por donde solía ir en bicicleta cuando estudiaba en la Sorbonne de la rue Tolbiac. Al llegar a la esquina de Gare d’Austerlitz preferimos alejarnos del agua para penetrar en los hermosos jardines del Jardin des Plantes, flanqueado por los prestigiosos edificios del Musée d’Histoire Naturelle, la Grande Galerie de l’Évolution y los laboratorios de las distintas Unidades de Investigación Científicas. Recuerdos de mi primer paso de vida por París van desfilando con estos paisajes urbanos. En esa época había llegado, por un momento, a soñar con un nuevo ciclo de vida en el que diera un giro copernicano dejando la vida empresaria para volvier a mis primeros amores, la reflexión y la escritura filosófica, pero también literalmente a una relación que había quedado pendiente desde tiempos juveniles. Hoy las obliteraciones me muestran sólo el sol brillante y mis recuerdos están llenos de cariño por aquél amor juvenil, pasional y pasajero. Me digo que para terminar mi peregrinación de bienvenida y gozar de este reencuentro con París de la mejor manera, debo volver a mi rincón de la Île Saint Louis y ver si todavía está Catherine, la librera de la que hablé ya en otra oportunidad.

París. Île Saint-Louis. Rue Saint-Louis en l’Île.
12 de abril de 2016
Hoy el sol acompaña mi espíritu que está decididamente optimista. La frase del día es que pase lo que pase, seremos felices…
Camino por esta vieja y nostálgica callejuela que es la columna vertebral de lo que fue una antigua pradera en pleno centro. La llamaban l’île aux vaches, la isla de las vacas, en el París medieval, y se encontraba entre la Cité, el París Royal, el barrio del Marais. Hay que saber que el lado izquierdo del río –la Rive Gauche-  era las afueras por entonces, con la zona de monasterios y sobre todo el barrio alrededor de la iglesia Saint Germain des Près (de las Praderas).
Es encantador cómo después de siglos, de un desarrollo ya totalmente integrado en el París sustancial, elegante, necesario e inevitable, la isla ha mantenido un carácter propio, de pequeño barrio en el que sus habitantes permanentes se miran y cruzan como habitantes de un reducto gaulois, casi como personajes de Astérix. Mi apartamento estudiantil se situaba en el primer piso del número 22 de la calle principal. Desde el primer día en que me mudé allí, me sorprendió la librería vecina. Estoy casi ansioso de llegar para confirmar si todavía existe y poder saludar a Catherine, que seguramente no me reconocerá después de tantos años.
Siento un gran alivio al ver la fachada tal cual fue siempre, con la puerta cerrada, pero las tarjetas postales del lado de afuera y el cartel que invita a tocar el timbre. Hay luz, señal de que alguien está en el interior. Habrá que encontrar, en el meandro de sus 20.000 libros, en algún recoveco del laberinto bibliográfico, esa alma privilegiada que nos ha visto pasar a todos los viajeros de una época dorada.
Me quedo afuera un rato, sacándole fotos, caminando ida y vuelta entre la puerta de mi número 22 y la puerta de al lado, donde vivía otro vecino prestigioso y adorable, el gran Georges Moustaki, al que hice la afrenta de no reconocer el primer día que nos encontramos por casualidad. Como muestra de reconocimiento y culpabilidad le regalé los 6 frascos de Dulce de leche que me encargó.
Termino por reconocer a Catherine en el fondo de la librería. Vuelvo a toca el timbre y ella levanta su vista con aire de sorpresa. Ya no es tan frecuente que la soliciten en los tiempos en que la gente viaja sin preparación, sin tomar al viaje como una aventura de vida, sino como un momento de consumo, de exotismos estresados imprescindibles para reportar en las redes sociales. Está igual que siempre, 16 años después, para la Sirena de la Librairie Ulysse no parece haber pasado el tiempo. Me da mucho gusto volver a saludarla e intercambiar con ella algunas pocas novedades de la vida transcurrida en las casi dos décadas pasadas. Le cuento de mi viaje atlántico y ella me abre su dimensión de navegante que sospechaba pero desconocía o no recordaba. Vuelvo a sentirme en ese centro de aventuras cuyo padrino no podía ser otro que el inmenso Hugo Pratt. En su tarjeta acumula los títulos más prestigiosos que un aventurero de la vida puede soñar. Miembro de la Sociedad de Exploradores Franceses, Miembro del Club Internacional de Grandes Viajeros, Fundadora del Club Ulysse de pequeñas Islas del Mundo, Fundadora del Cargo Club y sobre todo, dueña de la librería más antigua del mundo dedicada al Viajar y los libros de viaje.
Al despedirme me incita a traerle el futuro libro cuando lo publique y a presentarlo en el Cargo Club que sigue reuniéndose con periodicidad en la librería.
Vuelvo al Sena, el sol brilla con la luz vespertina, el agua corre fuerte esta tarde y pese a que no lo haga con el vigor que me tenía acostumbrado el océano, siento que París me ha mostrado en estos días su mejor cara. Me siento bien por haber regresado a tierra en esta increíble ciudad, llena de rincones que nunca dejarán de atraerme y darme gusto de regresar.
Cruzo el Sena para regresar al Café El Sur y canturreo el tango Vuelvo al Sur. Nunca la letra de este tango me había hablado tan directamente.
Vuelvo al Sur
Como se vuelve siempre al amor
Vuelvo a Vos
Con mi deseo, con mi temor
Llevo al Sur
Como un destino del corazón
Soy del Sur
Como los aires del bandoneón
Sueño el Sur
Inmensa luna, cielo al revés.
Vuelvo al Sur
El tiempo abierto y su después
Quiero al Sur.
Su buena gente, su dignidad.
Siento al Sur.
Como tu cuerpo en la intimidad.

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